miércoles 27.05.2020

La 'caverna' de Platón en el siglo XXI

“Todo lo que es importante ya ha sido pensado.
Se trata de volver a pensarlo de nuevo”.

(Johann Wolfgang von Goethe)


A veces, lo que en otro tiempo era normal, hoy puede resultar insólito. Paseaba como todos los días, a las 9 de la mañana, a Terry mi perra, por los jardines del Templo de Debod de Madrid; sentado en uno de los bancos que ofrece el paseo, un joven -no más de 20 años-, leía un libro. Acostumbrado a ver en las tardes a cientos de personas, mayoritariamente jóvenes, mirando móviles, la imagen me chocó agradablemente; el libro, edición antigua, “Rebelión en la granja” de George Orwell. Al preguntarle, curioso y extrañado a la vez, por qué leer un libro algo usado y ese en concreto, “Me gusta Orwell, le considero un hábil escritor -me dijo-; creador de mundos imaginarios, incómodo y crítico con su tiempo, pues mantenía que la diferencia de clases, tan acusada, era generada por una serie de tradiciones y prejuicios inculcados por la educación”. Le felicité y, admirado por su lección, proseguí el paseo con Terry, mientras recordaba algunas de las frases de Orwell, el brillante y distópico escritor británico: ver lo que se tiene delante y saber interpretarlo exige reflexión y un esfuerzo constante, pues, aunque omnipresente, lo obvio se hace invisible a nuestros ojos. Ciertamente, con frecuencia, lo obvio se hace invisible a nuestros ojos. Y la realidad que vemos nos parece pura apariencia, ficciones de la verdadera realidad. La manera más peligrosa de engañarse a sí mismo es creer que existe una sola y única forma de verla e interpretarla. Existen, de hecho, innumerables versiones de la realidad y pueden llegar a ser muy opuestas entre sí, resultado de la interesada información y comunicación.

El filósofo y psicólogo austríaco nacionalizado estadounidense, Paul Watzlawick titula uno de sus libros ¿Es real la realidad? “¿Hasta qué punto es real lo que ingenuamente solemos llamar la realidad?”, es la pregunta a la que intenta responder. Sostiene que, en las relaciones humanas y su interpretación, no existen verdades sencillas; lo normal en una cultura y, más aún, en culturas diferentes, es que no se dé la uniformidad, sino la diversidad plural de formas de acción e interpretación; depende de las personas concretas, de sus ideas y prejuicios, de su educación y formación. Al explicar e interpretar la realidad interviene, sin duda, la confusión, la mentira, la desinformación, el sectarismo, la ignorancia, el engaño; los intereses de cualquier orden, sociales, económicos y/o políticos, tergiversan la realidad. De ahí que, lo que es real para unos, puede que no lo sea para otros.

Ortega lo explica desde “la perspectiva y la circunstancia”. Una característica peculiar que destaca en la época histórica que desarrolla su filosofía es la diversidad de movimientos filosóficos en ebullición y encontrados que existen; sin adscribirse a ninguno de ellos, su pensamiento es una reacción frente al vitalismo desorbitado de Nietzsche y una crítica al idealismo de Hegel; busca un punto intermedio: el perspectivismo. “Cada hombre tiene una misión de verdad; lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. La verdad es perspectiva, vista desde mi circunstancia”.

Cuanto más se desvíe una sociedad de la verdad más odiará a aquellos que la proclaman y cuanto más piensen los políticos a la hora de pactar en sus propios intereses y no en lo que más conviene a los ciudadanos más se alejarán y menos les respetarán

