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miércoles. 28.09.2022

Palabras que se llevará el tiempo

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Entramos, a pesar de estas manifestaciones unitarias, en que se pita y abuchea a altas autoridades del Estado y del gobierno, en esa fase del mal político en la que se adjudican los éxitos y se atribuyen los fracasos al otro

En uno de sus sonetos dedicado a un noble, el Marqués de Ayamonte, Góngora, halagando su poder, incluye estos versos: “Con su barquilla redimió el destierro, / Que era desvío y parecía mercedes”.

Algo parecido podría decirse de tantas autoridades, políticos, tertulianos y periodistas en estos días de desventura, tristeza y horror; con un optimismo que no se corresponde con la realidad, consideran que “con su gestión de los atentados, importantes torpezas les parecen aciertos”. Ya lo afirmó Montaigne: “Nadie está libre de decir estupideces, el problema es decirlas con énfasis”. No se puede ser oportunista y aprovecharse de situaciones que a mí me convienen. Es indigno e impresentable pretender hacer política con 15 muertos y más de 100 heridos.

En estas tristes circunstancias no son pocos los que, imbuidos de poder, llevan la impostura hasta el paroxismo; encubren sus sentimientos al revestirlos con el manto de una preocupación y unos sentimientos desmedidos, por las ventajas que les reporta su presencia institucional en los momentos del desastre mientras los focos les iluminan; mas, cuando éstos se apagan, las promesas hechas y las palabras dadas se las llevará el viento y el tiempo. Quienes, durante este estío, desde el 16 de agosto con la explosión del chalé de Alcanar, hemos estado atentos al desbordamiento de noticias y de repetidas imágenes hasta el cansancio; no tenemos duda de que ha sido la sociedad civil, esa población multicultural, sin gentilicios, la que ha dado el gran ejemplo de unidad, solidaridad, generosidad, verdadero dolor y sentimiento y “sin tener miedo”.

Los ciudadanos tenemos claro que en materia de protección civil es necesario resaltar la importancia de la coordinación. Y aún más necesario en España, donde la responsabilidad es compartida por las tres Administraciones Públicas (Estado, Comunidades Autónomas y Corporaciones Locales); todas ellas deben actuar, según los distintos niveles de gravedad de cada emergencia y elaborar los planes operativos y preventivos que garantice, en caso de alerta y sea cual sea su origen, la seguridad de los ciudadanos. Ante el 1-O, situación de enfrentamiento entre el Estado y la Generalitat, en la que el gobierno de Puigdemont se “ha mojado” tanto, Puigdemont y su gobierno no tienen marcha atrás, de ahí que la aparente colaboración actual de ambos gobiernos se pueda mantener durante algunos días, pero los reproches y las posturas radicales continuarán, como así está sucediendo.

Uno de los mayores valores de un político, de un gobernante, es que la sociedad sepa qué va a hacer, y cómo y cuándo lo va a hacer. Para su credibilidad es importante tener como ciertas y seguras que sus promesas y palabras se van a cumplir, que rinda cuentas de ellas, no sólo en un primer momento, cuando las emociones y los sentimientos están a flor de piel, sino de manera continua, cuando los focos de las emociones se hayan apagado. Y si, traiciona la confianza de los que le han elegido, si desafortunadamente no cumple lo dicho y prometido, cuando constatamos sus incumplimientos, su credibilidad no resiste la prueba del tiempo. Las palabras –dice el refrán–se las lleva el viento, pero los recuerdos, no. Y, como en situaciones parecidas ya vividas, cuando las promesas y las palabras se las haya llevado el tiempo, los incumplimientos pueden volver a hacerse presentes.

Entonces, cuando lleguen los momentos del olvido y los silencios y muchos ciudadanos despertemos la memoria, quienes han llegado a las altas instituciones del Estado y de las administraciones públicas, colocando bien alta la vara de su integridad, no pondrán reparos ni se ofenderán de que la mirada y la crítica de la sociedad se coloque también a esa altura, se levanten los testigos y les recuerden lo que dijeron y prometieron.

El patrón de la demanda de cuidados de urgencia y atención psicológica tras un atentado terrorista o una catástrofe es variable. La experiencia dice que la preocupación y protección civil, los planes de emergencia y la atención sanitaria en los momentos inmediatos es alta hasta llegar, incluso, a producirse un colapso funcional de los servicios, en especial, los sanitarios; el estrés producido por los atentados es atendido de forma inmediata con enorme despliegue de medios, incluidos los de comunicación, con excesiva y peligrosa repetición de imágenes; en ello colaboran todas las fuerzas políticas, policiales, médicas y sociales, destacando la cooperación generosa de toda la sociedad; lo hemos visto así en el atentado de Barcelona; pero también la experiencia enseña que, pasado un tiempo, cuando se apaguen los focos, se entierren los muertos, los heridos sean dados de alta, los familiares se vuelvan a sus soledades y a sus vidas…, entonces, se levantarán los hospitales de campaña, dejarán de llenarse de flores y de velas los altares “Miró” de las Ramblas; entonces los Felipes y Letizias, los Rajoy y Puigdemont, los ministros y alcaldes, los funerales y las manifestaciones y un sinfín de palabras y promesas… habrán desaparecido; entraremos en los tiempos grises y desoladores del olvido; y esa frágil sensibilidad de la Administración se habrá esfumado; las televisiones volverán al “sálvame”, a los insaciables y ágrafos Messi, Neymar y Ronaldos; a esa banalidad que nos envuelve…

