jueves 24/9/20

“Burbujas políticas”

“Es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre, libre en un sentido nuevo; sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia”.

El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Stefan Zweig


La vida del mítico personaje Sísifo es como una tragedia tradicional, intensa, desesperanzada, incluido el castigo final de los dioses porque no se puede ser libre en contra de ellos. Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer rodando, empujada por Zeus, teniendo Sísifo que retornar a subirla. En su ensayo “El mito de Sísifo” Albert Camus desarrolla la idea del “hombre absurdo”; hombre absurdo es aquel que se muestra perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida; incapaz de entender el mundo; en un mundo despojado de romanticismo, extraño e inhumano en el que se enfrenta en todo momento a la incomprensión y el absurdo, la más desgarradora de las pasiones; como escribe Camus, no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza; ese suplicio indecible en el que el hombre dedica todo su esfuerzo en algo inútil que siempre acaba sin alcanzar la meta: la roca desciende y hay que subirla de nuevo a la cima. Sísifo sólo experimenta la libertad durante un breve instante, cuando Zeus ha terminado de empujar la roca y aún no tiene él que iniciar de nuevo a subirla. Este breve tiempo de libertad ante el absurdo es una metáfora presente en la vida moderna: no existe la esperanza de conseguir su objetivo, su deseo, su propósito; es la realidad de “tantos humanos” que trabajan durante todos los días de su vida en las mismas tareas, sin salir de su “pobreza”, sin alcanzar aquella vida digna y gratificante a la que aspira para él y los suyos. ¿No es ese un destino igual de absurdo? Este absurdo y esta angustia son demasiado pesados para poder sobrellevarlos con optimismo. De ahí la enorme importancia que tiene, como objetivo primero y con el fin de superar ese desolador destino, hacerse y ser consciente del mismo; hacer de su absurda vida un asunto humano colectivo, al que deben poner solución todos los hombres que desean y se saben dueños de su destino.

Si Sísifo se resignó ante la voluntad de los dioses, los ciudadanos que aman la libertad y desprecian el absurdo, no pueden soslayar su asunción de responsabilidades, no pueden permanecer resignados y pasivos ante el arbitrio poco sensato de otros “dioses”, o “gobernantes y poderes” que deciden sobre “sus vidas y haciendas”, de aquellos que se enriquecen pero que mantienen a otros en “sus pobrezas”. Actualizando con una ligera reflexión el mito de Sísifo, hoy no son los dioses del Olimpo quienes dan una patada a la roca para que el personaje de Sísifo (“el hombre absurdo” en palabras de Camus) vuelva a descender la montaña, sino “los dioses actuales” que detentan el poder o los poderes; el empoderamiento, como dice la Constitución, pertenece al pueblo, a todos los ciudadanos y la crítica, la acción y el compromiso por un cambio constructivo son el mejor estímulo para hacer progresar al país y mejorar sus instituciones. La emergencia - y en ella estamos- justifican y exigen los cambios. La vida y la política no pueden ser el resultado de ese juego injusto del “pinto, pinto, gorgorito, a este le doy y a este le quito”. La política, como la vida de cada uno, deben ser una forma de vertebrar y solucionar las necesidades y los sueños colectivos de la ciudadanía; y la filosofía, como pensamiento, sentimiento y análisis, puede ofrecer recursos privilegiados desde los que enfocar ese acervo gigantesco de posibilidades de transformación y cambio que, simplificando, llamamos “política ética”. Bien enfocaba Sófocles qué debemos hacer con esta sabia enseñanza: “quien no haya sufrido lo que yo, que no me de consejos, porque un Estado donde queden impunes la injusticia, insolencia y la libertad de hacer lo que les venga en gana, termina por hundirse en el abismo”.

Cada uno de nosotros está viendo su vida y existencia sacudidas por unas convulsiones pandémicas que están haciendo temblar no sólo nuestro país sino el mundo entero. Sísifo y su historia nos enseñan que todo lo que constituye la evidencia fatalista de nuestra incierta actualidad, no es más que el efecto de hábitos a superar cuyo origen hemos tristemente olvidado: los ciudadanos somos los protagonistas y no la sufrida comparsa de nuestro acontecer y nuestro futuro, al cargar resignadamente con el peso del destino. Para quien tiene miedo, todo son ruidos. Hay que recelar de tantos profetas de calamidades y rechazar la tentación de vuelta al pasado y a tantos anacronismos políticos que constituyen la esencia de esta derecha actual e histórica a la vez. En el fondo, esta debe ser la tarea proactiva de los “nuevos Sísifos”. Como dice Cimbelino en la obra de Shakespeare: “Acojamos el tiempo tal como él nos quiere”. Y el tiempo presente nos quiere ciudadanos críticos, activos, libres, responsables y dignos.

