jueves 23/9/21

Mito y realidad en Juan Carlos I

"La realidad y el mito se entrelazan en la experiencia de los pueblos y sabemos que los mitos han tenido siempre un papel crucial en la formación de la identidad de los países…, pero en el siglo XXI conviene tener claras las diferencias entre los mitos y la realidad de los hechos históricos probados”.

Henry Kamen. “La invención de España”.


Los que han sido alumnos de la asignatura de filosofía, antes que el indocto ministro Wert la arrinconara del currículo en la desdichada LOMCE, recordarán que la mayor parte del profesorado iniciaba por primera vez la asignatura con esta o parecida frase: la filosofía surgió, en el marco del milagro griego, a partir del “paso del mito al logos”, para explicar a continuación el sentido de ambos términos. Fue el momento en que los seres humanos intentaron salir de la primitiva oscuridad en la que acudían a los mitos (fábulas o relatos carentes de verdad, de carácter meramente alegórico) para explicar los sucesos del universo y la vida y comenzar a hacer uso de la lógica (el triunfo de la razón) para dar respuesta a tantas preguntas que exigen explicación racional: se abandona el “mito” como explicación fabulada y alegórica de la realidad y se opta por el “logos” o explicación racional de la misma. La transición entre el mito y la razón puso de manifiesto que la mitología ya no servía como discurso racional para dar respuestas razonables de la realidad sin tener que acudir para presentar la verdad a leyendas o a creencias en dioses. Como dijo Aristóteles, la filosofía nace desde la admiración, el asombro y la duda que producen “las cosas”, intentando buscar explicaciones razonables a lo que vemos, a lo que nos sucede y a lo que sucede en el mundo que habitamos. Bien sabemos, y más los buenos historiadores, que la historia es algo muy diferente de la mera opinión pública; también muy diferente de lo que es la publicidad y mucho más diferente de las versiones interesadas, ideológicas o falsas de los hechos.

Vivimos tiempos de confusión en los que el oropel se puede hacer pasar por oro y los hechos normales de la historia convertirlos en gestas heroicas. Pocas cuestiones hay en la cultura contemporánea que hayan despertado tanto entusiasmo y tanto recelo, a la vez, como la palabra mito. Se puede utilizar como alabanza máxima o como definitiva sospecha. No es infrecuente que el término mito se haya convertido en un elemento clave para ocultar la realidad. Los mitos, aunque esconden y disfrazan la realidad, son hasta cierto punto necesarios; ayudan a dar forma a nuestros sueños y anhelos y pueden convertirse en un poderoso imán hacia la acción; pero, desde un enfoque poroso e inestable, los mitos, como meras creencias, falsas construcciones o exaltación indebida de personas y acontecimientos, pueden convertirse en una terrible trampa que obnubilen la mente impidiendo razonar y avanzar en la búsqueda y el conocimiento de la verdad de los hechos, de la historia y de sus protagonistas. Mitificar un hecho o una persona puede ser tan desmedido y falaz como “sobrevalorar la nada”. Oxigena mucho a los historiadores que buscan la verdad de la historia que, desde la objetividad de los datos, “desmitifiquen” los mitos. Es decir, como señalamos al inicio de estas líneas: hay que superar “los mitos”, que son “construcciones a conveniencia de parte” para pasar a la lógica de la explicación racional de los datos. No en vano se dice que la historia se cuenta dependiendo de quién la escriba, casi siempre “los vencedores”.

El último libro del hispanista inglés afincado en Barcelona Henry Kamen, que lleva más de medio siglo trabajando en él se titula “La invención de España”; obra en la que trata de separar cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en la historia de nuestro país; es un ensayo demoledor de muchos mitos sobre los que se ha ido construyendo la identidad de España. Para Kamen, una gran parte de lo que los libros de texto han enseñado a los españoles como hechos históricos son leyendas imposibles de verificar y, muchas veces, reconstrucciones falsas o interesadas. La enseñanza basada en grandes protagonistas y en unas cuantas gestas heroicas necesariamente implica una distorsión de la realidad. Para él, con un lenguaje actual, se podría decir que parte de la historia de España así contada es una sucesión de “fake news”. Su libro es un recorrido por la historia española a través de los intereses políticos de quienes fomentan una u otra versión de los hechos en cada momento. En su opinión, los mitos fortalecen las identidades de los pueblos, pero es importante separar la realidad (lo que “sucedió”), de los mitos (lo que algunos quieren, y así lo escriben, que “hubiera sucedido”). Opina que ciertos o no, todos estos mitos y leyendas son importantes para entender la historia de un país: “Tienen un papel en la forma en que elegimos construir, es decir, inventar, nuestro pasado”.

