<---Taboola---> <---Taboola---> #TEMP
lunes. 03.10.2022

¡Con Rivera, no!

Celebracion-noche-electoral_psoe

“Todos los seres humanos anhelan, por naturaleza, el conocimiento”.

Aristóteles (Metafísica)

“Si es idéntico el bien del individuo y el de la ciudad, parece más importante y más perfecto escoger y defender el de la ciudad; no cabe duda de que el bien es también deseable cuando se refiere a una sola persona, pero es más bello y más divino si guarda relación con un pueblo y con la ciudad”.

Aristóteles (Ética a Nicómaco)


¿Qué sentido tiene para los ciudadanos sensatos seguir utilizando sine die la confrontación en lugar del diálogo? Las personas sensatas, profundas y honestas (con empática inteligencia) de todos los tiempos, nos han enseñado, que en política y en la vida, las cosas no siempre son tan evidentes como creemos o como se intentan mostrar. La realidad es siempre más compleja de lo que parece y nos dicen. Para entender la realidad, sin dejarnos llevar por espejismos ni seducciones, es necesario saber descifrar las palabras con las que los políticos esconden verdades o mentiras en lo que prometen o se comprometen. Colorear la mentira es el arma primera del poder político sibilino.

Hay una gran parte de españoles, con necesidad de respuestas palpables, emparentados con la filosofía del sentido común, que no aspiran a recibir explicaciones a la totalidad de las teorías políticas, sino que los políticos a los que han votado les den solución a sus problemas reales que es para lo que los han elegido, sin acudir a experimentos, relatos o escenarios ficticios.

Cada vez parece más evidente que políticos y ciudadanos viven en mundos paralelos; sólo confluyen en momentos de elecciones; entonces, se muestran cercanos hasta acariciar y besar a los niños, incluso, a las mascotas; una vez que les hemos votado, se vuelven desagradecidos y olvidadizos; cumplen con aquel refrán: “Si te he visto, no me acuerdo”. Desde esta experiencia y circunstancia vitales, es bueno tomar distancia para la reflexión. Lo aconsejaba Husserl con su fenomenología, intentando renovar la ética como ciencia estricta y empresa colectiva: sostenía que, como método, hay que escapar del tiempo impetuoso y acelerado de la vida y analizar la realidad con calma; hay que convertirse en observador o espectador, como aconsejaba Ortega.

Con apasionamiento y sin cierta distancia, la reflexión se hace imposible. La situación poselectoral nos exige pensar sin quedarnos en la superficie banal de las anécdotas. Nos lo advierte Peter Sloterdijk, este filósofo alemán que lleva años sacudiendo el mundo de la filosofía sin mistagogias ni misterios: “La vida actual no invita a pensar”. Ya advertía Aristóteles que el hombre político debe ser justo o no es ni siquiera hombre.

Finalizado el recuento electoral en la noche del domingo 28, Pedro Sánchez en la calle Ferraz, para celebrar el triunfo socialista, decía eufórico: “El PSOE ha ganado las generales y, con ello, ha ganado el futuro y ha perdido el pasado”. Como respuesta, clamaron cientos de militantes que le acompañaban para celebrar la victoria: “¡Con Rivera, no!”; era sin duda el grito espontáneo y reiterado de la noche, similar al que corearon a Zapatero en 2004: “¡No nos falles!”. Sánchez respondió: “Creo que ha quedado bastante claro, ¿no?” Con cierta ambigüedad, en cambio, ha tendido después la mano a todas las formaciones dentro de la Constitución: “No vamos a hacer cordones sanitarios; la única condición es avanzar hacia la justicia social, la regeneración y limpieza política”. De inmediato, empresarios y poderes financieros bien orquestados han expresado su deseo, han surgido voces que abogan por un pacto del PSOE con Ciudadanos ylo señalan incluso algunas encuestas como opción principal: un gobierno PSOE, apoyado por Ciudadanos; siempre con idéntico mantra: “es bueno no irritar a los mercados ni contrariar a los poderes establecidos”; neutralizando tan interesada observación, considero mucho más importante, por coherencia obligada y dignidad democrática, no fallar a los militantes que exigen ser partícipes de las decisiones de sus dirigentes y gobernantes ni defraudar a quienes le han votado, por cuyos votos puede Sánchez llegar a mantener el despacho en La Moncloa. Lo señalaba certeramente el profesor Martín de Bernardo en su artículo “La razón de las bases” hace pocos días en Nueva tribuna que desde el 39 Congreso el PSOE había incluido en sus estatutos un apartado que determina que “será obligatoria la consulta a la militancia, al nivel territorial que corresponda, sobre los acuerdos de Gobierno en los que sea parte el PSOE o sobre el sentido del voto en sesiones de investidura que supongan facilitar el gobierno a otro partido político”. Desde la distancia del poder, pero comprometido e implicado en saber qué va a hacer y con quién quiere gobernar, es necesario hacer alguna reflexión.