Perspectiva y circunstancia son hoy dos palabras a incluir en la reflexión; a ellas hay que hay que añadir lo que, respecto al lenguaje y las palabras escribía Julio Cortázar: “Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y enferman los hombres... Hay palabras que, a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder su vitalidad...”. El lenguaje es como un organismo vivo, sometido a la erosión del tiempo y al desgaste por el uso. En su uso, las palabras también mutan su sentido, cambian según el contexto y, con ello, su significado. Quizá sea en el campo de la política donde más se note el desgaste. Los significantes se vacían y adquieren, según quien los utilice y con qué fin, significados diversos u opuestos. Perspectiva, circunstancia y lenguaje son, pues, tres elementos necesarios a tener en cuenta en nuestra reflexión politológica sobre la realidad, a la hora de pararse a pensar en el futuro de una sociedad postelectoral en la que se imponen los pactos y la sensatez, pero en la que impera, en cambio, la mentira y se tergiversa la verdad. Ni la sensatez ni la verdad dependen de las estadísticas. Cuanto más se desvíe una sociedad de la verdad más odiará a aquellos que la proclaman y cuanto más piensen los políticos a la hora de pactar en sus propios intereses y no en lo que más conviene a los ciudadanos más se alejarán y menos les respetarán. Algunos políticos utilizan la mentira y el engaño con la misma naturalidad con la que los padres emplean el disminutivo para señalar y ensañar a sus pequeños la realidad de las cosas.

Se suele decir que una de las transformaciones que sufren muchos al llegar al poder es aislarse de la realidad. Apenas mantienen relaciones sociales normales; reciben, en cambio, de continuo y en abundancia, la adulación del nutrido grupo de asesores, ayudantes y subordinados tocados y ascendidos por el “dedo” del poder. En esas condiciones, cuando aparecen nubarrones, sienten la tentación de mirar para otro lado, negando la evidencia. Van perdiendo contacto con la opinión pública y con el estado real del país. Viven en un mundo cerrado, alejado; no ven desde las ventanas del despacho la vida de los ciudadanos, no perciben el ruido de la calle. Se dice que padecen, generalizando el lugar, el llamado “síndrome de La Moncloa” (“de la Zarzuela, de Génova, de Ferraz”, etc…); un trastorno en el que el político se aísla cada vez más de su entorno, reduce su mundo a las personas que le dan la razón y cualquier error lo atribuye a causas externas. Mantiene el llamado “doble pensar”, es decir, es capaz de mantener dos creencias contradictorias en la mente simultáneamente, y aceptar ambas. Es lo que le sucede, entre otros, pero principalmente, con el concepto “democracia”: todo lo que realiza, tocado por este “síndrome”, lo considera “democrático. Aseguraba Bertrand Russell que cuando la necesaria humildad no está presente en una persona poderosa, ésta se encamina hacia “la embriaguez del poder”.

La democracia ha recorrido caminos diversos a lo largo de la historia, de ahí que se exija una tarea de revisión como concepto, como valor y como condición de vida política; es necesario generar nuevos tiempos de discusión teórica y práctica, incluyendo revisar distintos tipos de participación ciudadana. Así lo plantea el sociólogo portugués Buenaventura de Sousa en su obra “Democratizar la democracia”, en el que estudia diferentes experiencias de esa democracia participativa que busca alternativas más justas que las ofrecidas por los modelos clásicos de democracia representativa o liberal; intentar ir más allá de esa concepción puramente electoral, en la que, estirando algo el argumento, apenas se tiene en cuenta la participación ciudadana, relegando dicha participación a momentos de elecciones cuando solicita el voto; analiza la efectividad del régimen democrático por sus resultados si éstos aseguran y garantizan los derechos ciudadanos, ampliando la democracia representativa por los caminos de una democracia participativa. Así lo creía Saramago para quien que el término democracia no consiste en unir palabras y presentar una definición hermosa, ya que los conceptos significan poco o nada, por más que suenen bien o nos satisfagan, porque sabemos por experiencia que se han utilizado y se utilizan con frecuencia para negar justo lo que afirman. La palabra democracia, tan empleada por todos, puede llegar a significar poco o nada, si se vacía de contenido. Lo importante es lo que lleva dentro; la estabilidad democrática y sus contenidos se traducen en acciones reales y cumplimientos permanentes, dejando claro que la representativa y la participativa se ejercen siempre para satisfacer los intereses ciudadanos y no la ambición de poder de los que les representan. Resulta revelador cómo los medios de comunicación están analizando los pasados resultados del 26M; así titulan: “Batalla en los pactos por los tronos; cuáles son los incentivos e intereses para los partidos y no qué conviene a los ciudadanos; se preocupan más por quién tiene que gobernar que por las necesidades que convienen a los gobernados. Algunos tienen mucha prisa por cambiar las cosas, pero las cosas, dependiendo de quién gobierne, no tienen ninguna prisa por ser cambiadas.

