jueves 09.04.2020

Contorsionismo político y el engaño del 'cambio'

“En Occidente hemos construido un precioso gran barco. Tiene todas las comodidades. Pero le falta una cosa: no tiene brújula y no sabe adónde va”.
Albert Einstein


Las mujeres no están dispuestas a volver atrás sino “a marchar hacia delante” y hacerse dueñas de su futuro

Decía Jorge Luis Borges en La memoria de Shakespeare que “de tarde en tarde nos sorprenden pequeñas y fugaces memorias que son auténticas; la memoria es un espejo en el que proyectamos el futuro para poder decidir y se construye viviendo una vida que resulte el reflejo de lo aprendido en el pasado, de lo sufrido y de lo disfrutado”. Y de lo aprendido en un pasado cercano tengo en la memoria los recuerdos del “histórico 8 de marzo de 2018”. En mi ya larga trayectoria vital, nací en 1940, recordando “la larga noche de la dictadura y la lucha por conquistar libertades y derechos”, uno de esos recuerdos aprendidos del pasado, de lo sufrido y lo disfrutado, uno muy sorprendente es la masiva manifestación reivindicativa de las mujeres a nivel mundial. Leí su manifiesto; y entre sus justificadas denuncias, subrayo su párrafo final: “Denunciamos la justicia patriarcal que no nos considera sujetas de pleno derecho. Denunciamos la grave represión y recortes de derechos que estamos sufriendo. Exigimos plena igualdad de derechos y condiciones de vida, y la total aceptación de nuestra diversidad. ¡Nos queremos libres, nos queremos vivas, feministas, combativas y rebeldes! Hoy, la huelga feminista no se acaba: ¡Seguiremos hasta conseguir el mundo que queremos!

Quien tenga dignidad y memoria, quien valore la justicia y quien sienta como suyas estas denuncias, desde la solidaridad y el compromiso por la igualdad de derechos, no puede entender, ni debe aceptar y, mucho menos dejar de reivindicar cuanto el Manifiesto denuncia. Y, con ese eslogan colectivo, gritar de nuevo: ¡Ni un paso atrás! Hay razones para ello: en apenas 9 meses la “derecha unida”: la ultra derecha casposa de Vox financiada por la oposición iraní en el exilio, con el apoyo y la aprobación interesada de la derecha del PP negociando o sometiéndose a un acuerdo que incluye las solapadas y democráticamente inaceptables exigencias de Vox, con una ambición desmedida de tocar poder en Andalucía, habiendo perdido centenares de miles de votos y la siempre cínica derecha “lampedusiana” de Ciudadanos, con su calculada ambigüedad y su política del “avestruz”, pretenden retornar al pasado: ¿cómo?; entre otras inaceptables propuestas (alerta contra la inmigración, promoción de la escuela católica concertada hasta el Bachillerato, educación segregada por sexos, derecho de los padres a vetar aquellas enseñanzas a sus hijos que cuestionen sus convicciones, defensa de la familia como eje de la sociedad, cuestionamiento del aborto, rechazo y sustitución de la Memoria Histórica por una ley de Concordia, exaltación de las tradiciones -Semana Santa, los toros o la caza-...), liquidar la Ley contra la Violencia de Género, y sustituirla por una Ley de Defensa de la Familia. Conocemos bien lo que en ese interpretable y versátil concepto “familia” pretenden esconder.

Hay quien augura, yo entre ellos, un retroceso político de derechos y libertades en las próximas semanas, una vez investido como presidente de la Junta de Andalucía el candidato popular, señor Moreno Bonilla, político de bajo y flojo perfil, por una “suerte o chiripa” imprevista, conseguida por casualidad (ha perdido 315.000 votos respecto a las elecciones de 2015). Parece cierto que Pablo Casado y su cuadrilla de jóvenes “sin complejos” tenían previsto reemplazarlo al temer unos malos resultados en las elecciones. De ahí que haya permanecido eclipsado durante la campaña y escondido o ninguneado durante la negociación, demostrando ya lo que puede dar de sí como presidente. Con el lastre de haber apoyado a Soraya en las primarias del PP para sustituir a Rajoy, ante cualquier duda -es un político indeciso-, su respuesta será: “¡lo que digan Casado y Egea!”.

