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jueves. 09.02.2023

“(Des)Confianza política”

Cornelio Tácito

“Quien antepone sus intereses a los de los ciudadanos y utiliza el engaño para conseguir el poder, además de un error, no es de fiar y no merece el gobierno de la ciudad”. Cornelio Tácito


Hoy, 4 de enero, además de la precipitada sesión de investidura, cuyas prisas ocultan intereses poco claros, -“el cielo puede esperar”, según el título película dirigida por Warren Beatty y Buck Henry, también podría haber esperado algunos días más la presidente del Congreso, señora Batet para convocarla y Pedro Sánchez para alcanzar el poder-,se celebra el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, novelista, dramaturgo, cronista y político español, canario de nacimiento, pero muy ligado a Madrid como escritor; los cafés madrileños fueron en parte su verdadera escuela y sus novelas, retratos transversales de la ciudad. Con su narrativa realista asumió la visión del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y naturalista de la realidad,se lo devolvió artísticamente transformado.En palabras de Max Aub, “desde Lope ningún escritor fue tan popular ni tan universal desde Cervantes”. Aceptó ser diputado en varias ocasiones y por distintas circunscripciones.De la política afirmaba: “Creo que la política no se hace con sentimientos sino con virtudes, y como no las tenemos, poco adelantamos. La moral política es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe ya cuál es el paño primitivo”.¡Certera y profética metáfora galdosiana!

La política que hoy contemplamos tiene tantos remiendos, ocultas intenciones, acuerdos opacos, que no llegamos a saber cuál es el paño primitivo. La ignorancia sobre la moral política que esconden nuestros líderes, la falta de sinceridad con la que actúan, los intereses que les mueven, esa prisa descontrolada y no explicada, después de semanas de espera, por celebrar la sesión de investidura de Sánchez…, además de incertidumbre, producen desconfianza en los ciudadanos, pues descubren intenciones que no expresan las palabras ni los comunicados; así lo decía Goethe: “la conducta es un espejo en el que cada uno muestra su imagen”. Y la imagen que proyectan los “adolescentes” políticos que nos quieren gobernar o influir en el gobierno, se nos muestra borrosa; dan la razón a Tácito según las palabras que encabezan estas reflexiones; ¿merecen la confianza quienes de continuo dan la impresión de que ambicionan el poder más que el interés por los ciudadanos?

Sabemos que la política es el arte de lo posible, pero produce desconfianza que aquellos que exigían que cualquier negociación, acuerdo o pacto se adoptara“con luz y taquígrafos”, dichos pactos y negociaciones se están llevando bajo “la ley del silencio”; a veces, hasta niegan que los encuentros se hayan producido.¿Dónde queda aquella afirmación en los medios de Pablo Echenique en la que decía que “los pactos poselectorales van a dejar de ser reuniones a puerta cerrada en las que se piden cosas para los partidos y que Podemos no pedirá cosas para Podemos, sino cosas para la ciudadanía?”; o al presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, exigiendo“luz y taquígrafos para que sepamos qué acuerdo político hay entre PSOE y Unidas Podemos”, cuando él y García Egea, ocultaron durante semanas los acuerdos entre el PP y VOX. Existe también memoria de lo que Pablo Iglesias aseguró en las pasadas elecciones de que las negociaciones se realizarían“con la máxima transparencia, con luz y taquígrafos”, y que plantearía al PSOE “tener un diálogo con cordialidad frente a millones de espectadores poniendo encima de la mesa qué hay que hacer en este país, pues es algo que España se merece”; a lo que Pedro Sánchez replicó con un insoportable anglicismo que significa transmisión en directo o por secuencias:¡Hasta en “streaming”! También está en los anales lo que decía el “hoy desaparecido en combate” Albert Rivera: “Siempre hay que llegar a acuerdos;hay que buscar alternativas y explicar a los ciudadanos con luz y taquígrafos en qué consisten estos pactos y en qué condiciones se han producido”, cuando él ocultó cuanto quiso, hasta a los suyos, como lo viene haciendo Inés Arrimadas… Es lógico, pues, que, si se ha escuchado a los políticos tantas promesas de “transparencia, de luz y taquígrafos”, que no se acepte el actual nivel de discreción, de secretismo y opacidad.

