lunes. 26.02.2024

ETA, historia de un fracaso anunciado

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“Paz para vivir, piedad para olvidar y perdón para recordarlo todo sin dañar ni dañarnos y alcanzar, con más letras que armas, el noble y nada fácil oficio de ir tirando con libertad y justicia”.

Manuel Azaña


Sostiene la doctora Barbara S. Kane, judía neoyorkina y psicoanalista, que la capacidad de perdonar proviene etimológicamente de la palabra hebrea arcaica “rechem” que significa útero, quizás porque los antiguos hebreos querían subrayar la posibilidad de una nueva vida, intentando significar la asociación entre el perdón y una nueva vida, es decir, abrir la puerta a esa nueva vida; supone reconocer las injusticias y agravios, pero sin estar dispuesto a permitir que el pasado se cierna como una sombra sobre el futuro.

En el artículo titulado “Sobre el perdón y la reconciliación: una perspectiva psicoanalítica”, el profesor José Luis Lillo hace las siguientes extensas reflexiones y aclaraciones: perdonar no es aceptar o tolerar la injusticia o eliminar la rabia contra las injusticias; no es olvidar, condonar, comprender o excusar el daño sufrido; no es hacerse uno bueno o buscar el perdón legal o lograr una reconciliación; el perdón, sobre todo, consiste en la renuncia a un derecho de la víctima sobre el agresor, renunciando a “la ley del Talón” ya que su horizonte es moral, ético. Conlleva esa labor dolorosa de renunciar a algo a lo que se tiene derecho y que su condición de víctima le concede. El perdón desanuda la ligazón con el pasado, con aquello que nos ataba y arrastraba hacia atrás. Nos libera de utilizar esa frase que implica impulso de venganza, de rencor y de la presencia del odio: “He sufrido y eso me justifica”; pretende liberar el presente y el futuro de esa pesada carga que imponen el odio y las extorsiones del pasado. El odio es inseparable del devenir humano y es en esta dimensión de las emociones y los sentimientos donde se sitúa la necesidad del perdón.

Hanna Arendt, una de las mentes más lúcidas en el análisis de la condición humana en el siglo XX, informaba que existen dos características que nos definen: 1) nacemos con el poder de recordar el pasado, pero sin el poder de cambiarlo. Solo el uso de la facultad de perdonar podría lograrlo, y 2) nacemos también con el poder de imaginar el futuro, pero sin el poder de controlarlo. Solo el uso de nuestra capacidad y habilidad para hacer y mantener nuestras promesas lo puede conseguir.

Solo el perdón y la comprensión -continúa el profesor Lillo- disfrutan de la facultad de modificar el pasado emocionalmente y temporalizado psíquicamente. Perdonar y comprender no significan justificar ni exonerar de la responsabilidad de sus actos al ofensor, solo es una ayuda para hacernos cargo de lo sucedido. Comprender no justifica, ni excusa ni otorga impunidad. Podemos comprender, pero nunca será justificar, y mucho menos excusar, porque el ser humano es, en cierta medida, responsable de cómo gestiona sus sentimientos y su vida. No podemos exigir a nadie que perdone, que olvide o que supere su dolor; pero para ello es necesario que, a su vez, el agresor tome conciencia del daño que ha infligido con la petición explícita y el propósito de reparar el daño agraviado y el compromiso de que no volverá a hacerlo. La comprensión por parte de la víctima se hace muy difícil, es más, imposible, en ausencia del arrepentimiento del agresor. Es necesario el reconocimiento sincero y el relato fiel de lo sucedido. Cuando el agresor no reconoce la ofensa, el trauma se intensifica y en estas condiciones resulta más difícil acabar con la amargura, el resentimiento y el deseo de venganza.

Una víctima puede perdonar, pero ese perdón no obliga, ni conlleva reconciliarse con su verdugo. Se puede concluir que el perdón está incluido en el proceso de reconciliación, mientras que la reconciliación no lo está en el perdón. La reparación y el perdón adquieren ese valor moral que tanto dignifica a las víctimas. El perdón y el valor moral en ciertas ocasiones y torpemente, se puede llegar a considerar como el antónimo de la justicia, al liberar de la culpa y de la responsabilidad moral al agresor. Si se utilizara en ese sentido, el perdón sí que podría considerarse como un abuso y una inmoralidad. El perdón no anula la justicia, sino que es la plenitud de la justicia. Aunque forman parte de dimensiones diferentes, hemos de tener en cuenta que el perdón sin justicia se transforma en una virtud débil, floja, agotada y lastimosa, e incluso puede llegar a alcanzar la categoría de cruel e injusta. El perdón con justicia podría ser uno de los pocos poderes morales que ayudan a recuperar la convivencia y a reconciliar una sociedad dañada por el odio, la extorsión y el asesinato.

