miércoles 27.05.2020

No dar la talla

“El juicio primero que se forma de un soberano y de su entendimiento
se apoya en el examen de los hombres que le rodean”

 (N. Maquiavelo, El Príncipe)


Con cierto cultismo (otros dirían pedantería) inicio estas reflexiones con una celebrada frase de Terencio el Africano: “Soy un hombre y nada de lo humano me es ajeno”. Remedando a Terencio, “soy madrileño y, sin dejar a un lado lo demás, todo lo referente a Madrid me importa”. En este caso, con interés concreto sobre quien es la presidenta actual de mi Comunidad. Asumir responsabilidades de gestión y dirección de equipos implica y necesita mucho más que haber crecido a la sombra de una política, de la mano de un político o en el ascensor por fidelidad incondicional a un partido. Para ser político, no basta tener ideas, sino una ideología bien armada que sepa conducir y gestionar esas ideas. El poder mal administrado, por dirigentes no preparados, aún en regímenes democráticos, puede tender a rasgos autocráticos; es clara la distinción entre ambas formas de gobierno, pero cuando el que gobierna no está suficientemente formado o no tiene un proyecto claro, su inseguridad intelectual le pueden tentar a pisar pendularmente en ambas direcciones. Lo analiza Norberto Bobbio en su “Teoría general de la política”, hoy más que nunca necesaria, no sólo para aclarar nuestro panorama político, sino también para cooperar a la reflexión sobre quiénes nos gobiernan y en qué dirección gestionan sus referentes valores políticos y si tienen claros los fines que persiguen.

Desde la idea y el valor de la igualdad, tan necesaria para clarificar proyectos políticos en las actuales circunstancias, según Bobbio, si la izquierda se caracteriza por priorizar dicho valor, la derecha lo subordina a otros fines; si la izquierda tiende a considerar las desigualdades como problemas sociales y, por tanto, modificables, la derecha, por el contrario, tiende a verlas, en general, como productos de la naturaleza, como naturales y, por tanto, inmodificables: hay que ayudar al vulnerable pero sin traicionar el paradigma liberal. Sin concederle a la señora Díaz Ayuso profundidad para un análisis intelectual propio, en sus fuentes ideológicas ha bebido de los Aznar, las Aguirre y, ahora, de los Casado. Como clarividente profeta, en su obra “Vidas paralelas”, nos alertaba Plutarco: “Desgraciada la nación cuyas gentes están gobernadas por ambiciosos adolescentes; los dioses les auguran un futuro incierto”.

La señora Ayuso está demostrando con ese gesto displicente de mujer “ida” (no en vano son sus siglas), de quien mira con superioridad “al tendido”, que no tiene ni el perfil ni la talla para ser la política que necesita Madrid

Aristóteles, en su tratado de Ética dirigida a su hijo Nicómaco, al describirle cuáles son las características y condiciones que deben reunir los gobernantes, así le adoctrina: “Los que aspiran a saber de política necesitan también experiencia, (…) pues, mientras los hombres de experiencia juzgan rectamente de las obras que les competen y entienden por qué medios y de qué manera se llevan a cabo y qué combinaciones deben gestionar, los hombres inexpertos deben contentarse con que no se les escape, al menos, si la obra está bien o mal hecha”.

¿Existe alguna limitación para el ejercicio crítico a los políticos? Si tomamos el ejemplo de cómo actúan los propios políticos en los distintos parlamentos y comparecencias, parece que ellos no tienen limitación alguna. Escuchándolos, sería una extravagancia decir lo contrario. De ahí que muchos ciudadanos nos sintamos con el mismo derecho moral para ejercer también nuestra crítica. Bien lo dijo San Agustín en aquella célebre pregunta retórica: “Si ille et illi, cur non ego?” Si ellos pueden, ¿por qué no vamos a poder nosotros?

Luigi Russo, el antifascista italiano y crítico literario en su obra sobre Maquiavelo, al que considera el artífice de la política, quiso dejar claro que toda la reflexión lógica y la expresión con la que identificaba totalmente su pensamiento era aquella máxima de que El Príncipe no debía creer más que en aquello y aquellos que le permitieran conservar el poder. Es asombrosa la rapidez con la que la mayoría de políticos, aunque lo disimulen, aprenden y practican esta máxima. En el fondo, consiste en rodearse siempre de aquellos que te adulan y coinciden con tu pensamiento e ideas, y si no coinciden, se lo callan. Así lo consagró un sarcástico político socialista andaluz: “el que se mueve, no sale en la foto”.