Tan sólo quedará la Rambla, de nuevo abierta; esa calle, en palabras de Lorca, “la más alegre del mundo, donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año…, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros…”, y el cariño de la gente: el quiosquero, el hostelero que esconde a los asustados, el taxista, la señora que siempre bajará de su casa a ayudar, el joven que acariciará a algún herido, la familia que acogerá en su casa, el turista que siempre echará una mano…, ¡esa inmensa, generosa y solidaria ciudadanía.

Entonces, las secuelas, las heridas, las consultas, los problemas psicológicos, las depresiones y ansiedades, las pesadillas y las soledades…, pasarán factura a los afectados; aparecerán como fantasmas en la noche; por el contrario, la preocupación, el interés y la atención de las instituciones y administraciones, también la de la justicia, irán disminuyendo hasta convertirse en inexistentes, las devorará el olvido; su memoria habrá desaparecido; pondrán trabas legales, se desentenderán, habrá silencios extraños, ya no harán ni caso, dirán que ya han pasado los años, que esto es lo que hay o lo que había, que sólo vienen a pedir “beneficios económicos”: Rafael Hernando, el zafio incontinente “dixit”.

Ante el olvido los afectados se quedarán pensando que esa respuesta no es nueva, que los incumplimientos persisten, que lo mismo pasó con otras víctimas y con otros familiares en parecidos momentos, atentados o accidentes. Recordarán que ya pasó hace treinta años, con los 21 muertos en Hipercor y sus familiares, perpetrado por el más sangriento comando, el comando “Barcelona”, familiares que, como han confesado a lo largo de estos treinta años, siguen sufriendo graves secuelas psicológicas. Y tendrán presentes las mentiras y los incumplimientos de la administración con el “'Prestige” (y “los hilillos de plastilina”), ese buque hundido en noviembre de 2002 frente a Galicia y el “Nunca Máis”. Y tendrán memoria del accidente del Yak 42, mayo de 2003, esa tragedia que costó la vida a 75 personas, 65 militares, cuyos familiares, recordando a Trillo, aún repiten que “no olvidarán jamás lo que les han hecho".

Y recordarán sin duda, lo que ocurrió en Madrid, 11 de marzo de 2004; atentado terrorista como ningún otro en Europa, en el que la gestión política estuvo plagada de mentiras y el gobierno de Aznar intentó utilizar en su propio interés; algunas de las víctimas aún esperan del gobierno de entonces una explicación veraz y una petición de perdón sincero y no una versión plagada de mentiras, dudas y puntos oscuros.

Y vendrán a su memoria las víctimas del accidente del vuelo JK5022 de Spanair, 20 de agosto de 2008; en él murieron 154 personas y 18 resultaron heridas; sus familiares aún esperan que la Administración desclasifique todos los documentos recabados en los que se oculta la verdad de la tragedia. Recordarán el accidente en el Metro de Valencia, 3 de julio de 2006, en la estación de Jesús. Siniestro en el que murieron 43 personas y otra 47 resultaron heridas; y la ominosa y zafia actuación con la que reaccionó el Gobierno Camps y la decepcionante actuación de la justicia. Y aún más; recordarán el accidente ferroviario, uno de los más graves de España, en Angrois, 24 de julio de 2013; causó la muerte de 80 pasajeros y lesiones a otros 144, intentando cerrar el caso judicial y políticamente con el maquinista como único imputado. Hoy, víctimas y familiares, con tesón, aún esperan responsabilidades también en el ámbito de la política, situación que incomoda al presidente de la Xunta, Núñez Feijóo, que considera cínicamente que “mezclar” investigación judicial y política “solo perjudica” a las víctimas.

Con todos estos casos, pasado el tiempo, las palabras y promesas han enmudecido; muchas víctimas y familiares aún esperan que se les haga justicia, pues en sus propias palabras, se sienten “abandonados y desatendidos”. ¿Pasará lo mismo con los atentados de Barcelona?

