miércoles 28/7/21

“Entre el camino y la meta”: una visión de la política

filosofia

“Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible.
Los políticos, por hacer imposible lo posible.
Me parece deshonesto y dañino para la integridad intelectual creer en algo solo porque me beneficia y no porque piense que es verdad”.

Bertrand Russell


La política gana credibilidad si satisface las expectativas de la gente, lo contrario sería un fracaso no solo de la política sino también de aquellos que la gestionan. Pocos dudan de que la repetición electoral no ha despejado los conflictos, sino que los ha complicado más; el descrédito de la política y de los políticos se ha cavado un poco más. Las fórmulas para salir de la parálisis en la que se encuentra el país no pueden ser solo el resultado de combinaciones aritméticas (el dichoso “pactómetro”), sino que tienen que tomar en consideración otras medidas, la reflexión y una visión ética de la política: el diálogo filosófico.

Si en política el conflicto y el enfrentamiento han sido siempre la expresión y consecuencia de la ruptura del diálogo, sin embargo, el diálogo democrático ha logrado siempre acuerdos para la paz y la convivencia. La política y el futuro son como un viaje que lleva a destinos que los viajeros ignoran. A veces es necesario que algo nos produzca duda para que la solución pueda surgir. Las oportunidades pueden cambiar cuando se pasa de sueños interesados a la realidad de lo posible. Si a los obstáculos, la confrontación y a las “líneas rojas” se ofrece diálogo, es posible que se produzca el encuentro: el acuerdo y el pacto. Uno de los últimos grandes pensadores, Jürgen Habermas, ha hecho del diálogo el centro de su ética comunicativa; en ella insta a alcanzar por consenso acuerdos que satisfagan suficientemente a todas las partes implicadas. También Martin Buber, filósofo y escritor judío austríaco-israelí es conocido por su filosofía del diálogo o la “comunicación dialógica”. Escuchar “comunicación dialógica”, quizá nos parezca un posible pleonasmo: ¿no es toda comunicación diálogo? Para Buber una relación de verdadero diálogo es aquella en la que ambas partes se encuentran en un mismo nivel; para ello, se impone la necesidad de un giro en las soluciones que dejen de lado “los yo narcisistas” y se encuentren con “los sujetos de colaboración”.

¿Y ahora qué?; en este impasse de incertidumbre, ¿estamos condenados al fracaso? ¡No! Tiene que haber salida. ¿Cómo?: formando un gobierno de progreso que represente la voluntad de la mayoría social salida de las urnas. Es necesaria una mayoría parlamentaria que pueda cambiar el rumbo del país. Esta oportunidad sólo depende de su voluntad política. No hacerlo, significaría ir en contra de lo manifestado últimamente en dos ocasiones en las urnas por los ciudadanos que les han votado. Decía Nelson Mandela que “todo parece imposible hasta que se hace”. Es hora de decirles a todos los políticos que en las elecciones los ciudadanos no damos a los elegidos el manual de instrucciones, pero sí les exigimos sensatez y la solución a los problemas. Esta obligación no le corresponde al ciudadano, sino a los partidos. Para ello, necesitan, no el poder, ni sillones ni ministerios, sino decisión, reflexión, ideas, voluntad, diálogo; es decir esa “filosofía dialógica” de la que hoy adolecen.

La filosofía no resuelve problemas, los busca, los analiza y, desde la ética, exige a los políticos que los resuelvan