La crítica más suave que se le puede hacer a la señora Díaz Ayuso, ante ese fracaso argumentativo es que no se le entiende porque no sabe qué decir. Cuando no lee, y leer no es su fuerte, no tiene relato; y cuando intenta explicarse lo hace con total desacierto

El pasado domingo, 3 de mayo, publicó el diario EL PAÍS la opinión de 75 pensadores y expertos internacionales, sobre cómo seremos y cómo viviremos tras la pandemia del Covid-19, describiendo en sus análisis las transformaciones que va a experimentar el mundo. Temas muy plurales, pero todos ellos, documentados e interesantes. Escojo el análisis del filósofo esloveno Slavoj Žižek, por considerar oportuno el optimismo futurista que expresa al opinar (y no es un simple deseo) que nuestra sociedad global tiene recursos suficientes para coordinar y garantizar nuestra supervivencia y organizar una forma de vida más modesta y solidaria, en la que la escasez local de alimentos se compense con una cooperación a escala mundial, y en la que dispongamos de un sistema sanitario también mundial mejor preparado para las posibles siguientes embestidas. Y se preguntaba: ¿seremos capaces de hacerlo?

Por el respeto y aprecio que merece, destaco además alguna de las ideas expresadas por el que fue presidente de Uruguay, Pepe Mujica, cuyas reflexiones, a modo de preguntas, son una advertencia “a los sapiens”. Inicia así: “Me pregunto, ¿los humanos estamos llegando al límite biológico de nuestra capacidad política? ¿Seremos capaces de reconducirnos como especie y no como clase o país? ¿Mirará lejos la política para hacer maridaje con la ciencia? ¿Recogeremos la lección del desastre al ver cómo revive la naturaleza? ¿La medicina, la enseñanza, el trabajo digital más la robótica se afianzarán y entraremos en una nueva era? ¿Habrá fuertes batallones de médicos capaces de ir a luchar por la vida en cualquier lugar o seguiremos gastando tres millones de dólares por minuto en presupuestos militares?” Y concluye: Todo depende de nosotros mismos.

Pepe Mujica es el modelo de político que entusiasma con su palabra y con su vida: une ambas en una única personalidad; es una leyenda viva: el presidente más humilde del mundo, un ídolo; una vida imposible de imaginar para cualquier ex presidente del mundo. Un líder que seduce por su franqueza. La gran lección de Pepe Mujica como presidente es que entiende la esencia de la política como hija de la ética; un estilo de gobierno en el que cada medida estaba justificada no solo en las necesidades objetivas del Estado, sino también en los valores humanos. Su discurso, profundamente inspirador, está lejos de la ambigüedad de la que suelen hacer gala muchos políticos. Lo más admirable es que su vida coincide con su discurso, vive conforme a lo que dice; firme y sin dejarse tentar por atajos fáciles: entiende y practica que el político es una persona que está al servicio del pueblo y que para ganarse el derecho a representarlo es necesario que defienda sus intereses, desde las medidas y los objetivos por y para los que le eligieron. El político está para servir y no para ser servido: tanto a su pueblo como a la humanidad. Con justicia y razón dijo de él el presidente Barack Obama: “El presidente Mujica tiene una extraordinaria credibilidad en lo que se refiere a asuntos de democracia y derechos humanos, dados sus fuertes valores y su historia personal; es un líder en esos asuntos en todo el hemisferio”. Bien se puede decir que fue un presidente y es una persona que “da la talla”.

Analizando el tiempo transcurrido desde la implantación de la democracia, con la Constitución del 78, gran parte de los ciudadanos con memoria y experiencia, jamás, como en estos tiempos, podían imaginar ni suponer que “cualquiera”, sin experiencia alguna ni especial preparación, sin méritos demostrados, pero bien integrada en los cuadros de la organización, más allá de haber sido designada para encabezar las listas electorales por la cercanía personal o el capricho del presidente ocasional de un partido, pudiera presidir y gestionar la tarea y la dirección de un equipo de gobierno. Sabemos sobradamente que el objetivo más importante de cualquier candidato o candidata que se presenta a liderar un partido es la ambición personal, lícita por otra parte.