Por lo pronto, cuando aún no ha desaparecido ni el luto ni el dolor; ante un país todavía conmocionado por la tragedia; cuando continúan entre la vida y la muerte algunos de los heridos; cuando se está llevando a cabo, hoy día 26, una manifestación que pretende reunir a todas las instituciones autonómicas o del Estado, con un lamentable e insolidario espectáculo de una sociedad dividida, el independentismo, por una parte y el señor Puigdemont, por otra, demostrando que solo saben hacer política en la confrontación, han hecho todo lo posible por poner fin al consenso empañando esta unitaria manifestación. Han demostrado, que esa pretendida y afectada unión con la que se han querido manifestar, ha comenzado a hacer aguas: aparecen los reproches, los intereses y las motivaciones políticas: que la colaboración y la cooperación entre las distintas administraciones y los cuerpos de seguridad que, según sus palabras, habían fluido sin reticencias y habían compartido la información con eficacia, al menos en la información que se nos proporciona, parecen que no son tan ciertas. En estos días se ha escuchado, en boca de distintos portavoces, un alarmante reproche: “si se hubiesen compartido todas las piezas del puzle, la eficacia hubiese sido mayor y tal vez el atentado se hubiese podido evitar”.

Entramos, a pesar de estas manifestaciones unitarias, en que se pita y abuchea a altas autoridades del Estado y del gobierno, en esa fase del mal político en la que se adjudican los éxitos y se atribuyen los fracasos al otro; fase en la que, en lugar de forjar un nuevo consenso político, se camina a la desconfianza, la zafiedad y la desunión. Sostenía Francis Bacon que “la discreción en las palabras vale más que la elocuencia”. En estos momentos hay más énfasis en la elocuencia de las palabras que en la política de la discreción. No resulta fácil, pues, entender, por una parte, que el presidente Rajoy y la vicepresidenta Sáez de Santamaría hayan afirmado que “el trabajo de coordinación ha sido extraordinario” y por otra, que el señor Puigdemont, acusando al Gobierno de haber jugado, por motivos políticos, haya asegurado que “la actuación de los ‘mossos’ ha demostrado que Cataluña puede funcionar perfectamente y con eficacia como un Estado independiente”, intentando utilizar los atentados para allanar el camino de la independencia.

Y mientras, a algunos ciudadanos nos surgen ciertas dudas, entre otras, las siguientes:

  • El Comunicado de la AUGC (Asociación Unificada de los Guardias Civiles) y del SUP (Sindicato Unificado de Policía) denunciando su exclusión y aislamiento sufrido durante la investigación y la gestión del atentado, hasta afirmar que “si se hubiera investigado bien esa primera explosión en el chalé de Alcanar, se debería haber llegado a la conclusión de que se preparaba un ataque terrorista”.
  • Que Bélgica preguntó a España si el imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, tenía lazos con el terrorismo y se archivó la respuesta.
  • Que cómo no se sabía que el imán de Ripoll había estado en relación con terroristas del 11M, con los que había compartido cárcel, por delito de narcotráfico; que cómo no se conocía que pertenecía al movimiento de los “takfires”, el movimiento más radical y violento del fundamentalismo islámico y que constituye el núcleo más peligroso del yihadismo por la invisibilidad de sus miembros; que en este movimiento aleccionó a los terroristas que perpetraron los atentados de Barcelona, a los que la vecindad de Ripoll consideraba ¡¡¡buenos y normales!!! 
  • Que resulta poco lógico y algo irresponsable que, durante los más de seis meses de relación entre el imán y los jóvenes terroristas, moldeando sus ideas y preparando el atentado en un chalé ocupado, nadie, ni vecinos, ni autoridades municipales ni los servicios de inteligencia hubiese sospechado.
  • Que estando en el nivel cuatro de alerta, que implica un riesgo de atentado “alto”, que obliga a que las Fuerzas de Seguridad del Estado a elevar la presión sobre personas sospechosas de terrorismo, extremando las tareas de vigilancia e información sobre personas de riesgo, con tantos datos previos en el puzle, no se tuviese claro y no se acertara con la ficha más importante del puzle (el imán), a tenor de las declaraciones ante el juez Andreu de uno de los cuatro detenidos, Mohamed Houli Chemlal, al señalarle como el máximo responsable del grupo y que la célula se estaba preparando para cometer atentados en “algunos monumentos” de la capital catalana, sin citar lugares concretos.

Decía André Maurois que “los seres más mediocres pueden ser grandes sólo por lo que destruyen”. Si contásemos con gobiernos menos mediocres y con políticos menos autistas, no sería tan fácil que unos “canallas enloquecidos y pervertidos por un dogmatismo religioso equivocado”, puedan llegar a sembrar tanta destrucción y tanto dolor.

Cuántas palabras y gestos han derrochado en estos días “reyes, presidentes, ministros, alcaldes, políticos, periodistas, obispos, todólogos…”. Enseñaba Demóstenes que “las palabras que no van seguidas de los hechos no sirven para nada”. Por eso acabo como inicié: Se han dicho en estos días muchas palabras que, como en situaciones anteriores, sirvieron para poco y que, también como entonces, el tiempo se llevará, pero muchos no las olvidaremos: les pasaremos factura.

Palabras que se llevará el tiempo