sábado 19/9/20

Trump, entre la tuitocracia y los negocios en política

Trump sigue practicando la Política -con P mayúscula- como un ejemplo más de cómo hacer negocios -ocultos- en el país de las oportunidades y del sueño americano.

La política norteamericana está engarzada por un constante show bussines, la comunicación en esta materia se vence a los reclamos del macro consumo hollywoodiense que apelan a la fibra sensible y exhorta a los corazones con elaborados relatos sentimentalistas. Política de masas y discursos facilones, acaramelados, que han construido durante mucho tiempo el imaginario de un “sueño americano”. Trump tiró de storytelling para referirse a los jóvenes inmigrantes indocumentados, ergo, se endulzó de tintes tiernos y usó las palabras “corazón y pasión” para referirse a la solución que traería ante el impasse de los dreamers.

Fue tan pasional, que acabó por recalar en otro embrollo político. Y en esta ocasión puede llegar a costarle el sueño. Tal fue la hipócrita entrega, que no ha desperdiciado la ocasión de demostrar su profunda irresponsabilidad y capacidad de gestión. De nuevo ha vuelto a patear la pelota a otro tejado que no es el suyo, sino el del Congreso. La estrategia de echar balones fuera implementada de manera tajante y sobrevenida. El arte de pasar la patata caliente poniendo en jaque súbitamente nada más y nada menos que el futuro de los dreamers, un colectivo social de unos 800.000 jóvenes, cuya situación legal queda sumida en el más profundo de los limbos jurídicos. Lagunas jurídicas en el país más desarrollado del mundo.

Estamos hablando del reciente portazo presidencial a los beneficiarios del programa DACA, una moratoria a modo de amnistía que la administración Obama puso en marcha -no exenta de dilemas- como esquema federal para dar respuesta a la situación de millares de niños indocumentados que inmigraron a Estados Unidos. Obviamente, DACA apenas se concibió como un parche del ejecutivo, no una solución definitiva, pero que, de un tiempo a esta parte, cumplió una función pragmática. Aunque evidentemente, muchos criticaron entonces la medida como un descarado reclamo electoralista demócrata. No están libres de sombras, entre algunas luces, las políticas “progresistas” del ex presidente.

Queda claro que en USA el componente racial pesa mucho, convirtiéndose así en un cleavage diferencial determinante de la nación. Por desgracia, el Trump anti-inmigración fue profundamente popular en su campaña allá por 2016, y eso terminó por cristalizar en el perfil de sus votantes. Dese que habita la Casa Blanca, la inmigración ha sido su carta blanca, y le ha acercado a su base electoral más radical. Aunque después del sobresalto con los dreamers, la mayoría social que proyectaban los republicanos parece desdibujarse. El presidente es hoy un poco más débil. La retórica basada en su denuncia de la globalización de los pocos ganadores y muchos perdedores, los aspavientos proteccionistas en búsqueda de la reactivación de una doctrina Monroe del siglo XXI y la promesa del resurgir del cinturón industrial y obrero de sus cenizas, le auparon hasta el despacho oval. Hoy, sin embargo, descubre que las consultas y sondeos diagnostican una masa menos intolerante y xenófoba que la imaginada. La ciudadanía estadounidense encara y reprocha la decisión de entregar al Congreso el futuro de los dreamers, básicamente porque ya son jóvenes integrados, a todas luces ciudadanos, menos para la praxis gubernamental.

Y lo que es aún peor, la administración Trump no desconoce que las principales casas encuestadoras coinciden en señalar unos niveles históricamente muy bajos en la aprobación de un presidente que sólo ha consumado 9 meses de gobierno, y debe durar 4 años. La premisa nunca falla: ante decisiones impopulares, el desencanto de las masas se produce de manera instantánea, es lo que tiene hacer política con tanta pasión.

Demasiados errores en poco tiempo. Las vergüenzas de Trump empiezan a aflorar, y se busca un remedio para taparlas. Activar la complicada batería programática en materia de inmigración era una buena opción para reconciliarse con su núcleo de apoyo más conservador, y de paso, servir de cortina de humo para ocultar sus derrotas, a saber: el Obamacare, la reforma tributaria o la penosa gestión en el plano internacional. Pero con DACA no sirvió, la estrategia falló, y encontró el rechazo de propios y extraños.

La mentira se ha convertido en el artificio dialectico diario de Trump, capaz de la más agraciada marcha atrás, como la protagonizada recientemente con DACA, con tal de lidiar con el componente fractal que encarna el Partido Republicano y salvaguardar cierto rédito político. Aguas revueltas en el Capitolio con una fecha en el horizonte: la renovación del Congreso y un tercio del Senado en noviembre de 2018. Y mientras, el senador John McCain asegurando que los dreamersno eligieron inmigrar, ni conocen otro lugar, ni hogar ni idioma

La estrategia con DACA está saliendo realmente mal, un episodio estacionario que sigue sin solución, pese a que los últimos movimientos de Trump están siendo sorprendentes: primero les suprime la cobertura y entrega la cuestión al Congreso para resolverla legalmente en un plazo de 6 meses -algo que no han conseguido hacer en décadas- y luego, a cambio de la devolución de un programa que ya es innatamente insuficiente, parece estar consiguiendo el apoyo demócrata en el control de la seguridad fronteriza y la venia del famoso muro con México.

Sea como fuere, están negociando políticamente con las vidas de personas que, como mucho, solo aspiran actualmente a un permiso de trabajo, pese a que contribuyen como cualquier otro ciudadano y son impedidos de recibir cualquier tipo de prestación estatal. Los intereses partidistas por encima de las personas, un asunto feo, pero habitual en la política de masas occidental. Inexorablemente, cuando el líder del país pierde la capacidad de resolver sus conflictos más íntimos, carece de toda capacidad resolutiva y, por ende, queda abrumado ante una absoluta falta de control administrativo y coercitivo dentro de su territorio, manifestando, ya sea de paso, su débil poder. Para infortunio de muchos, el presidente Trump sigue presto a continuar con su tuitocracia, derribando el edificio del anterior presidente, pero sin reconstruir nada. Legados que se deshacen mientras hay millares de personas esperando una repuesta del gobierno. Trump sigue practicando la Política -con P mayúscula- como un ejemplo más de cómo hacer negocios -ocultos- en el país de las oportunidades y del sueño americano.

Trump, entre la tuitocracia y los negocios en política