jueves 09.04.2020

La adulación o “El rey va desnudo”

“Es mejor incordiar con la verdad que complacer con la adulación.
La adulación es un veneno que corroe la integridad”.

Séneca


François Fénelon en su mordaz crítica a las políticas de Luis XIV, el Rey Sol, en su la novela “Aventuras de Telémaco”, le recordaba que “un rey está perdido si no rechaza la adulación y no prefiere a los que dicen audazmente la verdad”. Recuerdo las palabras que a otro rey más cercano en nuestra historia, en noviembre de 1975, le dirigió el Cardenal Tarancón a Juan Carlos I en la homilía de la misa de su coronación en la Iglesia de los Jerónimos; le brindó el apoyo de la Iglesia sin pedir privilegios a cambio, desmarcándose del papel desempeñado por la misma durante la dictadura de Franco; le pidió que fuera el rey de todos sin distinciones con el fin de unir a todos los españoles para abrir el camino hacia la democracia; le animó a iniciar un “proceso” que lleve hacia la igualdad social y económica, porque será así cuando el camino hacia la democracia sería posible y sin obstáculos. Finalizó con esta exhortación: “Majestad, ¡no dejéis que la adulación entre en vuestra casa!”. Analizado su reinado y el comportamiento posterior de la jerarquía de la Iglesia, parece que no le hicieron demasiado caso.

A lo largo de la historia ha habido gobernantes cuyo poder ilimitado les ha permitido cometer actos terribles contra su propio pueblo. Para evitarlo, han ido apareciendo en Europa diversos intentos de limitar el poder político, pues no todo se le podía permitir al rey. Uno de los principales defensores del “gobierno con limitaciones” fue John Locke, reconocido filósofo inglés para quien el poder político es un depósito confiado por los ciudadanos a los gobernantes, administradores al servicio de la comunidad, cuya misión consiste en asegurar el bienestar y la prosperidad. Sostenía que no era bueno el que los gobernantes acumulasen mucho poder; para evitar que se extralimiten, es importante que el gobierno esté dividido en distintos poderes que se contrapongan, los llamados “regímenes con poderes limitados”: el Estado debe sostenerse en los principios de soberanía popular y legalidad, respetando los derechos de todos los ciudadanos. Apostó por la separación de poderes entre el poder legislativo y el ejecutivo, algo que más tarde ampliaría Montesquieu. Considerado uno de los padres del liberalismo y del empirismo y una de las principales influencias de la política moderna, describió una categoría particular de personajes que se caracterizan por un vicio específico, la “flattery” (“adulación”), especialmente nocivos para “los poderes o regímenes limitados”. Según Locke los “aduladores”encienden el deseo desmedido por el poder y, por ende, desestabilizan los regímenes de poderes limitados. La adulación -escribió- es un tipo de “abuso de confianza” en el que el adulador induce al engaño al adulado, atribuyéndole capacidades o virtudes de las que carece con el fin de obtener alguna ventaja; para Locke los aduladores poseen un rol perverso al provocar un desmedido deseo por el poder; de ahí que quisiera desenmascararlos, exponiéndolos al ridículo mediante la ironía y el desprecio. 

Una de las consecuencias de la adulación es que puede conducir al narcisismo. Erich Fromm, psicólogo social y filósofo humanista, describe al narcisista como persona que se caracteriza por un comportamiento grandilocuente, antisocial, con aires de grandeza, falto de empatía y obsesionado en obtener la lealtad de quienes le rodean. Según la psiquiatra neozelandesa Mila Goldner-Vukovel narcisismo es un trastorno de personalidad con consecuencias que pueden ser graves cuando aparece en el escenario político; John Gartner, psicoterapeuta del hospital Johns Hopkins en Baltimore, reputado escritor de biografías sobre políticos, opina que Donald Trump presentaría este trastorno. Razón tenía Plutarco, filósofo griego, al afirmar que, si “los cazadores atrapan las liebres con perros, muchos hombres atrapan a los ignorantes con la adulación”.

Es curioso observar con qué facilidad el ser humano se deja convencer y actúa por vanidad o codicia, dos pasiones que mueven el mundo y que pueden dar por buenas las mayores aberraciones y estupideces; si añadimos la ignorancia, la falta de información, la adulación, el servilismo, la ambición o la necia credulidad, tendremos la explicación de muchos de los silencios exigidos en todo lo referente al poder, tanto en la monarquía, como en los poderes económicos o en los líderes políticos. Mientras existan quienes que adulan al poderoso y silencien sus errores, existirá la posibilidad de que se crea con el derecho a todo, incluso a no importarle las consecuencias de sus actos y mentiras. Los halagos satisfacen a quienes los reciben; bajan sus defensas hasta confundir las verdaderas intenciones y veleidades de quienes los halagan. La adulación no existiría si no hay otro que la demanda. El adulador o es un necio o tiene una “agenda secreta”, adula porque quiere obtener beneficios. 