Hoy jueves, día 21, es el Día Mundial de la Filosofía; desde 2002 se celebra cada año el tercer jueves de noviembre. Al establecer este día, la UNESCO quiso subrayar el valor perdurable de la filosofía para el desarrollo del pensamiento humano, intentando promover el interés por una actividad que históricamente se encuentra en el núcleo de todos los avances de la Humanidad. Es posible que pocos ciudadanos lo sepan y, si lo saben, les importe poco o nada. La pregunta que se hacen, si es que se hacen alguna, puede ser inmediata: para qué sirve la filosofía, si es que tiene que servir para algo. El filósofo argentino Darío Sztajnszrajber, se hace la pregunta convertida en libro del que es autor: ¿Para qué sirve la filosofía?, y se responde preguntándose: ¿y quién dijo que debería servir para algo?; si de algo sirve es para cuestionarlo todo, para pensar que todo lo que nos rodea puede ser de otra manera; que no hay respuestas únicas, que el hombre no es un ser generado por un proceso de clonación y por tanto, idéntico a un patrón; que los problemas pueden tener diversas soluciones, que la educación, la política, la identidad personal, la sociedad…, en suma, que las vidas pueden ser diversas en función de los valores por los que se conducen las personas. La filosofía no resuelve problemas, los busca, los analiza y, desde la ética, exige a los políticos que los resuelvan. No formula preguntas para encontrar sus respuestas, sino que parte de las respuestas instituidas para desmontarlas con su pregunta predilecta: ¿por qué?

Alfred North Whitehead, matemático y filósofo inglés, figura hoy reconocida por sus ideas y su “filosofía del proceso” (aplicada hoy a la ecología, la educación, la física, la biología, la economía y la psicología), dejó grabado uno de los mayores elogios que sobre Platón se ha hecho en la historia de la filosofía: “Toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”.

En estos tiempos en los que la contraposición de ideas y proyectos en la que consiste cualquier debate de negociación y en la que el diálogo es inexistente o se confunde diálogo con transacción, el método dialógico escogido por Platón para expresar sus ideas es, sin duda, el más adecuado para reconstruir la complejidad y la riqueza de lo que nos es dado pensar en un momento cualquiera de la historia. Platón aborda prácticamente todos los grandes temas que afectan a la humanidad, desde la política a la cosmología, del amor a la geometría, de la belleza al lenguaje. Platón aproximó lo que suele denominase pensamiento a la forma misma en la que el pensamiento surge: el diálogo. El método platónico es “dialógico” porque presenta todas las opiniones acerca de un mismo tema en el movimiento de sus contrastes y tensiones mutuas, para reducirlas al final a la unidad del acuerdo cuando éste sea posible; cuando no lo es, las deja en su oposición sin forzar una solución que no sea evidente por sí misma. En el diálogo, en el verdadero diálogo, lo que entra en juego no son los intereses particulares y partidistas, sino los que afectan e interesan a la “polis”, a la ciudadanía, de tal manera que un diálogo sincero, democrático, no es aquella actitud por la que continuamos manteniendo aquello de lo que estábamos convencidos, sino la que nos enriquece con las ideas y opiniones del contrario, sacándonos de nuestro previo error, pues dialogar consiste en la inteligente aventura de ser capaces de cambiar de opinión. En el fondo, y con la sencillez platónica, “dialogar es una tarea y un empeño colectivo en la búsqueda de la verdad”.

Platón nos desvela el riesgo de una mala política, es decir, 'pretender llegar a la meta sin recorrer el camino'; asaltar los cielos sin despegarse de la tierra

Bien lo explica el profesor Emilio Lledó en sus interesantes reflexiones acerca del método y estilo de Platón, en la belleza de su lenguaje y en la forma de diálogo en la que expresa su pensamiento. La historia de la filosofía griega nos enseña que el diálogo era la forma adecuada de su democracia; el que un aristócrata como Platón “dialogase” fue una lección más de su enseñanza, pues el encuentro con el pensamiento tenía que darse allí donde el pensamiento se “encontraba” con los ciudadanos: en el ágora, en las plazas, en las calles, en los gimnasios…, en la absoluta publicidad de un pensamiento compartido. Según Lledó, el pensamiento es un esfuerzo, una tensión y, precisamente, en esa tensión, la comunicación mediante el diálogo se pone a prueba, se enriquece y progresa. Por desgracia, el paso del tiempo ha convertido el diálogo en pensamiento subjetivo: en imposición y no en exposición comunicativa: en “monólogo”, en el que los ciudadanos (los políticos) se sienten distantes de la realidad y de los problemas y ajenos de “los otros”: la filosofía no puede surgir si no es desde la raíz misma de los ciudadanos, de la “polis”, de la comunidad y de sus problemas como tal comunidad. La filosofía para Platón es un camino hacia la meta, hacia la llegada. Una vez más, Platón nos desvela el riesgo de una mala política, es decir, como titulo estas reflexiones, pretender llegar a la meta sin recorrer el camino; asaltar los cielos sin despegarse de la tierra; llegar al poder sin los pasos previos de la reflexión, el diálogo, la filosofía.

