domingo 9/8/20

La gran decepción

Podemos y Pablo Iglesias no deben olvidar que encontraron un filón político del que abusaron en la crítica que hicieron a los demás desde el 15M

Mientras cierro estas reflexiones, Pablo Iglesias e Irene Montero han decidido someter a consulta su permanencia como dirigentes de Podemos y diputados en el Congreso con la siguiente pregunta: “¿consideras que el secretario general y la portavoz en el Congreso deben seguir al frente de Podemos?”, respondiendo, a su vez, si ambos, Iglesias y Montero, deben dejar su acta de diputados. Con este disimulado plebiscito tratan de contener las críticas, alegando que siguen siendo coherentes con sus postulados frente a las élites y la casta. Iglesias y Montero alegaban que “no imaginaban que la compra del chalet sentaría tan mal”. Con esta afirmación ambos han demostrado carecer de una de las cualidades más necesarias para un buen político: tener clara visión de las consecuencias de sus actos y decisiones.

Pero la pregunta, además de tramposa, es irresponsable. Trasladar la pregunta a los “inscritos e inscritas”, deshojando la margarita en un “me quieren no me quieren” referendario, es la mejor forma de exonerarse de la propia responsabilidad mediante “un referéndum de estima y cariño”. Las responsabilidades son siempre de decisión personal y no de los demás. Son ellos los que deben decidir y no que otros decidan por ellos. Al adoptar esta consulta por propia voluntad, están demostrando que eran conscientes de la incongruencia e incoherencia política en la que han incurrido y la alarma que han creado, sobre todo en sus militantes y bases, y por tanto suya debe ser la decisión. Han crecido en la política demasiado jóvenes y vírgenes, sin tener consciencia de que la crítica feroz a los demás siempre puede revertirse en su contra. La crítica, y más si es dura, es la moneda que hay que pagar por haber alcanzado tanto poder y tan rápido.

Las miserias humanas no impiden la historia, pero sí la pueden destruir. Iglesias y Montero saben que la posibilidad y el riesgo de descabezar en estos momentos el liderazgo del partido es una temeridad en la que los militantes de Podemos no van a caer; de ahí que la pregunta, como toda pregunta retórica, conlleve la certeza de que el SI a su permanencia lo tienen garantizado; tanto más al plantearla en el marco de que su intimidad ha sido mancillada y su honestidad y credibilidad ofendidas “como jamás en la historia de la democracia en España”. Así lo ha denunciado el secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique, en una declaraciones en televisión, victimizando a ambos líderes, desviando la dirección del problema, pues la crítica que se les hace no es por la compra de una vivienda, eso sí, espléndida, sino, como afirman indignados muchos militantes y como sostiene en un comunicado el alcalde de Cádiz, José María González “Kichi”, que el código ético del partido morado “no es una formalidad, es el compromiso de vivir como la gente corriente para poder representarla en las instituciones y supone renunciar a privilegios como el exceso de sueldo y no parecernos a la ‘casta’, como hemos aprobado en nuestro proyecto de partido”.

Hay quien, en la gestión de sus decisiones, las torpezas las considera aciertos. Hubo un tiempo en que a los políticos se les exigía un mínimo conocimiento de la historia y de la realidad en la que viven; y cuando no lo tenían, al menos, se les exigía un mínimo de pudor. La gestión adolescente casa mal con la gestión madura que se le debe exigir a quien se presenta (incluso apostó por ser vicepresidente del gobierno con Sánchez) a ser presidente de España. Creo que pocos ciudadanos ignoran lo que significa ser un “oportunista político”: persona voluble y cambiante en cuanto a criterio y posiciones políticas. El oportunista político abandona, mejorando su estatus y siempre justificándose, posiciones, actitudes, valores, concepciones políticas e ideológicas; su opuesto es aquel que mantiene una sólida consistencia política-ideológica, firme e invariable que, aún en situaciones tremendamente difíciles, muestra una actitud inclaudicable sin poner en riesgo la defensa de sus ideas. Son aquellos en los que el poder y sus intereses y comodidades no les marea; son consecuentes con sus principios y compromisos; no sufren un desdoblamiento de personalidad, como el oportunista que a veces son “gente” y otras, “casta”. El oportunista político debilita gravemente, sobre todo, al partido en el que milita.

Ya lo afirmó Montaigne: “Nadie está libre de hacer estupideces, el problema es decidirlas con énfasis y soberbia”. No se puede ser oportunista y aprovecharse de aquellas situaciones que a mí me convienen. Son aquellos que en torpes circunstancias, imbuidos del poder, consideran que los suyos, hagan lo que hagan, decidan lo que decidan, siempre les aplaudirán; llevan la impostura hasta el paroxismo; encubren sus sentimientos e intereses y los revisten con el manto de una preocupación social por los demás; conocen las ventajas que les reporta su liderazgo institucional en los momentos del desastre mientras los focos les iluminan; mas, cuando éstos se apagan, las promesas hechas y las palabras dadas se las lleva el viento y el tiempo. Y lo peor que sucede en política es que el fanatismo considera “bueno lo que hacen los míos y malo, si lo hacen los otros”.