Dando un quiebro intencionado a estas reflexiones y teniendo ante los ojos la “pizarra de la realidad”, la preocupación educativa en el nuevo curso escolar es la de garantizar un regreso seguro en los centros educativos de forma presencial para los 8,2 millones de estudiantes, desde infantil a bachillerato y FP, en un contexto en el que brotes y contagios continúan su escalada ascendente por todo el país; esta preocupación está siendo un reto sin precedentes para el gobierno, las comunidades autónomas, los padres, el profesorado y alumnado y para todo el sistema educativo. Entre los protocolos recomendados para los más pequeños (Infantil y Primaria), está el modelo burbuja en el que los alumnos solo se relacionan entre sí, no con el resto, estando atendidos por uno o dos docentes. De esta forma, si hay un positivo, solo hay que rastrear entre las personas del grupo, en vez de testear y poner en cuarentena a todo el centro. En EE.UU. ha surgido una idea semejante; es “la última moda” entre la comunidad de padres y madres con más recursos, económicamente pudientes de Silicon Valley: los “pandemic pods”. Hay profesores que están dejando su trabajo para insertarse en esta lucrativa alternativa que plantean estas elitistas “burbujas”; consiste en organizar pequeños grupos de entre 5 y 7 alumnos, tutelados por un profesor privado o por los padres en turnos rotatorios, para suplir las carencias de la educación no presencial. Son muchos los expertos que alertan sobre la gigantesca brecha que ahonda la desigualdad social y educativa y la falta de la necesaria socialización que supone el modelo de los “pandemic pods”: los alumnos más pobres difícilmente podrían seguir el ritmo en hogares sin ordenadores o tabletas o sin conexión a Internet y en grupos tan numerosos que es difícil su atención personalizada.

A semejanza de lo que está sucediendo en los centros educativos con el fin de garantizar la seguridad sanitaria de los alumnos, renunciando por necesidad a unos de los objetivos primeros de la educación como es el de la socialización, los partidos políticos, no por necesidad ni seguridad sanitaria, se están convirtiendo en “burbujas políticas”; pero estas “burbujas” no tienen el objetivo de evitar la contaminación del “coronavirus”, sino todo lo contrario, imposibilitar la vida colaborativa y democrática en sociedad; son burbujas incongruentes encerradas en sí mismas e impermeables a los otros, que imposibilitan la empatía social, el diálogo constructivo, la negociación solidaria, la objetiva transparencia. Tenemos la sensación verificable y tangible de que, en la actual democracia española, con esa separación enquistada, con ese encerramiento empobrecedor de “paraísos partidarios, exclusivos y clónicos”, todos los que están en la misma burbuja piensan y hablan con el mismo argumentario y votan lo mismo: lo que diga el líder y lo que al partido le interese para alcanzar o mantenerse en el poder y no a favor del bien común y el interés de las futuras generaciones; con las burbujas políticas la calidad, la salud y la higiene democráticas dejan mucho que desear o brillan simplemente por su ausencia.

En España contamos con un sistema político y mediático particularmente polarizado en el que partidos y medios de comunicación viven en “burbujas” y en un mercado mediático marcadamente partidista

Las democracias sólo funcionan y se sostienen si se dispone de un ingrediente fundamental: la información veraz, imparcial y de calidad y reconocer el error es la forma más inteligente de volver a la verdad. La información es la luz que nos permite ver y juzgar la oscura u opaca gestión de los que gobiernan. Por desgracia, en España esto no es así; contamos con un sistema político y mediático particularmente polarizado en el que partidos y medios de comunicación viven en “burbujas” (algunos las llaman tribus) y en un mercado mediático marcadamente partidista, alineado en trincheras; de ahí que los ciudadanos tendamos a aislarnos también en burbujas ideológicas, seleccionando exclusivamente aquellos medios de comunicación que consolidan nuestras ideas porque coinciden con nuestra forma de pensar y ver la realidad. Las tribus, las burbujas, las trincheras necesitan pensadores, periodistas, incluso fanáticos, para poder respirar, para no asfixiarse dentro de sus refugios, de sus argumentarios, para arar sus huertos mentales y, hechizados, fertilizarlos con sus dogmas colectivos en los que poder vivir y desarrollarse y poder mantener la burbuja o el refugio. Hoy los españoles suelen informarse por los medios ideológicamente afines, tienden a rechazar los mensajes de la burbuja rival y los medios de comunicación a su vez se atrincheran e identifican con los partidos políticos de su onda y por tener unos patrones de consumo muy condicionados por las lealtades partidistas. Basta ver algunos programas de tertulias políticas en las que -tal como se sitúan algunos tertulianos, a la derecha o la izquierda del conductor del programa-, se adivina de antemano cómo se van a posicionar unos y otros con estrategias y argumentos de juego sucio para desacreditar y debilitar al adversario.