El conjunto de citas electorales que hemos tenido en estos meses y que se han cerrado con las municipales, autonómicas y europeas, ha confirmado la dispersión del voto; la consecuencia es que los pactos ocultos, las groseras triquiñuelas y la escasa transparencia con que nos obsequian a diario han hecho patentes lascontradicciones a las que mueve el ansia de poder: los sillones mandan. El mundo es un escenario y todos los que en él estamos, actores. Ya Calderón, en su auto sacramental “El gran teatro del mundo”, representaba la vida humana como un teatro donde cada persona representa un papel, aunque la imagen de la vida humana como un teatro es una imagen ya conocida desde la antigüedad hasta la literatura española de nuestro Siglo de Oro. Con el símil calderoniano y sin aceptar el determinismo filosófico que aminora la voluntad, todos tenemos un papel que interpretar según el destino elegido, condicionado por las circunstancias, la educación y las relaciones personales. Pero en la vida, como en el escenario, es importante saber diferenciar al actor de su papel, lo que es la persona y lo que representa, para no caer en el engaño; y así como en el teatro el peor actor puede interpretar al rey y el mejor, al mendigo, también puede suceder en la vida y en la política, que una mala persona aparente ser buen político. El error en la vida es confundir al actor con su papel. ¡Qué sabia es la expresión popular “que no te den gato por liebre”! Lo estamos experimentando en estos días: los políticos prometen “oro”, pero dan “oropel”, mercancía dañada; aparentan mucho, pero, analizados, ¡qué poco valen!

Escuchando la superficialidad de algunos discursos, las abundantes mentiras, los contradictorios razonamientos, los argumentarios vacíos y la frivolidad con la que los exponen para justificar o rechazar los pactos, ¡a cuántos ciudadanos les surge esa frase convertida ya en tópico: “los políticos nos toman por tontos”!. Machacan el sentido común e intentan rallar el disco duro de la inteligencia ciudadana. Hay políticos que, al hablar y utilizar los significantes de las palabras intentan a su vez apropiarse en exclusiva del significado unívoco que encierran. Ávidos de poder, pretenden olvidar lo que en otro tiempo decían: abominaban de los “pactos de perdedores” y exigían, como la “quintaesencia de la democracia”, que “debe gobernar la lista más votada”. En estos tiempos de pactos da grima verlos compitiendoacerca de quién dice más estupideces. Nos toman por tontos, pero, realmente, los necios son ellos. La conclusión es clara: de tontos, nada, los ciudadanos cazan sus mentiras al vuelo.

¿Quién no conoce uno de los cuentos más famosos de Hans Cristian Andersen“El Traje Nuevo del Emperador”? Refleja el embuste lisonjero y la cómoda irracionalidad destapada por la inocente exclamación de un niño: “¡El rey va desnudo!”. Fue publicado en 1837 como fábula y se ha mantenido vivo a lo largo de los años por su carga simbólica y las reflexiones que sugiere. Andersen ironiza sobre lo fácil que resultad explotar la debilidad del poder mediante “la adulación”. Citando de nuevo a Fenelón“¡cuán infeliz y soberbio es aquél que se cree que está por encima del resto de los hombres!” Echar una ojeada al mundo de la adulación es abrir una ventana a la impostura y al desorden intelectual y moral con el que se maneja la sociedad con el poder, económico, religioso, político o social, y con quienes lo detentan. ¡Qué fácilmente los halagos sustituyen a la verdad, la exaltación a la reflexión y la lisonja al análisis equilibrado! Con una caricatura gráfica -Forges era un maestro- se representa al adulador doblando tanto el espinazo hasta darse de bruces con el felpudo.

Ante la clara pérdida de nuestra visión del futuro, razón tenía Ortega cuando diagnosticaba esta coherente contradicción: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. No significa que tengamos incapacidad para analizar la realidad, sino que tenemos miedo o cobardía a que, analizada, descubramos lo que no queremos saber. Es un llamamiento al silencio: preferir la ignorancia a la verdad, ocultar lo que somos por miedo o vergüenza a descubrirlo. Cuenta la biblia que la mujer de Lot, al huir de Sodoma, cometió la imprudencia de mirar hacia atrás y, al instante, se convirtió en estatua. Es la real metáfora que le está sucediendo a Rivera y a Ciudadanos pactando el retorno al pasado con VOX. Es la paradoja a la que se enfrentan después de sus ocultos pactos con VOX; han petrificado sus promesas de cambio y regeneración: niegan la realidad y racionalizan la negación para justificar que no han aceptado ni pactado la deriva política que representa tal cercanía; es el fruto de una cobardía complaciente y vergonzante. 

