sábado 28/11/20

“El efecto mariposa” o cómo sobrevalorar la lectura de un discurso

“El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.
Wiston Churchill


En el marco de la teoría del caos, “el efecto mariposa” sostiene que, dadas unas circunstancias peculiares del tiempo y condiciones iniciales de un determinado sistema dinámico caótico, cualquier pequeña discrepancia entre dos situaciones con una variación pequeña en los datos iniciales, acabará dando lugar a situaciones donde ambos sistemas evolucionan en ciertos aspectos de forma completamente diferente. La relación entre el aleteo de una mariposa con acontecimientos remotos puede ya verse sugerida en un antiguo proverbio chino: “el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”; hace referencia a una visión holística, en la que todos los acontecimientos estarían relacionados y repercutirían los unos en los otros, pero sin implicar necesariamente una repercusión de enorme magnitud a partir de acontecimientos ínfimos. La formulación del “efecto mariposa” se la debemos al matemático y meteorólogo estadounidense Edward Norton Lorenz para explicar el comportamiento caótico de sistemas inestables. Lorenz tuvo cuidado en advertir que no estaba sugiriendo que su teoría fuera necesariamente positiva.

Tampoco sugiero que estas reflexiones que siguen tengan el don del acierto; como todos los artículos de opinión, son reflexiones subjetivas de cómo ve uno la realidad que acontece ante nosotros. Es una formulación del perspectivismo orteguiano para quien la perspectiva es una componente de la realidad, no para deformarla sino para organizarla; la fidelidad a la perspectiva, ya histórica ya individual, es la condición para alcanzar la verdad, que sólo podemos descubrirla desde un punto de vista determinado y concreto: mi yo y mi circunstancia. Como decía Ortega, somos espectadores curiosos de cuanto acontece en el mundo y lo describimos desde nuestra particular y personal circunstancia.

Las palabras describen el pasado y el presente, pero comprometen el futuro. A Casado le falta aún demostrar con los hechos y la verdad que está dispuesto a cumplir esa rotunda frase lanzada contra Abascal

El único modo razonable e infinitamente más eficaz de cambiar las instituciones que gobiernan una sociedad es creando en el seno de la misma una firme opinión acerca de las insuficiencias y errores que dichas instituciones contienen. Analizarlas y criticarlas, - la crítica no es otra cosa que examinar y juzgar una cosa para determinar su bondad, su verdad o su belleza, - es lo que, desde la responsabilidad ética, social y política, todo ciudadano deberíamos hacer. Las palabras, como las promesas, tienen valor cuando se cumplen, no cuando se dicen. Para darles el valor que merecen es importante adivinar las motivaciones, las intenciones y las circunstancias en las que se pronunciaron y en qué escenarios. Las palabras que pronunciamos no son elementos inocuos lanzados al aire, escritas con lápices de borrado fácil; al contrario, son elementos de influencia que pueden no borrarse nunca.

Desde, mi perspectiva y circunstancia, he analizado y voy a criticar lo que el jueves pasado vi y escuché en el Congreso de los diputados en la moción de censura al presidente Sánchez. Son tan escasas las expectativas que tenemos puestas en la capacidad oratoria y dialéctica de nuestros diputados y senadores que un discurso bien escrito, de sintaxis correcta y frases con sujeto verbo y predicado y leído, ha producido en ellos y en los medios de comunicación “el efecto mariposa” para explicar el comportamiento caótico, ruidoso, extravagante e inestable de nuestro sistema democrático parlamentario. Pablo Casado, en su discurso ha intentado dotarse de credibilidad. Una larga hora de palabras encadenadas y leídas brillantemente desde el ambón del Congreso, en forma de discurso, no pueden cambiar de repente, si no existen ocultas intenciones, la dirección política ni de una persona, ni de un partido ni de un país. Así como los árboles no solo hay que plantarlos, sino que deben dar frutos, los discursos no sólo hay que leerlos o pronunciarlos sino convertirlos en hechos; y la esperanza se frustra cuando las palabras se convierten en brindis al sol. Sólo sus hechos pondrán en valor las palabras leídas.