En principio, precisar si un gobernante debe actuar ceñido a principios y valores, o buscando la efectiva utilidad de su gestión. Es el eterno dilema: “la política al servicio del bien común o al servicio del poder”; tal vez el dilema más relevante en estos momentos consista en elegir entre los principios y programa con el que Sánchez se ha presentado y ha sido elegido o el pragmatismo utilitario de las circunstancias que poderosos y conocidos sectores económicos y empresariales reclaman; ambas soluciones -la coherencia ética o el pragmatismo- pugnan entre sí; es la tragedia de la política a la que se enfrentan“los valores y principios éticos el pragmatismo político”, cuyo fundamento filosófico es que el único criterio válido para juzgar el valor o la verdad de cualquier gestión está en medir sus efectos prácticos: “lo cierto, lo que vale es lo que funciona, la utilidad es la que prima”.

El pragmatismo es una teoría y a la vez una escuela filosófica; el término “pragmatismo” remite a una corriente de pensamiento filosófico surgido en EE.UU. en la segunda mitad del siglo XIX; deriva de la palabra griega “pragma”, de la que viene “práctica”; fue creada por Charles Sanders Peirce y John Dewey. Dentro de esta corriente, destaca William James que, no siendo fundador, es una de sus figuras más importantes. Para ellos el único medio de juzgar la verdad de una doctrina (política, moral, social, religiosa o científica) consiste en considerar sus efectos prácticos: sólo es verdadero aquello que funciona; sitúan el criterio de verdad en la eficacia y valor del pensamiento útiles para la vida. Para algunas corrientes de pensamiento, aunque como concepto es nuevo, no deja de ser un antiguo modo de pensar, sustentado en el “relativismo”, un método para apaciguar las disputas morales y políticas que de otro modo serían interminables; es decir, un método adecuado para resolver problemas. Para el pragmatismo no existe un orden de verdades absolutas y totalmente objetivas, es el relativismo del “todo depende”.

Cuando los políticos hablan de pragmatismo se basan casi siempre en prejuicios y no en la observación de sus consecuencias. Influidos por esta teoría y tendencia, para no pocos políticos el pragmatismo está en la base de su gestión política; la asocian a la practicidad y a la utilidad; de hecho, una de sus frases frecuentes, no sin cierta razón que convence a no pocos ciudadanos, pero que esconde ambigua frivolidad, es: “estamos cansados de las discusiones estériles; lo que queremos es solucionar los problemas cotidianos de la gente”. ¿Cómo y por qué?

El pragmatismo político no incluye la dimensión ética de la conducta política; al contrario, permite justificar un uso indebido de la política primando los resultados. El pragmatismo no es más que el resultado del clásico maquiavelismo, pues el que no lo practica, “el gobernante bueno”, aprende antes a fracasar, a buscarse la ruina, que a sobrevivir. Lo decía Maquiavelo (ayer 3 de mayo se celebra el 550º aniversario de su nacimiento) en el capítulo XV de su obra más conocida, El Príncipe: “Es inevitable que un hombre que quiere hacer en todas partes profesión de bueno se hunda entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad”.

Acerca de pragmatismo y política es oportuno recordar lo que el profesor Tierno Galván, un referente socialista, alertaba al escribir así en el diario El País en junio de 1978: “El pragmatismo se ha convertido en una palabra que aún conserva connotaciones cultas o académicas, pero que encubre en bastantes casos el oportunismo sin principios… El pragmatismo, entendido del modo vulgar e insano que he descrito en política es un suicidio… El entusiasmo democrático puede caer e, incluso, perderse si continuamos con el mal ejemplo de alardear de pragmáticos como un procedimiento para sostenernos en el cinismo vulgar. Nadie que sea pragmático en el sentido que la expresión está adquiriendo en boca de todos, es propiamente ni ciudadano ni demócrata”.