El psicólogo inglés John C. Coleman desarrolla ampliamente lo que denomina “adultez emergente”; esa inmadurez de ciertos políticos actuales que han llegado al poder, incluso a gobernar (hay demasiados ejemplos a nivel mundial) como políticos a la deriva, sin haber llegado a madurar y carentes de formación y experiencia, capaces por su inmadurez de someter a todo un país en crisis sin alcanzar ni siquiera a adivinar ni a comprender las graves consecuencias y errores por su “adultez emergente”, casi adolescente. Razón tenía el politólogo alemán Hubertus Buchstein cuando afirmaba que, ante una ciudadanía que carece de conocimiento político, mal informada o simplemente desinteresada y sin una opinión pública que ejerza un control efectivo sobre el poder, formule sus críticas y haga valer sus exigencias y derechos, no es de extrañar que el origen de nuestros problemas políticos resida en el hecho de que la democracia actual necesita unos políticos que ella misma es incapaz de formar y que los que elige, con frecuencia, son incompetentes.

En los partidos políticos la democracia interna debe ser la pieza clave de la salud de un sistema democrático, pues en ellos se toman las decisiones y se eligen a quienes van a ser sus líderes y, posteriormente, si el pueblo los elige, quienes serán los gobernantes. Así lo han repetido a lo largo de la historia pensadores como Aristóteles, Montesquieu, Rousseau, Harrington, Schumpeter, Sartori…: “una auténtica democracia debería servir, además de otras cosas, para seleccionar a los mejores, a los más virtuosos y sabios para velar por los intereses colectivos”.

Ante estos reales escenarios, es hora de reivindicar el derecho que tienen los ciudadanos a contar con dirigentes formados y sensatos y la obligación de los partidos políticos a tenerlos en sus filas; parece que hemos olvidado que para gestionar con éxito un país, una comunidad o un ayuntamiento se requiere políticos competentes, elegidos en base al mérito y la capacidad y no por amiguismo. La salud de un sistema democrático empieza por democratizar el funcionamiento interno de los propios partidos; si así fuese, las decisiones a la hora de elegir a los candidatos electorales no sería el resultado de la exclusiva voluntad del dirigente del partido, al que se concede demasiado poder, sin control ni oposición interna, sino elegidos por la voluntad de la militancia. De haber sido así en el PP, por formación, competencia, mérito y capacidad, hoy la señora Isabel Díaz Ayuso no sería la presidenta de la Comunidad de Madrid.

De acuerdo con Max Weber, la política no es una actividad representacional ni una actividad ideológica sino una actitud que habla de los fines comunes para solucionar los problemas de una sociedad y gestionar lo público, de ahí que pueda ser una política de aciertos o de fracasos. No se puede vincular política con poder. Es verdad que quien quiere hacer política anhela llegar al poder; pero el poder puede tener diversas direcciones para conseguir determinados fines o miras; al menos dos: vivir “para” ella, para mejorar la vida de los ciudadanos o vivir “de” ella, para mejorar la suya propia. La diferencia entre ambas es notable. La tarea del político es tomar decisiones. Toda decisión implica elegir entre diversas alternativas, de ahí que “un buen político”, como dice Weber, tiene que tener “carisma”: su arco de posibilidades y competencias para gestionar la complejidad y dominar el control de situaciones difíciles debe ser muy amplio, poseer gran experiencia, conocimiento profundo de la comunidad que debe gobernar, un equipo humano, no de aduladores, sino de competentes profesionales, un programa sólido y tener claros los resultados que desea alcanzar para el buen vivir de todos los que componen la la comunidad; no es buen gobernante quien no sabe, no comprende, no digiere y no asimila la complejidad de problemas que tiene la sociedad. Quien no posee este perfil, aunque tenga el poder (legítimo y legal) no es un buen político capaz para la gestión: no tiene altura, no da la talla, el cargo le viene grande. La talla y la altura se la dan los aciertos y los éxitos evaluables por los ciudadanos que son los que juzgan si se tiene o no dicho perfil. Adjudicárselo a sí mismo es una señal clara de egolatría y si se lo adjudica el equipo que ha elegido, sin crítica alguna, es una clara muestra de un interesado servilismo.