Sin petición de perdón y reparación se traiciona y lesiona el ordenamiento moral, y la justicia; de ahí que la sociedad esté obligada a intervenir, aplicando la legalidad para restaurar el orden moral, social y jurídico. Es entonces cuando la sociedad a través de los organismos competentes adquiere presencia en ese desorden y castiga al culpable por transgredir el ordenamiento jurídico, civil y moral que debe imperar en ella. Con la aplicación del castigo justo y legal al culpable, rige también y se aplica el principio de ejemplaridad, recordando al conjunto de la sociedad lo que no se puede hacer y que, quien la hace, la paga. El perdón es un derecho y una virtud moral que pertenece a la víctima, mientras que la justicia pertenece a la sociedad y a su ordenamiento jurídico. La víctima puede perdonar moralmente, pero esto no exime al agresor de cumplir la pena, establecida judicialmente y acordada socialmente.

Escribe Antonio Muñoz Molina, en su artículo “Elogio del olvido” que el antídoto de una memoria histórica dañina o inconveniente no es otra memoria histórica más justiciera. El relato, simplemente, debe ser “la Historia”. Y ciertamente es así, pero apelar al olvido no debe significar apelar a la amnesia. El perdón no olvida, sino que transforma el recuerdo y la memoria, es decir, el relato de lo que en verdad sucedió, facilitando que el mal infligido pierda intensidad y relevancia emocional, resituando las experiencias y modificando las conductas agresivas.

Teniendo como premisas las anteriores reflexiones del profesor Lillo, es hora de aplicarlas en el análisis de la realidad actual que ha significado el comunicado y la noticia: Hoy, “ETA, la banda”, ha desaparecido.

Iniciada por un grupo de estudiantes radicales, nacida en 1952 para reaccionar contra la pasividad y el acomodo que en su opinión padecía el PNV, se funda Euskadi Ta Askatasuna; se convirtió enseguida en una organización política, con un tiempo tras sí de mucho sufrimiento y una historia de odio y asesinatos que jamás debió ocurrir y que, además, no ha servido para nada. Su historia ha sido un fracaso, pues no ha conseguido ninguno de los objetivos políticos que se planteó y el comunicado final de su disolución, además de una ofensa a las víctimas, encierra un falso relato y una pseudohistoria manipulada y tergiversada que sorprende, porque la magnitud de la mentira del mismo pretende borrar el rastro de su cruel historia.

Tal vez parezca superfluo reprocharles a sus dirigentes y exmilitantes, que se consideran excombatientes y gudaris, la mezquindad del comunicado leído por Josu Ternera, histórico dirigente de la banda y uno de los más sanguinarios, fugado desde hace 14 años, en el que no aparece la palabra perdón, ni nombra a las víctimas; sin embargo, ante la negación y olvido de los hechos, importa hacer pedagogía histórica y ética, recurriendo a la memoria.

Julen Madariaga, uno de los fundadores de ETA, antes de morir quiso presentar en mayo de 2014 en San Sebastián, su libro “Egiari zor” ("En deuda con la verdad"). Se trata de una autobiografía que parte de sus orígenes vitales para detenerse en las circunstancias que rodearon la creación de ETA y su desarrollo, y, también, su disidencia y alejamiento definitivo de los románticos y falsos ideales que postulaba la banda, personificando la lucha contra Franco. En su sincero relato intenta diferenciar lo que era la “organización” de “sus militantes”. Recuerda con todo detalle la reunión que mantuvo en 1988 con los máximos dirigentes etarras en el sur de Francia, donde tuvo ocasión de exponer sus críticas directamente a Txomin Iturbe, Juan José Aranburu y Jose Antonio Urrutikoetxea “Josu Ternera”.