Es necesario distinguir “pragmatismo político”, aquí descrito, de su disyuntiva, el “posibilismo político” como orientación o actitud política que opta por la negociación con los adversarios políticos, frente a la radicalidad en las ideas propias. En cualquier caso “posibilismo” no es un eufemismo disfrazado para ocultar el colaboracionismo cobarde. La distinción no quiere ser retórica; mientras el primero indica conformismo con las exigencias de los poderosos, el segundo opta por la transformación desde lo existente, aunque no significa un cambio radical, rupturista o revolucionario. El posibilismo tiene, en cambio, excelente prensa ante ciertos políticos, habla de negociación, implica aprovechar las opciones que existen para solucionar conflictos, aunque no sean del agrado de quien termina por utilizarlos.Considerar bueno o malo el posibilismo depende de las circunstancias, nunca debería identificarse con oportunismo; una cosa es el posibilismo colaboracionista y otro el combativo o resistente, no acomodaticio, sino comprometido, pues los límites entre lo práctico y lo ético son confusos y difíciles.

Hay una máxima latina, surgida ya en los orígenes de la civilización jurídica de la antigua Roma, como parte del primer conjunto de leyes mínimas creadas para regular la convivencia civil, revivida en el “Digesto” de Justiniano: “Ad impossibilia nemo tenetur” (nadie está obligado a hacer cosas imposibles). Se usa como una máxima legal para resumir el principio según el cual, si el contenido de una obligación se vuelve objetivamente imposible de cumplir para la parte que la había asumido, la obligación es nula por la llamada imposibilidad objetiva. El posibilismo está tan inscrito en la mente de algunos que consiste en elegir el mal menor, sin plantearse buscar el bien; pero tampoco significa ceder para disimular una derrota.

Decía que el “posibilismo político” como orientación o actitud política opta por la negociación con los adversarios políticos; negociar es combinar razón y diálogo, ambos, razón y diálogo encuentran en su aplicación sus propios límites. Cualquier opción, por sólida que parezca, bajo tantas diferentes interpretaciones siempre se topa con alguna contradicción que la hace incapaz de explicarse y ser comprendida por todos; hasta la propia ciencia posee esta limitación pues en su refutación empírica se halle el germen de su propio progreso. En el diálogo siempre caminamos sobre el suelo de la dificultad; son, por el contrario, el dogmatismo y la confrontación quienes cierran torpemente los ojos a sus propias miserias. Para solucionar la discrepancia siempre se exige consenso y diálogo; al ser sujetos con historia, experiencia y opciones plurales es difícil que nuestras propuestas y proyectos coincidan completamente con los otros, de forma que todo consenso que se llegue a alcanzar, en el fondo no es más que un instante de equilibrio, acuerdos sostenidos temporalmente por una pequeña parte de nuestros muy distintos proyectos y programas. De ahí que nuestra democracia y nuestra sociedad requieran menos confrontación emocional y más entendimiento racional; cuando el entendimiento está formulado de manera interesada se ve reemplazado por un simulacro de diálogo. En el fondo, y se diga lo que se diga, es una simple defensa del relativismo axiológico y moral.

Si, como decía Sánchez en la noche eufórica de su triunfo, lo importante es avanzar hacia la justicia social, la regeneración y limpieza política, difícilmente se avanza y se progresa si el avance y progreso no es también moral. El pragmatismo no es la doctrina idónea para incrementar la sociabilidad, la solidaridad, la dignidad y la credibilidad del político; sí lo es en cambio, el posibilismo político como he descrito anteriormente, aunque sé que hay quien lo rechaza, acusando de cobardía o traición a quien lo abraza; así le sucedió a Emilio Castelar cuando en el Congreso de los Diputados lideró la opción del posibilismo republicano. ¿Es el posibilismo político, error, cobardía, traición o necesidad? Se impone elegir. Lo que realmente es engaño es que el político incumpla sus promesas y traicione sus principios; quien así actúa ni está en el camino correcto ni mantiene el liderazgo arriesgado que requieren las mejores soluciones a los problemas de la ciudadanía.