Una de sus conclusiones es que “a lo largo de la historia, los políticos adaptan la historia de acuerdo a sus fines políticos”. Por poner un ejemplo, en la página 51 de su libro, pone “en solfa” a ese personaje “mítico que tanto entusiasma a VOX”: don Pelayo. Sobre el héroe asturiano (o visigodo o cántabro, según qué crónicas se consulten), apunta Kamen, “Don Pelayo es, en esencia, una ficción, porque no hay forma de documentar ni su existencia ni sus hazañas”. Muchas de las crónicas disponibles sobre el supuesto inicio de la Reconquista en las que se sustenta el mito están escritas varios siglos después de los hechos: “No hay documentación fiable de aquella época ni evidencia de que sucediera. No podemos saber si Pelayo existió o no”. Cuenta que no hay ninguna evidencia. ni siquiera de la batalla de Covadonga. Y en la página 380 llega a sostener que, actualmente, el esfuerzo más sistemático de falsificar la historia por parte de la política está ocurriendo en Cataluña con el procès, al igual que Franco hizo con la de España - del que llega a decir que no tenía ideología porque no sabía nada de nada-, inventándose los orígenes imaginarios de una nación uniforme. Las obras de ficción también tienen ideología y, por tanto, también tergiversan el pasado y la imagen distorsionada del pasado que proyectan en su ficción quedan muchas veces mejor grabadas en las mentes de los lectores que los relatos probados de los historiadores. No existe nación alguna sin sus mitos fundacionales, sin hechos históricos del pasado remoto manipulados, para confeccionar esa historia que necesitamos por conveniencia; es decir, interpretando el pasado en función de las necesidades políticas del presente.

Una las reflexiones finales de Kamen concluye que la realidad y el mito se entrelazan en la experiencia de los pueblos y sabemos que los mitos han tenido siempre un papel crucial no sólo en la formación de su identidad nacional sino también en algunos de los personajes de su historia; desmitificarlos es una de las funciones de los buenos historiadores. Al margen de la opinión que sobre la obra histórica de Henry Kamen podamos tener, ya los historiadores ya sus lectores, me parece interesante extraer alguna conclusión de sus reflexiones. Parto de las ideas iniciales del título de este artículo, sobre los mitos y las realidades en torno a la figura de Don Juan Carlos de Borbón, padre del Rey Don Felipe VI, con título honorífico de “emérito”, que poco significa y que no conlleva ejercicio efectivo alguno.

Como señalaba Aristóteles, lo único que necesitamos para convertirnos en “bisoños o aficionados filósofos” es la capacidad de asombrarse, y desde el interrogante que nos produce el asombro y la duda, buscar explicaciones razonables: encontrar respuestas. La historia nos muestra muchas respuestas diferentes a cada una de las preguntas que nos podemos hacer; y resulta más fácil hacerse preguntas que contestarlas. Pero, aunque alguna pregunta resulte difícil de contestar, incluso incómoda, sin embargo, tiene que tener una respuesta correcta. En el fondo, una de las preguntas es el inquietante dilema filosófico entre “apariencia y realidad” y, en el trasfondo, una de ellas son los difíciles momentos por los que está pasando en la actualidad el rey emérito Juan Carlos I. ¿Hemos mitificado la aparente figura del ex monarca o es ahora cuando descubrimos su verdadera realidad? Dicen que la historia es cíclica, que se repite indefectiblemente; y en el caso de nuestra monarquía, al menos en lo que se refiere a las relaciones personales, la situación a la que se enfrenta el rey Felipe VI con su padre, Juan Carlos I, recuerda la que vivió el Rey emérito con su propio progenitor, el conde de Barcelona: es claro el paralelismo entre ambas situaciones.

