lunes 13.07.2020

El Cardenal y sus “demonios”

El cardenal Antonio Cañizares.(imagen de archivo)
El cardenal Antonio Cañizares.(imagen de archivo)

“Los que luchan contra monstruos deben
cuidarse de no acabar convertidos en uno de ellos”.

Friedrich Nietzsche


El objetivo de este artículo es contribuir a cerrar la puerta a cierta clase de irracionalidad y fanatismo. No resulta ni justo ni inteligente criticar las creencias religiosas por no compartirlas, pero tampoco dar por convalidadas aquellas creencias que los tiempos, la inteligencia y la razón consideran superadas e inaceptables. La tolerancia es uno de los valores más apreciados en la historia de las sólidas democracias, pero muchos ciudadanos empiezan a estar cansados del puritanismo religioso de algunos movimientos, de algunos creyentes y de algunos partidos políticos que predican religión y son los primeros que la incumplen. Son cada vez más los ciudadanos que están molestos, incluso escandalizados, por las “iniciativas fanáticas de las diferentes religiones” y financiadas con dinero del contribuyente. Así como deberían financiarse los partidos políticos con las ayudas de sus militantes y simpatizantes sin ayuda económica del erario público, con excepción tal vez, en momentos exclusivamente electorales, así debería ser con las confesiones y movimientos religiosos. No es esta la única razón, pero sí una de ellas, por las que cada día son más numerosos los agnósticos y ateos, teniendo en cuenta que el ateísmo no es una filosofía ni una visión del mundo sino simplemente no creer algo o en “alguien” sin pruebas convincentes. No son pocos los estudios que indican que la proporción de españoles que no creen en ninguna religión se ha duplicado o más desde la muerte del dictador, promotor interesado en apoyar, no los principios de un evangelio que jamás practicó, sino a aquella jerarquía católica sumisa que le apoyó y mantuvo bajo palio, hasta nuestros días.

Existe una creciente reacción contra el papel de las religiones, pero aumenta lo que actualmente se denominan “nuevas espiritualidades”, denominación, como explica Francisco Díez de Velasco en su trabajo “Nuevas espiritualidades y nuevas religiones”, que intentan agrupar a seguidores de modelos de creencias que no se encuentran satisfechos bajo la denominación de “religión” y optan por sustituirla por el término “espiritualidad”. Uno de estos movimientos es el movimiento “Bright”, movimiento social que tiene como objetivo promover la comprensión pública y el reconocimiento de la visión naturalista del mundo, incluyendo la igualdad de derechos civiles y aceptación de las personas que comparten dicha visión. Ser “bright” no implica la pertenencia a ninguna ideología en particular; significa simplemente defender un mundo libre de elementos sobrenaturales o místicos y postular una filosofía naturalista que rechaza los estereotipos sociales o serie de creencias generales al considerar que la persona que los posee piensa que todos los pertenecientes a esa categoría tienen un rasgo concreto común; tienden a clasificar al resto de personas en grupos sociales determinados, tratándoles más como un miembro del grupo que como individuos particulares e independientes, al asumir que tan solo por pertenecer al grupo tendrán los mismos rasgos que el resto de los miembros. Haciendo referencia a ese dicho, como una maldición inevitable, de que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, en su libro “El Imperio Romano”, decía Isaac Asimov, refiriéndose a los años de lenta agonía del imperio romano: “Parece ser una regla invariable que, a medida que el poder real decae, en compensación, los símbolos y los fanáticos del poder se multiplican e intensifican”.

Con lo que cuesta apartar a los drogadictos de la droga, con el poder alucinógeno que, como las drogas, tiene el fanatismo, el cardenal Cañizares y sus comparsas, el ex ministro católico y numerario del Opus, Jorge Fernández Díaz y José Luis Mendoza, presidente de la Universidad Católica San Antonio de Murcia, miembro de la secta católica de los “kikos”, han vuelto a poner de moda - entre otros- en la complicada e incierta realidad actual “al demonio, al diablo, a satanás”; después de un tiempo tranquilo y razonable de secularización, en el que la existencia de todo ser trascendente se había difuminado, con estos ultracatólicos renace su influjo y su influencia. Con el renacer de lo religioso, dando al traste con la teoría de la secularización, aparece de nuevo el diablo con más presencia que en épocas anteriores.