Con su NO a la moción de censura de Abascal, Casado ha querido borrarse ¿definitivamente? de la foto de Colón, abriendo una brecha en el bloque de la derecha de imprevisibles consecuencias. En su discurso ha despreciado la política llevada a cabo por el partido de Abascal con esta frase: “Mucho ruido y pocas nueces”. Frase que también se puede aplicar el “eufórico lector Casado”: un discurso con “mucho ruido en la sintaxis y oratoria de las palabras”, pero por ahora, carente de las “nueces” de los hechos. Decían los latinos en una síntesis convincente: “Verba volant, facta manent”: (las palabras vuelan, los hechos permanecen); o como decimos en castellano claro y conciso: “No es lo mismo predicar que dar trigo”. El precipitado cambio de chaqueta (“amigos para siempre ayer y hoy, enemigos de futuro”), tendrá que explicarlo, como él exige permanente y machaconamente al Presidente del gobierno, a no ser que, empleando una de sus luminosas metáforas, haya lanzado una bengala para iluminar fugazmente su candidatura como indiscutible líder de la oposición de las derechas. Analizando la metamorfosis repentina y secreta de Casado, la frase de Wiston Churchill ofrece una clara idea de lo que abunda en nuestro país, mucho político y poco estadista: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Para convencer de la verdad sincera de su discurso, a Casado le quedan muchos pasos que dar; por ejemplo, romper con VOX en aquellas Comunidades en las que gobiernan con ellos y por ellos: Madrid, Andalucía, Murcia; o por ejemplo, reconocer a Unidas Podemos como un actor político legítimo. No puede dar carnets de legitimidad a quien le gusta. Si no acepta la pluralidad y la diversidad parlamentaria no habrá verdad ni sinceridad en su discurso.

Recuerdo aún esa campaña publicitaria en la que un niño abre un regalo y descubre emocionadísimo que ha sido obsequiado con un palo. Es solo un palo, pero él grita entusiasmado: ¡Un palo, un palooo! Algo parecido ha sucedido en el Congreso de los diputados: la rutina de un discurso parlamentario, leído, además, ha producido un inesperado golpe de efecto y se ha convertido en un acontecimiento que ha entusiasmado y enfervorecido a gran parte de la ciudadanía. Pero no es creíble. Decía el filósofo Denis Diderot, figura decisiva de la Ilustración francesa, que “el primer paso hacia la filosofía es la incredulidad”. Y esa incredulidad, después de escuchar las excesivas alabanzas y escasas críticas, la mantienen muchos españoles. En mi opinión, espectador de la realidad, como decía Ortega, han sobrado demasiados titulares mediáticos, de políticos y columnistas afines, frente a una realidad oratoria que debía ser rutinaria y normal en quien ha sido elegido para “parlar”, para saber hablar en el “parlamento”. Aunque es tan baja la capacidad oratoria de muchos de nuestros políticos que en su momento Cela llegó a decir: “con que sepan juntar palabras ya es suficiente”.

De repente, como el cometa Halley en sus cortos periodos orbitales, el liderazgo brillante de Casado se ha manifestado en los medios. Así se expresaba la prensa al día siguiente: El País: “Casado rompe con Abascal y sale ganador de la moción de censura”. El ABC: “Doble triunfo para Casado. Supera la moción de censura de Vox y logra que Sánchez dé marcha atrás en la reforma del Poder Judicial”. El Mundo: “Casado rompe con VOX para liderar el centro derecha”. La Razón: “Casado devuelve el orgullo al PP. El líder del PP agita la moral de su partido y se gana la adhesión del ala más moderada con su discurso contra Vox”. Y, como acostumbra, de inmediato el periódico que dirige Marhuenda es capaz de hacer una encuesta, con su dócil empresa de cabecera, NC Report, para dar la victoria del éxito al líder popular. Finalmente, La Vanguardia: “Casado rompe con VOX con un discurso moderado y proeuropeo”. Hasta Pablo Iglesias, perdiendo pie en su réplica posterior, ignoro si con sinceridad o con la resignación de la envidia, aplaudió el discurso del presidente del PP, al que calificó de “brillante”, “canovista” y “digno de la derecha española más inteligente”, pero matizando: “llega demasiado tarde”. Olvida Pablo Iglesias que Casado ha leído su discurso, mientras que Cánovas lo hacía sin papeles.