En “El hombre rebelde”, Camus se empeña en construir un hombre que se rebele contra los miedos instituidos por las políticas y las religiones; uno de sus capítulos lo titula “Los muros absurdos”; afirma que los grandes sentimientos pasean consigo los universos que cada uno construye: espléndidos o miserables; existen, a su vez, distintos universos: de envidia, de ambición, de egoísmo, de generosidad, de mentira, de confianza o desconfianza…; la frontera que los separa la desconocemos. En este complicado “impasse” de la necesaria investidura, en el que vemos demasiados “egos” que vetan el entendimiento y los acuerdos, son necesarias las renuncias “personales y de partido” para conseguir conquistas para los ciudadanos. Hay que apelar a la responsabilidad, al “universo de la confianza”; este país necesita un gran acuerdo en el que todos o la mayoría salgamos ganando; ello implica que todos los partidos deberían renunciar al cálculo de sus réditos electorales; si predomina la ambición, es lógica la desconfianza que generan los políticos; más que ayudar y solucionar problemas, son los causantes de ellos y, en democracia, eso tiene un nombre: “estorbar”. 

John Montfort Dunn, filósofo, político y profesor emérito de teoría política en King's College de Cambridge, recordando el pensamiento deThomas Hobbes y a John Locke,afirmaba que “la confianza mutua se encuentra en el núcleo de todos los procesos políticos”; sostenía que, para fundamentar gobiernos democráticos y eficientes, es necesario crear aquellas condiciones en las que puedan florecer la confianza social y política.La mayor contradicción que Dunn encontraba en los distintos sistemas de pensamiento político se concreta en la contradicción que existe entre las propuestas y valores teóricos que prometen los programas ideológicos de los partidos políticos y las posibilidades efectivas de cómo llegan a realizarlos. ¡Qué fácil es prometer, pero más fácil y frecuente es incumplir lo prometido! Dos conclusiones emergen con claridad: la primera es que las promesas y programas de los partidos ya no ofrecen garantías que sirvan para orientarnos con seguridad por las avenidas de la gestión política; la segunda que, cuanto mejor sea nuestra información y conocimientos sobre lo que prometen y cómo actúan cuando gobiernan, tanto mejor equipados estaremos mentalmente para saber detectar sus incumplimientos sin dejarnos llevar a engaño, porque entonces puede ser demasiado tarde.

Con palabras claras, la confianza política y social podría ejemplificarse así: si digo que confío en “alguien” en lo relativo a algún asunto, significa que tengo razones para esperar que “ese alguien” actuará de acuerdo con mis intereses respecto a dicho asunto;es decir, debo tener razones suficientes para estar seguro de que va a ser así y de que no me va a engañar. En caso contrario, la decepción y la desconfianza están aseguradas. A este respecto es recomendable el artículo del profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, José Ramón Montero, en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, titulado: “Confianza social, confianza política y satisfacción con la democracia”, en el que investiga las relaciones entre la confianza social y la confianza política, por un lado, y entre la confianza política y la satisfacción con la democracia, por el otro. Para él, la confianza social es el fundamento de la confianza política y ambas, clave de arco y fundamento imprescindible de la democracia.

