Lunes 17.06.2019

Aprender a aprender, aprender a dudar

 “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo
se debe a que los ignorantes están completamente seguros
y los inteligentes llenos de dudas”.

Bertrand Russell


Qué decepción produce contemplar a aquellos partidos que venían a regenerar la democracia pero que, en el juego perverso de los pactos, lo harán hasta con el diablo

Teniendo como límite el próximo sábado 15, día en el que deberán formarse los ayuntamientos de toda España, estando hoy, 10 de junio, cuando escribo estas reflexiones, cerrados ya los pactos y acuerdos entre partidos y su repercusión a nivel autonómico y estatal, sin abdicar del “principio de realidad”, pero tampoco de la ilusión por “la utopía”, ¡qué decepción produce contemplar a aquellos partidos que venían a regenerar la democracia, a traer aire fresco a la política, pero que, en el juego perverso de los pactos, allí donde les conviene, lo harán “hasta con el diablo”, sin pizca de vergüenza alguna, sin pedir perdón y sin disculparse ante nadie, ni siquiera ante los que les han votado para otras cosas.

En la representación que es hoy la política, al abrir el telón, descubrimos que el argumento de la obra no trata “sobre los programas que ayudarán a mejorar la vida de los ciudadanos -para eso nos pidieron el voto- sino sobre el poder y los sillones que ansían ocupar”. ¡Qué fácil les resulta a algunos políticos cambiar “en horas veinticuatro”, como veletas, de tragedia a drama, de drama a comedia y de comedia a farsa! Así lo decía Quevedo en “Epicteto y Phocílides”: “No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes / y que todos en él somos farsantes”. Recordamos aún aquel machacón mantra de Julio Anguita: “¡Programa, programa, programa!”, hoy convertido para nuestros políticos en “¡sillones, sillones, sillones!”.

No son estos tiempos para la neutralidad y las componendas, sino para la crítica razonada. Sin pesimismo, -ya es uno mayor para la decepción-, mi percepción es que la política y su democratización y transparencia no están determinadas por las estructuras económicas y las preocupaciones sociales, sino que dependen de las miserias humanas y, más concretamente, de las ambiciones estratégicas de los actores políticos. Habría que apelar a su memoria y, pensando en Maquiavelo, recordarles que la verdadera política no encuentra su sentido en el deseo y ambición de poder, sino en el impulso a participar en ella para construir una democracia sólida en el marco de una sociedad más equitativa; abriendo ventanas de oportunidades para los ciudadanos, afrontando los retos que hagan más justa, solidaria y digna sus vidas; para hacer más y mejor por los que menos tienen; no para ser servido sino para servir; en la que impere el diálogo y la participación ciudadana; asumiendo las responsabilidades políticas, incluida la dimisión ante la corrupción; con honestidad en la búsqueda de la verdad, por parte de los políticos y los medios de comunicación, pues, cuando se da el vacío de la verdad, al final lo ocupan aquellos rumores que distorsionan la realidad.

Contra los dogmas y los prejuicios, hay que esgrimir los valores de la tolerancia, el respeto y la verdad. Los prejuicios y las actitudes dogmáticas (o fanáticas) conducen siempre a interpretaciones erróneas de la realidad; dificultan el reconocimiento de la vida en sociedad; vida que se desarrolla en un entorno compartido, impregnado por la cultura y el lenguaje; ese mundo que es el que está entre nosotros, el que nos separa y nos une a la vez; el que nos condiciona y nos constituye como sociedad compartida y plural.

En una democracia participativa y no simplemente representativa, la fuerza operante de la sociedad en la que vivimos, no es sólo la de los políticos sino la de la voluntad libre de los ciudadanos que son los protagonistas de la historia

Hay que decir alto y claro que no estamos condenados por un determinismo histórico; el futuro, lejos de estar decidido irremediablemente, debe ser siempre reino de libertad, abierto, aunque inseguro, pero en progreso y avance, dependiendo de los análisis sensatos que realicemos y sobre sus consecuencias; de ahí la importancia que tiene saber a quiénes damos nuestro voto y qué van a hacer con él. En una democracia participativa y no simplemente representativa, la fuerza operante de la sociedad en la que vivimos, no es sólo la de los políticos sino la de la voluntad libre de los ciudadanos que son los protagonistas de la historia. Ese es el sentido que tiene el título de estas reflexiones: “tenemos que aprender a aprender y, a su vez, aprender a dudar”.