A través de la historia se puede observar que la filosofía ha sido uno de los motores necesarios, tal vez uno de los más importantes, para que los ideales de progreso y evolución se hayan abierto paso en las sociedades; en cambio, cuando han predominado la barbarie, la ignorancia y el fanatismo, la filosofía y los que la transmiten suelen ser los primeros preteridos, olvidados o sacrificados. Cuando en este siglo el interés por la ciencia y las nuevas tecnologías ocupan la primacía en el conocimiento, acudir a la filosofía para reflexionar sobre la realidad podía parecer un empeño inútil o superado; así lo consideró en su momento el indocto ministro Wert y con él el partido popular. Conviene recordar la decisión de Mariano Rajoy de aprobar, con el único apoyo del PP, la reforma educativa presentada por el ministro de educación peor valorado en la historia de la democracia, que cristalizó en la aprobación de la LOMCE; un inepto ministro entrenado para el conflicto y no para el diálogo y el pacto; la LOMCE fue un pésimo cálculo político y un enorme desastre educativo; optó por arrinconar la filosofía a favor de asignaturas que supuestamente facilitarían la integración de los alumnos en el mercado laboral; la casi desaparición de la filosofía supuso un panorama desolador para la educación, el pensamiento crítico y la conciencia cívica y democrática.

En aquel momento, como ejemplo y memoria y sin identificaciones, muchos españoles amantes de la cultura y, sin duda, la mayor parte de los profesores españoles, en especial los de filosofía, recordamos la historia, cuando en mayo de 1933, los alumnos de la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlín encabezaron una siniestra quema de libros pretendiendo que, con la quema de los libros, desapareciera la cultura y el pensamiento crítico. Más tarde, el escritor norteamericano Ray Bradbury lo rememoraría en su novela Fahrenheit 451, ambientada en una distopía futurista en la que critica una de las obsesiones de los líderes que gobiernan el mundo: quemar libros para así poder controlar mejor aquello que deben conocer y aprender los ciudadanos.

Con la supresión de la filosofía, el ministro Wert, un político vacío que tenía que despejar espacio para pensar, no llegó a tanto, pero no supo entender que, sin filosofía, sin el amor por el conocimiento, somos ciudadanos ciegos; en la filosofía se encuentra aquella dimensión necesaria y fundamental: la ética; esa capacidad para distinguir entre el bien y el mal, base imprescindible de la política. Si los políticos -Wert y los populares- impusieron que el estudio de la filosofía no es esencial para la vida moderna, entonces hay que concluir que la política se opone a la capacidad de pensar y convierte a los ciudadanos en ciudadanos pasivos, incapaces de distinguir el político bueno del malo, ignorantes de su historia y del sentido de su vida en una decisión artera y manipuladora.