Cuando no hay sinceridad, cuando se carece de honestidad y domina la mentira, suele suceder que los disfraces desaparecen y se hace patente la endeble miseria de la impostura y el engaño. Es entonces cuando la pantomima del postureo carente de sinceridad, deja al descubierto al “estúpido” que hay en cada uno. La inteligencia política sabe interpretar los mensajes, incluso los no verbalizados, pero cuando aparece la ambición las mentes se obnubilan. No tiene madera de buen político el que no es capaz de interpretar la realidad, sondeando el sentir de la calle. Decía el historiador y político romano Cornelio Tácito que “quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas. Para quienes ambicionan el poder no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”. Estamos al borde del precipicio y sería una irresponsabilidad no dar un paso atrás para evitarlo. Los malos líderes desconocen qué significa el sentido de realidad y de la proporcionalidad; carecen de generosidad e inteligencia política y de la cultura del pacto; ignoran que el protagonismo es de la sociedad y quien así no lo entienda sucumbirá en su propia estupidez. La generosidad como ética política implica dejar de mirarse el ombligo y de aceptar los retos que la ciudadanía demanda. Desde la legalidad de los medios, ambicionar el poder es legítimo, pero no a cualquier precio; la ambición desmedida, el ansia de poder y gobernar a cualquier precio, es la “prueba del nueve” que demuestra la inmadurez de un político.

El filósofo y escritor,tal vez uno de los más polémicos e influyentes del siglo XX, de origen argelino y padre del “deconstructivismo”, Jacques Derrida, académico y activista político, opositor a cualquier tipo de guerra (contra la Guerra del Vietnam y la Guerra de Irak del 2003) y posicionado como pocos en pro de los derechos humanos, decía que debemos olvidarnos de la lógica maniquea de “verdad y mentira” y centrarnos en la intencionalidad de quienes mienten; es decir, más que centrarse entre el arte de la mentira y la bondad de la verdad, hay que entrar en la “intencionalidad” de quien informa, qué es lo que pretende, pues es demasiado frecuente que la ignorancia o ingenuidad del que escucha no sea capaz de distinguir o discriminar “las noticias falseadas”, que intencionalmente esconden “sofismas y falacias”.

Aristóteles con su lógica y su obra Tópicos nos legó el método deductivo o silogismo por el que las conclusiones se obtienen siempre sin necesidad de comprobar; sabemos que algunos silogismos puede ser razonamientos fallidos o viciados; son los llamados “sofismas”; para argumentar se parte de premisas falsas o verdaderas cuya conclusión no es adecuada o correcta lo que se pretende es engañar o confundir. Una falacia, en cambio, es una declaración, razonamiento o argumento basado en una deducción falsa, errónea o inválida; en la actualidad, sin embargo, se usan indistintamente ambos términos con la perversa intención de engañar.

Cada vez son más los ciudadanos que, desilusionados y hartos con la situación de cansancio democrático, la banalización política y la incertidumbre que padecemos, -estamos varados en medio del capricho de unos pactos que no se despejan por los intereses de unos y otros-, contemplamos cómo democracia, mentira y corrupción son variables endógenas, es decir, variables que se condicionan recíprocamente. Jacques Derrida siempre vio en la política una implacable herramienta de manipulación y contraria a la verdad, hasta llegar a afirmar que “lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la finalidad del mentiroso; ese ese su objetivo final, pues la mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad. Las mentiras políticas- decía-, reflejan las mentiras de los conciudadanos; éstos consienten sin penalizarlas porque se tendrían que penalizar también ellos”.

En nuestra política actual reina el cinismo, cuando no la mentira y no es infrecuente utilizar los sofismas, pretendiendo engañar o confundir a los ciudadanos con tal de conseguir los objetivos pretendidos; aunque lo nieguen, están cómodos en e lpensamiento de Maquiavelo. PP y Ciudadanos, que como “el perro del hortelano, ni comen ni dejan comer”, acusan al PSOE de pactar con el independentismo, pero se niegan a evitarlo. Así se manifestaba el jueves pasado el secretario general Teodoro García Egea: “El pacto PSOE-ERC para investir a Sánchez es bochornoso, preocupante y sin precedentes”; y sin conocer cuáles son los puntos del pacto, afirmaba con rotundidad que “todo lo que quieren los independentistas lo están obteniendo…, pactando incluso un referéndum”.No se entiende que se disfracen de constitucionalistas y no actúen con sentido de Estado; está en su mano haber hecho prescindible la abstención o el apoyo de ERC; basta con su “abstención” en la sesión de investidura; abstenerse no significa otra cosa que “abstenerse”; es una tautología bien razonada y comprensible: no significa apoyar. Practican con maestría el sofisma, utilizan las falacias, pero los suyos “les creen y les siguen”.

