Foto: Público
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Para muchos ciudadanos, las imágenes, con guión escrito, a la entrada y salida de la Clínica de la Moraleja en su visita al Rey emérito, se ven tan forzadas e impostadas que han conseguido el efecto contrario de lo que se pretendía: aumentar más la impostura y su descrédito

Aunque se ha querido poner sordina al ruido producido por las imágenes de la Familia Real en Palma, a la salida de la misa del Domingo de Resurrección, el “eco sonoro” no se va a apagar por mucho que algunos medios cortesanos y la propia casa Real lo intenten.

Del mismo modo que con las palabras hay que hacer relatos razonables, al menos, creíbles, también las imágenes que hemos visto, repetidas veces y desde diversos ángulos, deben ser razonablemente comprensibles y analizadas. Existe una dicotomía entre dos formas de acceso al conocimiento: la visual y la escrita. Intentar con la palabra disfrazar lo que todos han visto, reinterpretar las imágenes como un momento puntual sin trascendencia alguna, constituye una forma más de engaño que tanto abunda en la política: el debate existe y unas imágenes no esconden otras. En una sociedad como la que vivimos, impregnada de imágenes interpretables que pueden guardarse de forma permanente en hemerotecas digitales móviles, van mucho más allá de la mera apariencia de lo que muestran y significan. Más allá de su potencial o de su capacidad para evocar recuerdos puntuales, las imágenes que hemos contemplado han contribuido a la construcción de una memoria real y colectiva de nuestra monarquía. Manejando el lenguaje actual dicen que ambas escenas (Catedral y Clínica) “se han convertido en virales”.

Para muchos ciudadanos, las imágenes, con guión escrito, a la entrada y salida de la Clínica de la Moraleja en su visita al Rey emérito, se ven tan forzadas e impostadas que, en muchos ciudadanos, han conseguido el efecto contrario de lo que se pretendía: aumentar más la impostura y su descrédito. Rectificar es de sabios, si es desde la sinceridad, pero no con más teatro. Ignoran quienes han aconsejado en La Zarzuela esta farsa ensayada que el ritmo en estos momentos es otro y que sus errores y su ausencia de reflejos ya no pasan inadvertidos como antes; el aire republicano que aletea en una parte importante de la ciudadanía debe ser tenido en cuenta sin frivolidades. Doña Letizia, con esa cierta vocación de pasarela y elegante protocolo, ha dejado ya de convencer.

Después de las imágenes del gesto de la reina Letizia hacia la reina Sofía, tratando de impedir de forma ostensible que se fotografiase con sus nietas, y la maleducada actitud de la princesa Leonor, no sólo han salido a la luz las desavenencias entre una nuera y su suegra, sino que algunos familiares del rey Felipe, apoyando a Marie Chantal Miller, esposa de Pablo de Grecia, primo del rey, publicaban en las redes sociales varios tuits en este tono: “¡Ninguna abuela se merece ese tipo de trato! [Letizia] ha mostrado su verdadera cara”. Si esta es la opinión de algunos miembros de la familia que son quienes mejor los conocen, no es de extrañar que los ciudadanos tengan parecidas opiniones, no sólo por lo que ven sino, sobre todo, por lo que se intenta ocultar. “La reconciliación de la clínica”, como algunos medios la han llamado, ha sido tan fingida que nos recuerda la letra de aquella canción, cuya autora desconozco: “Teatro, lo tuyo es puro teatro; falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”.

Es cierto que la Casa del Rey ha guardado silencio ante unos vídeos que en las redes han desencadenado todo tipo de comentarios, la mayor parte nada halagadores para con la reina. Fuentes de La Zarzuela han intentado quitar hierro diciendo que el incidente se ha magnificado y que las imágenes no reflejan lo que realmente pasó. La realidad es bien distinta y señala otra cosa. Era previsible que de inmediato se pretendiese neutralizar a la opinión pública con otras imágenes que mostrasen “lo bien avenidas que están”, imágenes del sábado pasado, en las que ambas reinas han aparecido juntas impostando una fingida normalidad. Puede que la necesidad obligue, que el protocolo real -protocolo caduco por otra parte- lo exija, incluso que La Zarzuela o el poder político quieran o pretendan controlar algunos medios para dar una imagen ensayada y no real, pero el ciudadano no está obligado ni nadie le puede exigir que no opine en libertad sobre lo que repetidamente ve; y más cuando, a pesar del comedido y cuidado trato que los medios de comunicación, los cortesanos y los opinadores de turno, aquellos que se dedican al “mundo del corazón”, excesivamente trabajado para no molestar a la “familia”, transcienden las imágenes que se pudieron contemplar días pasados.