Uno de los mayores valores del político es que la sociedad sepa qué va a hacer y cómo, cuándo y por qué lo va a hacer. Para su credibilidad es importante tener como ciertas y seguras que sus promesas y palabras se van a cumplir, que sea real y no fingidamente transparente, que rinda cuentas de ellas, no sólo en momento de exaltación, cuando las emociones y los sentimientos están a flor de piel, sino de manera continua, cuando los focos de las emociones se hayan apagado. Y si traiciona la confianza de los que le han elegido, si no cumple lo dicho y prometido, cuando se constata sus incumplimientos y su credibilidad no resiste la prueba de los hechos y del tiempo, “la dimisión” es siempre una obligación de responsabilidad. Las palabras -dice el refrán- se las lleva el viento, pero los recuerdos, no. Y, cuando las promesas y las palabras se traicionan y los incumplimientos se hacen más presentes, es entonces cuando los ciudadanos despiertan su memoria y les recuerdan lo que dijeron y prometieron. Hoy existe, para desdén de algunos políticos, “la maldita hemeroteca”.

Sostenía Francis Bacon que “el cumplimiento de las promesas que se hicieron vale más que la elocuencia con las que se prometieron”. Y ese es el talón de Aquiles de algubos “podemitas”: han puesto mucho énfasis y elocuencia en las palabras con las que criticaron y critican a los demás y han prometido y seducido a los suyos desde el 15M, hasta llegar hoy a donde están, con esa ética de la conducta con la que iban a actuar, que en estos momentos han aparcado en “Galapagar”. Dicen sentirse acosados, pero olvidan las críticas feroces que ellos hicieron. 

Enseñaba Demóstenes que “las palabras que no van seguidas de los hechos no sirven para nada”. Iglesias y Montero, Pablo e Irene, han dicho demasiadas palabras que, como esos que ellos han calificado de “la vieja política”, están sirviendo para poco y que, como las de esos “viejos políticos”, el tiempo se está llevando, pero que muchos de sus votantes, los que viven sin amnesias selectivas, no las han olvidado y hoy les pasan factura.

Se preguntaba Pablo Iglesias en 2012 en twitter, seis años antes de meterse en una hipoteca similar a su crítica en esas preguntas retóricas de quien se considera modelo de ética política frente a los demás: “¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000€ en un ático de lujo”? Y sostenía “que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de medio ambiente”.

Hay que decirles a Iglesias, a Montero, a Echenique, a Monedero… que el problema no es el chalet, ahí no reside la crítica, el problema es la incoherencia; esta es la razón de la crítica que se les está haciendo, incluso, por parte de sus militantes. Podemos y Pablo Iglesias no deben olvidar que encontraron un filón político del que abusaron en la crítica que hicieron a los demás desde el 15M, justificada, por otra parte; se autoproclamaron “la gente, los de abajo” en contraposición con los viejos políticos a los que definieron como “la casta, los de arriba”. A ellos hoy se les señala también como “casta”. El discurso de la pureza lleva consigo una hipoteca muy alta; y ésta no se puede pagar tan fácilmente como los 540.000 euros con Caja de Ingenieros, entidad vinculada al “procés” catalán.

Una de las actitudes más imperdonables en la actividad política es la incoherencia. Para que la ciudadanía crea en sus gobernantes es indispensable que sus acciones se orienten hacia objetivos concretos; que gestionen desde la trasparencia y, especialmente, que haya coherencia entre el discurso y la acción, entre lo que dicen y prometen y después hacen. Los efectos de la incoherencia en la política, de actuar y obrar de forma inconsecuente con el discurso y con los principios e ideales que se dicen sustentar, de decir una cosa y hacer otra, son graves y perjudiciales por cuanto contribuyen al deterioro de la confianza de la ciudadanía con respecto a sus dirigentes, fomentan la suspicacia, el desinterés y la apatía hacia la política, incrementan los problemas de gobernabilidad y producen el descrédito de la democracia. Este deshonesto comportamiento de los dirigentes políticos menoscaba la credibilidad de sus propios liderazgos y es la razón por la que se les tiene en baja estima y se les percibe como hipócritas y demagogos, carentes de ética y moral.

La incoherencia del político se pone en evidencia cuando sus ideas y su discurso se confrontan con sus actos, cuando las actuaciones asumidas en el ejercicio de una posición de poder, de un cargo público, resultan contrarias a su discurso y sus promesas. Las contradicciones entre lo que se dijo en campaña con lo que se hace después desde la gestión política, y más en el gobierno, son la razón principal del deterioro de la imagen de los políticos y de la valoración negativa sobre su gestión. Sólo quien consigue la coherencia absoluta, puede defenderse de las críticas y puede, asimismo, criticar a los demás.