Más inverosímil parece la opinión de la “lideresa en funciones”, Inés Arrimadas, de los restos que quedan de Ciudadanos; en el colmo de los despropósitos, la diputada de Ciudadanos ha apelado al “sentido de Estado de los barones socialistas para que frenen a Sánchez”.La dirigente naranja ha insistido en que “Ciudadanos es el único partido que ha hecho una propuesta constitucionalista alternativa a los pactos de Sánchez con Podemos y ERC”. “Quedan cinco días -ha resaltado- para que Sánchez consume la infamia, son cinco días de oportunidad para parar y frenar esta deriva”.Con este sofisma, su intención era muy clara: agitar las aguas del PSOE y abrir fisuras internas ante un asunto tan delicado; pero ha tenido poco éxito.Casi todos los barones socialistas se han pronunciado públicamente en un tono muy parecido al del presidente extremeño Guillermo Fernández-Varaen su cuenta personal de Twitter: “Arrimadas lo tiene muy fácil. En vez de llamarnos a los barones socialistas, que vote a favor de la investidura de Pedro Sánchez y asunto resuelto”.

Unidas Podemos, desde que han visto la posibilidad de llegar al gobierno, mantienen el “silencio de los corderos”, revestidos hasta de su piel.Utilizan el sofisma de ambigüedad, palabras con doble significado y falacias de pertinencia cuando apelan a la emotividad o a la sensibilidad; y en no pocas ocasiones, el argumento “petitioprincipii”, (o petición de principio), sofisma provocador, muy propio de personas con genio e ingenio;no les resulta incómodo, si conviene, decir o hacer lo contrario de lo que hicieron o dijeron. Quienes prometieron convivir con la gente, allí de donde habían salido (digamos que hablamos de Vallecas), no tienen empacho en trasladarse a chalés bien situados, si los inscritos e inscritas, en “referéndum” no se lo niegan; quien criticó a la monarquía corrupta, impuesta por el dictador genocida, Franco, sorprende hoy con fervorosos elogios a la monarquía y a la Princesa Leonor, por su discurso en los premios Princesa de Girona. “Yo creo -ha dicho esperando con su moderación que no se malogre su vicepresidencia en el gobierno-, que la monarquía no está en crisis [...] Considero que sentó bien en Cataluña, aunque no todo el mundo lo reconozca, escuchar a Leonor, que aspira a ser jefa del Estado, hablando en un perfecto catalán”.Y el secretario de Acción, Pablo Echenique, ha valorado este miércoles que el Rey mostró “un mejor olfato político” ante la nueva etapa que se abre en comparación con su discurso sobre Cataluña de hace dos años. El número tres del partido ha aplaudido el discurso de Felipe VI, del que considera que ha apostado por las ideas de la “España del futuro” que Podemos comparte. Es evidente que mucho ha cambiado Podemos desde que el pasado de 12 noviembre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firmaron el acuerdo de Gobierno de coalición. La continencia y mesura que hoy manifiestan son diferentes a las que abanderaban hace cinco años sobre la Monarquía. ¿Generan confianza tales cambios? No se descarta la duda.

