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miércoles. 08.02.2023

Los “nadies” y los “imprescindibles”

He leído hace días un artículo de Juan Carlos Monedero, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y cofundador de Podemos, titulado “Si cae Iglesias, cae Podemos (y tú te jodes)”; sostenía en su ¿clarividente y bien argumentado? análisis que la figura de Pablo Iglesias es imprescindible pues, como nuevo Sansón, él solito “es el responsable de haber juntado cinco millones de votos en cinco años. Cae Iglesias -escribe Monedero-, cae Podemos. Por fortuna llegó la abuela Teresa y mandó callar”; a esta brillante tesis se ha apuntado la secretaria de Análisis Político, Carolina Bescansa, ambos considerados por muchos militantes de Podemos como grandes intelectuales -¡hasta ellos se lo creen…!-, capaces de iluminar las sombras de nuestra actual filosofía política, con la suerte del oportunismo del momento y el fanatismo de sus admiradores, fascinados por promesas imposibles; para otros muchos, dos profesores más de los miles y miles de nuestras universidades. Entre sus “logradas frases”, Monedero señala que, en la antesala de la revolución que ellos representan, pretenden “hacer posible lo imposible”, pues nada menos que con ellos hay “todo un pueblo esperando”; de lo contrario, la “alternativa es más Rajoy”, es decir, “más pueblo sufriendo”. Se olvida el profesor Monedero que esta es la situación que ellos propiciaron con su NO a la investidura de Sánchez en marzo de 2016, ya que Iglesias se había marcado como objetivo entrar en el Gobierno y, en el caso de que no ser posible, se inclinó por la repetición de elecciones más que por facilitar la investidura del socialista Sánchez. Monedero finaliza su artículo deseando “Feliz 2017”, exhortando, a su vez, a escuchar la experiencia de los que han peleado antes, sin aclarar quiénes son: ¿acaso los del 78?, ¿o los de la casta?, ¿o ellos, los imprescindibles? Se puede concluir, pues estamos aún en medio de ecos navideños, que “en tiempo de crisis, en cualquier pesebre nace un Mesías, un salvador”. Y el Mesías del actual pesebre, el “salvador de Podemos” no se llama Jesús, sino Pablo. ¡Qué viejo y rancio suena eso de los imprescindibles! ¡Imprescindibles!: los que no pueden faltar, los necesarios, los de siempre, los poderosos; es decir: “la casta”. Otra nueva contradicción -una más- de los líderes de Podemos. Quienes “criticaban la vieja política”, quienes alzaron la voz contra los privilegios de los viejos partidos, quienes surgieron desde un sentimiento generalizado de profunda indignación política y social, quienes abominaban de la “casta”, sitúan nada menos que a Pablo Iglesias en la cima de esa casta. Es la nueva “aristocracia” de los partidos emergentes, los que surgieron de la indignación del Movimiento 15M.

Hoy, cuando escribo estas reflexiones, nos enteramos del fallecimiento del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, el creador del concepto de la "modernidad líquida" y uno de los intelectuales clave del siglo XX. Con el término “modernidad líquida” se refería a la disolución de los vínculos entre las opciones y proyectos individuales y los colectivos. Habría que recordarle al profesor Monedero, y a cuantos como él en Podemos consideran a Iglesias “imprescindible”, lo que sobre los movimientos surgidos del 15M y de sus líderes decía este sabio de 91 años: el efecto que se puede esperar de este movimiento, afirmaba, es “allanar el terreno para la construcción de otra clase de organización. Pero ni un paso más”. Calificaba a este movimiento de “emocional” y, en su opinión, “si la emoción es apta para destruir, resulta especialmente inepta para construir nada”. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero daría 100 respuestas diferentes si se les preguntara por lo que desean. ¿No es esto, acaso, lo que sucede en Podemos? En una entrevista concedida a Vicente Verdú para el diario El País en 2011, consideraba Bauman que las emociones son “líquidas”. Hierven mucho pero también se enfrían en apenas unos momentos; cultivan el “activismo de sofá”, a través de la comunicación por “tuits” en las redes sociales. Donde abunda la emoción, escasea el pensamiento. “La emoción -afirmaba- es inestable e inapropiada para configurar nada coherente y duradero”. De hecho, la modernidad líquida, dentro de la cual se inscriben los indignados, posee como característica la temporalidad, “las manifestaciones son episódicas y propensas a la hibernación”. Esta es la fuerza de las redes sociales; permiten enormes concentraciones en muy poco tiempo, pero de igual manera que se concentran y actúan con velocidad, muy poco después se detienen. Por otra parte, sostenía Bauman, estos movimientos no necesitan un líder imprescindible y mucho menos, temperamental; es más, lo consideraba innecesario (contraproducente), pues su misión, en cuanto líder, es decidir por los demás qué es lo que hay que hacer; la fuerza de estos movimientos, como su éxito, es la horizontalidad, sentirse juntos e iguales, lo que, en importante medida, les niegan los liderazgos imprescindibles. La súper individualidad (de la modernidad líquida) y los liderazgos “crean miedos y una capacidad empobrecida para hacer frente a las adversidades”.