La palabra democracia surge en la Grecia del siglo VI a.C., momento en el que los atenienses buscaban la mejor forma de administrar la cosa pública. Desde el duermevela de la memoria, han transcurrido miles de años desde que se originó el primer modelo de sociedad en la que se practicó. Con el paso de los tiempos, el término “democracia” ha pasado por diversas etapas en la que convergen ideologías, libertades civiles, políticas públicas, grado de desarrollo y la interacción ciudadana con las cuestiones públicas, entre otros aspectos. No se puede comprender, pues, su significado, si no va asociado con la participación ciudadana en mayor o menor medida, pues su soporte y la razón que la justifica, no son los políticos sino la ciudadanía. Con total claridad lo dice la Constitución del 78, artículo 1,2: “La soberanía nacional reside en el pueblo español (los ciudadanos españoles), del que emanan los poderes del Estado”. Es cierto que no todos los españoles desean tener un papel activo en la cosa pública, pero al menos todos tienen que saber y conocer sus derechos y obligaciones.

libro

Después de las pasadas elecciones tenemos claro que los partidos que se han presentado (socialistas, populistas, populares, liberales, fascistas, falangistas, independentistas, derechas extremas, anarquistas…) han utilizado el término “democracia” con significados diversos, incluso contrarios. Hoy, al concepto hay que añadirle adjetivos que maticen y lo califiquen. Al concepto hay que añadirle significados sociales de vastos alcances en pro de una vida colectiva plena e integralmente desarrollada en la que imperen los derechos humanos universales y fundamentales; donde el desarrollo integral sea la transparencia en las acciones de gobierno, con “tolerancia cero” a la corrupción, a la violencia y a la inseguridad.

Quienes esperábamos ilusionados, en los momentos iniciales de la transición, el triunfo de la democracia y que con el sufragio universal y el ejercicio honesto del poder político de los gobernantes elegidos tendríamos garantizadas las libertades, respetados los derechos de las mayorías y minorías, se alcanzarían realmente los derechos constitucionales, objetivo principal de una sociedad democrática con un eje rector: la igualdad, no es extraño que estemos algo decepcionados y no poco pesimistas; se percibe una crisis de representación en los que nos representan; al verles reflejados en el espejo de la realidad, yo mismo me pregunto: ¿son estos son los que representan a los ciudadanos? Ante la grandeza del político curtido en la buena democracia, el filósofo francés Hipólito Taine solía repetir: “Nada hay tan peligroso como una idea grande en cerebros pequeños”. Habría que analizar de nuevo el controvertido artículo escrito en febrero de 2012 por quien fue el destronado director de El Mundo, David Jiménez, titulado “El triunfo de los mediocres”.

En democracia, deberíamos viajar sin retroceder en el tiempo; si aceptamos y participamos en las elecciones es para cambiar, no de lugar y personas, sino de ideas y proyectos políticos

En democracia, deberíamos viajar sin retroceder en el tiempo; si aceptamos y participamos en las elecciones es para cambiar, no de lugar y personas, sino de ideas y proyectos políticos. Algo de cierto debe haber en que no hemos hecho las cosas bien cuando percibimos que no progresamos, sino que retrocedemos; que nuestra democracia no es incluyente, sino cuestionable y excluyente; alguien ha afirmado que “tenemos una cultura democrática de baja calidad”, en la que se deprecian principios y valores y nos conformamos con los errores y las mentiras. Se hace necesario emplear el método de la política práctica para estimar la inteligencia de un político; ¿cómo?, mirar los hombres que tiene a su alrededor. Triunfa aquel que adapta su forma de proceder a la naturaleza de los tiempos que corren. Lo señalaba ya Maquiavelo: “el príncipe tiene que estar dispuesto a cambiar según las circunstancias que más le convengan”, pues lo que al final importa es lo que aparenta y no lo que es. La voluntad de poder debe ser satisfecha. Así sentenciaba: “la apariencia es el disfraz perfecto en nuestra imperfecta sociedad”. Una vez más se hace presente ese antiguo problema de aparentar lo que no somos; es el clásico debate filosófico entre “apariencia y realidad”. Casi todo el mundo ve lo que aparentamos ser, pocos llegan a conocer lo que realmente somos.

