miércoles. 21.02.2024

¿Es posible la política sin ética?

CONGRESO

“Elegid a los mejores y más capacitados y vigiladlos como si fuesen canallas”.
Facundo Perezagua, político socialista y sindicalista español.

Estamos asistiendo a una política espectáculo, con parlamentarios de dialéctica poligonera, agarrados a la dinámica del conflicto cercano al odio; ignorantes de que, al que quiere gestionar el poder, se le debe exigir ética y responsabilidad

Interrogarse sobre la relación entre ética y política es una reflexión que debe hacerse toda persona que se dedica a la gestión de la “res publica”: la política. La relación entre la Ética y la Política ha sido siempre un tema inevitable por una razón evidente: ambas, al menos en su sentido filosófico y desde su propia identidad, tienden al mismo fin: buscar el bien. Razón tenía Aristóteles al escribir en su Ética a Nicómaco que “no se enseña ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos”.

Ética y política son los ojos de un mismo rostro; la política no puede operar acertadamente sin la ética. En la cultura clásica romana, de aquellos que ejercían la política con ética, se decía que tenían “decorum”; tener “decorum” era garantía de ser un político honesto, discreto y que actuaría de manera correcta y justa. En su obra Vidas paralelas afirmaba Plutarco que “el hombre es la más cruel de todas las fieras, cuando a las pasiones se une el poder sin virtud”. Y Cicerón, en su arriesgado y valiente ataque en sus “verrinas” contra la corrupción del tirano Verres de Sicilia: “Cuando los políticos no se rigen por la ética, son como hienas a la caza del poder”.

Si la inestabilidad, la crispación, el insulto y el enfrentamiento se están convirtiendo en normalidad en nuestra clase política, la obligación de los políticos serios y responsables, éticamente honestos, consiste en generar estabilidad y tranquilidad en la sociedad; si así no sucede, es porque nuestros políticos no son serios, ni honestos ni responsables. Cuando individuos sin ética ocupan cargos públicos son ellos quienes corrompen el poder que ejercen al hacer un uso indebido de él. Con certera clarividencia lo describe el profesor Urquiza Morales: “La política puede ser la más noble de las tareas; pero es susceptible de ser el más vil de los oficios”. Con la autoridad de siglos, es bueno recordar las palabras del sabio Confucio sobre la manera de actuar de un buen gobernante, necesaria lección para nuestros políticos: “El gobernante se haya obligado, sobre todo, a perfeccionar su inteligencia y su carácter para conseguir la virtud; si obtiene la virtud recibirá el afecto del pueblo; si goza del afecto del pueblo, su poder se extenderá por toda la región; si ha adquirido el poder sobre la región, le resultará fácil alcanzar la prosperidad del Estado”.

Asistí hace días en el Instituto Cervantes a la entrega del premio “Antonio de Sancha”, concedido por la Asociación de Editores de Madrid, en su XXII edición, a la Catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, Adela Cortina. Los que la conocemos y seguimos su trayectoria personal y profesional, reconocemos su indiscutible y acertado merecimiento al mismo. La profesora Cortina es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, siendo la primera mujer en ingresar en esta Academia desde su fundación en 1857. Esta valenciana, luchadora incansable, no ha cesado en su extensa obra de invitar a la reflexión e intentar que las personas y la sociedad seamos -como ella repite- “mejores, más éticos”. En su extensa obra sostiene el carácter necesariamente universal de la ética, la diferenciación entre lo justo y lo bueno, la presentación de un procedimiento legitimador de las normas y la fundamentación de la universalización de las normas correctas mediante el diálogo necesario y responsable.