La rueda de prensa de Montero e Iglesias ha sido un auténtico ejercicio de prestidigitación verbal, un zasca a su virginidad política, para justificar la compra del chalet. Hay que decirles que el gran poder político, al que aspiran, conlleva y exige también una gran responsabilidad; pero se han metido en la dinámica de la incoherencia y el conflicto, no solo para ellos, que “allá se lo guisen y coman”, sino para todos aquellos que han confiado en el proyecto que ellos representan. Pero, por lo que se ve, desde “los cielos conquistados”, no han sabido leer la realidad ni aterrizar en ella.

En una entrevista en el Hormiguero, Pablo Motos, haciendo referencia al Palacio de la Moncloa, pregunta a Pablo Iglesias: ¿Te viste en algún momento viviendo allí?; a lo que Iglesias respondió: “Yo preferiría que no. Preferiría seguir viviendo en Vallecas, en mi casa… Si esto ocasionase algún problema, me adaptaría a lo que sea; pero de tener que elegir, yo quisiera seguir viviendo en mi barrio”. Y Motos, imaginando y narrando el acontecimiento, anuncia: “El presidente de gobierno sale de su casa de Vallecas y se dirige a…”. A lo que Iglesias contesta: “Es que eso debería ser así. En el piso de siempre y como siempre, viviendo el en piso de mi abuela y con su mobiliario…, y los vecinos, dándome los buenos días”.

Los que han hecho de la austeridad su marca política personal al decir: “Me ofenden sus coches caros. Me ofende que ellos lleven a sus hijos a colegios de “papá”… Me importa un cuerno que me critiquen por vivir en Vallecas y por comprar ropa en Alcampo”, hoy justifican su traslado al chalet de Galapagar “por el deseo de estar en el campo, para vivir y no para especular llevar a sus hijos a un colegio público y disponer de espacio y privacidad para formar su proyecto de familia…”. Hay que decirles a Pablo e Irene, por mucho que lo disfracen, que ir a vivir a un lugar exclusivo es una manera de irse a vivir a un lugar excluyente; es desconectar de las expectativas vitales de quienes son sus votantes. La esperanza de Iglesias y Montero, con su tramposo referéndum es que “este cáliz” termine pronto. Esta es la contradicción que ha perseguido a Podemos desde sus comienzos y que le irá haciendo cometer sus errores más graves. Con no poca hiriente ironía decían algunos en Plaza Podemos: “Pero si no tiene helipuerto es un chalet de clase obrera”. Y otros, con no menor ironía bíblica: “Predican como Cristo, pero viven como Dios”.

Muchos políticos sufren hoy la repulsa ciudadana precisamente por la falta de coherencia entre su discurso y su gestión; mucho de lo que dijeron que harían no lo han hecho, y muchas cosas que antes condenaban con rigor y que prometieron no hacer, hoy las llevan a cabo, sin el menor rubor. Se consideran inmunes e impunes. Las promesas de “cambio y regeneración” formuladas por los nuevos partidos políticos lograron ilusionar a muchos ciudadanos y crearon una gran expectativa que no han podido satisfacer, porque, ya en el ejercicio de la gestión política y algunos en el poder, se dieron cuenta de que no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.

Quienes “criticaban la vieja política” se están enfangando no ya sólo en la vieja sino también en la “baja política”; de siempre sabemos que el recurso habitual de la “vieja y baja política”, para hacerse con el poder, consiste en deslegitimar al contrario; es frecuente que las disputas en el seno de los partidos no son sino una lucha por “el plato de lentejas del poder”. Del conocido refrán “los mismos perros con distintos collares” se puede concluir: “las mismas políticas con distintos actores”. Es lo que algunos llaman “la política de la ingenua inexperiencia” y otros, “la política de la soberbia impostada”. Nada es lo que parece. Por más que lo quieran matizar o disfrazar, en Podemos ha explotado la crítica por el poder y por la incoherencia de algunos de sus líderes.

Si examinamos con detenimiento las contradicciones políticas que llevan a cabo todos los partidos, no es difícil intuir la nula empatía y el desinterés existente entre los ciudadanos y sus representantes; parece que, con sus conductas, los segundos prefieren ser recordados como políticos de dudosa reputación que como personas honradas y dispuestas a mejorar la calidad de vida de quienes les han colocado en el lugar en el que se encuentran y que la transparencia y la honradez sea la única respuesta posible a tanta incoherencia política. La incoherencia y la falta de credibilidad políticas son la causa, y no otra, de la gran decepción ciudadana.

La gran decepción