Los filósofos han buscado siempre, esa ha sido su noble tarea, una interpretación del universo que explique la realidad, la complejidad del universo. Somos filósofos, eso hay que inculcárselo a los alumnos, cuando abandonamos los mitos como explicación de la realidad y optamos por el logos como explicación racional de la misma. Si el error se opone a la verdad, la apariencia se opone a la realidad. La apariencia la define el diccionario de la lengua como “cosa que parece y no es” y la realidad, como “lo que existe realmente”. Por consiguiente, decir realidad aparente es una contradicción, pues ambos términos son incompatibles. Algunos políticos están incapacitados para comprender cómo piensan los demás porque ellos no piensan; ven el mundo como quieren verlo y no como es sino como se lo presentan “los suyos”.

Hay pocos conocimientos de los que podamos estar absolutamente seguros. En nuestra vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis riguroso, vemos llenas de contradicciones. A ninguno se nos ocurre dudar de lo que “vemos”. Sin embargo, las cosas más próximas, aquello que consideramos real a primera vista, se tornan problemáticas cuando reflexionamos sobre el modo como las hemos conocido. Y nos preguntamos: ¿es todo tal como nos parece?, pues más allá de lo que aparece se vislumbra otra realidad. En realidad, la pregunta sobre qué es la realidad, es la primera pregunta filosófica. En los inicios de la filosofía, Platón creyó que había que buscar la verdadera realidad más allá de las apariencias. En su alegoría de la caverna ofrece una explicación. Y digo alegoría y no mito, pues el inicio de la filosofía radica en el paso del mito al logos, el paso de explicaciones tradicionales y arbitrarias a explicaciones lógicas y racionales; en cambio, la alegoría pretende dar una imagen a lo que no tiene imagen, para que pueda ser mejor comprendido. Platón fue quien más recurrió a la alegoría para hacer comprensibles sus ideas. Su alegoría de la caverna explica su teoría de la realidad y del conocimiento, de la educación y la política, mediante el recurso de narrar una historia de prisioneros en una cueva.

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Sócrates como maestro, Aristóteles como discípulo, y Platón, son la tríada que ha sentado las bases del inmenso edificio histórico del pensamiento

Nacido en Atenas hacia el año 428 a. C., en el último tercio del siglo V (siglo de Pericles), fue la época de mayor esplendor de la ciudad; con Pericles todas las artes se potencian: el escultor Fidias, los trágicos Sófocles, Esquilo y Eurípides, los sofistas, Sócrates. Muerto Pericles en el 429, comienza un periodo de decadencia: en la guerra del Peloponeso, que dura 30 años, Atenas se ve obligada a rendirse frente a Esparta, imponiendo un gobierno tiránico, el de los Treinta; a ellos se enfrenta Sócrates; al negarse a obedecer una orden injusta, es condenado a beber la cicuta. Aunque Platón no ejerció la política, fue un pensador político; su filosofía tiene, como punto de partida, la muerte de Sócrates al preguntarse: ¿cómo un hombre como él pudo ser condenado a muerte?; y dedicó su vida a la creación de un ambicioso proyecto político: el proyecto de una ciudad ideal y justa, en la que una muerte como la de Sócrates no fuese ya posible. Desde los orígenes del universo hasta el gobierno ideal, desde la materia de la que está hecha el alma y de dónde vienen las ideas…, pocas cosas quedaron fuera de la mente y la pluma de Platón; eligió el diálogo como forma para plasmar sus conocimientos, sus inquietudes y sus opiniones; para hacer filosofía y, a la vez, política. Reticente a aparecer en sus escritos, echó mano de su propia familia y de Sócrates, su gran amigo y maestro, cuya memoria jamás lo abandonaría, para confeccionar los personajes de sus diálogos. Sócrates, que no dejó nada escrito sobre su pensamiento, se convirtió en el gran maestro a través de la obra de Platón, conducto por el que nos ha llegado su filosofía.