Cuando la escuchas hablar de ética, un tema aparentemente árido, ella lo convierte en un tema apasionante al concretar con palabras apropiadas conceptos etéreos. Es de esas profesoras entrañables que, por su trayectoria, conocimientos y saber estar, se hacen querer y respetar al mismo tiempo. Suyas son frases tan acertadas como las siguientes: “No todas las opiniones son respetables. Son respetables las personas, pero las opiniones tienen que ganarse el respeto”. “Ni la política, ni las empresas, ni la universidad pueden ‘instrumentalizar’ al ser humano como un simple medio, porque el ser humano es siempre un fin en sí mismo”. “A respetar los derechos humanos no se invita, se exige”. “La única opción que se puede tener ante una norma que se considere injusta es la objeción de conciencia y la desobediencia civil pacífica”. “En un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres quiebran el juego de dar y recibir y, por eso, prospera la tendencia a excluirlos. El problema no es la xenofobia, puesto que la acogida entusiasta de turistas extranjeros contrasta con el rechazo de refugiados e inmigrantes”. “Hablamos de aporofobia, o rechazo al pobre. Es el pobre el que molesta, incluso el de la propia familia”. “Estoy convencida -afirma- de que, en el conjunto de los grupos de España, las gentes prefieren la libertad a la esclavitud, la igualdad a la desigualdad, la solidaridad a la insolidaridad, el diálogo al conflicto… esos son los valores que preferimos, en los que es necesario educar y que nos unen a todos”. No hay duda de que, llevados a la práctica estos éticos mensajes, se convertirían en el mejor programa que cualquier partido político pueda ofrecer a los ciudadanos. Todo partido debe tener claro cuáles son las razones que motivan su acción, dónde está su proyecto, qué tipo de sociedad quiere y para quiénes y con qué fin construyen sus discursos. Si de algo adolecen hoy los partidos y sus políticos es de ese modelo o guía ética necesaria que ofrece la profesora Cortina.

Y ahora, una aclaración: era mi intención con este artículo glosar la importante contribución de Adela Cortina por su extensa obra y sus trabajos contra el relativismo moral y el anarquismo ético, en los que los referentes ya no existen o no se practican pues, como ella afirma, la ética no está en crisis, la que está en crisis es la práctica de la ética; magníficos artículos en los que afirma que la importancia de la ética rebasa las fronteras del currículo de la escuela, del profesorado de filosofía o la familia. Sin embargo, sin dejar de homenajear con la obra y el pensamiento de la profesora Cortina, doy un pequeño sesgo a mis reflexiones al ver cómo está el patio de nuestra política: como un gallinero, como dice el pueblo.

EL PATIO DE NUESTRA POLÍTICA, COMO UN GALLINERO

Existe una dimensión ética en el ser humano, a la que ninguno puede renunciar. La ética tiene ahora una dimensión diferente: atraviesa la vida civil de la sociedad como una sólida propuesta desde los sujetos y no desde la autoridad, ya sea religiosa, política o económica; esta ética -trufada de moralina- ha quedado envejecida y, en ocasiones, de espaldas a los tiempos. Pretendía, repito, simplemente homenajear su obra y su persona, pero al igual que ella expresó en el discurso de respuesta al recibir el Premio Antonio de Sancha, preocupada por los tiempos de decadencia moral a los que asistimos al contemplar los modelos de gestión política -bochornosos espectáculos de mediocridad- que a diario nos ofrecen nuestros representantes políticos, también a mí me parece acertado encadenar estas reflexiones a la actualidad política de los presentes días, pues ya no es sólo cuestión de “ética y política” sino, vergonzosa y simplemente, “de mala educación”.

¡Quién le iba a decir a Ricardo Opisso que sus dibujos de la época de la dictadura sobre “el niño bien educado y el niño mal educado”, aquellos carteles didácticos para enseñar maneras de urbanidad serían hoy un buen regalo para nuestros mal educados políticos! Si nuestros jóvenes alumnos pudieron contemplar las malas maneras de la reina Letizia y sus hijas con la reina Sofía este verano en Mallorca a la salida de la catedral, o el bochornoso espectáculo de los políticos en el Parlamento el pasado miércoles 21, o el esperpéntico comportamiento de los jueces del Tribunal Supremo en el tema de las hipotéticas, ¿con qué autoridad moral puede exigir el profesorado que sus alumnos guarden las buenas formas y mantengan una correcta educación si “los grandes” se comportan así? Da la sensación de que muchos de nuestros políticos están afectados de “erostratismo”, o complejo de Eróstrato, ese griego que, con el fin de pasar a la historia, incendió el templo de Artemisa en Éfeso, el más bello de los templos griegos, para que su nombre fuese conocido en el mundo entero. Artajerjes lo mandó ejecutar y en las ciudades bajo su reinado se prohibió pronunciar su nombre. En la actualidad, muchos de nuestros políticos, con tal de ser famosos, como Eróstrato, con capaces de hacer el ridículo.