Uno de los personajes más importante de la transición democrática fue, sin duda, el Cardenal y arzobispo entonces de Madrid, don Vicente Enrique y Tarancón, pero no menos importante, siempre en la sombra, el jesuita José María Martín Patino, su brazo derecho desde 1965 hasta 1983, como vicario general en Madrid y artífice con él de la transición eclesial. Se trabajó y mucho -fui testigo de ello- el texto de la homilía de bienvenida democrática al Rey tras la muerte de Franco, pronunciada en la Iglesia de San Jerónimo el Real, la mañana del 27 de noviembre de 1975. Muchas fueron las manos y las ideas que intervinieron en su redacción y el padre Martín Patino - ¿quién si no?, pues era el hombre de confianza total del Cardenal - buscó a quienes podían ayudarle a redactarla. Terminada la ceremonia, en la recepción en el Palacio Real, el nuevo monarca a solas con Martín Patino, le dio su opinión sobre la homilía pronunciada por Tarancón: “¡Os ha salido una homilía cojonuda!”. Muchos años más tarde, en una conversación informal en la sala Goya del Ministerio de Educación con Martín Patino, con el que trabajé algún tiempo en el Arzobispado en la calle Bailén, en ese momento Presidente de la extinta Fundación Encuentro, le pregunté por esa opinión tan expresiva que tuvo el rey Juan Carlos sobre la homilía de Tarancón. Sus palabras fueron más o menos éstas: “El Monarca quiso referirse a la belleza y fortuna del texto, pero en realidad lo que la homilía pretendía era dejar claro que la Iglesia en esa nueva transición eclesial no quería patrocinar ninguna forma ni ideología política y que nadie utilizase a la Iglesia para cubrir sus banderías usurpando su nombre, dejando constancia de cuál debería ser el modelo de relación que el Rey debería tener con la Iglesia después del Concilio Vaticano II, no ocultando su opinión y la postura de la Iglesia sobre la etapa política que se iniciaba”.  

De hecho, las ideas centrales de la homilía era señalarle el apoyo de la Iglesia sin privilegios a cambio y, de existir privilegiados, que éstos sean para los que más lo necesitan, los pobres, los ignorantes, los despreciados, aquellos a quienes nadie parece amar; es decir desmarcarse del papel desempeñado por la misma Iglesia durante la dictadura de Franco; le garantiza que la Iglesia nunca determinará qué autoridades deben gobernar a los españoles pero sí exigirá a todas que estén al servicio de la comunidad entera; le pide que sea el Rey de todos sin distinciones de tipo alguno; su deber es saber unir a todos para conseguir iniciar el camino hacia una democracia con éxito; le ruega destreza para el nuevo futuro político que se inicia, en el que puedan participar libremente todos los ciudadanos; esto sólo será posible dentro del marco democrático que la Iglesia apoya; le anima a iniciar un “proceso” que nos lleve hacia la igualdad social y económica, caminando decididamente hacia una equitativa distribución de los bienes que tenemos de la tierra porque será así cuando el camino hacia la democracia será posible y sin obstáculos. Finalizó su homilía exhortándole a que actúe e imite aquellas palabras con las que la liturgia define el auténtico reino de un rey: verdad, vida, justicia y paz.

Que reine la verdad, que la mentira no invada nunca nuestras instituciones, que la adulación no entre en vuestra casa y que la hipocresía no manche nuestras relaciones humanas. Que sea un reino de vida, que la violencia no lo sacuda, que ninguna forma de opresión esclavice a nadie, que todos conozcan y compartan la libre alegría de vivir. Que sea un reino de justicia en el que quepan todos sin discriminaciones, sin favoritismos, sometidos todos al imperio de la ley y puesta siempre la ley al servicio de la comunidad. Que sea un reino de auténtica paz, una paz libre y justa, una paz ancha y fecunda, una paz en la que todos puedan crecer, progresar y realizarse como seres humanos…