Resulta cómico ver cómo Albert Rivera y Ciudadanos se esfuerzan por marcar distancias con la extrema derecha, con VOX. Se ponen de perfil haciendo creer que ellos solo han negociado con el PP y que es el PP el que pacta con Vox; pero lo cierto es que, sin ellos, no habría gobierno posible de la derecha. Sin VOX, Marín no sería vicepresidente en Andalucía, ni Villacís vice alcaldesa en el Ayuntamiento de Madrid. Se dice que cada uno es dueño de sus decisiones; a tenor de las decisiones que está tomando Ciudadanos, sobre todo en Madrid, si su objetivo era “la regeneración democrática”, Rivera se ha convertido en la clave de bóveda de apoyo a la más notable de las corrupciones que representa el partido popular. Hacer caso omiso de las críticas ciudadanas y las deserciones de los suyos, les va a resultar un empeño imposible e inútil y un gran coste político. Porque es evidente que pactar con VOX es una abdicación de sus principios, constituye la degradación y negación de lo que decían ser y del contenido de su proyecto político. No es un accidente inevitable ni un simple error circunstancial, es una traición a lo que “prometieron” y que mucha gente creyó, pero que les sonrojará la cara en el futuro; de aquí en adelante no podrán decir que “viven en la verdad y que para eso están”. Vivir en la verdad se enmarca dentro de otra labor mayor: “luchar contra la mediocridad y la mentira”; y la mediocridad y la mentira no son otra cosa que buscar fama y poder como están llevando a cabo Rivera y sus “Ciudadanos”, por encima de la honesta ejemplaridad y la prometida coherencia.

En el marco de la evidente crisis que atraviesan, el viernes, día 28, Ciudadanos ha celebrado un Consejo General. Sus 160 miembros no le han dado problemas a su líder, al “escondido en combate” Albert Rivera. Todos ellos son sus dirigentes afines al haber sido presentados y elegidos en la lista oficial. Rivera se cree“Demóstenes”, líder “hiper personalista”, dispuesta a cargarse a quien se atreva a plantear su sucesión, duro, impulsivo y despectivo con los disidentes (dispuesto a cesar este verano a 500) pues según el artículo 25 de sus estatutos “el líder del partido tiene la potestad de llevar a cabo los ceses que estime oportunos”. Su fingido discurso ha sido extremista, de confrontación, carente de sentido de Estado y moderación, de “adolescente caprichoso”como le definió Carreras; la síntesis ha sido: “¡A ver si alguien se va a creer que tiene razón que no sea yo!”. Su intervención, un conjunto de reflexiones simplistas, cargada de obviedades facilonas y mentiras, incapaz de autocrítica y con la guadaña preparada para cargarse a los críticos, invitándoles a que presenten otro partido. Utilizar palabras bonitas y frases rebuscadas no hacen un buen discurso: “Somos un partido de valientes, un partido de gente libre. Esa es nuestra fortaleza y jamás perdamos esos valores: libertad y responsabilidad. ¡Vamos, ciudadanos!”. Olvida Rivera que demagogia y dogmatismo empobrecen las ideas. Parecía Escrivá de Balaguer que, rodeado de incondicionales y entregados discípulos, sentados en torno al “santo” del Opus, aplaudían embobados las ñoñas doctrinas del maestro. 

El viernes, en la Sexta columna de la SextaTV, con motivo del 50 aniversario de la designación por Franco de Juan Carlos de Borbón como su sucesor a la Jefatura del Estado, hemos visto el momento en el que las Cortes de entonces aplaudían al dictador entusiasmados. Según un proverbio árabe, “si alguien te aplaude, no presumas hasta saber quién fue”. Así han aplaudido hoy a Rivera los asistentes a su Consejo General. ¿Objetivo del Consejo?, frenar “la rebelión en la granja” (como en la obra de Orwell, un análisis de la corrupción que puede surgir tras conseguir el poder), y zanjar el debate interno, además de recibir las alabanzas de “sus felpudos” (ya se sabe que quien se mueve no sale en la foto). Bien lo ha demostrado uno de los pocos que pudo intervenir, Ignacio Aguado; su adulación, mirando a Rivera, rozaba la adoración: “Me comprometo a una cosa: si Albert Rivera nos ha permitido que tengamos todos los gobiernos que hoy tenemos, yo me voy a dejar la piel para que sea el futuro presidente de España”. Poco original; idéntica frase la había pronunciado ya Arrimadas cuando se pateó España en la campaña electoral para garantizar su escaño y adular “al jefe”. Es bueno recordar al señor Aguado que la adulación es una moneda falsa que sólo tiene curso entre los vanidosos, o lo que sobre ella decía Jonathan Swift: “El gusto por la adulación se debe, en la mayor parte de los hombres, a la pobre opinión que tienen de sí mismos”.

