jueves 9/12/21

La discutible teoría de “los contrapesos”

lepen

Ante la evidente incertidumbre, las no pocas inquietudes que está ocasionando el nuevo inquilino de la Casa Blanca (hoy “dorada” a gusto de su consumidor”),y las “ilusiones” generadas por su populismo en las derechas y ultraderechas europeas, los partidos miembros del  grupo Europa de las Naciones y la Libertad (ENL) del Parlamento Europeo, en foto de familia, presididos por sus respectivos líderes (Marine Le Pen por el Frente Nacional francés, Frauke Petry por Alternativa para Alemania, Geert Wilders,por el Partido holandés de la Libertad y Matteo Salvini, de la Liga Norte italiana, hasta Santiago Abascal, presidente de la formación española Vox, como convidado de piedra. En la imagen) han aprovechado el “tirón Trump” y han organizado un congreso en Coblenza (Alemania); su objetivo, mostrar una imagen de unidad que les lleve a la victoria en sus respectivos países con el fin de cambiar Europa en un horizonte excluyente contra los inmigrantes:“Nuestros éxitos -clamaba la neofascista Le Pen-cambiarán la faz de Europa; estamos viviendo el fin de un mundo y el nacimiento de otro.¡Es el regreso de los estados-nación!, y podremos organizar de forma concertada el abandono del antiguo mundo”, añadió exultante.

Por otra parte, en la entrevista que el diario El País hacía este fin de semana al papa Francisco, a preguntas de los periodistas, con el fondo de estas situaciones, advertía el papa: “No podemos ser profetas de calamidades, aunque en momentos de crisis, no funciona el discernimiento y los pueblos buscan ‘salvadores’ que les devuelvan la identidad con muros y alambres”.

Inicio este artículo con estas dos noticias, porque, valiéndome de la autoridad moral del papa Francisco, utilizo su lenguaje bíblico, con unos versículos del evangelio de san Mateo: “en ellos se cumple la profecía de Isaías, pues oyendo no entienden y viendo no perciben”. Es lo que, para muchos ciudadanos del mundo, sin alarmismos, pero sí alertados, puede ocurrir con el “tal Trump” y los neofascistas europeos, que, “oyendo lo que dicen y viendo lo que hacen”, creamos que ya tenemos en el mundo occidental suficientes equilibrios, contrapesos y normativas legales para neutralizar, limitar sus excesos y poner en su sitio su insensatez o, lo que sería peor, sus irreparables errores.

Con estas premisas, valorando y apreciandolas reflexiones que en sus artículos hace Daniel Innerarity, no comparto del todo algunas afirmaciones de su artículo en el diario El País de hace días titulado “Sobrevivir a los malos gobernantes”; afirmaciones que sintetiza lo que ya había desarrollado en su libro “La política en tiempos de indignación”; en él defiende que es posible sobrevivir a los malos gobernantes porque lo que importa son los procedimientos y las reglas, no tanto las personas. La democracia es un sistema diseñado más para impedir que para facilitar; es un sistema -afirma en su artículo- que prohíbe, equilibra, limita y protege. La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos, pues lo que importa son los procedimientos y las reglas, que son las que pueden dificultar o impedir a los políticos el cumplimiento de sus promesas (o amenazas).

Con Innerarity, muchos politólogos y comentaristas, como David Runciman,apoyándose en “la teoría de sistemas” de Niklas Luhmann, según el cual las instituciones u organizaciones son sistemas sociales “autopoiéticos” (se auto-reproducen), sostienen una teoría que considero discutible,la teoría de los contrapesos: las instituciones que salvaguardan la seguridad nacional siguen siendo una máquina formidable y nadie se las tomaría a la ligera; aunque viendo los resultados electores en la noche de la victoria de Trump, en su artículo ¿Es así como se acaba la democracia?,se preguntaba Runciman si aquella misma noche Estados Unidos no se había convertido desde ese momento en un Estado fallido.

Según la teoría de los contrapesos, la realidad está en función del optimismo o pesimismo con el que el sujeto ve o concibe la realidad; el optimismo lo adjudica a los realistas y el pesimismo a los individualistas. Para los optimistas, “el sistema” (la judicatura, los altos funcionarios, los expertos, los militares o empresarios…) es un poder que limita efectivamente los excesos del “político gobernante”. Para los pesimistas, en cambio, al analizar la realidad y la historia, frente al “poder de un dictador o un loco”, no hay contrapesos que puedan pararle. No es que se infravaloren las posibilidades sistémicas de una sociedad estructurada, o que no nos fiemos de los procedimientos, reglas y leyes de los que nos hemos dotado democráticamente y a los que nuestros dirigentes tienen que atenerse, ni que las instituciones que salvaguardan la seguridad nacional sean una máquina formidable que nadie se las puede tomar a la ligera…, pero este temor u opinión de que a un dictador o a un loco no hay contrapesos que puedan pararle, no es una especulación imposible:tenemos experiencias, en sociedades sistémicamente estructuradas,como las de los años treinta, y algunas actuales de este siglo XXI, que acabaron o están acabando en catástrofes por la ingenua confianza de que las sociedades están bien gobernadas cuando lo están por sistemas en los que existe una inteligencia colectiva (reglas, normas, procedimientos…) y no necesariamente cuando tienen a la cabeza personas especialmente dotadas o ejemplares;bien sabemos cuándo y cómo empiezan ciertos desastres, pero no cuándo y cómo van a acabar; lo que sí tenemos todos los días son imágenes sangrantes de genocidios, muertes, pobreza, miseria, hambre, migraciones, exilios… en países y naciones con instituciones estructuradas que creíamos resistentes frente a los fallos y debilidades de sus gobernantes. ¡Se puede poner tantos ejemplos…!