El libro recoge algunas reflexiones sobre aquel momento político; defendió ya entonces ante ellos que ETA debía entregar las armas a alguna institución vasca, lamentando la oportunidad que la organización terrorista había perdido en 1998, en “El Pacto de Lizarra”, firmado por todos los partidos políticos vascos de carácter nacionalista y distintos sindicatos y asociaciones, para buscar un “proceso de diálogo y negociación” que lograra el cese del terrorismo de ETA. Madariaga propuso, a su vez, en el marco de sus críticas ante los líderes de la banda, que se entregase ese arsenal en manos de las fuerzas nacionalistas que habían firmado aquel acuerdo, cediendo así a los políticos de entonces el protagonismo en la reivindicación de la independencia.

En ese pacto, como la historia ha demostrado, entre los planes de ETA no estaba entonces desaparecer; tenía como fin alcanzar sus objetivos, desafiando al Estado y un proyecto de “construcción nacional”. Lo saben bien los que asistieron y firmaron ese Pacto en septiembre de 1998. Hoy la evidente realidad de su fracaso ha configurado un escenario totalmente diferente. Y ese escenario ha sido con el aval de un grupo de personalidades políticas internacionales en una conferencia en la localidad vascofrancesa de Cambo-les-Bains, a la que asistieron miembros de partidos, como el PNV, EH Bildu y Podemos, sindicatos y organizaciones sociales, pero no representantes de los gobiernos de España y Francia.

Con ese acto, ETA y su militancia quieren pasar a la posteridad como “ese movimiento de liberación nacional” -así se refirió torpemente Aznar el 3 de noviembre de 1988- y como los adalides y “defensores de las libertades y los derechos del pueblo vasco”, para que -como exponen en su comunicado con vergonzante cinismo y falsedad- “el proceso en favor de la libertad y la paz continúe por otro camino”. 

Ya desde el inicio de este análisis y reflexiones hay que dejar bien claro que “el proceso en favor de la libertad y la paz” del que hablan en dicho comunicado “no continúa hoy por el camino que ellos quieren marcar”-camino a ninguna parte, pues nada han conseguido-, pero al que tenían prisa por llegar, dejando en su marcha dolor y muerte, sino que ese camino hacia la libertad y la paz ya se inició  marcado desde hace años por la voluntad de los familiares de todos los que ellos asesinaron -estos sí que sembraron libertad y paz- y de todos aquellos ciudadanos, incluida la mayor parte de la ciudadanía vasca, que les hemos soportado y sufrido durante casi 60 años.

Si con su comunicado, en lugar de reconocer su derrota, han pretendido escribir un relato épico de su historia, otros hemos visto la cínica “teatralización” de una derrota anunciada. En el relato de su comunicado no han rechazado su pasado porque dejarían de ser héroes para convertirse, simplemente, en criminales. Todo acontecimiento debe analizarse siempre en función de su contexto. Y el contexto es que, a pesar del cuidado escenario y la multitud de personajes que intervinieron en él, el libreto no ha podido ser más falso. A cada cual lo suyo. Si algo está claro es que el final de la historia, el relato de estos años de sangre y dolor no la pueden escribir ellos; si alguien puede hacerlo, son las víctimas y no los verdugos. Esto lección también puede servir para aquellos ciudadanos vascos - ¡tantos! - que viendo lo que sucedía, optaron o por mirar a otro lado o por el silencio, o por ambas cosas.

Reconociendo que es una novela, he leído con interés la obra de Fernando Aramburu, “Patria”, novela que, en su ficción, pudo suceder en cualquier punto del País Vasco y a cualquier familia: dos familias en un principio unidas por una estrecha amistad, pero pronto enemistadas por razones políticas, y víctimas de una mutua y creciente animadversión, hasta el odio y el irracional asesinato. Aramburu humaniza a todos sus personajes desde una perspectiva natural y realista. Tal vez, en ellas, el autor ha querido fotografiar, en parte, la sin razón histórica de un tiempo de la sociedad vasca.