Si la filosofía se ocupa de los temas más importantes que preocupan y atañen al ser humano, el catálogo de todos ellos lo inventó Platón. Sócrates como maestro, Aristóteles como discípulo, y Platón, son la tríada que ha sentado las bases del inmenso edificio histórico del pensamiento occidental y que permanece hasta nuestros días. Aunque parezca una hipérbole excesiva, es ya célebre la cita del filósofo y matemático Alfred North Whitehead, para quien, “toda la filosofía occidental consiste en una serie de notas a pie de página de la filosofía de Platón”.

Probablemente la alegoría de la Caverna sea el texto más famoso de la historia de la filosofía y la mejor síntesis del pensamiento de Platón. Al inicio del cap. VII de su libro La República, pide a sus lectores que imaginen la situación de unos prisioneros encerrados en una oscura caverna, para los que no hay más realidad que las sombras que se proyectan en el fondo de la cueva, incapaces de concebir una realidad exterior a su sombrío mundo. Conocer la verdadera realidad es “liberarse, salir al mundo exterior”; se consigue mediante la educación; el que educa es el que ayuda a los “prisioneros” a salir de la caverna, del mundo de las sombras y apariencias, al ámbito del mundo verdadero; conocido, ya no es posible que nadie desee regresar a las profundidades de la caverna. El significado y la intención de la alegoría es la educación. ¿Y la caverna?: la ciudad de las sombras gobernada por “sabios en sombras”, es decir, por hombres engañados y engañadores a la vez. La “ciudad de las sombras”, es Atenas, sumida en la oscuridad del error y la injusticia. ¿Cómo salvarla? Alguien debe romper las cadenas que les ligan a las sombras, salir al exterior donde está “la ciudad de la luz”, es decir, en la ciudad de la verdad y la justicia.

Es bueno saber dónde se quieren situar aquellos que quieren gobernar nuestras instituciones democráticas: en “la caverna” o en “la ciudad”

Los resultados electorales del pasado domingo está creando tensiones, no tanto por la gobernabilidad y sentido de Estado, sino por el exceso de ambición de poder. Las estrategias y sus derivadas en la batalla en “los pactos por los tronos” mantienen en tensión y en la duda a la sociedad. Para muchos ciudadanos la alegoría de la “Caverna” de Platón da una clave: hay partidos y políticos que pueden permanecer en la “caverna” o salir a “la ciudad de la luz”. En la caverna, en un mundo irreal, de apariencias, aferrados al error, la mentira, liderando retrocesos democráticos en igualdad, libertades, derechos, manteniendo privilegios y corrupciones, negando la existencia de la violencia de género, con políticas excluyentes con los migrantes y los diferentes, negados para el diálogo y prestos a confrontación… o en “la ciudad de la luz”, en el mundo de la realidad, liderando una democracia sólida, anclada en el diálogo y la participación ciudadana, con una efectiva división de poderes, en igualdad de oportunidades, el respeto a las minorías, asumiendo los errores con responsabilidades políticas, favoreciendo la integridad en las instituciones y en el debate público, con honestidad en la búsqueda de la verdad tanto por parte de los políticos como de los medios de comunicación y, en especial, afrontando los retos que hagan más justa, solidaria y digna la vida de los ciudadanos… Es bueno saber dónde se quieren situar aquellos que quieren gobernar nuestras instituciones democráticas: en “la caverna” o en “la ciudad”.

Como en esa importante creación del teatro del absurdo, salida de la pluma de Samuel Beckett, como metáfora válida en tiempos difíciles, estamos esperando a Godot. Al igual que sus personajes, Vladimir y Estragón, pasamos el tiempo postelectoral planteando preguntas acerca del sentido y del destino a que nos vemos abocados, cifrando nuestra esperanza en algo que ni siquiera sabemos de qué se trata. Hemos acudido a la cita electoral, eso es todo. ¿Y qué hacemos ahora? Esperamos a Godot. Mientras tanto no nos queda más que la respuesta del desconocido mensajero, que se asomará para decirnos que Godot no va a llegar, tal vez mañana…

La 'caverna' de Platón en el siglo XXI