En algún artículo anterior, hice mención al notable estudio de Bárbara W. Tuchman, titulado “La marcha hacia la locura: de Troya a Vietnam”; en él se pregunta la autora: ¿por qué los gobernantes se empecinan en políticas contrarias a los intereses que conducen al bienestar o beneficio de sus pueblos?; y se responde: se debe a la insensatez de sus políticos que se manifiesta de formas diversas; la insensatez es una forma de hacer política que resulta siempre contraproducente para conseguir esos objetivos.La historia, también la actual,nos muestra lo peligrosos que pueden resultar ciertos gobiernos, cuya insensatez no nos preocupó hasta que hemos visto -mejor, hemos sufrido- los resultados perversos de su gestión. Los ejemplos del pasado, explica en su libro, deben servirnos para el presente y el futuro, pues hay políticos que, votados por sus pueblos, les han conducido “a la locura”. Tenemos ejemplos recientes, como señalamos más arriba. Termina Tuchman su estudio con una cita de John Adams, presidente nº 2 de los Estados Unidos: “los gobiernos -tal vez mejor estructurados sistémicamente- no se ejercen hoy mucho mejor que hace tres o cuatro mil años”. De ahí que cuantos más días pasan desde la toma de posesión del Presidente nº 45, más se justifica la preocupación que su elección ha despertado en millones de ciudadanos de todo el mundo. Del propio Adams es también esta frase al abandonar la Casa Blanca: “Ruego al cielo que otorgue la mejor de las bendiciones a esta casa y a todo el que en adelante la habite. Que nadie, más que los honestos y sabios gobiernen bajo este techo”. Deseo que, sin duda, no se ha realizado con Donald Trump,ni honesto ni sabio, un multimillonario narcisista e impetuoso, regido por la imprevisibilidad y pagado de sí mismo y de sus intuiciones como valor supremo, experto sí en “reality shows” que tanta fama le han proporcionado para llegar a ser presidente, pero que nada tiene que ver con una sólida experiencia política ni con la gran responsabilidad que ha asumido.

Sus primeras palabras en la toma de posesión han descolocado a medio mundo y la prensa internacional se ha escandalizado del populismo que ha impregnado todo su discurso: “Hoy no sólo estamos transfiriendo el poder de una administración a otra, de un partido a otro, estamos devolviendo el poder de Washington a vosotros, al pueblo”,-ha dicho, apelando continuamente a la brecha entre el poder y la gente-; “el ‘establishment’, la élite, se protege a sí misma pero no protege a los ciudadanos de nuestro país. El cambio empieza aquí y ahora, porque este momento os pertenece a todos vosotros. No un cambio cualquiera: sino un cambio como no se ha visto otro antes”. Qué inmensa inmodestia y qué enorme cinismo, cuando él y su equipo, presente en la toma de posesión (un gabinete de plutócratas y militares ideologizados,todos ellos multimillonarios acaudalados) que representan todo lo contrario de lo que es “el pueblo” y que -en palabras de Paul Krugman, premio Nobel de Economía- “son un Gobierno cuya corrupción no tiene precedentes y, además, sin ninguna preparación”.No podemos estar de acuerdo con la moderada teoría de los contrapesos, si se cree que Trump, personaje caótico e irreflexivo, se someterá a los controles y equilibrios del sistema. Sus deplorables inicios presidenciales han sido reveladores: no ha hablado como un presidente, por tanto, cabe la duda de que vaya a actuar como tal; sus primeras medidas no presagian ni menos garantizan una presidencia razonable.

En la entrevista en el diario El País, a la pregunta de los periodistas sobre qué consideración le merece Trump, respondía con la consabida diplomacia vaticana, el papa Francisco, pastoralmente admirable, pero teológicamente no sólido:“Ver qué pasa. Pero asustarme o alegrarme por lo que pueda suceder, en eso creo que podemos caer en una gran imprudencia. En ser profetas o de calamidades o de bienestares que no se van a dar, ni una ni otra. Se verá. Veremos lo que hace y ahí se evalúa”. Se podría estar de acuerdo con esta opinión si no fuese parecida la respuesta que dio el cardenal Pacelli, más tarde el papa Pío XII, al ser preguntado sobre Hitler. ¡Sorpresas te da la historia!

Nos jugamos demasiado como para confiarlo todo a que los gobernantes sean competentes y honestos. No se entienden, pues, los deseos de comprensión, incluso de esperanza e ilusión que ha demostrado el gobierno de Rajoy, en especial, de su ministro de exteriores, el desconocido señor Dastis, cuando se les ha preguntado sobre Trump. Demasiada prudencia, o demasiada ignorancia o demasiadas componendas o demasiado temor palaciego...:¡Es Rajoy! Nunca estamos a salvo de catástrofes imprevistas, pero tampoco de reacciones inmaduras de políticos insensatos…

Con apariencia irreverente, pero condenando la confianza excesiva en algunos gobernantes, razón tenían nuestros abuelos cuando exclamaban: “Fíate de Dios y no corras”. Y si ni siquiera de Dios nos podemos fiar, ¿podemos fiarnos de Trump o de Marine Le Pen y sus compinches neofascistas?

La discutible teoría de “los contrapesos”