Con estas reflexiones que, según la expresión real, eran “cojonudas”, aceptaron muchos españoles, gran parte de ellos, republicanos o monárquicos resignados, después del triste, largo, dictatorial y execrable “gobierno del virus exterminador del franquismo”, entrar en una época de transición democrática, cuyo Jefe de Estado, según la Constitución del 78, en una monarquía “instaurada por el dictador” sería Juan Carlos I de Borbón. Una opinión, que seguro comparten la inmensa mayoría de los españoles, es que a quien simplemente por herencia de cuna borbónica los españoles le han dado todo, tendría que estar obligado, al menos moralmente, a un comportamiento responsable y a ser un ciudadano intachable y modelo ejemplar en todo. Que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, como dice el artículo 14 de la Constitución, es una frase tan repetida como falsa: basta con leer la Constitución donde queda claro que el rey es inviolable y no está sujeto a responsabilidad (Art.56,3); goza de un privilegio anacrónico que debería ser revisado. Dado que la Jefatura del Estado tiene más valor simbólico que otra cosa debería haber cuidado al máximo esos símbolos y los respectivos privilegios. Al estar desprovisto de funciones ejecutivas, según la Constitución (Título II), el rey es rey los 365 días del año y las 24 horas del día y debe ganarse la “auctoritas”, el prestigio, la adhesión y el reconocimiento cada día.

Como escribió Josep Ramoneda, la biografía del ex rey Juan Carlos tiene todos los elementos para que un autor teatral reviva las tragedias clásicas: la ¿“accidental”? muerte de su hermano que le abrió el camino al trono; los desencuentros con su padre, que tuvo que renunciar a sus derechos legítimos para que el entonces príncipe fuera aceptado por Franco; las trifulcas palaciegas durante la agonía del dictador; la entronización por la dictadura; la traición al régimen que le coronó, para abrir paso al régimen democrático; la caída en desgracia de su escogido como presidente, Adolfo Suárez, con el que tuvo un enfrentamiento; “Uno de los dos sobra en este país. Y, como comprenderás, yo no pienso abdicar”, le dijo el Rey a Suárez, según cuenta Pilar Urbano en su libro “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”; en el que también narra el episodio del 23-F, del que queda mucho por conocer y en el que el libro da a entender que “el golpe de Armada contra Suárez se planeó en Zarzuela, y que el ‘elefante blanco’ habría sido el Rey”, pero al final la balanza “muy bien trabajada”, acabó cayendo del lado bueno y Juan Carlos apareció reforzado como garante de la democracia; las complicadas relaciones con los diferentes presidentes del Gobierno en un régimen con dos cabezas, la aristocrática y la democrática, etc…

Que con el rey emérito Juan Carlos I el desgaste de la monarquía se ha acelerado enormemente ya nadie lo niega y más con lo que tenemos ahora sobre el tapete. Durante gran parte de su reinado, arropado psicológica, moral y legalmente por “su inviolabilidad” y por una sarta de cortesanos que adulaban y aprobaban cuanto hacía, mitificó y magnificó sus derechos hasta creerse que, desde el trono, todo le estaba permitido y que, como dije en mi anterior artículo sobre el rey Creonte en la tragedia Antígona, “llegó a considerar que España le pertenecía por ser el rey”. Que a todo pecado y posterior perdón le siga la penitencia, es lo que ordena la tradición católica, así que era razonable esperar que un monarca que no había roto sus lazos umbilicales con la Iglesia católica cumpliera con el imperativo divino. Era de esperar, por tanto, pero no por convencimiento sino por conveniencia, que el rey pidiera de perdón, por lo del “elefante, la caída y la Corinna”: “Lo siento mucho. Me he equivocado... y no volverá a ocurrir”.