The Social Dilemma (El dilema de las redes sociales) es un inquietante documental de Netflix que nos muestra el lado oscuro de estar siempre conectados a las redes; su tesis es que las redes sociales poseen más información sobre cada usuario de lo que él jamás pudiera imaginar; conocen lo que hace, qué fotos mira en el móvil, cuántos segundos exactos se detiene en cada una, cuándo se siente solo, cuándo está deprimido y cuáles son las neurosis que le acompañan; eso las ha convertido en las empresas más ricas del planeta. Las redes sociales son máquinas de hacer dinero; lo tienen claro: si su servicio al que te enganchas es completamente gratis, tu información y tus datos son su negocio; si el ciudadano no paga por el producto, al conectarse, él es el producto. El documental es un aviso para quien quiera oír hablar a algunos de los grandes cerebros arrepentidos fugados de las garras de Silicon Valley. Los “cerebros arrepentidos” (como llaman a Tristan Harris, ex diseñador ético de Google, Tim Kendall, director de monetización de Facebook, Justin Rosenstein, inventor del botón “Me gusta”, Guillaume Chaslot, creador de la infraestructura de videos recomendados para YouTube, Jaron Lanier pionero en el campo de la realidad virtual, etc,...) explican con detalle que el objetivo final de las redes es muy sutil y elaborado: consiste en construir patrones de comportamiento capaces de predecir lo que una persona hará a continuación para conseguir moldearla y manipularla con otras sugerencias. Quien mejor consiga afinar el modelo, sugieren, tendrá más éxito. Los algoritmos intentan encontrar agujeros negros potentes para condicionar las conductas; pueden leer la mente del usuario para adivinar y determinar quién es en realidad hasta convertirle en un adicto. En definitiva, las redes sociales organizan nuestras vidas: facilitan la polarización de la política en burbujas sociales y son eficientes en conseguirlo. La polarización y el tribalismo en el que introducen a los usuarios las redes sociales (twitter, Facebook, Instagram, LinkedIn o aplicaciones como Snapchat…) están dividiendo, incluso destruyendo, las propias relaciones sociales.

No hay duda de que tal polarización que comportan las burbujas y las trincheras políticas tiene importantes consecuencias para la calidad de nuestra democracia. La conclusión a la que llegamos gran parte de los ciudadanos es que, los políticos en “burbujas” son más inmaduros y fatuos de lo que parecen; aparentan una superioridad económica, moral y política en la gestión que impide cualquier acercamiento ni siquiera en grado de indiferencia; vetan cualquier iniciativa o propuesta de mejora social si no surge de su trinchera; los militantes políticos en “burbujas”, se hallan sometidos a estructuras poco democráticas; en la burbuja, prima la voluntad o el capricho de sus líderes, que son los que tienen el poder y así lo ejercen, con el fin de mantener su estable autoridad jerárquica; es lo que, como oxímoron y eufemismo, se llama “autoritarismo democrático”.  Cuando se hallan separados de la gestión del poder, se muestran dolidos, envidiosos, negacionistas, hipercríticos. Si ellos no gobiernan, anuncian el Apocalipsis y como otros “Moisés”, amenazan con la aparición de “las plagas de Egipto”. La envidia, uno de los siete pecados capitales, vicios mencionados en las primeras enseñanzas del cristianismo para educar a sus seguidores acerca de la moral cristiana, es hoy un pésimo defecto político. La envidia política se ha convertido en la religión de los mediocres. El envidioso te observa con rencor, buscando siempre el fallo, el defecto… Si te lo encuentra, lo aumenta; si no, se lo inventa. El político, torturado por la envidia, trata de destruir al contrario a través de la persecución abierta, con la descalificación o la calumnia. Su objetivo es siempre el mismo: perseguirle y criticarle, con o sin razón; conduce su energía a destruir las oportunidades del contrario. Considera que lo que el otro tiene solo a él le pertenece y, si lo ha conseguido, ha sido sin merecerlo y sin esfuerzo: le consideran “okupa”; se alegra si fracasa o niega y minimiza sus éxitos. Cuando los partidos políticos consideran a los contrarios enemigos, se parapetan en trincheras como en la guerra, y en esa “burbuja” de odio y enfrentamientos siempre tiran a abatir al enemigo, anulando cualquier armisticio y la colaboración en buscar puntos de encuentro, ignorando que los valores democráticos no entran en los pactos, no son negociables, como no lo es retroceder al pasado, ni la pérdida de derechos, ni las libertades, ni la solidaridad, ni la violencia de género, ni la aceptación de silenciar u ocultar los delitos... Me lo confirma una vez más al escuchar, hoy, miércoles 16 de septiembre, la sesión parlamentaria del control al gobierno: produce sonrojo y sana indignación. Viven en la superficie de la realidad sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y la vida diarias de los que sufren, de los marginados, de los indefensos, de los que, como decía Galeano, “son los nadie”. Una vez más se puede concluir que “sus preocupaciones y problemas” no son las preocupaciones y problemas de los ciudadanos.