En el necesario cuadro de toda sociedad democrática, el lienzo no puede ser otro que la educación, sobre él, todo es posible, sin él todo se hace líquido, en expresión de Bauman: “El invariable propósito de la educación era, es y siempre seguirá siendo, la preparación de los jóvenes para la vida. Una vida de acuerdo con la realidad en la que están destinados a entrar”.

No podemos desprendernos de la realidad en la que estamos y vivimos, el problema es cómo conocerla y cómo utilizarla. Aunque parezca una contradicción, la realidad es cada vez más irreal. Lo que otro tiempo parecía propio de los relatos y de las historias de ficción, es ahora parte de la cotidianidad, del día a día, cargado de hostilidad, confrontación e irracionalidad. No invita al optimismo. En las pasadas elecciones, aunque sin concretar demasiado y sin compromisos claros, todos los partidos se han reafirmado en el papel fundamental y necesario que la educación tiene en toda sociedad. Una educación que no se circunscribe sólo a la familia y la escuela, sino que supone un aprendizaje permanente a lo largo de la vida; implica el constante desarrollo de las habilidades que una persona puede necesitar a lo largo de su trayectoria vital para formar parte de una ciudadanía activa, positiva, motivada e integrada, tanto a nivel profesional como personal.

De ahí que el aprendizaje permanente se haya convertido en una necesidad para todos los ciudadanos. Necesitamos mejorar nuestras aptitudes y competencias a lo largo de toda nuestra vida, no solo para realizarnos personalmente y ser capaces de participar activamente en la sociedad en que vivimos, sino también para poder tener éxito en un mundo laboral en constante evolución y competitividad y con claros y amenazantes riesgos de exclusión. La Unión Europea, tan necesitada también de afrontar no pocos riesgos de pérdida de aquellos valores y objetivos para los que fue fundada, intenta ofrecer a los Estados miembros y a sus ciudadanos un marco de referencia y los resortes necesarios para una sociedad cambiante, globalizada y digital.

Es la recomendación del Parlamento Europeo y del Consejo en diciembre de 2006 sobre las competencias básicas para el aprendizaje permanente. Es un programa de cooperación política en el ámbito de la educación y la formación; identifica y define por primera vez a nivel europeo las competencias clave que los ciudadanos necesitan para su realización personal, inclusión social, ciudadanía activa y empleabilidad en nuestra sociedad basada en el conocimiento. Su objetivo es que los sistemas de educación y formación inicial de los Estados miembros promuevan el desarrollo de dichas competencias entre todos los estudiantes y que, a su vez, la educación y la formación ofrezcan también a los adultos verdaderas posibilidades de aprender y mantener esas aptitudes y competencias. Acentúa aquellos aprendizajes que se consideran imprescindibles, desde un planteamiento integrador y orientado a la aplicación de los saberes adquiridos; porque si en algo consisten los “saberes” es para “saber aplicarlos”.

Estamos viviendo momentos de extremismos, antagonismos y confrontaciones, en todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político

El objetivo que persiguen las ocho competencias básicas que establece el marco de referencia europeo consiste en educar en el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de iniciativa, la resolución de problemas, la evaluación del riesgo, la toma de decisiones y la gestión constructiva de la sociedad y de los sentimientos. Una de ellas consiste en “aprender a aprender”; supone disponer de las habilidades necesarias para iniciarse en el aprendizaje y ser capaz de continuar aprendiendo de manera cada vez más eficaz y autónoma de acuerdo a los propios objetivos y necesidades; conlleva aprovechar las oportunidades disponibles y la capacidad de superar los obstáculos con los que se enfrenta en la vida. “Aprender a aprender” posibilita poder apoyarse en las experiencias y aprendizajes adquiridos con el fin de saber aplicarlos en nuevas situaciones y contextos; para ello son cruciales la motivación y la confianza.