Se habla en estos días de “la geometría variable”, concepto que la clase política utiliza para vender pragmatismo cuando el partido más votado se queda lejos de la mayoría absoluta y decide gobernar en solitario, buscando pactos puntuales a un lado y otro del arco parlamentario para evitar el bloqueo en la gestión política. Parece que Sánchez quiere gobernar en solitario; rechaza, al menos, hasta pasadas las autonómicas y municipales, coaliciones de Gobierno; pero no puede ignorar -tiene 123 diputados- que el éxito de su investidura está pendiente de la complicidad y el apoyo de otros grupos parlamentarios. Buena opción es gobernar en solitario, sin exclusiones; pero si hay que pedir colaboración se impone solicitarlas de aquellos que, con diferencias y matices, mejor representan tus valores y más coincidencias existen con tus propuestas y programa. De elegir, escuchando la voz de la militancia, ¡con Rivera, no! Aquí sí que “el no es no”.

¿Existen motivos para esta tajante exclusión? Sí y muy justificados. El principal, ellos mismos, “¡los vamos Ciudadanos!” lo han cantado a bombo y platillo. Durante toda la legislatura, pero con total sonoridad, en el cierre de campaña, en un alarde de chulería gesticulante, tan de su estilo, con status de estrella de rock, aferrado a un lenguaje de “ser superior” por encima de sus posibilidades, Rivera sentenciaba: “Nacimos para echar a personajes como Sánchez”; y tras él, fieles corderitos a la voz “de su amo”, Arrimadas, Villegas, Aguado, Girauta, Villacís, Cantó... El que venía a regenerar la política y la democracia, el que se ha abrazado a la derecha con el PP y VOX en Andalucía, el que quería matrimonio estable con el perdedor “fra-Casado”, va, se lanza y dice, con ánimo descendente y soso: “¡Vamos, Ciudadanos!; hay que echar a Sánchez; para eso hemos nacido”. ¡Manda huevos!, en expresión del desaparecido en combate Federico Trillo. Confundiendo los deseos con la realidad y pervirtiéndola, es evidente el interés de Ciudadanos por devorar definitivamente al PP para convertirse en el principal partido de la oposición.

Asusta ver cómo ha crecido la soberbia entre algunos de sus líderes políticos; cómo alientan las mentiras y el engaño del “cambio y el regeneracionismo”; cómo triunfan los parlanchines dogmáticos que deslumbran con la seguridad de sus palabras y afirmaciones “sin complejos”. Nunca la soberbia condujo bien una acertada gestión política; son políticos que llegan a tener tanta fe en sí mismos y en sus propias posibilidades que se consideran capaces de conseguirlo todo; así se lo trasmiten a sus seguidores que, seducidos por promesas exultantes, se lo creen. Ese exceso de confianza les está llevando a interpretar equivocadamente la realidad que les rodea. Alardean de su fuerza electoral hasta llegar a considerar que pueden llegar al poder en breve o condicionar los gobiernos. El político soberbio puede ser un peligro para el ejerció ético de la democracia. Ciudadanos y su líder Rivera, tras un éxito electoral innegable, han utilizado falsamente desde la legalidad un deseo que resulta pretencioso: “¡Queremos ser la oposición al ‘sanchismo’!” Pretenden engañar a la ciudadanía haciendo creer que se dan las condiciones para ello y que, con ellos, y sólo con ellos, “todo es posible: del cielo caerá el maná y de la tierra manará leche y miel”.

Hubo un tiempo en que a los políticos se les exigía un mínimo conocimiento de la historia; cuando no lo tenían, al menos se les exigía un mínimo de pudor; pudor del que Rivera carece. Es oportuno recordarlo cuando se quieren presentar con una falsa imagen de partido ganador. Recordarles la respuesta que la biblia da a los creyentes al preguntar cuándo sería la parusía,o segunda venida del Mesías: “Ya, pero todavía no”. Pues eso, señor Rivera, todavía no le toca ser el líder de la oposición; y de llegar a presidir La Moncloa, con el Tenorio, en “El burlador de Sevilla”, hay que decirle: “Largo me lo fiais”.