Ante la incertidumbre que el PP y VOX con sus propuestas y Ciudadanos con su ambigüedad calculada, están mostrando, las mujeres, como colectivo en lucha reivindicativa por su dignidad, valores y derechos fundamentales, habituadas a ser ignoradas, están reaccionando en todo el país; no están dispuestas a volver atrás sino “a marchar hacia delante” y hacerse dueñas de su futuro. Son conscientes, como lo somos también muchos hombres, de que su victoria es la victoria de toda la sociedad y de la historia. Con decisión se han propuesto ¡ni un paso atrás! Decía Harold McMillan, el primer ministro conservador del Reino Unido que “deberíamos utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”. Parafraseando la frase, ante el nubarrón de retrocesos en derechos conquistados que se avecina, el colectivo de mujeres y hombres feministas no se van a quedar en el sofá, ni utilizar la banalidad simple de “twitter” como plataforma cómoda de reivindicación, sino la experiencia del pasado como trampolín y presencia de compromiso en las calles y en las instituciones para que no se les/nos quite aquello que tanto ha costado conseguir.

Con cierta tristeza hay que constatar, una vez más, que ni el progreso ni los derechos conquistados los teníamos garantizados. Algunos nos hemos hecho viejos y ya no veremos conseguido aquello que soñábamos. Nos sentimos decepcionados por haber intentado garantizar las libertades y los derechos de todos y no haberlo conseguido; pero sólo fracasa aquel que no lo intenta. Nos penetra ese espíritu al que exhortaba el filósofo y existencialista Albert Camus: “Puede que lo que hacemos no nos traiga siempre la felicidad, pero si no hacemos nada, no habrá felicidad”. Esta reflexión debe empujarnos a actuar porque, aunque podamos equivocarnos, es la única manera de poder alcanzar nuestros sueños y que no nos los roben. ¡Qué contradicción, ellos quieren suprimir lo que otros queremos potenciar! Será necesaria toda la cooperación y toda nuestra imaginación para evitar que esto suceda.

Muchos ciudadanos coincidimos en que estamos viviendo una especie de punto de inflexión, en el que se están haciendo añicos todas las certezas; se ha creado un abismo entre la ciudadanía y las instituciones que nos gobiernan; se diluye la confianza en cosas que hasta hace poco parecían sólidas, hasta la misma democracia. En momentos de duda e incertidumbre la lucha y las conquistas de derechos siempre conllevan cansancio y tentación de rendirse; existe la sensación, pues, de que una parte de ciudadanos, muchos de ellos penetrados de valores religiosos, están reproduciendo esos recuerdos nostálgicos de vuelta al pasado. La nostalgia se compone en su etimología de las raíces griegas de “vuelta a casa” y de “sufrimiento”, de ahí que pueda definirse como el sufrimiento causado por el deseo de regresar. Así les aconteció a los israelitas, según relata la biblia en Números,13-16: habiendo sido liberados de la esclavitud de Egipto, ya no se sentían ese pueblo gozoso que caminaba feliz en el desierto hacia la tierra prometida; ya no ansiaban la anhelada libertad, esperada durante generaciones; se sentían incómodos y pedían volver a Egipto; echaban de menos la esclavitud, mientras maldecían la salida y recordaban con nostalgia “el pescado que comían, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos de Egipto, esa tierra que mana leche y miel”. Con parecida comparación, pero social y políticamente inexplicable, ¿cómo es posible que muchas mujeres hayan votado o piensen votar a partidos como Vox, o al Partido Popular o a ese ambiguo Ciudadanos que, con tal de conseguir el poder (en metáfora: el plato de lentejas o las cebollas o los ajos) son capaces de traicionar o renunciar a libertades y derechos fundamentales ya conseguidos por las mujeres? Pues “esta estúpida y nostálgica marcha atrás” se ha llevado a cabo en días pasados en Andalucía y Madrid, mediante mentiras, pactos cocinados, declaraciones vergonzantes, presentes unos y ausentes otros, sin saludarse siquiera. En este juego de “trileros” que se avecina será interesante saber cuándo se muestra o cuándo se esconde uno u otro acuerdo firmado: el de Vox-PP o el del PP-C’s. Es probable que, cuando estas reflexiones se publiquen, Moreno Bonilla, “la voz de su amo Casado”, haya sido ya investido presidente de la Andalucía.