Y frente a la opción por los “imprescindibles”, recuerdo que hace años, Eduardo Galeano aún no había muerto, leí su trabajo “El libro de los abrazos”; entre sus muchas y sagaces reflexiones, la página titulada “LOS NADIES”. En aquel momento, pasé rápido por ella; pero al final, recordando los muchos títulos del índice, releí aquella página y quedé impresionado: ¡Los nadies!, los que no son, aunque sean”, escribió. En estos tiempos de mediocridad, mentira y “posverdad”, tiempos en los que hay tantos que se consideran “el ombligo del mundo”, que se creen importantes, incluso imprescindibles, invito a leer, aunque la cita sea larga, las reflexiones de Galeano sobre “los nadies”:

“Los nadies: hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Cito de nuevo a Bauman; en su obra “Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias”, plantea, al igual que Galeano, una de las consecuencias de la modernidad en la que vivimos como efecto secundario de la construcción del orden, del progreso económico y de globalización: la producción de seres humanos residuales (los “excedentes” y “superfluos”). Señala que no hay orden sin residuo; es la noción misma de orden la que requiere, necesariamente, que algo o alguien sea excluido. En la medida que el progreso de la modernización alcanza todas las regiones del planeta se produce una aguda crisis de la ya instalada “industria de eliminación de residuos humanos”. La propagación global de la modernidad ha dado lugar a un número cada vez más elevado de seres humanos que se encuentran privados de medios adecuados de subsistencia y, a la vez, el planeta se está quedando sin lugares donde ubicarlos. Ejemplo claro de esta deshumanización y exclusión la vemos a diario en el sangrante problema de “los refugiados”: la población excedente, los residuos humanos, los rechazados, “los nadies”. De ahí que hayamos pasado -lo vemos en Europa, en la sociedad occidental- de un “Estado social inclusivo”, a un “Estado excluyente”, reforzando el control de las fronteras y los centros de acogida (de inmigrantes, de solicitantes de asilo), hasta convertirlos en “centros de exclusión de residuos humanos”. Bauman lo sintetiza en estas estrategias que utiliza la sociedad occidental: la separación de los otros excluyéndolos, la asimilación de los otros despojándolos de su otredad y personalidad y la invisibilización de los excluidos haciéndolos desaparecer de los medios de comunicación y de la memoria de la ciudadanía.

Leyendo estos textos y a la vez el artículo 14 de la Constitución Española: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, no sabe uno si reír o llorar. ¿Cuántos “nadies y excluidos” habitan en nuestra sociedad? Hay que poner fin a la ficción, a esta incongruencia permanente entre lo que dice el texto constitucional y la realidad en la que vivimos y nos movemos, pues qué es la mentira sino la negación de lo que en ella se proclama y la descarnada realidad que vemos: la mirada de “los nadies y excluidos” con la realidad de la mirada de “los alguien” (los imprescindibles, los importantes, los poderosos), esos que, como pavos reales, con el plumón inhiesto y la cabeza erguida, van cacareando: “No sabe usted quién soy yo, con quién está hablando”.

Qué repugnancia moral produce contemplar a aquellos que, como “drones humanos”, se elevan despreciativos por encima de los demás, considerándose siempre “los alguien”: los que siempre se sienten triunfadores, aunque sea humillando a los demás; los que para triunfar en la política, prescinden de la moral; los que envía a “los nadies y excluidos” a las guerras mientras ellos las contemplan desde sus despachos; los fatuos y presuntuosos; los que buscan el poder por encima de todo; quienes se creen superiores por haber alcanzado en la política, con el apoyo del partido, lo que no hubiesen alcanzado por méritos propios; los que quieren ser obedecidos pero no saben mandar; los impostores que aparentan lo que no son; los que mienten y prometen lo que saben que no pueden cumplir; los que jamás se arrepienten de los errores cometidos; los que ofenden y humillan a los humildes pero se humillan ante los poderosos; los que cultivan los restaurantes de cinco tenedores, pero con “tarjetas black”; los que casan a sus hijas en reales monasterios; los que dicen servir a los pobres, pero ofician sus liturgias desde los templos suntuosos del orbe con cálices de oro…

Y, sin embargo, hay muchos “nadies y excluidos” que lo son porque, pudiendo ser “alguien”, ni quieren ni ambiciona el poder; no buscan la riqueza, ni los focos, ni la fama; no gritan ni humillan. Son miles, millones, cientos de millones de personas que con su revolución silenciosa hacen grandes los países; no tienen poder, pero la fuerza de sus vidas es poderosa; los que quieren regresar a la esencia de su ser humano; los que buscan una vida tranquila, en paz con los otros, sin acumular, sin dominar, sin pretender perseguir el éxito y la fortuna. Están por todas partes: se encuentran en las ciudades y en los pueblos, en los caminos y en las montañas. Son enemigos de la violencia, anónimos, pero transforman vidas. En medio de tanta corrupción, mediocridad y crisis de confianza, ellos son la esperanza y el futuro; buscan la sencillez en lo simple y no el aplauso. Son la respuesta a la desazón de una sociedad que se consume en la carrera por tener más, vender más, crecer más, poder más, mandar más, dejarse ver más, alcanzar la fama; no aparecen en los escenarios ni en las pantallas, pero son los que nos dan la clave sobre cómo afrontar la vida de una manera distinta y limpia, sin envidias ni violencia.

Son aquellos que cuando miran a sus semejantes tienden miradas que no se dirigen a “personas cosificadas”, sino que los sitúan a la misma altura de su propia mirada, a la de la dignidad del ser humano. Estos “nadies y excluidos” sí son necesarios e imprescindibles. Necesitamos, pues, menos la grandilocuencia ofensiva y excluyente de “los alguien”, y más, la sencillez inclusiva y solidaria de “los nadies y excluidos”. Estos, “los nadies y excluidos” -la gente- son la muestra palpable del fracaso de quienes, en la sociedad, en la política, en la economía, en los gobiernos y jerarquías, se consideran los imprescindibles, los poderosos, los influyentes, “los alguien”.

Los “nadies” y los “imprescindibles”