Si exigían regeneracionismo, deberían aportar certezas a esa voluntad de cambio; certezas que van más allá de la simple expresión de un deseo de “nueva política”. Tiene Ciudadanos y su líder, ambición desmedida de poder con ese oportunismo para ser una cosa y la contraria en apenas días: de un día para otro y sin mediar acción conocida eliminar de su ideario la socialdemocracia por el liberalismo; antes eran de centro izquierda y hoy, cara al sol de media tarde, de centro derecha, sin que nadie en Ciudadanos explique a sus votantes por qué dejaron de ser de centro-izquierda, por qué tal oportunismo. Existen políticos que, como las bengalas, iluminan de repente el horizonte y centran la mirada atónita de los que las contemplan; una vez consumidas, devuelven a la oscuridad a aquellos que iluminaron.

El oportunista político, tiene la habilidad para aprovechar cualquier oportunidad, anteponiendo el beneficio personal, a cualquier otro principio o valor; la idea que subyace en el oportunista es que el precio en la búsqueda desenfrenada por el poder, manifiesta egoísmo e inconsistencia de comportamiento; y, en última instancia, es imposible ser egoísta y continuar siendo coherente al mismo tiempo. El escritor francés, Marcel Aymé, en su obra teatral “Las cuatro verdades” pone en boca de la protagonista Nicole que “algunas personas son tan falsas que no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen”.

Este es Alberto Carlos Rivera López, con su permanente ambigüedad calculada, arrogante, innecesariamente agresivo, intolerante y bastante veleta, sin suficiente capacidad para saber qué partido tomar en el reino de lo cambiante y de la indeterminación. Un Rivera que siempre encuentra motivos para justificar sus permanentes contradicciones En la actualidad, mal que les pese a los suyos, sus “¡vamos ciudadanos!”, no tiene capacidad de hombre de Estado; le falta madurez y le sobra altanería y sobreactuación; excesivas palabras no medidas; demasiada prisa por abanderar la derecha y ser líder de la oposición; con irrefrenables ansias por ocupar La Moncloa, en la que sólo se ve bien a sí mismo. Un Rivera que, como señala alguno de sus militantes, “se acostó socialdemócrata y se levantó ultraliberal”. Me declaro partidario de esta clarividente sentencia de Séneca: “Existe mentira cuando se lleva a cabo lo que primero se negó”.

Como reflexión final, es de obligación moral explicar a Ciudadanos, también al Partido Popular, que cuando sugirieron y denunciaron que el diálogo ofrecido por el PSOE y Podemos a todas las fuerzas políticas, incluidos los independentistas, era una forma de “entreguismo y traición inaceptables”, incluso de rendición ante los violentos independentistas catalanes, incluidas alusiones de compartir políticas con ETA-Bildu, digo que habría que explicarles que frente a los “155”, hay fórmulas que pueden tener mucho más éxito: acabar con la violencia etarra como sucedió; no sólo gracias a las FCSE (Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del estado) sino también a leyes acertadas como fue la legalización de Sortu-Bildu por parte del Tribunal Constitucional. Hay que recordarles que la finalidad del diálogo no es llegar a un acuerdo sino al menos intentarlo, pues sólo fracasa el que no lo intenta. Hasta recurrir a la fuerza del 155 queda un enorme margen de diálogo por intentar. Esta postura no supone una equidistancia en sentido peyorativo, sino un firme compromiso por facilitar el diálogo y concienciar de sus límites para discurrir por sendas que nos lleven a algún sitio; la moderación, por lo que se ve, ni en C's ni en el PP, nunca es la tendencia.

Es conocida esa expresión de Ortega y Gasset que apelaba hacer de España un “sugestivo proyecto de vida en común”. Ante la frialdad de la exclusión, resulta altamente atractivo el calor que puede ofrecer una comunidad humana, una sociedad, con un relato compartido; por lo que se ve, ni Casado, ni Rivera ni Abascal, lo desean; más que relato compartido, prefieren el enfrentamiento. Sin olvidar que la militancia ha dicho: “¡Con Rivera, no!”.

¡Con Rivera, no!