Haciendo referencia explícita a Ciudadanos, hay que advertirle que para llegar a acuerdos hay que manifestarse, dar la cara y no esconderse. Es lo contario de lo que han hecho. Hemos oído demasiadas declaraciones, con excesiva contundencia, con el fin de no perder votantes, pero dañando, y mucho, la credibilidad de la clase política. Si al final iban a pactar, si han formado “cadena con Vox y el PP” para gobernar y para alcanzar la presidencia de la Asamblea y de la Comunidad andaluza, los eslabones, aunque lo nieguen, tienen que estar unidos; ¿por qué entonces tanto secretismo y pactos a dos bandas? Es una burla a los españoles, a los andaluces y a los propios votantes de cada uno de los tres partidos. Quien algo esconde es porque algo teme. La existencia de conflictos se debe, la mayor parte de las veces, a la falta de entendimiento entre las personas, provocada principalmente por el uso de la ambigüedad y no expresar lo que realmente se piensa. Recordando de nuevo a Albert Camus, solía decir que “todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro”. Por mucho que Villegas, Arrimadas, Marín... proclamen la honradez, ejemplaridad y honorabilidad de su pacto, exclusivamente firmado con el PP, los hechos han dejado claro que Rivera y los suyos han mentido; como es consustancial en ellos, han bailado “la yenka”. Debe resultar muy humillante aparentar lo que no se es: disfrazarse de centro. Razón tenía mi madre: “Una cosa es estar en medio y otra, estorbar”.

Por otra parte, sin ser “profeta de calamidades que anuncia acontecimientos apocalípticos”, resulta difícil comprender el entusiasmo de Vox, PP y Ciudadanos manifestando y repitiendo de que con ellos está garantizado el “cambio”. Lo repiten, incluso, muchos medios y no pocos periodistas afines a las derechas, entre ellos, el histriónico programa informativo de Intereconomía “El cascabel” que dirige el ¿periodista? Antonio Jiménez que, con una alegría “sonora de cascabeles”, anunciaba como vocero feliz: “Por fin ha llegado el cambio”. ¡Con qué fácil irresponsabilidad han estado pronunciado la palabra cambio!: ¡Cambio, cambio, cambio…! Cada partido, cada líder político se considera destinado a regenerar, a cambiar el mundo. Bien sabemos que, a pesar de sus fáciles y altisonantes promesas, eso no va a suceder… Lo realmente importante es impedir que el mundo se detenga o que retorne al pasado. Cambiar cuando es necesario, es un objetivo encomiable; lo importante es saber hacia dónde, en qué dirección.

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En esta alianza oportunista en Andalucía, entre Vox, PP y Cs, se augura un “giro autoritario”, no de progreso, sino de retroceso