La historia ha enseñado que los gobiernos autoritarios fácilmente acuden a arrinconar a aquellos ciudadanos que se muestran libres, críticos e independientes

Como sostiene el filósofo Lou Marinoff, fundador de la Asociación americana de profesionales de filosofía y autor de “Más Platón y menos Prozac”, la historia ha enseñado que los gobiernos autoritarios fácilmente acuden a arrinconar a aquellos ciudadanos que se muestran libres, críticos e independientes; promueven sistemas educativos en los que no hay casi espacio para aquellas materias que fomentan la creatividad y la independencia; arrinconan la filosofía porque quieren una ciudadanía compuesta por ovejas sumisas, sin capacidad para el pensamiento crítico e independiente. No quieren tener gente capaz de analizar el mundo en el que viven. Es lo que propone en su libro: aplicar la filosofía a nuestro sistema de vida para alcanzar un mayor equilibrio interior; considera la filosofía como una forma de vida más que como una disciplina. Aunque parezca una tautología, hay que admitir que la política, el dolor, la maternidad, la guerra, la economía, todo lo que acontece en la sociedad, no sólo se vive, sino que también, y sobre todo, se analiza, se piensa.

A pesar del interés por la ciencia y las nuevas tecnologías, existen hoy no pocos estudios que demuestran que las humanidades en general y la filosofía en particular nos permiten desarrollar el “pensamiento crítico” muy valorado en el mundo laboral. Hace poco tiempo el periódico estadounidense, especializado en economía y negocios, The Wall Street Journal, publicó un artículo en el que señalaba que las grandes consultorías y los más importantes bufetes de abogados buscaban profesionales con esta formación demostrando que, a largo plazo, quienes cursan la carrera de filosofía terminan por ser los más rentables económicamente con el siguiente eslogan: “Hay que acudir a la filosofía para reflexionar sobre la realidad; es a la única a la que no se puede engañar”. ¿Razón?: la filosofía desarrolla el pensamiento crítico, reflexivo, analítico, nos aleja tanto de la ignorancia como de la afirmación de verdades absolutas carentes de fundamentos; con una visión ética y orientación moral, proporciona recursos para vivir mejor; al formar parte del saber universal, como madre de todas las ciencias, ayuda a reunificar el conocimiento pues el saber, al estar cada vez más especializado y por tanto parcelado, por el carácter multidisciplinar de la filosofía, aporta los conceptos necesarios para fomentar el diálogo. De ahí que resulte una deprimente contradicción que los políticos que se creen o pretenden ser intelectuales no hayan contribuido a potenciar la filosofía y fomentar el diálogo.

Si Lou Marinoff nos exhorta a “más Platón y menos Prozac”, hoy, contradiciendo a esa iluminada diputada de Vox en la Asamblea de Madrid, Alicia Rubio, que, carente de sentido común y sin que se la cayera la cara de vergüenza, decía que coser un botón empodera mucho más que el feminismo, se puede exigir a ella y a sus comparsas de VOX: “¡Más filosofía, más neuronas y que cosan todos los botones que quieran!”. Fuerte y alto se les puede decir a la señora Rubio, a la señora Monasterio que la apoya, y todos los de VOX la inteligente y gráfica metáfora con la que ironizaba sobre su país, Italia, el actor y premio nobel de literatura Darío Fo: “En este país llevamos la cabeza muy alta… porque la mierda nos llega hasta el cuello”. Con sus buenos e inesperados resultados electorales han asimilado demasiado pronto la estupidez y el ridículo de la soberbia y el odio; y cuando la fe se convierte en odio, benditos sean los que dudan.

Hoy, día Mundial de la Filosofía, hay que instar a los políticos que dejen a un lado sus intereses personales y partidistas y se entreguen al diálogo filosófico para tener un gobierno estable lo antes posible