El comportamiento del rey emérito de España, Juan Carlos I, cuyo historial de amantes y oscuro manejo de finanzas era bien conocido por la sociedad española, hoy le está pasando factura. Y no es bueno para el país, para la verdad y para él, no tener claro lo que en él ha sido mito, exaltación fabulada de su reinado y la realidad y conocimiento veraz del mismo. Para muchos juristas, la monarquía se justifica por su utilidad y fue útil durante la Transición, pero hoy es dudoso que lo siga siendo. En este momento el pacto de silencio se ha roto y al emérito se le ha acabado la bula. Con memoria colectiva e histórica, la pregunta es clara y directa: ¿Ha cumplido el Rey emérito durante sus más de 40 años de reinado con el perfil marcado por Tarancón, que él calificó de “cojonudo”, como rey católico como él a sí mismo se definió?; ¿qué hay en su vida y en su persona de mito y qué de realidad? Esta pregunta se la está haciendo en estos momentos la mayor parte de la ciudadanía española, y en mi opinión, la respuesta no le es favorable.

Aunque desde hace varios años se rumoreaba sobre el aumento sospechoso de las finanzas de Juan Carlos I, la lista Forbes le adjudica un capital que mal compadece con lo que ha ganado como monarca durante su reinado como Jefe del Estado, ha sido el domingo 15 de marzo cuando el diario suizo Tribune de Gèneve publicó que Juan Carlos recibió, en 2008, 100 millones de dólares del rey Abdalá de Arabia Saudita, en una cuenta en Suiza de una fundación panameña; el periódico británico The Daily Telegraph añadió que Felipe VI era también beneficiario de esa fundación, que había recibido una donación de 65 millones de euros de las monarquías árabes. En un sorpresivo anuncio, el rey Felipe VI, “con la finalidad de preservar la ejemplaridad de la Corona” renunció ese mismo día a recibir la herencia que le pudiera dejar su padre, Juan Carlos, cuyo origen, características o finalidad pudieran no estar en plena y estricta consonancia con la legalidad o con los criterios de transparencia, integridad y ejemplaridad. Y en ese comunicado le retiró su asignación de la Casa Real, en medio de sospechas de corrupción del rey emérito.

Cada vez sorprende menos, al ver pruebas irrefutables, de la capacidad de determinadas personas e instituciones de pensar que los ciudadanos somos imbéciles. Somos testigos de que hay quienes quieren ocultar lo que la mayoría de ciudadanos saben, y lo saben con certezas y datos. Antaño, un escudo pretendidamente invisible protegía sin desmayo la felicidad oficial de la Familia Real española. Hoy, para el rey emérito, se ha roto el blindaje y se ha despejado el halo que le protegía. Es el momento de las preguntas y las respuestas. Desmitificar, deconstruir y cuestionar en busca de la verdad histórica para conocer no el mito sino la realidad del papel que durante su reinado jugó el monarca, es el trabajo honesto y transparente para los historiadores, pues para entender la historia es necesario analizarla con perspectiva, pero sin privilegios jurídicos. Cuestionar la monarquía y especialmente la figura de Juan Carlos I resulta delicado, pero necesario para saber la verdad de nuestra historia. Por el bien de la propia institución monárquica hay que salir de este laberinto en el que hay demasiadas preguntas y pocas respuestas y éstas, cuando las hay, son exculpatorias y evasivas. El peor modo de salir del laberinto es huir y no reflexionar.

Es el momento de recordar aquel discurso del entonces Rey Juan Carlos en las Navidades de 2011, y algunas de sus frases que se han repetido hasta la saciedad: “La Justicia es igual para todos. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar. Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética, es natural que la sociedad reaccione. Afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho, y cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La justicia es igual para todos”, recalcó de nuevo don Juan Carlos.

Pues eso es lo que quieren muchos ciudadanos, sin rechazos vengativos, pero tampoco con servilismos cortesanos: que la sociedad reaccione para conocer la verdad desde la correcta e imparcial justicia, sin mitos sino desde la realidad de los hechos. Queremos saber lo que decía el ingenuo niño del cuento de Hans Christian Andersen “El traje nuevo del emperador”, si “el rey emérito” está o no desnudo de delito. Confucio hace miles de años ya alertó: “¡Cuidado con no hacer un agujero en la tela por querer borrar una mancha!”. Pues eso; hay que tener cuidado con no agujerear la institución monárquica, por querer borrar la mancha de una dudosa gestión del rey emérito.

Mito y realidad en Juan Carlos I