Estamos comprobando a diario, por mucho que lo disfracen, que la erótica del poder es mucho más intensa, les interesa más a los políticos que la conducta honesta y ética y que su vocación de servicio para el que se presentaron. El Parlamento, que es la sede del pueblo y escenario privilegiado de la política, entre “tirios y troyanos”, lo están convirtiendo en un arrabal callejero. La conducta ética exige esa pureza moral que hoy no se transparenta en la política española; nos estamos acostumbrando a que sus comportamientos no siempre son honestos y altruistas y que no paguen por ello: continuamos votándolos. De nuevo resuena en muchas calles y plazas aquella frase de “los indignados” que tanto se repitió en los albores del 15M: “lo llaman democracia y no lo es”. Era un eslogan que hoy se está haciendo realidad.

La confianza de la ciudadanía en la política y en los políticos desciende cada día; pierden credibilidad y, en consecuencia, se confía también poco en el funcionamiento de las instituciones. El creciente y merecido descrédito de los jueces y la forma con la que se pretende influir en ellos es un claro ejemplo de descrédito institucional y una peligrosa alerta. ¿Una muestra?: el vergonzoso whatsapp del portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, al que el jueves, en una entrevista en la cadena SER, Pablo Casado, joven líder parlanchín, de enorme cinismo y con esa verborrea vacía que farfulla palabras en catarata, creyéndose otro “Demóstenes”, ha pretendido quitarle importancia con la justificación de que se trata de un mensaje interno de su partido que no tenía que haber trascendido.

Cada vez es más patente que la actual legislatura está agotada; su demolición se ha iniciado. En lugar de progreso democrático y evolución, asistimos a un retroceso y una involución. En estos momentos de vergüenza y decadencia, con la confianza de la ciudadanía en los políticos bajo mínimos, se impone un rearme moral. Necesitamos una democracia de calidad, un marco ético, capaz de estimular la responsabilidad social y la buena educación. Lo que más desanima a los ciudadanos no es que se enriquezcan los políticos, que también, sino que la ciudadanía caiga en el escepticismo, se dedique en exclusiva a su propia vida y le importe un bledo la “cosa pública”. Es bueno recordar a nuestra clase política el título y el contenido de la obra de Barbara W. Tuchman, “La marcha a la locura”, en la que la insensatez y la irracionalidad de los políticos puede llevar a un país al despeñadero.

Se impone urgentemente dignificar la política y rescatar su verdadero y original significado. Como si fuera profeta se cumple esa frase del ex presidente de la República de Brasil, Fernando Henrique Cardoso: “En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”. A nuestros políticos les importa mucho el poder y muy poco qué piensan, qué quieren y qué les conviene a los ciudadanos. La ópera bufa del señor Rufián con el ¡mírame a la cara!, reclamando la atención de la Cámara y gesto de matón ejecutando una humillación al ministro Borrell; los permanentes reproches de Albert Rivera y su desprecio gesticulante contra el “Sanchismo”, su inventado neologismo, dolido porque “aún él no es el presidente” y su mantra permanente: ¡Elecciones, ya!; el desprecio, las mentiras inculpatorias para los demás y exculpatorias para los suyos de Pablo Casado, nuevo actor del “club de la comedia”, cargado de palabras pero no de razones, olvidándose de que la “mochila de corrupción de su partido”, no es historia del pasado que no le afecte, no es novato en el PP; no es sólo olvidadizo con sus “masters y estudios”, sino que está afiliado al partido desde 2003, diputado de la Asamblea de Madrid desde 2007 y en el Parlamento, desde 2011; ¿nada sabía de los entresijos mafiosos en la financiación y trapacerías que inculpan a su partido?; si es ignorancia, su torpeza política es manifiesta; si desmemoria consciente, posee una ética política dañada. Hoy, día 24, cuando escribo estas reflexiones, no sé si tocado por le locura consumista del “Black Friday” o la soberbia de quien se cree demasiado, vomita esta frase como un “Júpiter tonante adorándose a sí mismo”: “No voy a tolerar una humillación internacional por parte de Pedro Sánchez”. Y con el mantra final de Rivera, concluye: ¡Elecciones, ya! No son pocos los medios que, con cierta malicia, les han apodado, por su parecido político, “los hermanos Zipi y Zape”. Unos jovenzuelos inexpertos, del dibujante Escobar, que solían acabar sus historietas con resultados desastrosos. A Zipi y Zape solo les distingue el color del pelo, a Casado y Rivera, ni eso. ¡Qué profeta nos ha salido Escobar!