Por otra parte, se ha producido una excesiva escenificación en la negociación del acuerdo ERC-PSOE-PSC, con una opacidad indecorosa. Es importante distinguir entre discreción y opacidad. En medicina, la utilización del vendaje con finalidad sanitaria es un buen ejemplo de la ambivalencia necesaria para “lo oculto”. En este caso, la ocultación (u opacidad) de la herida, no es dañina, sino preventiva y anuncio de una transparencia posterior cuando sea necesario quitar el vendaje; pero esta similitud de “opacidad” nada tiene que ver con “el ocultismo, el secretismo o los misterios”; estos pueden tener justificación en ámbitos religiosos, místicos y sectarios, pero no en políticas democráticas; pero en política, entre la discreción y la opacidad existen claras diferencias. No comparto que una información a destiempo o inoportuna haga hacer fracasar todo un proceso de negociación, generando malos entendidos por una mala interpretación de datos insuficientes, pero también “un comunicado” puede dar lugar a un información confusa, cuando en él se emplean palabras oscuras, significantes vacíos e interpretables, sofismas, falacias o razonamientos falaces o fallidos, con el objetivo de que sean difíciles de comprender o interpretar, vetando la inteligencia comprensiva a la ciudadanía. El texto del acuerdo “PSOE-ERC” puede ser un ejemplo; para los que los redactan, estos comunicados pueden ser transparentes e inteligibles, pues están en las claves del ocultamiento, pero son opacos para los que los escuchan o leen y necesitan interpretación, “hermenéutica”; ahí está la clave de las diferentes opiniones, honestas o torvamente interesadas.

Bien sabemos, y más los medios de comunicación, que lo expuesto ante una multitud y en diferentes situaciones no es igualmente comprendido ni asimilado por cada uno de los oyentes, de ahí la claridad en las palabras y en la comunicación para que no pierdan pie y se convierta en un sin-sentido, como señalaba Wittgenstein en “los juegos del lenguaje”, es decir, la manera en que se emplea el lenguaje en relación a distintas situaciones y ambientes.Es poco razonable que algunos crean lo que no han visto ni oído porque otros se lo han dicho y no crean lo que están oyendo y viendo con sus propios ojos. En realidad, habría que hacerles la célebre pregunta de Groucho Marx: ¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?De ahí la importancia que tiene la confianza ante la opacidad o el secretismo; cuando el ciudadano confía en el político, la opacidad puede llegar a significar discreción; en cambio, cuando el político no es de fiar, cuando no hay cercanía ciudadana, la opacidad genera total desconfianza. Me permito utilizar la metáfora en las palabras del novelista, dramaturgo y poeta alemán, Paul Scheerbart, de que, en política, “la arquitectura del cristal debe sustituir a la arquitectura del ladrillo”.

El acuerdo entre PSOE-PSC y Esquerra republicana ha producido no sólo duras críticas en la oposición sino cierta perplejidad y desencanto en muchos socialistas; su lectura, con la mejor de las intenciones, suscita no pocas incógnitas y ambigüedades que dan pie a enfrentadas interpretaciones, cuando no, a desconfianza; un ejemplo claro lo representa Miguel Ángel Revilla, cuya ejecutiva de su partido, el Partido Regionalista Cántabro (PRC), ha aprobado por unanimidad votar en contra de la investidura de Sánchez tras conocer el contenido del pacto del PSOE-ERC; si en la anterior legislatura fue el voto de PRC él único que se sumó a los votos de los diputados socialistas, en este momento, votará en contra y dan una contundente razón: “Ninguna carretera, ningún AVE para Cantabria, nada justifica el que nos carguemos la unidad de España”; esta postura, al menos para él y para otros muchos, representa la ambigüedad y las incógnitas que encierra el texto del acuerdo. Negarle ahora el apoyo a su gobierno en Cantabria, como ha amenazado la presidenta el PSOE en Cantabria, suena a venganza, y ésta es siempre, mala consejera.