Este servilismo, lo demostró Aguado el día anterior en una entrevista en la cadena SER. Sus argumentos no serían creíbles si no existiese “la maldita hemeroteca”. Hizo patente el desenfoque de su inteligencia política; fue una “patada a la lógica”, la excrecencia de su ética ciudadana y un atentando a los principios de igualdad y equidad del artículo 14 de la Constitución; utilizó la “ley del embudo”“lo que quiero para mí no lo quiero para los demás”. Pidió la abstención del PSOE  en la investidura de Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid; pero a la pregunta de Pepa Bueno sobre qué haría Ciudadanos, rechazó con toda naturalidad que Ciudadanos hiciera lo mismo en la investidura de Sánchez en el Parlamento. “No. Son dos cosas que no tienen nada que ver”. Y si esta respuesta fue un despropósito, más cínica fue esta otra: “Con el PP y Ciudadanos en el gobierno, los madrileños verían que hay un Gobierno en la Comunidad de Madrid que se preocupa por sus problemas”. Ignora Aguado que, durante los cuatro años anteriores,el gobierno del PP ha sido el partido del despilfarro y la corrupción, con el apoyo necesario de Ciudadanos, siendo él su portavoz. Tal vez considera Ignacio Aguado -en su confusa e ilógica mente- que, si Gabilondo fuera el presidente, no se preocuparía de los problemas de los madrileños y que se dedicaría “al despilfarro y el chotis” como han hecho ellos en la legislatura anterior. Las palabras de Aguado han creado enorme estupor en las redes sociales preguntándose de qué material está hecha la cara de este político. Hasta Buenafuente, en su programa Leitmotiv esa noche, con sarcasmo y sentido de humor, hizo chirigota de “las inteligentes respuestas” del líder de Ciudadanos en Madrid. Personalmente, con sensata reflexión y experiencia política, le digo a Aguado que, para la Comunidad de Madrid, prefiero “un Gabilondo” a “cien Díaz Ayuso acompañada de cien Aguado”.

Ciudadanos y sus líderes han optado por la “razón de la sinrazón”, dan la impresión de que intentan cargarse de razones ante la opinión pública para justificar su entendimiento con el Partido Popular y su vergonzante cercanía a VOX, poniendo en peligro los fundamentos básicos de su propia existencia política, eclipsando -si en algún momento tuvieron luz propia- la luz que les dieron “los poderosos del IBEX” y apagando (o traicionando) los valores que justificaron su nacimiento. Si Rivera y Ciudadanos son incapaces (y están demostrando que lo son) de hacer una autocrítica sincera de su deriva actual y de la mutilación de su proyecto inicial, su incierto presente se extenderá indefinidamente, sin solución de continuidad, hasta su posible irrelevancia política, como sucedió con UPyD; no tienen salida al vacío de contradicciones e incumplimientos que están generando. El desprecio demostrado por algunos de sus líderes (Arrimadas, Villegas, Cantó, Girauta…, incluso Rivera) ante la razonada dimisión de algunos de sus militantes (Francesca Benito, Carolina Punset, Ovejero, Carreras, Valls, Roldán, Nart, Vázquez…), defraudados ante la deriva del partido, es un ejemplo de lo mucho que les apetece la “adulación” y lo poco que toleran la crítica. Lo expresó claramente Toni Roldán al anunciar su marcha: “No me voy porque yo haya cambiado, me voy porque ha cambiado Ciudadanos”. Un mensaje directo a la deriva derechista y autoritaria de Rivera. La respuesta de Girauta a la marcha de Roldán, exigiendo obediencia, no deja dudas: “O aceptas lo que se te dice (el argumentario) o te vas”. Los líderes de Ciudadanos están demostrando lo que el historiador latino Tácito, en su obra Historias, al referirse despectivamente a los sucesores de Pilatos como prefectos romanos en Judea, decía: “Ejercían el poder como si fuesen reyes con el alma de siervos”.