Estos “prebostes”, situados en el pedestal de su pretendida autoridad moral, intelectual o religiosa, que hablan de todo y sobre todo, ignoran que los debates hay que abordarlos con rigor y pruebas y ponerlos ante el espejo de sus ignorancias para no generar ficciones con sus hueros y huecos sermones ni caer en lugares comunes ya superados por la ciencia y evitar la tentación de ser más “papistas” que el Papa. Mientras la secularización de la sociedad científica sigue avanzando, al mismo tiempo, con declaraciones como las que expongo a continuación, aumenta el desprestigio de la Iglesia: la homilía del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares de que “el demonio existe en plena pandemia, intentando llevar a cabo investigaciones para vacunas contra el COVIDS-19 a base de células de fetos abortados”; la intervención del presidente de la Universidad Católica de Murcia José Luis Mendoza insinuando una conspiración entre Bill Gates y George Soros para implantar chips en las vacunas contra el coronavirus, acusándolos de “esclavos y servidores de satanás”; o la declaración de quien fuera ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, miembro supernumerario del Opus Dei, asegurando que, cuando era ministro, el Papa Benedicto XVI le dijo ni más ni menos que: “El diablo quiere destruir España porque el diablo sabe los servicios prestados por España a la Iglesia de Cristo”.

Estas mentes superiores, aupadas en su ignorante pedestal, están escenificando un grave error: el error dogmático de superstición al mostrar ignorancias teológicas, filosóficas, científicas, antropológicas y sociales y dando realidad y poder a un ser inexistente; desconocen la ambigua realidad que la propia Iglesia ha tenido y tiene acerca de la existencia del “demonio”. Su figura ha poblado el desquiciado imaginario colectivo cristiano, hasta representarle con cuernos, rabo, azufre, tenedor y el fuego del infierno. ¡Qué estupidez, qué error y qué horror! La doctrina sobre el demonio ha ido evolucionando y adaptándose a los tiempos, por necesidad de la verdad y porque la inteligencia y la ciencia tienen que ir destruyendo esos mitos. ¿Quién es hoy el diablo para los teólogos y para la doctrina católica? ¿Es una persona o un mero símbolo del mal? Si no existen pruebas irrefutables que justifiquen la creencia indubitable de la existencia de un Dios, ¿cómo van a existir pruebas que justifiquen la existencia del “demonio”? Lo resume excelentemente el escritor y periodista Christopher Hitchens en una sola frase: “Lo que puede ser afirmado sin pruebas, también sin pruebas puede ser descartado”. Estos fanáticos ultraconservadores religiosos siguen empleando la palabra “Dios”, “paraíso”, “demonio” “infierno”, como si supieran realmente de lo que están hablando, como si tuvieran la experiencia científica de un conocimiento probado; por suerte, sólo pueden afirmarlo desde el “apriorismo” indemostrable de su fe. De esa fe que recitábamos de pequeños en el adoctrinamiento nacionalcatólico en palabras de los catecismos de Ripalda o Astete: ¿Qué es la fe? Y respondíamos recitando “de memorieta”: “Fe es creer lo que no vimos porque Dios lo ha revelado”. Y con este bagaje intelectual religioso ha crecido gran parte de la ciudadanía practicante.

Si los seres humanos deseamos llegar a un conocimiento real del mundo con pruebas, como individuos y como sociedad científica para entender las fuerzas de la naturaleza y del universo a los que nos enfrentábamos, para las religiones esto siempre ha representado y representará un problema sin solución porque predican la aceptación de propuestas que carecen de pruebas. De hecho, todas las religiones predican su verdad contenida en propuestas para las que no es concebible ni presentan prueba alguna: “la aceptan sobre la base de la fe, en textos escritos hace miles de años e interpretados y proclamados por seres humanos que se adjudican la verdad infalible”. Al menos, desde la seguridad que da al conocimiento la investigación con inteligencia y el paso de los tiempos, “estos Cañizares” tendrían que tener en cuenta la sensata máxima que simplifica el método teológico que encierra la frase de san Anselmo de Canterbury, anticipada ya por san Agustín de Hipona: “Fides quaerens intellectum et intellectus quaerens fidem” (“la fe necesita la razón y la razón busca la fe”). Es decir, debe existir una estrecha relación entre la fe y la razón humana; ambas se necesitan, pero sin “chirriar, sin tragaderas; esta es la clave del pensamiento teológico, filosófico y científico actual.