Poco o nada “han aprendido a aprender” de nuestra transición democrática los actuales políticos cuando tienen tanta dificultad para los pactos, pensando en sí mismos y no los ciudadanos, activando tantas irracionales exclusiones. Estamos viviendo momentos de extremismos, antagonismos y confrontaciones, en todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político. Cordura, sensatez, moderación, reflexión, son conceptos que escasean; ser moderado, reflexivo, sensato, carece de atractivo y no sirve para dar titulares. El economista y politólogo Josep M. Colomer, en “La transición a la democracia: el modelo español”, pone énfasis en que nuestra transición fue moderada y bastante ejemplar; el recuerdo de la guerra civil, mantenido vivo a lo largo de generaciones, movió a los ciudadanos y a los actores políticos de entonces a la prudencia, al diálogo y al pacto y no a la confrontación; los actores maximalistas (los que siempre prefieren el “todo o nada” a soluciones intermedias) fueron escasos y débiles y el pluralismo existente entonces permitió establecer pactos en mutuo beneficio; lo sintetiza en esta frase: “hubo reconciliación nacional, con amnistía para los antifranquistas y una cierta amnesia para los franquistas”.

En cambio, contrasta hoy con una realidad en la que predomina la ambición de poder, el corporativismo, el clientelismo, las imposiciones unilaterales, las decisiones excluyentes y la incapacidad para el diálogo. Ni la moderación ni la prudencia son hoy la norma; alimentamos una democracia de baja intensidad, una política poco ponderada, cortoplacista y electoralista, en la que se propicia la economía de consumo, con una realidad en la que el factor característico es la precipitación; en la que el análisis político se resuelve en la corta pirueta de un “twitt”; en la que la falta de reflexión no incita a activar ningún mecanismo que nos interrogue sobre el porqué de lo que hacemos y sucede. Una sociedad cabreada y acelerada, en la que mandan las redes sociales, en la que la mayor parte de las noticias pierden interés con la misma rapidez con la que se convierten en el tema más mediático (trending topic) durante unos días, aunque ninguna de ellas lo merezca, mientras las redes sociales echan humo y las cadenas mediáticas y tertulianos se sienten con la obligación de hacerse eco de ellas. ¡Frivolidad, vanidad e ignorancia! Alertaba Hannah Arendt en su obra “La banalidad del mal” que “para causar un gran mal no es necesario un mal corazón”, aplicable a nuestros políticos.

Es necesario “aprender a aprender”; aprender tantas cosas: el diálogo y no el monólogo, a incluir y no excluir, a pactar y consensuar, a pensar en los demás y no en sí mismo, a buscar soluciones y no confrontaciones, a respetar al diferente, a escuchar y reflexionar antes de decidir precipitadamente, a dimitir cuando la gestión es un fracaso y no hay alternativa, a decir la verdad sin escudarse en las medias verdades o relatos a conveniencia, a favorecer el pluralismo, la tolerancia, la negociación, las decisiones que pueden ser reproducidas, imitadas, adaptadas o aplicadas en contextos plurales y distintos, pero siempre con la voluntad de vivir en paz y en libertad. Y si es necesario “aprender a aprender”, como sostiene el Parlamento Europeo, también es necesario “aprender a dudar”.

15M indignadosNuestra filósofa, catedrática y Consejera Permanente del Consejo de Estado, Victoria Camps, en una de sus obras “Aprender a dudar”, nos aclara que dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes. La duda no significa indecisión; al contrario, nace como respuesta contra la complacencia tranquilizadora de las verdades absolutas e irrefutables. La duda razonable alimenta la reflexión que facilita poder ver la realidad desde una pluralidad de perspectivas posibles. Es la sensata actitud contra la insensata credulidad y la necesaria flexibilidad en toda argumentación. Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y prejuicios, cuestionarse lo que se ofrece como incuestionable. No para rechazarlo sin más, -sería volver a la confrontación- sino para examinarlo, analizarlo, razonarlo y decidir qué hacer con ello. Debería ser la actitud que acompaña siempre al uso de la libertad, pues, como dijo Stuart Mill, “no es libre el que se limita a sumarse a la corriente mayoritaria, sino el que examina antes si es una corriente interesante”. La tiranía de la mayoría, según Alexis de Tocqueville, es uno de los peligros de la democracia, una amenaza a esa libertad individual que defendemos con tanta vehemencia frente a las “mordazas” que tratan de imponer los poderes públicos.

“Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”, recomendaba Ortega. Algo parecido decía Unamuno: “la verdadera ciencia enseña a dudar y a ser ignorante”. No en vano una de las posturas más inteligentes reconocida en la historia del pensamiento es la “duda metódica cartesiana”; es la hipotética expresión de una actitud de cautela para alcanzar la verdad; consiste en aplicar la duda a la escasa fiabilidad de los sentidos: ¿son las cosas tal y como las percibimos?; es posible que confundamos la vigilia con el sueño, estado en el que creemos verdaderas realidades que no son más que ilusiones. Su método puede sintetizarse en esta regla: no admitir como verdadero nada que no sea evidente, es decir, nada que pueda ponerse en duda. Con otras palabras, dudar no es más que esa inteligente actitud de transformar los dogmas en cuestionables opiniones; en situarse en el sano espacio de la incertidumbre. La incertidumbre y su hermana, la curiosidad constituyen los cimientos de todo avance en el conocimiento; la excesiva certeza, en cambio, es como el vestido, que dependiendo de quién se lo ponga, lo embellece o lo disfraza. Lo decía Octavio Paz: “Aprender a dudar es aprender a pensar”; con cuya frase nos invita a dejar de lado demasiadas certezas, dogmas y argumentarios, sin aferrarse a lo que uno creer tener como verdades inamovibles, abriendo las puertas de la mente y buscar respuestas a partir de preguntarse. Se dice que de la dogmática certeza nacen la soberbia y la arrogancia mientras que de la duda y la incertidumbre nace la humildad. Por eso se inventó la democracia como la mejor forma de gobierno porque, si el político es verdaderamente demócrata, se siente moralmente obligado a contrastar opiniones y a escuchar al otro.

En estos tiempos de pactos, la experiencia nos enseña a dudar; con su ambición algunos políticos dan al traste con la ilusión que sus promesas electorales despertaron en muchos ciudadanos

Acabo. El “Breviario de los políticos”, atribuido al poderoso cardenal Mazarino, regente de Francia en la niñez de Luis XIV, es un descarnado y cínico manual de comportamiento para conseguir el poder y conservarlo; un breviario lleno de agudeza, obra de un gran observador, de un psicólogo que lo viera todo desde la perspectiva de quien quiere conseguir el poder, mantenerlo y agrandarlo; es una inteligente sátira de un mundo en el que las virtudes tradicionales que deben poseer los políticos, son sustituidas por otras en las que la consecución de los objetivos personales eclipsa cualquier consideración de orden moral. Su “Breviario” es un manual para “aprender a aprender y, a la vez, aprender a dudar” de que lo que algunos políticos dicen y prometen; mas, una vez aupados en los sillones del “poder”, dejan de cumplir lo que dijeron y prometieron.

En estos tiempos de pactos, la experiencia nos enseña a dudar; con su ambición algunos políticos dan al traste con la ilusión que sus promesas electorales despertaron en muchos ciudadanos. Han aprendido bien los consejos del cardenal: “No reveles a nadie tus verdaderos sentimientos. Maquilla tu corazón como se maquilla un rostro. Que las palabras que pronuncies, y hasta las inflexiones de tu voz, compartan el mismo disfraz. No olvides nunca que la mayoría de las emociones se leen en el rostro. De modo que, si tienes miedo, reprímelo repitiéndote que eres el único que lo sabe. Haz lo mismo con los otros sentimientos”.

Así de contundente, calculador y directo fue Julio Mazarino. Y así de contundentes y calculadores se están mostrando nuestros políticos en estos tiempos de pactos.

Aprender a aprender, aprender a dudar