La voluntad de paz de quienes, desde la perspectiva del fracaso de hoy, rompieron cruelmente la sociedad y dejaron víctimas en su camino, debe comenzar, según las reflexiones con las que iniciaba este artículo, por el arrepentimiento y la petición de perdón. Sólo una persona, o un grupo de personas, realmente arrepentidas y que son capaces de pedir sinceramente perdón, pueden recuperar su dignidad; no vale ese falso arrepentimiento calculado a conveniencia de los derrotados. Hablar de “cerrar el ciclo de violencia política” y de abrir una nueva etapa que avance hacia la independencia del País Vasco, declarando su disolución con el mismo nivel de mezquindad con el que actuaron durante más de cincuenta años, sin reconocer sus errores ni el fracaso de su proyecto y, lo que es peor, sin arrepentirse ni pedir perdón a las víctimas, a sus familiares y a la sociedad por la que dicen haber luchado, resulta un irresponsable cinismo. Con ese acto, ETA, en lugar de reconocer su derrota, monta un “teatro”. Esta historia no puede ser un baile que se detiene cuando se acaba la música. Pretender llamar “paz” a su “guerra”, es una escenificación humillante, una degradación intolerable; es estrellarse contra el muro de la realidad; persistir con su incapacidad para pedir perdón a las víctimas es un error que siembra la duda de su sinceridad. No aceptar su culpa es seguir ignorando la sangrante realidad que han ocasionado. No es sensato asumir la imaginación como espejo y modelo de la realidad, ignorando el dolor y sufrimiento que han ocasionado a las víctimas.

Por mucho que lo hayan querido escenificar, aglutinando invitados al “teatro” de Cambo-les-Bains, claudican sin dignidad y no es creíble ni asumible que “den por concluidos el ciclo histórico y la función de la Organización”, sin arrepentimiento ni petición de perdón, y a pesar de la rotundidad con la que finalizan el comunicado subrayando que “esta última decisión la adoptan para favorecer una nueva fase histórica” y que “ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él”, es como el que hace “mutis por el foro”, yéndose de rositas y equiparando víctimas y verdugos.

Si quien ofendió, causó daño y asesinó, ni se arrepiente ni pide perdón a sus víctimas, en el fondo está justificando lo que hizo y, por tanto, que lo volvería a hacer, porque estima que obró correctamente. Es demasiado grave para una sociedad que no quiere repetir la experiencia de un conflicto en el que, por acciones de muchos –que pueden no estar arrepentidos, y que aún estiman laudable lo que hicieron–, miles de personas fueron privadas de su vida o de su libertad. Y ello se hizo como un ilícito política y éticamente, contra la ley, contra la sociedad, contra el deber ser, pero nunca como digno de encomio.

Como dice Eduardo Madina, víctima de ETA, Euskadi no se parece en nada a lo que ETA soñó. Tras cinco décadas de sangre, es el tiempo del relato y el momento de reivindicar la buena memoria para constituir una comunidad cívica sobre el legado del vacío dejado por todos los que fueron asesinados. La violencia es moralmente aborrecible y radicalmente incompatible con el ejercicio de la acción política democrática.  “Si dentro de un tiempo, al explicar a nuestros hijos lo que ha pasado en el País Vasco durante estos años tuvieran dificultades para entender que aquí se mató por ideas políticas, que hubo asesinatos, torturas y estrategias deliberadas de imposición y exclusión, si aquello les resultara literalmente algo increíble, eso significaría que las cosas han ido bien”, apunta el filósofo Innerarity, y concluye: “Una sociedad no supera la violencia ni mediante el olvido ni mediante la memoria, sino cuando la violencia se le ha vuelto literalmente incomprensible”.

Ante la desaparición de ETA, o “su disolución en el pueblo”, como ellos dicen, quienes deben negociar las correctas y adecuadas conclusiones sociales, políticas y jurídicas y gestionar el verdadero proceso en favor de la libertad y la paz”, son el Gobierno, los partidos políticos y el poder jurídico. Los ciudadanos esperamos sensatas y justas decisiones, en el marco de una convivencia en la que triunfen el diálogo y los acuerdos, modificando las leyes si fuera necesario, respetando los derechos, incluso el derecho a decidir, de todos y entre todos, incluyendo las minorías, sin que se imponga la voluntad de unos pocos. Por desgracia, y así lo demuestra la historia, esos “pocos” suelen ser, en general, los más fanáticos y exaltados. No es aceptable ningún objetivo político que pueda reclamarse legítimamente en democracia mediante el incumplimiento de la legalidad, la coacción, la violencia, la extorsión o el asesinato.

Acabo estas reflexiones con la frase de un político canadiense, Michael Ignatieff, que luchó en su país por lo que tantos vascos y españoles han luchado durante estos años de odio, sangre y muerte: “Pasarán años antes de que los libros de historia de los institutos enseñen los mismos hechos a todos los niños. Todo lo que importa ocurrirá despacio, en el corazón de los hombres”.

ETA, historia de un fracaso anunciado