“Estos Cañizares” tendrían que recordar que ya desde 1975 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, ante las fundadas dudas de su existencia, encargó a un grupo de expertos la preparación de un estudio acerca de la doctrina del Magisterio sobre el tema “Fe cristiana y demonología”. El texto se inicia así: “A lo largo de los siglos la Iglesia ha reprobado las diversas formas de superstición, la preocupación excesiva acerca de Satanás y de los demonios, los diferentes tipos de culto y de apego morboso a estos espíritus; sería por esto injusto afirmar que el cristianismo ha hecho de Satanás el argumento preferido de su predicación, olvidándose del señorío universal de Cristo y transformando la Buena Nueva del Señor resucitado en un mensaje de terror”.

Es insultante y ofensivo para una gran parte de la ciudadanía, incluso creyente, que estos jerarcas abunden en una realidad demoníaca personificada y que hoy se limita simple y llanamente a reconocer lo que se llama el problema de la maldad y del mal en el mundo. Incluso desde el propio mensaje de amor del evangelio que la Iglesia predica, resulta despreciable que haya personas que se aprovechan de la imagen negativa del mal que existe y que se trasmite en la sociedad, y utilicen “los demonios” como herramienta para engañar, asustar e intimidar a personas que normalmente se encuentran en situaciones vulnerables por ignorancia y desconocimiento, a través de la cual consiguen sus fines. Así lo expresaba el jesuita y magnifico teólogo español José María Castillo, relegado y apartado, como el Padre Llanos durante el franquismo, en el Pozo del Tío Raymundo, en su obra “Teología popular”: “los únicos demonios que andan sueltos son, entre otros, los hombres que causan violencia, divisiones y muerte; los gobernantes que gestionan la economía de forma que los ricos se hacen más ricos, mientras los pobres se quedan sin trabajo, sin casa y sin derechos; o los que, ante estas barbaridades satánicas, se callan, se cruzan de brazos y no dicen nada para no complicarse la vida”.

Recordar el pasado no significa tener que volver a repetirlo. Al igual que en nuestra realidad política actual todavía no hemos sido capaces de superar las dos Españas de las que tanto escribieron Ortega, Unamuno o Machado, removiendo a veces ascuas de rencor y odio, la Iglesia Católica, en particular su jerarquía, no ha superado esa dualidad teológica que la arrinconó y desprestigio por su apoyo a Franco, dando la sensación de que actuaba a favor del dictador y en contra de los principios cristianos del evangelio que predicaba; basta recordar los encendidos elogios que en vida y en su muerte muchos obispos le dedicaron, ensalzando sus virtudes personales y públicas: Plá y Deniel, Morcillo, Guerra Campos, Franco Cascón, González Martín, Cantero Cuadrado, Arriba y Castro… Frente a esa jerarquía franquista, para quienes la cruenta guerra civil fue una “cruzada”, aparecieron sectores católicos que se oponían al franquismo; aquellos curas obreros, socialmente comprometidos, que sufrieron la cárcel concordataria de Zamora y muchos cristianos de comunidades de base; un fenómeno que se debió al cambio generacional habido en el clero y en los fieles españoles, apoyados por algunos obispos (Tarancón, Palenzuela, Añoveros, Iniesta…), pero, sobre todo, al nuevo rumbo pastoral y democratizador del Concilio Vaticano II, convocado en enero de 1959 por Juan XXIII y concluido por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. Fue un acontecimiento eclesial revolucionario que tuvo en España especial relevancia, exhortando a una parte de obispos a alejarse de su cercanía con la dictadura, en la que algunos ocuparon cargos importantes de representación, incluso como diputados en el Congreso, con el privilegio del dictador de nombrar y vetar obispos; privilegio que, entre gestos de hostilidad y resistencia postconciliares contra el Papa Pablo VI, Franco se negó a renunciar, pese a las requisitorias del papa Montini, a quien los diarios Pueblo, del sindicato vertical  y Arriba, órgano del Movimiento, le llamaban con cínica irreverencia papa “Tontini”.