No menos decepcionantes son las repetidas contradicciones del presidente Sánchez. Da la impresión de que ignora que la palabra dada y la promesa dicha, comprometen. A no ser que, con ese desdoble de personalidad que le atribuye la vicepresidenta Carmen Calvo, en un extraño caso del “doctor Jekyll y míster Hyde”, lo que dijo y prometió como secretario general del PSOE y candidato a la presidencia del gobierno, no le comprometa como presidente del Gobierno. Dicen que rectificar es de sabios, pero, cuando se rectifica con demasiada frecuencia, es de necios. La permanente emisión de mensajes contradictorios del gobierno, deshojando la margarita de los presupuestos, desconcierta a los ciudadanos. “Aún hay tiempo -decía el viernes la portavoz Celaá-, y debemos aprovecharlo”, sin despejar interrogante alguno. La incertidumbre es un signo de mal gobierno. No se entiende el enamoramiento de hace un mes entre PSOE y Podemos hasta firmar casi “un pacto matrimonial de arras” al clima de desconfianza mutua de este fin de semana. Y como “guinda en el pastel” -es para esbozar muchas sonrisas-, aunque sea anécdota que se puede convertir en categoría, el hecho de que, teniendo tantos “asesores para todo” cuantos quiera o necesite en La Moncloa, haya mostrado gestos de novato al repetir hasta 37 veces en una entrevista “porque soy el presidente”; tal reiteración o es porque, alucinado, aun no se lo cree o, porque ensoberbecido, ser lo ha creído demasiado. “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala” le diría con seguridad Don Quijote.

La guerra interna desatada en el interior de la formación morada se suma a su vez a sus múltiples contradicciones. A pesar de su falta de autocrítica, intentando negar lo que es evidente, hay un ambiente enrarecido y visible desunión en Podemos. Se percibe falta de rumbo, anclados en lo que llamaban “la vieja política”.  No hablan ya de “arriba y abajo” sino del clásico “derecha e izquierda”. Aquel refrescante “lo que diga la gente” se ha convertido en “lo que determine Pablo”; aunque pretendan disimularlo, funciona la estructura jerárquica: el que manda, manda; y si alguno se desmanda, no aparecerá en las listas. Les preocupa -lo comentan en privado- que Pablo Iglesias sea el peor valorado entre los líderes de las formaciones políticas. Sus “alcaldesas del cambio”, su máximo valor de poder municipal, les han salido “respondonas” y algunos concejales, tránsfugas, desligándose de la “marca Podemos”. Es también olvidadiza Manuela Carmena, tal vez con la edad nos pasa a todos. Recuerdo que en el libro “Manuela Carmena en el desván de Maruja Torres”, a la pregunta de la periodista: ¿No va a repetir?, ella responde: “No lo creo. Bastante tengo con quedarme. Haré lo que pueda y me iré honestamente a mi casa después”. Pasados cuatro años no solo no se va a casa, sino que repite, con el desparpajo y la respuesta de los que se consideran “imprescindibles”. “Yo, con mi edad, con mi experiencia, ofrezco continuar con los proyectos que no se han podido acabar. Cuatro años es corto. Me ofrezco para continuar, pero nunca me quedaría en la oposición, por supuesto”. Es decir, me presento, pero si no me votan, “adiós muy buenas”. No debe olvidar la señora Carmena que los “costaleros de su ascenso a la alcaldía” no fueron sus méritos sino los apoyos publicitarios de Podemos.