¿Es suficiente la lectura, con entonación y gesticulación medidas, de un retórico discurso, preparado y escrito con días de antelación por un “sanedrín de doctores populares”, para suscitar la entusiasta euforia en la bancada del Partido Popular y los encendidos elogios en muchos medios de comunicación? Estamos muy acostumbrados a demasiadas palabras que se pronuncian pero que, al final, no conducen a cambiar la realidad; bellas palabras que una vez pronunciadas y conseguido el aplauso, se las lleva el viento, promesas que se olvidan apenas pronunciadas. Decía Jacques Lacan que el discurso completa su significado y valor solo con su último párrafo. Para él, el último párrafo, el epílogo del discurso, son los hechos.

No hace falta acudir a Aristóteles, Séneca o Cicerón para comprobar lo mucho que ha bajado el listón de la oratoria en nuestro Parlamento. Trabajar un discurso político concreto es relevante; se justifica porque los parlamentarios se lo deben en la comunicación de la verdad con la que deben presentarse ante los ciudadanos que los han elegido. El discurso bien trabado, explicativo, razonado y bien argumentado justifica su trabajo. ¿En dónde se puede encontrar el valor de la retórica si no es en los discursos de los políticos? El plano de lo “político” es inseparable de la concepción misma de la retórica que desarrolló Aristóteles. Así se expresaba Dionisio de Halicarnaso -el gramático contemporáneo de Augusto que mejor conocía la obra de Aristóteles-, para quien el análisis del discurso no se funda tanto en la perversión y estafa de los trucos del lenguaje, sino en el valor autónomo de un estilo en el que el orden y la composición de los argumentos y las palabras van al encuentro de la verdad. Aristóteles combatió la concepción y el ejercicio de la retórica como un arte meramente empírico, técnico y rutinario para sorprender y entusiasmar al auditorio; era una herramienta, en cambio, para la persuasión en la verdad y servir asimismo para detectar los errores de los discursos a los que les tenían acostumbrados aquellos oradores cuya intención era crear emociones que movilizaran la adhesión y el aplauso del público.

Para atajar la pandemia que padecemos se han lanzado campañas de realización de test para verificar quiénes están o no contagiados. Con una inocente comparación, utilizando el discurso leído por Pablo Casado, podríamos hacerle también a él y a su partido un test: la prueba del espejo

Tampoco hay duda de que las aportaciones de Cicerón a la práctica de la oratoria y a la teoría retórica poseen calidad e interés suficientes para que su nombre figure en la historia. Fue un brillante orador que reflexionó sobre su experiencia, y un notable teórico que elaboró una doctrina a partir de su práctica oratoria. Sus cuatro Catilinarias son pruebas indiscutibles. Mostró su desacuerdo con aquellos autores que creían que la perfección oratoria se puede alcanzar mediante la simple corrección: un discurso exclusivamente correcto, afirmaba, es demasiado frío y carece de fuerza para dar certidumbre de verdad. Su obra “Topica”, es un manual sobre lugares; es un resumen de los “Tópicos” de Aristóteles; pretende ser un instrumento práctico contra los tópicos al servicio de la actividad jurídica. Define el “tópico” como el lugar que proporciona los argumentos que convierten un asunto dudoso en creíble; en vicios del lenguaje, en ideas estereotipadas y poco significativas, que pierden su valor por ser tan utilizadas o por ser demasiado sabidas. “De Oratore” es, según la opinión de la mayoría de los críticos, la obra maestra de la oratoria ciceroniana. Se valora, por su original interpretación de la noción de historia, la importancia que concede a la “simpatía” como capacidad de identificación emocional, las agudas explicaciones sobre la fuerza persuasiva del humor, la identificación entre el bien pensar y el bien decir, el aprecio de la novedad como valor estético, la atención que presta a la cadencia rítmica de la frase, y, sobre todo, la pulcritud del estilo en que está redactada. Defiende que ciencia y elocuencia, conocimiento y palabra “sapere et dicere”, son dos aspectos complementarios e inseparables de la oratoria; considera que la preparación intelectual del orador que pretenda intervenir con eficacia en la vida política y social de su tiempo es imprescindible. Para Cicerón, el orador debe estar adornado con todas aquellas cualidades que caracterizan a cada uno de los demás profesionales de la palabra: la agudeza de análisis de los dialécticos, la profundidad del pensamiento de los filósofos, la habilidad verbal de los poetas, la memoria indeleble de los jurisconsultos, la voz potente de los trágicos, el gesto expresivo de los mejores actores y, sobre todo, la ética honesta del que, sin artilugios ni trucos, dice verdad. Contemplando con seriedad y sinceridad los bancos de nuestros parlamentarios, ¿quién está dotado con estas cualidades y necesarias competencias oratorias? No resulta fácil dar nombres.