Como dice el periodista Juan G. Bedoya, se ha escrito mucho sobre la actitud de los obispos españoles en el Vaticano II, encabezados por el primado de Toledo, el filofranquista Pla y Deniel. La mayoría de obispos españoles, cobijados en el nacionalcatolicismo, execró de los cambios que pretendía el Concilio, especialmente contra el documento sobre la libertad religiosa y de conciencia, reprimidas ambas con saña en España bajo el dictador; al punto de que el entonces obispo de Canarias, Antonio Pildain confesó que estaba rezando para que se hundiera el techo de la basílica vaticana sobre el aula conciliar y acabara con los obispos antes de aprobar semejante cambio. Mucho tuvo que ver Franco con aquella actitud. Son celebres las palabras que entonces le dijo Pablo VI al cardenal Quiroga Palacios, primer presidente de la Conferencia Episcopal española: “No tengan miedo a la libertad religiosa. Sé muy bien que las circunstancias de España son muy especiales. Estaré siempre con España; pero que los españoles estén también con el Papa”. El Concilio contribuyó al finalizar con el nacionalcatolicismo, es decir, a considerar a la Iglesia española por aquel régimen como “sociedad perfecta y única religión del Estado” que tan bien le vino a la dictadura para adoctrinar al pueblo y muy bien también a aquella ultraconservadora jerarquía franquista.

Conocí y coincidí con Antonio Cañizares como estudiantes ambos de teología en la Universidad Pontifica de Salamanca en los cursos finales de los años 60 en los momentos finales del Concilio Vaticano II. Fueron profesores nuestros, entre otros, Fernando Sebastián, José María Setién, Maximiliano García Cordero, Olegario González de Cardedal, José Ignacio Tellechea, incluso, Antonio María Rouco Varela, del que algunos alumnos no tuvimos ni guardamos buena impresión. Fueron cursos complicados los de aquellos tiempos en la Pontificia de Salamanca; hasta los estudiantes de teología llegamos a hacer alguna huelga contra el régimen. En la mañana del 11 de octubre de 1962, el papa Juan XXIII inauguraba en la basílica de San Pedro el Concilio Vaticano II, que en ese momento histórico, social y político iba a ser recibido de forma muy diversa en España, posibilitando a la Iglesia asumir una nueva comprensión de sí misma y del mundo, atenta a las realidades temporales en las que se desenvuelven las personas y la posibilidad de evolucionar y apostar por un régimen democrático y por tanto contribuir al camino de la democracia. No fue un Concilio dogmático y condenatorio de errores, sino pastoral e impulsor de un cambio de actitud. Un concilio que proclamó abiertamente en su Constitución pastoral, tal vez la más importante, la Gaudium et Spes, el crecimiento y desarrollo de la condignidad del propio ser humano.

Se hizo célebre el término “aggiornamento”, cuyo mejor significado era un inmenso viraje para remodelar la Iglesia, su puesta al día de los tiempos, su manera de hablar y explicar el mensaje del evangelio de cercanía y amor y no de condenación y temor a fuerzas demoníacas, su estructura pastoral e inclusiva, convirtiéndola en una Iglesia dialogante y ecuménica. Fue un concilio pastoral que reconocía las esperanzas y los valores de la historia y de los hombres. Pablo VI clausuró el concilio con una potente máxima: “Para la Iglesia ninguno es extraño, ninguno excluido y ninguno lejano”. Sin embargo, durante el Concilio se puso en evidencia la estrecha relación de algunos prelados españoles con la dictadura, con gran desprestigio para sus protagonistas. Llama la atención que, quienes años más tarde tuvieron un papel importante en la transición española, permanecieron pasivos y callados a lo largo del Concilio. No fueron pocos los memoriales y las cartas de sacerdotes y laicos enviadas al Concilio documentando el carácter agresivo del régimen franquista y las graves consecuencias pastorales derivadas de las estrechas relaciones de la jerarquía eclesiástica con el régimen, como escribió el periodista y sacerdote Jesús Iribarren en “Papeles y Memorias”.