La vida es una peripecia en la que estamos embarcados y la barca la debemos conducir nosotros, no los demás, y siempre con amor, verdad y pasión. La vida siempre sucede en el presente, en un presente continuo, y siempre sucede, es un misterio, pero sucede. No existe lo nunca visto, lo que nos rodea ya ha existido y se repetirá. De ahí que me resulte, cuando menos, extraño que, analizando los programas electorales tanto del PSOE, como del PP, de lo que queda de Ciudadanos, de Unidas Podemos, incluso los de ERC y PNV, -me he abstenido, por higiene democrática consultar el de VOX-, haya encontrado, con matices importantes muchas coincidencias; y más en concreto, leyendo el acuerdo entre PSOE-UP, para ofrecer una salida al bloqueo, no existe punto alguno de los 10 firmados que no estuviese ya en los programas de ambos. Deberían explicar con claridad a la ciudadanía por qué antes (durante 6 meses) NO, y ahora en 1 día, SÍ. ¿No será el miedo a perder el poder: los sillones? El abrazo efusivo y excesivo de Iglesias a Sánchez y a toda la concurrencia lo explica todo. Cada uno que haga su interpretación de la vida, compartiendo con la interpretación de los demás, pero prohibiendo aburrir. Hay que hacer soñar a los demás. En su novela “El viaje de Baldassare”, Amín Maalouf, en uno de sus diálogos dice: “Mi joven amigo, no entenderemos nada de la marcha del mundo si imaginamos que los hombres actúan siempre con sensatez. El desatino es el principio masculino de la historia”.

Dicen que la civilización es la violencia domeñada, la victoria siempre inconclusa sobre la agresividad del primate; y los favores del destino tienen un precio. Para quienes se benefician de las indulgencias de la vida, la obligación del rigor en la consideración de la verdad y el diálogo no debe ser negociable; la convivencia, esa riqueza del hombre en el marco de la sociedad democrática, debe ser sagrada. Los elegidos en las urnas, aquellos a los que los hados y los votos les han otorgado la función de gobernar, tienen la misión de respetar lo que los ciudadanos han elegido. Un invento que les debemos a los chinos se llama Hikaru No Go. Es un juego de tablero en el que dos adversarios se enfrentan con piezas negras y blancas, aunque nada tiene que ver con el ajedrez. En el ajedrez, hay que matar para ganar; en el Go, hay que construir para vivir. El objetivo del juego no es comerse al adversario sino construir un territorio mayor que el suyo. Uno de los logros más hermosos del juego es que, para ganar, hay que vivir, pero también dejar vivir al contrincante; es un juego sutil de equilibrio en el que hay que lograr ventaja sin aplastar al otro. Al final, el éxito o el fracaso no son sino la consecuencia de una edificación bien o mal construida. Así debe ser la política construida desde la filosofía y el diálogo; si se teme el mañana es porque no se ha sabido construir el presente, es inteligente aceptar las consecuencias y que sea el otro, el que lo ha sabido construir, quien gobierne.

Una conocida frase de Antonio Gramsci hablaba del “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”. Gramsci recurría con frecuencia a esa consigna; con ella apelaba a la actitud de la izquierda italiana para que se animara a impedir primero y a revertir después el avance fascista: había que acudir a la voluntad, aunque la razón mostrara que todo estaba muy mal, para no dejarse vencer por la adversidad. Pero ¿qué pasa cuando pasa al revés?, cuando se enfrenta el “optimismo de la inteligencia” y un fuerte “pesimismo de la voluntad”. Al optimismo no nos motiva el contexto actual. ¿Se puede proponer una fórmula inversa: una apelación al optimismo de la inteligencia frente al pesimismo de la voluntad? Sería muy útil encontrar razones para el optimismo si el trabajo de los políticos no dividiese la sociedad; al contrario; deben dialogar, pactar y buscar el bien común, ser capaces de ilusionar y no encallar en enfrentamientos y líneas rojas. Hoy, día Mundial de la Filosofía, por responsabilidad, hay que instarles a que dejen a un lado sus intereses personales y partidistas y se entreguen a ese diálogo filosófico del que nos habla el Platón de Lledó y tengamos un gobierno estable lo antes posible. Sabemos que lo más difícil no es generar expectativas, todos prometen muchas, sino saber gestionarlas, pues como escribe un diario de tirada nacional, “la política del éxito no acaba cuando eres elegido, sino consiguiendo el cambio que la gente confía, espera y desea”; pero teniendo en cuenta que sólo puede dialogar -filosofar- aquel que inspira confianza.

“Entre el camino y la meta”: una visión de la política