Parece poco razonable que una abstención (la de Esquerra) haya valido tanto y se esté dispuesto a pagarlo. Es poco democrática una escenificación que ha durado más de 6 semanas y haya tenido en vilo a toda la sociedad. Es lógico que las pretensiones no tengan límites, pero no hasta el punto de casi arrodillar al oponente, al PSOE, mendigando una abstención. El precio ha sido el discutido y criticado “Acuerdo para la creación de una mesa entre el gobierno de España y el Govern de la Generalitat de Catalunya para la resolución del conflicto político”. En el fondo, como resumía ayer el ministro Ábalos, sólo contiene tres ideas: a) Constatamos un conflicto político; b) Para solucionarlo es necesario el diálogo; y c) El diálogo se llevará a cabo en una mesa de negociación conjunta. Para llegar a estas tres razonables obviedades, no eran necesarias ni tantas semanas ni tantas horas de reunión.Es poco democrático y nada razonable políticamente pretender desconocer aquellos escenarios o ignorar aquellas opiniones y críticas que nos perjudican. Son, pues, comprensibles la duda y la desconfianza política que genera la pregunta que muchos ciudadanos se hacen ante los acuerdos a los que está llegando el PSOE: ¿Hasta dónde ha sido capaz Pedro Sánchez y algunos líderes socialistas de ceder o pactar, para conseguir la investidura, es decir, el poder?

El documento firmado es uno solo, pero con dos posibles interpretaciones. Incluso los propios que lo han redactado y firmado han dado ayer mismo, versiones “muy diferentes”, según la “hermenéutica” de ciertas frases y palabras, desvirtuando el uso y significado de algunas de ellas. Donde el número tres del PSOE, José Luis Ábalos, y uno de los negociadores socialistas, ve en el acuerdo un “escrupuloso respeto de la legalidad vigente y nuestro ordenamiento constitucional”, sin ver riesgo alguno de que haya una consulta por la autodeterminación, porque una consulta, no es un referéndum, Marta Vilalta, en cambio, portavoz y miembro de la comisión negociadora de Esquerra, admite que el acuerdo es un logro, puesto que es la plasmación del reivindicado derecho a decidir; “una validación democrática es precisamente lo que demandamos cuando reclamamos el derecho a decidir”; y en esa mesa de negociación “se podrá hablar de todo, pero el hecho principal -ha destacado Vilalta y lo ha reafirmado el diputado de Esquerra J.J. Nuet- es que lo que surja de esa mesa no se quede en un despacho y que podamos decidir a través de una consulta, de forma democrática, toda la ciudadanía catalana”.

Si Ábalos ha acusado al PP, Vox y Ciudadanos de “boicotear” la formación de Gobierno al abanderar una “agenda obstruccionista”, pues “lo que no pueden hacer los bloqueadores, que han decidido situarse en la marginalidad, es reprocharnos ahora su irrelevancia”, tampoco puede negar que resulta cuando menos dudosa la confusa claridad del acuerdo y que produzca desconfianza en no pocos barones y militantes socialistas y enorme rechazo en toda la derecha y en muchos tertulianos y periodistas. Si Sánchez no quiere poner en riesgo su credibilidad, su investidura y la estabilidad del futuro gobierno, tiene la obligación en el discurso que hoy pronunciará en el Congreso de responder, más aún, de despejar las dudas que ha generado el acuerdo. Sabe que lo han tildado de “traición”, de “felonía”, de “infamia”, de “golpe de Estado”, de “vender España”… Hasta el diario “El Español”, imagino que es una mentira, una “fakenews” más en las que abunda, de que en la votación del día 7 se puede producir un “tamayazo”, con el voto en contra de 16 diputados socialistas.

En estos complicados momentos necesitamos políticos con carisma, con talla y altura política y moral, capaces de renovar las viejas estructuras de pensamiento y gestión. Si algo produce inestabilidad y desconfianza en la sociedad, es que los políticos, sobre todo el que quiere ser el presidente de todos los españoles, no tengan el coraje de defender con la verdad y la transparencia de la sinceridad qué han pactado o acordado y cuáles son sus posibles consecuencias. Escribía Ovidio en sus “Tristes”: “Gutta cavat lapidem, non vi sed saepe cadendo”.(“La gota horada la piedra no por la fuerza sino por la constancia”). Esa es la razón, creo, por la que los ciudadanos desconfían de algunos políticos: falta tesón, verdad, sinceridad, en suma: “sensatez y constancia”.

“(Des)Confianza política”