Albert Rivera intentahacer invisibles a aquellos españoles que han votado al grupo mayoritario socialista (él lo llama, con desprecio, “el sanchismo”). Lo expresó en las elecciones de abril con estas insensatas palabras: “En Ciudadanos nacimos para echar a Sánchez y a personajes como Sánchez de La Moncloa. Sólo esta frase define su “ego” enfermizo; piensa que él y sólo él y los que le votan, representan a los españoles; ha dinamitado todos los puentes para la gobernabilidad. Es como la protagonista de la fábula del cuento de “La Blancanieves” de los hermanos Grimm; consultado quién llegaría antes a la presidencia del gobierno en las elecciones, el espejo mágico le ha revelado a Rivera la verdad: “Hay alguien más bello que tú: el socialista Sánchez”. Despechado, viendo que otro le está quitando su ambición de poder, como la “reina malvada” se ha convertido en un político “resentido y vengativo”. Quien aspiró a poder llegar a la presidencia del Gobierno, no ha sabido aceptar que, como el rey de la fábula de Andersen, “va desnudo”. Max Scheler, el filósofo alemán de los valores, de la fenomenología y la ética filosófica, definió bien el resentimiento como “una autointoxicación, como la secreción nefasta de una impotencia prolongada”.

Albert Rivera, que pretende aparentar en todas sus declaraciones una firmeza y contundencia que no tiene, en su discurso de presentación de la plataforma España Ciudadana en mayo de 2018, para fomentar el “orgullo de ser español” -en claro paralelismo con los discursos de Donald Trump “Make America Great Again-, exclamaba enardecido, con un patrioterismo vacío: “Yo no veo rojos y azules, veo españoles. Yo no veo gente urbanita o gente rural, yo veo españoles. Yo no veo jóvenes o mayores, yo veo españoles. Yo no veo trabajadores o empresarios, yo veo españoles. Yo no veo a creyentes o agnósticos, yo veo españoles”. Gila decía con fina ironía y sano humor: “El patriotismo es un invento de las clases poderosas, para que las clases inferiores defiendan los intereses de los poderosos”. Es la mejor semblanza de Rivera que he escuchado. Está buscando de forma permanente soluciones y acuerdos contradictorios, cuando no imposibles, con el fin de exculparse de los fracasos en los que pueda incurrir en un futuro inmediato. Al final, los hechos son indiscutibles e imborrables: Ciudadanos votando lo mismo que el PP y VOX para mantenerse en el poder. Esta imagen quedará en la memoria de los todos los españoles y en la memoria de la historia. 

Cuando la inteligencia se ciega por la adulación, aunque la gente sencilla les grite, como el niño del cuento de Andersen, que “van desnudos”, los políticos que han perdido “el principio de realidad y el sentido de Estado”, piensan que están vestidos con todos los dones y virtudes que proporciona el poder. Lo decía ya Confucio en sus Analectas: “Fingen tener cuando no tienen, porque están vacíos; fingen prosperidad cuando están en harapos... ¡Qué difícil es para los hombres soberbios ser constantes en sus propósitos!”.

Mañana, día 2, parece que sabremos la fecha de la investidura de Sánchez, aunque las incógnitas del resultado son inciertas. Las posiciones definitivas, si existen, no se conocen; los reproches vengativos cierran las soluciones. Cuando se carece de sentido de Estado y priman “los egos”, todo es posible. De ahí que a Pablo Iglesias y a su partido se le puedan hacer algunas de las reflexiones dirigidas a Rivera y sus Ciudadanos. Difícilmente se puede negociar y menos, pactar, cuando se ponen sobre la mesa condiciones inasumibles. En momentos en los que se necesita altura de miras, tener como objetivo el principio de realidad y sentido de Estado, desde la coherencia política, lo mínimo que se le puede pedir a un partido y a un político es que sepa dónde y en qué lado está. Al final, Iglesias como Rivera, los jóvenes de la nueva política, se están revelando como simples proyectos que anteponen su ambición personal al interés y futuro de los españoles. Está comprobado que indignarse no era suficiente, que el entusiasmo colectivo, las expectativas de cambio y el “asalto a los cielos” en realidad quería significar: “quiero ser ministro”. ¡Qué decepción! 

De nuevo cito a Fenelón, a Francois de Salignac de la Mothe, el sensato pensador y religioso francés: “El buen político debe huir de los elogios y comportarse en su vida hasta llegar a merecerlos”.

La adulación o “El rey va desnudo”