¿Cómo hay que entender el cambio para ser aceptable?; entiendo que como un proyecto conjunto en el que un grupo, en el marco de la legalidad, asume el relevo allí donde lo deja el anterior, pero para avanzar, no para retroceder. Considero en política un delito hacer soñar a los ciudadanos que, si les eligen, alcanzarán mundos imaginarios de realidades inexistente o imposibles. La imaginación es como la seducción, puede esconder más de lo que revela. Los valores del cambio -como en la “bolsa”- pueden fluctuar en función de impresiones sociales, intereses ocultos, promesas fáciles e imposibles, ambiciones y relaciones de poder y otros muchos factores. Es más, en el caso que nos ocupa, en esta alianza oportunista en Andalucía, entre Vox, PP y Cs, en mi opinión se augura un “giro autoritario”, no de progreso, sino de retroceso. El resquicio de esperanza que podría significar “el cambio”, vaticina una visión pesimista. El ascenso creciente y confuso de la política autoritaria de extrema derecha que vemos en otros países, lo estamos alumbrando en estos momentos en el nuestro. Con estos pactos que se han sustanciado en estos días y con Moreno Bonilla en la presidencia andaluza, Marín como vicepresidente y Vox conduciéndoles con “el palo y la zanahoria” para conseguir que el burro (como metáfora) se mueva en la dirección que ellos quieran, me viene a la memoria esa frase de Sófocles, que he utilizado ya en algún otro artículo: “El futuro nadie lo conoce, pero el presente avergüenza a los dioses”.

Sin profundizar demasiado en una reflexión semántica, histórica, sociológica o filosófica, si se pregunta a los ciudadanos “¿qué es el cambio?”, una gran parte lo asociará a “avanzar, a progresar”; pero a la pregunta qué significa “progresar”, la respuesta es más compleja. Lo que nadie contestará, sin duda, es que avanzar o progresar significan retroceder o dar marcha atrás; la idea fundamental de la respuesta es que la humanidad ha avanzado en el pasado, está avanzando en el presente y se espera que continúe avanzando en el futuro. Pero ¿es todo cambio progreso? Evidentemente no; basta conocer la historia. Es verdad que en la reflexión filosófica sobre la historia uno de los temas recurrentes es el “eterno retorno”. La idea de “eterno retorno” hace referencia al concepto circular de la historia; ésta no sería lineal, sino cíclica. Cumplido un ciclo histórico, éste vuelve a aparecer con otras circunstancias semejantes. El estoicismo, escuela filosófica fundada por Zenón de Citio en el 301 a. C., planteó una repetición del mundo en donde éste se extinguía para volverse a crear. El mundo volvería a su origen mediante el fuego; una vez quemado, se reconstruiría para que los mismos actos se repitieran de nuevo. En el pensamiento occidental la idea de progreso es indefinido y siempre hacia adelante. Para la filosofía oriental, en cambio, la existencia es un hecho cíclico, en el que todo se repite eternamente, aunque en este “eterno retorno” se conseguirá alcanzar la perfección del universo, pues en cada reinicio o retorno, todo se irá puliendo hasta llegar a ser perfecto. En algunos autores occidentales como Polibio, Vico o Maquiavelo también se encuentra la idea de que los ciclos van retornando y perfeccionando hasta alcanzar la forma perfecta tras muchas fases erróneas.

En el marco de corrientes de pensamiento altamente disímiles y las plurales concepciones que del tiempo y de la historia se han ido dando, en las que hay un principio del tiempo y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio, en el fondo late una idea de progreso y avance; conceptos que indican la existencia de un sentido de mejora en la condición humana. Sin embargo, a lo largo de las visiones de la historia, de las distintas culturas y concepciones del hombre y la sociedad, desde la política, la filosofía, la religión y la sociología…, los conceptos de “progreso” y su contrario, el “retroceso”, están sujetos a múltiples y diferentes interpretaciones de las leyes del desarrollo. Hoy se habla, incluso lo comprobamos a diario, que el progreso no siempre se da; para muchos es un mito: “el mito del progreso” es el concepto que refuta la idea de que toda la sociedad humana, o alguna parte de ella, han experimentado una evolución en una dirección positiva hasta el presente o que seguirá haciéndolo en el futuro. Ni el progreso ni los derechos conquistados los tenemos garantizados.