Decía Molière que un político debería examinarse a sí mismo durante largo tiempo antes de condenar a los otros. El daño que un político puede causar a un proyecto, no tiene que ver con su ideología política, sino con su talla moral. Hay políticos muy rápidos juzgando a los demás, pero muy lentos corrigiendo sus propios errores y mentiras. Un defecto peor que mentir o la falta de voluntad por reconocer la verdad, consiste en esforzarse por imponer la propia opinión, carente de autocrítica, sinceridad y despojada de toda referencia a la realidad de los hechos. Un gobernante honesto, democrático y ético lo demuestra en el respeto y la importancia que dé a la verdad del relato a la hora de determinar cuáles han sido los hechos y la precisión con la que los exponga. Hay varias maneras para detectar al mal político: cuando habla, miente, cuando promete, no cumple, cuando yerra, echa la culpa a los otros, cuando algo sale bien, él se lo adjudica, y cuando confías en él, siempre te traiciona. A lo largo de la historia, las medidas y decisiones más erróneas, suelen ir acompañadas, en general, de una retórica de bunas intenciones sin autocrítica alguna, siempre encuentra algún “pagano” o chivo expiatorio. ¡Qué dura es la sensación cuando sabes que te están mintiendo sabiendo tú la verdad! Cuando se miente se esconde la verdad, pero se hace presente la cobardía.

¿Cómo puede definirse la gestión de Isabel Díaz Ayuso frente a una crisis que tiene su epicentro nacional en Madrid? ¡Una hecatombe! Se puede resumir perfectamente escuchando sus largas intervenciones del miércoles 29 de abril en la Asamblea de Madrid. Cuando los diversos partidos de la oposición le preguntaron sobre sus responsabilidades ante sus evidentes fracasos y desaciertos, su respuesta fue echar balones fuera. En lugar de una autocrítica sincera reconociendo su mala gestión, buscaba culpables; y los culpables son siempre “los otros”. Lanzó críticas al Gobierno central: “inoperante”, “insolvente”, “mentiroso…”; duros reproches a la oposición: “¡Jamás han ayudado!”, y ligera autocrítica diluida en casi 10 horas de bombardeo contra un único objetivo al estilo “Casado”: la culpa es de Sánchez. En el acerico de la culpabilidad todos los alfileres los fue clavando en el presidente del gobierno y en los partidos de la oposición de la Asamblea madrileña. Su discurso y sus largas respuestas entraron permanentemente en un bucle o laberinto de “ambigüedades”, en una nebulosa de indefinición, cuando no, en un grumo espeso de contradicciones. Certeramente lo describió el diputado de “Más Madrid, Gómez Perpinyà: “Ha heredado el mismo estilo de Aguirre, atacar a los rivales políticos, escurrir el bulto con una mano mientras busca bronca con la otra”. Alguno de los presentes en la Asamblea, al finalizar, supo sintetizar la comparecencia de la presidenta Ayuso: “Muchos reproches y pocas soluciones”. Era previsible su escasa fortaleza dialéctica cuando, frente a la reducida asistencia de parlamentarios de la oposición, obligados por las circunstancias de seguridad, ella apareció rodeada de todo su equipo de gobierno, muchos de ellos con experiencia demostrada, pero como estatuas silentes para apoyar con su lealtad y presencia la inanidad argumentativa de la presidenta que les había designado o regalado el cargo.

La crítica más suave que se le puede hacer a la señora Díaz Ayuso, ante ese fracaso argumentativo es que no se le entiende porque no sabe qué decir. Cuando no lee, y leer no es su fuerte, no tiene relato; y cuando intenta explicarse lo hace con total desacierto. Criticaba Pablo Casado en una de sus últimas intervenciones al presidente Sánchez con una célebre cita de ese político de la transición, el catalán Tarradellas, “en política se puede hacer cualquier cosa menos el ridículo”. Más razón habría tenido si se la hubiera dirigido a su presidenta por Madrid. Es evidente que nadie puede dar la talla en algo que no se tiene.

La señora Ayuso está demostrando con ese gesto displicente de mujer “ida” (no en vano son sus siglas), de quien mira con superioridad “al tendido”, que no tiene ni el perfil ni la talla para ser la política que necesita Madrid. Políticamente ha optado por la estrategia de la crispación, la confrontación política con el PSOE ante las diferentes crisis creadas por el Covid-19 y la polarización de los votantes; no comprende la democracia; da la sensación de que hace cosas pero que no sabe lo que hace: practica la “política del laberinto, pero sin el Hilo de Ariadna que nos permita encontrar la salida”. La política de Ayuso aburre, es hoy una inmensa noria, llena de cangilones con trazas de claros desatinos, giran siempre con igual chirrido, volcando la misma agua y tirados por la misma mula. Da la sensación de que León Felipe escribió estos versos para ella: “No es lo que me trae cansado / este camino de ahora… / No cansa / una vuelta sola, / cansa el estar todo un día, / hora tras hora / y día tras día un año, / y año tras año una vida, dando vueltas a la noria”.

No dar la talla