Cañizares capa rojaPasados unos años, muerto Pablo VI, y muerto en extrañas y no explicadas circunstancia Juan Pablo I, el Papa Luciani, aquel “aggiornamento” ilusionado que significó el Concilio, declinó con la llegada de Juan Pablo II y Benedicto XVI, papas conservadores, que retornaron a la Iglesia a épocas pasadas. Este retorno lo sufrió España también con la llegada de los cardenales Ángel Suquía y, posteriormente, Rouco Varela, a la presidencia de la Conferencia episcopal, a los que, Antonio Cañizares, siguiendo el modelo que utilizó con el profesorado en la Universidad Pontifica de Salamanca supo arrimarse bien y ascender mejor. Los que compartimos estudios con él en aquellos tiempos, no compartimos esos elogios de persona de gran inteligencia que ciertos cortesanos le dedican como cardenal, Conservador, sí, tanto ahora como entonces. Se ve que el “capelo cardenalicio y la capa púrpura de nueve metros con la que se adorna”, hace milagros en la inteligencia (En la imagen).

Cuando uno se atreve a consultar las casi 900 páginas del Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en octubre de 1992 por Juan Pablo II o se atreve a abrir el “Enchiridion Symbolorum” (Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbres), llamado también “Denzinger”, por su autor, Joseph Dominicus Denzinger, que reunió todos los textos doctrinales originales de los Papas, de los Concilios y de otras fuentes autorizadas del Magisterio Eclesiástico, uno se queda perplejo al intentar entender, en todo ese entramado de citas, declaraciones, definiciones y dogmas que, como “oxímoron” y en el marco de la fe, uno no sabe si cree una cosa o su contraria. Bien lo dice el artículo 395 de citado Catecismo: “El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio”. Es decir, se impone el silencio, no hay discusión porque es “un misterio”. Puestos a hablar con claridad y sinceridad no podemos permitirnos el lujo de seguir con semejante corrección política, acudiendo siempre al misterio como respuesta a lo incomprensible. Debemos reconocer de una vez por todas cuál es el precio que estamos pagando por mantener la iconografía de nuestra ignorancia.

En esta sociedad secularizada, la hipótesis de Dios como explicación de los fenómenos intramundanos va pareciendo, cada vez más, como algo superfluo e irreal. Dios queda sin función en el mundo; para muchos ya no es una solución, sino un problema. Sin “dioses”, el mundo y todo lo que en él acontece encuentra explicación, con ellos, todo es misterio. Esa acción divina y misteriosa de la que habla la Iglesia, es, en demasiadas ocasiones ininteligible. Resulta demasiado arcana esa analogía de un Dios que se esconde, que calla y que, conociendo, con su omnisciencia como le atribuye la teología, las necesidades de los más vulnerables de los humanos, permanece en silencio. El silencio de Dios se ha convertido en una experiencia embarazosa para la mayoría de creyentes. ¿Culparíamos al alumno que no sabe dar razón de algo que necesita porque su profesor no ha querido explicárselo, recurriendo al silencio del misterio? En cambio, otros, los “cañizares”, hablan de Dios como si lo tuvieran en todo momento a su disposición y se hubieran sentado en su consejo. ¡Qué incomprensible es ese Dios que se oculta!; mientras, como predican los “cañizares”, el único que actúa a sus anchas es el demonio. ¡Ay que fastidiarse! Como dijo Dietrich Bonhoeffer, pastor protestante, teólogo luterano y líder religioso alemán que participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo por lo que fue arrestado, encarcelado y finalmente ahorcado, (otros atribuyen la frase a Hugo Grocio) es preciso vivir en un mundo mayor de edad “etsi Deus non daretur” (como si dios no existiera), en referencia a una teología secular, a un “cristianismo sin religión”, pues, como sostenía Bonhoeffer, “Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida”, y si es posible, sin demonios.