George Orwell en su ensayo “La política y el lenguaje inglés” apuntaba dos de los síntomas de la decadencia del lenguaje: las expresiones vagas y los textos vacíos. Quienes así actúan se limitan a hacer frases prefabricadas en lugar de elegir las palabras con significado, sus estructuras sintácticas son enrevesadas y escriben sin intención de comunicar; se limitan a rellenar el vacío y el silencio. En pleno siglo XXI, siglo de la información y las comunicaciones, la oratoria parlamentaria española ha ido caminando “con freno y marcha atrás”. Resulta casi imposible encontrar entre nuestros parlamentarios, ejemplos parecidos a Sagasta, Cánovas, Castelar, Olózaga, Pi y Margall, Canalejas, Salmerón, José Echegaray, Azaña y tantos otros… Resulta, asimismo, curioso que el entusiasmo de algunos populares haya contrariado a otros. Ni en la opinión pública ni en la bancada popular, excepto en el marco del secretismo de unos pocos, entraba en las expectativas parlamentarias que Pablo Casado, objetivo oculto de la moción de censura como muchos pensaban, se iba a encarar con el protagonista de la misma, Santiago Abascal, sorprendido y perplejo al sentirse atacado en lo político y en lo personal. Casado no compitió con Abascal por un proyecto político distinto, tal vez sí en la forma, pero no en el contenido, sino por noquearle para discutirle el liderazgo exclusivo de la derecha. Si muchos populares han aplaudido entusiasmados el discurso de su presidente, no se puede ocultar que también otros se han sentido contrariados. Ha habido exceso de aplausos de los populares en el Congreso y enorme disgusto, aunque por ahora guarden silencio, de muchos populares en los parlamentos autonómicos de Madrid, Andalucía y Murcia.

Àngels Barceló entrevistaba el viernes pasado al vicepresidente de la Junta de Andalucía Juan Marín en el programa “Hoy por Hoy” desde Córdoba. A preguntas de la periodista sobre qué opinaba del discurso de Casado, Marín manifestó estar muy contrariado, lo mismo que el propio presidente de la Junta, señor Moreno Bonilla; ambos estaban sorprendidos porque desconocían por completo la línea del discurso de Casado y contrariados porque desengancharse de Vox supone poner en serio peligro poder mantenerse en el poder. Romper con Vox, como ha hecho Casado pone en zona de riesgo las alianzas en los gobiernos de la Junta de Andalucía, de la Comunidad de Murcia y los gobiernos de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Y si hay muchos entusiasmados, algunos contrariados, muchos más somos los que nos sentimos escépticos, y no por cortesía, que también, sino por una forma de ética elemental: el respeto a la inteligencia. Retomando lo que decía Diderot de que el primer paso hacia la filosofía es la incredulidad, sólo el tiempo irá mostrando si el discurso de Casado encerraba verdad o han sido una mera estrategia retórica y oportunista. La experiencia nos ha enseñado que no podemos ser crédulos. Tenemos experiencia de que el exceso de admiración y entusiasmo por algo anulan la objetividad en su valoración. El entusiasmo mediático con el que editoriales, columnistas y tertulianos han dedicado al discurso de Casado, da pie a un inteligente escepticismo; el escepticismo, la vieja escuela de la sospecha, tiene mala prensa, pues en estos tiempos, y quizás siempre, la gente quiere creer desesperadamente. La pregunta es clara y clara debería ser también la respuesta: de acuerdo con las palabras del discurso, ¿estarían dispuestos Casado y el Partido Popular a romper con la ultraderecha que significan Vox y su programa en todas partes con las que han firmado alianzas? El científico francés Henri Poincaré se peguntaba sobre por qué la credulidad está tan extendida; y él mismo se respondía: sabemos lo cruel que es a menudo la verdad y el engaño a veces resulta más consolador.

