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lunes. 15.08.2022

La miseria de “esta” política

Hace días el que fuera presidente de la República de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, escribía en “El Colombiano”: “En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”.

Hace días el que fuera presidente de la República de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, escribía en “El Colombiano”: “En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”. No tengo dudas de que la mayoría de los políticos son honestos; no comparto la generalización que se repite, sin distinguir unos de otros: “Todos los políticos son corruptos”. Sin embargo, la encuesta de abril del CIS que valora a los políticos como la institución española que genera menos confianza, apoyaría en estos momentos la afirmación del ex presidente Cardoso. Y subrayo “en estos momentos de elecciones autonómicas y municipales”, porque es desmoralizador -afirma Adela Cortina en su último artículo en el diario El País- constatar cuántos dicen querer servir al ciudadano, mas en la práctica a lo que realmente aspiran es a alcanzar el poder y mantenerse en él por encima de todo; al analizar sus conductas es frecuente observar cómo, en lugar de preocuparse por atender los intereses de los ciudadanos y solucionar sus problemas y necesidades, se ocupan de los suyos, trajinan denodadamente por mantenerse en el “sillón” e incumplen, con cinismo y sin pudor, cuantas promesas hicieron a la hora de conseguir sus votos. Esta categoría de políticos son aquellos que acceden a la política sin vocación y hacen de ella en exclusiva su profesión; en muchos casos, incluso, entran en la dinámica del enriquecimiento personal, aupándose en el ascensor de la corrupción. Para éstos, la estrategia “de presentarse como servidores del ciudadano” es un conocido mecanismo de defensa verbal y psicológico con el fin de disfrazar deseos ocultos; intentan con tal expresión dar una explicación altruista a su gestión; racionalizan así una ambición que, de hacerla manifiesta, les haría aparecer a los ojos de los ciudadanos con comportamientos poco dignos y con una excesiva ansia de mandar, descrita en sociología como “la erótica del poder”. “He venido a la política para enriquecerme”, afirmaba sin pudor un ex ministro de Aznar, muy acomodado hoy en “las puertas giratorias”.

Muchos ciudadanos intentamos en estos momentos responder a la pregunta más básica ante las próximas elecciones del día 24: ¿a quién debemos o a quién vamos a votar? A esta pregunta intento responder con estas reflexiones, definiendo en ellas parte de mi identidad política.

En este ambiente preelectoral certeramente describía Forges en una de sus logradas viñetas el siguiente diálogo entre sus “blasillos” mientras, sentados, contemplan una puesta del sol: “La democracia no es la culpable de los actos de sus dirigentes”, a lo que el otro contesta: “Pues a ver si se nos mete en el cacumen; votamos lo que votamos y pasa lo que pasa”.

Pues como estamos hartos -estoy harto- de que nos pase lo que nos pasa, para que no vuelva a pasar, quiero manifestar, “a la llana y sin rodeos, en mi condición de hombre libre conquistada” -expresión de Goytisolo en su discurso en el premio Cervantes-, a quién NO voy a votar: ¡NO voy a votar al Partido Popular! Y lo manifiesto claramente y sin ambages, con una expresión de san Agustín que no debería molestarles: “Si illi, cur non ego?” Si ellos pueden, ¿por qué yo no? Si ellos, los de la cúpula popular, pueden criticar sin apenas argumentos y con falacias y engaños, a todos los que no son los suyos, ¿por qué no voy a poder, con razones y argumentos, desde mi libertad de votante, decir alto y claro por qué no les voy a votar?

Quizá sea tiempo de decir serenamente que estamos asistiendo a la erosión y al desencanto que producen en muchos españoles, yo entre otros, el panorama de políticos artificiales y culpablemente crispados, producto  de la ambición por el poder, de la vulgaridad, incluso de la incultura democrática y de la ignorancia de las propias obligaciones. El deterioro de la calidad democrática está siendo más visible en España desde que el Partido Popular se ha alzado con el poder, recuperando una de las peores tradiciones patrias: la cultura del rencor. Por todo ello, considero que este es el momento de los ciudadanos; es el momento de demostrar que estamos hastiados de tanta mentira y embuste, de tanto cinismo y promesas incumplidas, de tanto corrupto, sin que nadie en el Partido Popular asuma responsabilidad política alguna. No hay día en que no nos despertemos con un nuevo caso de corrupción que afecta, de modo especial, al Partido Popular. A toda su cúpula les pasa lo que les pasa, sin que nadie, como si fueran imbéciles, se entere de nada. Es hora de demostrar que queremos un cambio, sin miedo y con orgullo; que somos muchos -la mayoría- los que no nos sentimos representados por los populares; de decirles que, por mucho que se empeñen, el éxito económico no puede ser el criterio único de respuesta en una cita electoral, que su paradigma de una economía de éxitos macroeconómicos está muy alejado del mundo real de muchos ciudadanos repleto de desigualdades; queremos ser los ciudadanos, “en nuestra condición conquistada de hombres libres”, los que tengamos en nuestra mano poder decidir quiénes han de ser los que nos gobiernen. Yo, al menos, no quiero que sea el Partido Popular.