¿Cuál será el futuro de la idea de progreso? Analizando con realismo lo que ha pasado en el siglo XX y lo que estamos contemplando en el XXI, apenas podemos entregarnos a vagas especulaciones pues, según Bauman, estamos “en tiempos líquidos sumidos en la incertidumbre”. En el sentimiento cristiano ocupa un lugar central el énfasis paulino en la esperanza de que el hombre será gratificado; es la concepción de una filosofía de la historia optimista acerca de la condición del hombre en este mundo, peregrino hacia el otro, siempre que reconozca y cumpla la suprema ley de Dios. Por otra parte, la confianza racionalista secular, tan sólida en la sociedad occidental en otros momentos, ahora se debilita rápidamente, cargada de cierto pesimismo. También un nuevo renacimiento religioso puede haberse iniciado siendo visible en iglesias y sectas religiosas fundamentalistas, intentando llenar el vacío producido por tantos desencantos, frustraciones, desigualdades, guerras, odio y desprecio del inmigrante abandonado y la aparición de tantos “mesías” (muchos de ellos políticos) que prometen paraísos imposibles. Ante la imposibilidad de predecir el futuro, solo podemos recurrir a conjeturas o la esperanza. Georg Iggers, historiador estadounidense de la Europa moderna argumentaba que el gran fracaso de los profetas del progreso se debe a que han subestimado el alcance destructivo del hombre y su irracionalidad; hemos sobreestimado el papel de la racionalidad y de la sana moral en el comportamiento humano.

En España hoy, después de las elecciones andaluzas, todo el mundo está fascinado por los cambios; como si hubiera una ley determinista que controlará inexorablemente el futuro; “han venido para quedarse”, amenazan. Sin embargo, hay muchas maneras de leer lo que está sucediendo; los acontecimientos que estamos presenciando van más allá de un análisis meramente político; parece que ignoramos que no son los políticos los que pueden conducir y manejar nuestras vidas; en democracia, somos nosotros, la gente, los ciudadanos, los que tenemos en nuestras manos (con nuestro voto bien formado e informado) el decidir a quién queremos y qué queremos. No queremos políticos como Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orbán, Kaczynski, Christian Strache, Jussi Halla, Akesson, Gauland o Abascal…; ni políticos sin complejos que utilizan la mentira y explotan con éxito la ansiedad que siente la gente por la inmigración, la identidad nacional y los fracasos del sistema. Estamos siendo testigos de una postura social, política y ciudadana que dice ¡“ya basta”! Queremos de nuevo una masiva manifestación reivindicativa de mujeres y hombres a nivel mundial como la del 8 de marzo, en la que denunciemos la regresión y los recortes de derechos; que exijamos la plena igualdad de derechos y condiciones de vida de todos, hasta conseguir el mundo que queremos.

Escribía la socialista y feminista británica Hilary Wainwright en “Democracia y poder: “Es importante analizar cómo las fuentes del poder que no rinden cuentas a nadie más que a sus propios socios (banca, instituciones financieras, corporaciones multinacionales y empresarios de los medios), al final, lo que hacen es cultivar un poder creciente y cuestionable que facilita y provoca el estrangulamiento de la democracia”. Cuando la democracia produce lo que el poder desea oír, la democracia no es un problema. Más cuando genera fuerzas y demandas en contra del poder, entonces la democracia se convierte en una amenaza, pues no se puede permitir que la democracia cambie nada de lo que a él le conviene: es la teoría y la paradoja del “gatopardismo”: que todo cambie para que no cambie nada. Asusta ver cómo ha crecido la soberbia entre nuestros líderes políticos; como se alienta el contorsionismo político y los engaños del “cambio”; cómo triunfan los parlanchines dogmáticos que deslumbran con la seguridad de sus palabras y afirmaciones “sin complejos”, los “pata negra” en expresión de Casado.

Estas reflexiones no las hago para adular a unos y demonizar a otros. Son las ideas, las propuestas, los programas, las soluciones dadas a las necesidades y problemas reales de los ciudadanos, sin tacticismos electoralistas, los que iluminan o hacen grande o no la figura de un político. Ni Sánchez, ni Casado, ni Rivera, ni Iglesias, ni Abascal, ni Torra, ni siquiera Felipe VI ni su descendencia importan; quienes importan de verdad son los ciudadanos y las ciudadanas; para todos ellos y uno a uno, individualmente, se gestiona la política en democracia.

Contorsionismo político y el engaño del 'cambio'