Se suele decir, pues estamos aún al inicio de tiempos navideños, que “en tiempo de crisis, en cualquier pesebre nace un Mesías, un salvador”. ¡Qué viejo y rancio suena eso de los imprescindibles!; contra ellos resoplaba Eduardo Galeano: los imprescindibles, los necesarios, los de siempre, los que se consideran “el ombligo del mundo”; se creen tan importantes hasta llegar a pensar que otros no pueden terminar, incluso mejor que ellos, las obras iniciadas. Al final hay que dar la razón al Cardenal Mazarino al aconsejar en su “Breviario de los políticos” a Luis XIV: “No pongas confianza en un hombre que promete fácilmente; es un embustero o un bribón”. “Un hombre que cambia fácilmente de opinión y pone tanto fuego en defender ahora lo que atacaba un momento antes, sospecha que ha sido comprado, o por dinero o por el halago del poder”. Con inteligencia poética alertaba Jorge Luis Borges de que “con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado”.

Estamos asistiendo a una política espectáculo, con parlamentarios de dialéctica poligonera, agarrados a la dinámica del conflicto cercano al odio; ignorantes de que, al que quiere gestionar el poder, se le debe exigir ética y responsabilidad. Hay combates en los que no es deshonroso perder. ¿Dónde queda el siglo de oro de la política parlamentaria española?; ¿dónde los Cánovas, los Sagasta, los Azaña? Tal vez en este tiempo de decadencia haya demasiado político advenedizo, crecidos a la sombra de los partidos y pocos políticos estadistas. Ya lo decía Churchill: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Los políticos mediocres pueden acabar como el “bombero pirómano”, que los más incendiarios se presenten como la solución al problema que ellos mismos han provocado. O como el barón de Münchhausen que quiso salir de una ciénaga pestilente tirando de su propia coleta.

La rabia, la crispación o el cabreo que demuestran nuestros políticos es un síntoma o de su poca valía o de su escasa talla como hombres de Estado: unos frustrados por el poder perdido, y otros, frustrados también, por el deseo del poder pretendido y aún no conseguido. Son protagonistas del decadente momento por el que atraviesa nuestra democracia. Unos y otros, ávidos de poder y no de servir, no han aprendido aquello de que “el cielo puede esperar”. Todos los días, desde la moción de censura a Rajoy y la llegada de Sánchez a la presidencia del gobierno, la inestabilidad va en aumento, la espiral de desencuentros entre todos los partidos y entre sus líderes es un mosaico perverso que avergüenza a los ciudadanos. El espectáculo del miércoles 21, en el Parlamento, ha sido un ejemplo paradigmático. Si Rufián es uno de los políticos mejor valorados en una parte importante de la sociedad catalana, hay que dudar de la salud democrática catalana y preguntarse acerca de su calidad política.

En el frontispicio del Parlamento habría que grabar, para recuerdo permanente de sus señorías, lo que dice el artículo 1,2 de la Constitución: que los protagonistas de la vida política son los ciudadanos y exigirles que no puede haber política sin ética. Lo decía Khalil Gibrany: “Aquel político que no usa su moralidad como si fuera su mejor ropaje, estaría mejor desnudo”, es decir, y por decencia, fuera de la política. O con Arthur Schopenhauer, “predicar moral es cosa fácil; mucho más fácil que ajustar la vida a la moral que se predica”.

Cuando uno ve a los líderes de los partidos, de todos los colores, pavonearse rodeados de “sus cortesanos”, esos que añoran las migajas del poder que el líder reparte, me viene a memoria ese refrán de que “los árboles no dejan ver el bosque”; el bosque es la realidad y los árboles, aquellos cortesanos que, sin objetividad y crítica alguna, adulan y ocultan al líder la verdad de los errores que comete. Se identifica como “síndrome de La Moncloa o del poder”. Lo más inteligente para un político de ética democrática es identificar los árboles que no le permiten ver el bosque (la realidad) y despedirlos: a él le iría mejor y los ciudadanos, también.

¿Es posible la política sin ética?