Las palabras describen el pasado y el presente, pero comprometen el futuro. A Casado le falta aún demostrar con los hechos y la verdad que está dispuesto a cumplir esa rotunda frase lanzada contra Abascal: “no somos como usted porque no queremos ser como usted”. Es una expresión parecida al famoso “ser o no ser...” de la obra de Shakespeare; “ser o no ser un hombre de Estado, ser o no ser un político de centro derecha” y no un seguidista de las políticas de la ultraderecha.

Para atajar la pandemia que padecemos se han lanzado campañas de realización de test para verificar quiénes están o no contagiados. Con una inocente comparación, utilizando el discurso leído por Pablo Casado, podríamos hacerle también a él y a su partido un test: la prueba del espejo. Leerle algunas frases de su discurso; frases o invectivas que ha lanzado contra Abascal y Vox, pero que, como un boomerang, revertirían con idéntica fuerza y verdad contra él y su partido si las leyera y ver si se reconoce en ellas. He aquí algunas de las frases, lugares comunes, tópicos dialécticos que, en su momento, con la misma fuerza que las ha leído Casado, se las podía leer a él el líder de cualquier otro partido. Tendrían la misma fuerza de verdad o de cinismo con el que Casado las ha leído:

· Lo que aquí se vota es si usted está capacitado para ser presidente de la cuarta economía del euro.

· Lo que ocultan Vox y PP es que se necesitan para sobrevivir: cuando se trata de polarizar, el acuerdo tácito es muy fácil entre los que sacan rédito.

· Vox es el seguro de vida de Casado y del PP para seguir de inquilinos Madrid, Andalucía y Murcia. Ya se sabe que la política hace extraños compañeros de colchón.

· Su actitud es una cortina de humo para encubrir su responsabilidad en la dramática situación que vive España. Lo que queda retratado hoy aquí es la destrucción que produce la política de división y confrontación del PP, y patrocinada por sus respectivas terminales propagandísticas.

· Señor Casado, usted juega al mismo juego que Abascal, aunque lo juegue al otro lado del campo. Los dos quieren vaciar la España centrada para convertirla en su campo de batalla particular.

· Una de dos, o usted no se enteraba de nada cuando toda España sabía lo que nos esperaba con la Gürtel o Kitchen, o usted se enteraba como todos, pero le dio igual. O por ignorancia o embuste, debería dar explicaciones.

· No somos como usted porque no queremos ser como usted. Así de sencillo.

· Usted es parte del bloque de la ruptura, y nosotros somos parte de la red de afectos y proyectos que une y protege a los españoles.

Hace días proyectaba la 2 de Televisión Española una de las producciones del Hollywood clásico: Horizontes de grandeza. Su trama se vertebra en torno a la rivalidad a muerte entre dos viejos pioneros (Gregory Peck y Charlton Heston) que encarnan la ley del más fuerte en lugares donde la ley “legal” no ha llegado todavía. Al final de una pelea entre ellos, para demostrarse que ninguno es cobarde, James McKay (Gregory Peck) le pregunta a Steve Leech (Charlton Heston): “Y ahora, dígame, ¿qué hemos demostrado?”

Esta es la reflexión y pregunta que, desde el escepticismo, nos hacemos muchos ciudadanos: ¡Señores Abascal y señor Casado, Señor Casado y señor Abascal!, si al final de este drama o esta comedia Vox continúa apoyando los gobiernos autonómicos donde gobierna el Partido Popular o el Partido Popular no rompe las alianzas firmadas con Vox ¿qué han demostrado con esta censura? De continuar construyendo el Partido Popular sus proyectos de gobierno con la ayuda de las vigas podridas de la ultraderecha de Vox, la sesión de censura del jueves, como expuso en la brevedad de su inteligente intervención el portavoz del PNV, el señor Aitor Esteban, esa sesión “ha sido una patochada”.

“El efecto mariposa” o cómo sobrevalorar la lectura de un discurso