Uno de los más célebres libros de Richard Dawkins, el divulgador científico británico en la Universidad de Oxford es El espejismo de Dios. Aunque su lectura sea dura para los creyentes, merece la pena intentarlo. Según él, las religiones son una de las causas que están fragmentando las sociedades. Categorizando y simplificando, su argumentación se puede resumir en dos grandes bloques; en el primero da cuenta de su propio título: considera casi seguro que Dios es un espejismo y éste es precisamente el eje fundamental y teológico de las religiones; el segundo lo constituyen los aspectos antropológico, moral, sociopolítico y psicológico de las religiones. En el primer bloque desarrolla dos ideas: la primera: el merecido respeto que debemos a lo religioso surge de la confrontación con un universo portentoso y misterioso en todas sus formas, pero que, llamar Dios o declarar divino al cosmos por su carácter magnífico y misterioso constituye un modo inadecuado de hablar y un principio de traición intelectual. La segunda: el respeto inmerecido de que goza la religión es un prejuicio extendido, un tácito convenio, siempre arbitrario y muchas veces absurdo, por el cual nos concedemos el derecho de cultivar creencias fantásticas que acorazamos y hacemos inmunes a los argumentos y que se asumen por fe. Simplificando enormemente las tesis de su libro, según Dawkins, no hay que usar a Dios como explicación del origen de nada, porque él es más difícil de explicar aún. Son hipótesis fantásticas y autoinmunes que no explican nada. En todo caso, tanto el origen de la vida como el del propio universo constituyen vacíos más portentosos que cualquier otro, y ni siquiera en estos casos la hipótesis del “diseñador inteligente” se sostiene, aunque no faltan los que dicen que no admitir un creador es contravenir la ley lógica del principio atribuido a Parménides “ex nihilo, nihil fit” (de la nada, nada sale). Pero es manifiesto que, si nos aplicamos la pregunta en términos del origen causal, ni “Dios” mismo quedaría exento. Y concluye: si tenemos un vacío que para muchos Dios llena, eso no aumentaría un ápice la posibilidad de su existencia. La regla de que “afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” sigue siendo una guía razonable. Es muy importante darse cuenta de que un sano escepticismo científico siempre es compatible con una mente fundamentalmente abierta.

El que se hable de algo o de alguien si no hay pruebas científicas de su existencia no avalan ni indican que existan; pero sí pueden existir bulos y mentiras como construcciones sociales de desviaciones imaginarias. Desde una sana teología no se puede hacer de la religión una psiquiatría para incultos ciudadanos; hay que educarles desde la razón para no dejarles en la ignorancia religiosa. Bien sabemos que no hay una definición esencialista del diablo que nos remita a una realidad objetiva. Los conceptos sobre el diablo son simplemente conceptos simbólicos históricos que responden a una época y a los problemas existenciales de la misma en un contexto histórico concreto y precario. Sí existe en cambio un problema grave para la reflexión humana y es el problema del mal, porque el mal sí existe. Pero cada cultura construye su lenguaje simbólico para tratar de aprehender y explicar y dominar ese problema, y hoy, el causante del problema del mal no es “el demonio”, sino el propio hombre.

En El fin de la fe, libro con cuyo contenido muchos lectores poco o nada compartirán, su autor, Sam Harris, filósofo, neurocientífico, cofundador y director del Proyecto Razón, presenta un sorprendente análisis del enfrentamiento entre razón y religión en el mundo moderno. Harris no se contenta con tener razón. Quiere explicar detalladamente por qué la tiene. Realiza un lúcido recorrido histórico por nuestra voluntad de abandonar la razón en favor de las creencias religiosas, aunque dichas creencias acaben por inspirar las peores atrocidades que ha cometido la humanidad. El párrafo final del libro dice así: “No es necesario un esquema de recompensas y castigos que trascienden esta vida para justificar nuestras intuiciones morales o hacerlas efectivas para que guíen nuestra conducta en el mundo. Los únicos ángeles a los que necesitamos invocar son los de nuestra mejor naturaleza: razón, honestidad y amor. Los únicos demonios a los que debemos temer son los que se esconden en todas las mentes humanas: ignorancia, odio, avaricia y fe, la cual seguramente es la obra maestra del diablo”.

Acabo como inicié estas reflexiones: no resulta ni justo ni inteligente criticar las creencias religiosas por no compartirlas, pero tampoco dar por convalidadas aquellas creencias que los tiempos, la inteligencia y la razón consideran superadas e inaceptables. Ser creyente o militar en cualquier religión es una opción digna y respetable; no lo es en cambio, otorgar especiales poderes a ciertos líderes para opinar sobre temas de interés público para los cuales se precisa un juicio experto, siendo dudoso que la fe o la formación teológica alcancen a conferir dicha experiencia. Los “cañizares” pueden ser algunos de ellos. De lo que sí me atrevo a aventurar es de que, si viviera hoy Jesucristo, no entraría en la Iglesia que “los cañizares” predican.

El Cardenal y sus “demonios”