El Partido Popular, que gobierna en España con el mayor poder que un partido ha tenido en democracia, no puede ignorar que el desbarajuste de una sociedad comienza cuando anida y aumenta la corrupción sin que los que gobiernan se den por enterados o como si no fuese con ellos, cuando se ampara o se intenta justificar a los corruptos, cuando se quebranta la legalidad o los compromisos morales, esos que pueden no estar escritos en las normas legales pero son esenciales como condiciones del respeto, sin el cual se precipitan la desigualdad y las injusticias. ¡Qué razón tiene Victoria Camps al afirmar que “lo más escandaloso de la sociedad es observar por qué cuesta tanto quitar de en medio a los corruptos”.

Al Partido Popular hay que recordarle que no basta hablar de regeneración y transparencia; no basta hablar de reformar el partido, no es suficiente empeñarse en situar como criterio básico de su campaña electoral que la economía se recupera, ni basta aprobar más y más leyes pretendidamente moralizadoras y reformistas, mientras aprueban de matute leyes regresivas y “leyes mordaza”. Aristóteles, maestro de la lógica, con un silogismo correcto, deduciría, con las siguientes premisas, idéntica conclusión: los ciudadanos tenemos claro que democracia y corrupción son términos mutuamente excluyentes; es así que el Partido Popular alberga un creciente número de dirigentes y cargos corruptos sin que se sientan moral y políticamente interpelados por ellos, luego, si queremos una sociedad democrática, no debemos prestar nuestro voto a los candidatos populares. En cualquier país serio gran parte de la cúpula del PP, empezando por nuestra “plasmático” presidente, señor Rajoy, ya habría dimitido; deben asumir su responsabilidad en cómo han conducido el país en estos tres largos años de gobierno. De este gobierno, de su presidente y del partido que le apoya, hay poco que esperar, incluso, cuando presionados o asustados por las consecuencias electorales que se les avecinan tratan de corregir el rumbo político. Se han dado cuenta tarde de que los sismógrafos electorales están dando la alerta de lo que puede llegar a ser el principio de su fin.

En sus exculpatorias declaraciones reconocen sentir vergüenza cuando tienen que afrontar, a regañadientes, una nueva denuncia de corrupción de los suyos (un día sí y otro también); los ciudadanos, en cambio, les decimos que no es sólo vergüenza sino indignidad. No saben encajar su propio descrédito. Han preferido, como el avestruz, esconder la realidad bajo las alas de “la gaviota”, faltando al respeto y a la verdad no sólo a los españoles sino también a sus propios votantes. No sólo carecen de popularidad, como recoge la última encuesta del CIS, también de credibilidad. El colmo de la incapacidad para la empatía del Partido Popular es ver "enemigos" por todas partes y considerar enemigos a todos los medios que les critican y a todos los ciudadanos que no les aplauden.

Traigo de nuevo a estas reflexiones la inteligente dicotomía de Eduardo Galeano cuando afirmaba que “el mundo se divide, sobre todo, entre indignos e indignados, y ya sabrá cada quién de qué lado quiere o puede estar”. No dudo de que la inmensa mayoría de los votantes populares ni quieren ni están entre los indignos, seguramente se sitúan entre los indignados, pero a tenor de cómo actúan, no pocos de sus dirigentes sí lo están. No se puede dilapidar la ilusión. Al caos actual no le puede seguir más fracaso y frustración.

La palabra, si es libre, se aviene mal con los poderes, ya sean políticos, económicos o religiosos; la palabra en libertad es el camino más adecuado para la democracia y el progreso, sobre todo, cuando analiza y critica las ambiciones de los mediocres. Mediante las palabras, decía Freud, puede el hombre hacer feliz a un semejante o llevarle a la desesperación, ilusionarle o engañarle; con la palabra o las promesas uno puede ir tan lejos como quiera, aunque es probable que al final se descubra que las palabras no contenían verdad -o no toda la verdad- y las promesas no resultaban posibles. Según la teoría hermenéutica de Gadamer, todas las palabras se pronuncian o escriben para ser comprendidas en un contexto; contexto y momento que les cargan de significado. Según se puede leer en su página web, trabajar, hacer, crecer son las tres palabras que condensan el eslogan de campaña del Partido Popular; con ellas pretenden definir lo que son, lo que han hecho y lo que se proponen seguir haciendo. Al margen de ser un lema casi idéntico al que el PNV presentó hace unos meses en un acto político en Durango y sin hacer mofa y befa, como recogen las redes sociales, con el acrónimo de sus tres iniciales “THC” -desde 1964 se utiliza para denominar al tetrahidrocannabinol, principal psicoactivo que contiene el cánnabis-, muchos pensamos que el PP sí “trabaja”, pero “pro domo sua”, es decir, trabaja denodadamente en beneficio y provecho de los suyos; sí “hace” pero es un hacer, en palabras de Derrida, deconstructivo, deshaciendo la estructura del estado de bienestar y de libertades y derechos que hemos ido construyendo en democracia y retrotrayéndonos a momentos ya superados; y sí “crece”, aunque el crecimiento y enriquecimiento son sólo para unos cuantos; aumenta, en cambio, la pobreza para millones de ciudadanos que ni sienten ni palpan ni se benefician de esa pretendida recuperación económica. Si una paradoja es aquello que a primera vista parece contrariar lo más evidente, el Partido Popular es una gran paradoja. He aquí algunos ejemplos:

Escuchando el argumentario que repiten sus candidatos durante esta campaña electoral, parecería que nos encontramos en un mundo de colores. Basta escuchar a Rafael Hernando, su portavoz en el Congreso, carente de sensibilidad y autocrítica y utilizando todos los mantras de sus cínicas mentiras: han creado empleos a granel y son adalides como nadie contra la corrupción y la defensa férrea del Estado del bienestar! Poco importa que la realidad de los datos sea demoledora y contradiga esas afirmaciones, y que, con este gobierno, el que algunos poderosos tengan mucho es el resultado de que otros muchos tengan muy poco o que prevalezcan los intereses de los menos sobre los intereses y derechos de los más… Pero ellos, erre que erre, siguen repitiendo la expresión del que fuera la franquicia del rencor: ¡España va bien!

Otro ejemplo: soy madrileño y voto en Madrid: ¿podemos los madrileños soportar de nuevo a una política “aguerrida” y castiza, con muchas palabras pero pocas ideas, llena de carencias culturales, que echa pulso con descaro a quien se atreva a criticarla, que intenta dignificar sus mentiras camufladas por el interés de los ciudadanos, que sabe de todo lo que inculpa a sus enemigos pero desconoce lo que le inculpa a ella y que, a pesar de sus pingües sueldos, declara sin rubor que no llega a fin de mes?, ¿podemos votar a quien se aupó a la Presidencia de la Comunidad de Madrid mediante turbios y nunca explicados con el llamado “caso tamayazo”?; ¿podemos votar a quien, negando siempre sus responsabilidades políticas, siendo Presidenta de la Comunidad y el Partido Popular de Madrid, sus hombres de confianza generaron las dos mayores líneas de corrupción (Gürtel y Púnica)?; a todo ello habría que añadir, entre otras dudosas conductas, un comportamiento censurable para cualquier ciudadano de falta de respeto y desobediencia manifiesta a la policía municipal de cuyo Ayuntamiento quiere ser alcaldesa… ¿Con este mochila de sombras pretende gobernar Madrid esta condesa consorte de Bornos? Utilizando la terminología de Jung, sólo la teoría del inconsciente colectivo podría explicar el olvido de los madrileños a la hora de votar a Esperanza Aguirre.

Y acabo con unas palabras de Manuel Vicent; la cita es larga pero pocos lo pueden hacer con mayor acierto al utilizar la metáfora del viaje en avión en su ilustrativa columna “Las maletas”, en el diario El País” del pasado domingo. ¿Cuál debe ser la actitud del votante?: “Sucede lo mismo en el sistema económico y político en el que navegamos sin escapatoria, unos en primera, otros en turista, unos en camarote de lujo, otros como esclavos en galeras. Los problemas hay que resolverlos desde el propio sistema, pero en este caso los pasajeros tenemos derecho a exigir, aparte de que los políticos sepan manejar las máquinas, que no nos pulan el equipaje. Es lo que ha sucedido. Mientras la crisis económica zarandeaba el sistema con peligro inminente de estrellarlo contra los Alpes o de mandarlo al fondo del mar, gran parte de la tripulación del Gobierno en el poder ha aprovechado la zozobra para desvalijar a los pasajeros y llevarse la caja. Pero el espectáculo obsceno se presenta ahora. Como si no hubiera pasado nada, muchos ciudadanos que han soportado la corrupción volverán a poner con su voto a esos políticos delincuentes en la cabina de mando. En nuestro sistema democrático la máquina manda, aunque no necesariamente debe imponer el destino. Puede que con el cambio de tripulación cambie también el rumbo del país y, si bien no es fácil que fructifique una ilusión colectiva de regeneración, no creo que sea mucho pedir que durante este nuevo viaje los políticos salidos de las urnas al menos esta vez no nos roben las maletas”. ¡Pues, eso!

La miseria de “esta” política