Quienes nos hemos dedicado gran parte de la vida a la enseñanza y a la educación, no sólo transmitiendo conocimientos sino educando en valores ciudadanos, difícilmente podemos entender los gestos y actitudes de esa madre y esa niña “reales”, a manotazos, en la mano y brazo de una anciana y una abuela, también “real”. ¿Qué se hizo de esa magnífica y necesaria asignatura de la LOE, suprimida por el impresentable ministro Wert con el apoyo combativo del PP y la iglesia católica, llamada “Educación para la ciudadanía y los derechos humanos”? Ricard Opisso, caricaturista e historietista catalán, entre sus muchos carteles, dibujó algunos dedicados a una “urbanidad de formas”, en la época del dictador, sobre “El niño bien educado y el niño mal educado”, y “La niña bien educada y la niña mal educada”. Es verdad que eran otros tiempos, y aquella educativa urbanidad era puro formalismo, hasta caer en la cursilería. Una imagen vale más que mil palabras, decimos, de ahí la importancia de incorporar en imágenes, para nuestros estudiantes en período escolar, una nueva pedagogía visual de la buena educación. Y los gestos y actitudes que vimos en la reina y en la princesa fueron un ejemplo de lo contrario. Es decir: un celo excesivo que paraliza la espontaneidad, convirtiendo en “robots” y niñas cursis a quienes, sin gestos ficticios y estudiados por un malentendido protocolo, deben comportarse con la corrección de una sana, espontánea y buena educación.

Sabemos que hay personas, también niños y niñas, que tienen modales y otras, simplemente, carecen de ellos. La buena educación va más allá de los conocimientos o el estatus social de la persona, o esos rígidos protocolos que asfixian la espontaneidad. La buena educación es, simplemente, pero nada menos, cuestión de civismo y respeto hacia el otro: también a los mayores y abuelos. Erasmo de Rotterdam, uno de los humanistas más influyente y estudioso de Europa, en su obra La Educación del príncipe cristiano, escrita en 1516 y dedicada al joven príncipe Carlos V y en otro escrito “Acerca de la urbanidad en las maneras de los niños”, dedicado al niño Enrique de Borgoña, consideraba que el mejor sistema de gobierno era una monarquía combinada con aristocracia y democracia; alertando en el cuidado que debe tenerse con la educación del monarca, pues en la democracia los ciudadanos eligen al gobernante y eso representa una gran ventaja, debido a que, en dicho sistema, la gente elegirá al mejor dotado para tener un buen gobierno; pero en el caso de la monarquía no es posible tal cosa: puede que llegue al poder uno bien dotado de cualidades para gobernar, pero puede que ocurra lo contrario y alcance el poder un inepto o un maleducado. Pues bien, así como en la democracia es garantía de buen gobierno la elección del mejor, en la monarquía la única garantía de éxito es la educación. Para Erasmo no había error o defecto que no pudiera ser enmendado con la buena educación y ésta, cuanto más temprana mejor. El cargo de formar a la niñez -decía- consta de muchas partes, una de las cuales, ya desde los primeros rudimentos es que se acostumbre a la urbanidad en las maneras.

Con estas premisas, es bueno entonces preguntarse: ¿tiene derecho a tener vida privada aquella familia a la que los ciudadanos no son libres para poder elegir o no? Al margen de lo que cada uno pueda responder, yo considero que no. Escribía Martín Garzo en un artículo en El País titulado “Pequeña crónica de una coronación”: Recuerdo haber visto en mi ciudad, en los tiempos de la transición, una pintada que decía así: “Los reyes, a los cuentos”. Y, ciertamente, es en cuentos y leyendas donde reyes, príncipes y princesas tienen su verdadero reino. La verdadera amenaza para los reyes no está en los pobres republicanos, sino en los que les celebran y jalean y en las mismas casas reales.

Los españoles no queremos que la vida de la familia Real, ni la de la princesa ni la de la infanta, sea una vida de cuento. Siendo republicano resignado, considero que la vida de estas niñas, ya desde ahora, debe ser trasparente y correcta, conducida por la buena educación, contemplada “sin escondites ni parapetos protocolarios” por los demás españoles de su edad según vayan creciendo y que se comporten, como decía Kant en su Crítica de la Razón práctica, de acuerdo con ese imperativo categórico de que su conducta, sin tanto rígido y caduco protocolo, sirva de ejemplo de modo que cuando quieran hacer algo piensen siempre si lo que van a hacer es bueno y correcto para todos los demás españoles. Solo así serán, antes que princesa e infanta, verdaderas personas, autónomas y libres. Y no actuar movidas por mandato imperativo de un protocolo caduco y ficticio, pero carente de sensibilidad hacia una anciana, que encima es abuela y, aunque para un republicano poco signifique, encima es ¿o ha sido? Reina. Y esto ha sucedido, tal vez, porque la pasarela y la moda se imponen al sentido común, a la corrección y a una sana o buena educación.

Contemplando las pasadas imágenes como modelos de buena o mala educación, se puede concluir que, al menos en estos dos casos, la imagen de la Catedral de Palma ha sido un ejemplo de mala educación; la segunda, de la Clínica de la Moraleja, paradigma de una educación ficticia y forzada. Ambos casos no se pueden considerar ejemplos de esa educación que ya en el siglo XVI Erasmo de Róterdam decía cómo debe educarse a un buen gobernante. Parafraseando el evangelio en el que parece que ellas creen: que busquen primero el bien de los ciudadanos, la sencillez y la justicia, que todo lo demás “se les dará por añadidura”.