Las miserias humanas no impiden la historia, pero sí la pueden destruir. Uno de los mayores valores del político es que la sociedad sepa qué va a hacer y cómo, cuándo y por qué lo va a hacer. Para ser creíbles es importante tener como ciertas y seguras que sus promesas y palabras se van a cumplir, que sea real y no fingidamente transparente, que rinda cuentas de ellas, no sólo en momento de exaltación, cuando las emociones y los sentimientos están a flor de piel, sino de manera continua, cuando los focos de las emociones se han apagado. En tiempos de incertidumbre como los actuales, muchos políticos sufren hoy la repulsa ciudadana precisamente por la falta de congruencia y coherencia entre su discurso y su gestión; mucho de lo que dijeron que harían no lo han hecho, y muchas cosas que antes condenaban con rigor y que prometieron no hacer, hoy las llevan a cabo, sin el menor rubor. Se consideran inmunes e impunes. Las promesas de “cambio y regeneración” que lograron ilusionar a muchos ciudadanos y crearon grandes expectativas en sus campañas electorales, hoy producen decepción, porque, además de las mentiras y posibles y conscientes engaños que urden en sus campañas “las burbujas políticas”, con ese ojo clínico y aguda palabra que tiene el pueblo hay que recordarles que “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”. La incoherencia y la falta de credibilidad políticas son hoy la causa, y no otra, de la gran decepción ciudadana. Sostenía Francis Bacon que “el cumplimiento de las promesas que se hicieron vale más que la elocuencia con las que se prometieron”. No es una frivolidad recordar lo que hacían los romanos con los ciudadanos desleales o traidores a Roma, decretarles la “damnatio memoriae”, decreto por el que se ordenaba borrar todo rastro de su historia. Teniendo en la memoria la deslealtad con la que algunos políticos de “burbujas” se comportan en su gestión, repetir el decreto romano no estaría de más, o grabar en el frontispicio del Parlamento, para recuerdo permanente de sus señorías, lo que dice el artículo 1,2 de la Constitución: “que los protagonistas de la vida política son los ciudadanos y exigirles que no puede haber política sin ética”.

De nuevo traigo en esta reflexión final a Sísifo, resignado a una vida absurda ante la voluntad de los dioses. Según cuenta la mitología griega, esos dioses, celosos de su belleza, regalaron a Pandora, una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás debía abrirla; la curiosidad pudo más que ella y finalmente abrió la tapa para ver su contenido, liberando en el mundo -según cuenta el mito- las grandes calamidades; pero cerró la caja justo a tiempo de evitar que se escapara de ella la esperanza, el único remedio que hace soportable las miserias de la vida. Contemplando hoy las “burbujas políticas” en la que se gestiona nuestras vidas y la democracia, ¿es posible alentar la esperanza? Decía Sófocles que “nada importante acontece en la vida de los mortales sin que la desgracia se mezcle en ello”; pero los ciudadanos que amamos la libertad y despreciamos el absurdo, no podemos permanecer resignados y pasivos ante el arbitrio poco sensato de nuestros “dioses gobernantes”. Debemos tener el valor y la palabra para decírselo y que ellos lo entiendan.

“Burbujas políticas”