sábado 30.05.2020

¿Y si fuese catalán?...

“….en lugar de un espacio conscientemente predispuesto por el hombre, aparece un espacio tramado por el inconsciente”

Walter Benjamin en “Breve historia de la fotografía”

Como recordábamos en anterior artículo, con ocasión de la celebración del referéndum en Escocia y en vísperas de la consulta del 9-N en Catalunya hace casi tres años, se repitió hasta la saciedad lo poco que ambas realidades tenían que ver, resaltando para ello las diferencias entre una y otra. De algunas de esas diferencias nos ocupamos en ese precedente artículo.

Mucho menos frecuente ha sido, en cambio, resaltar algunas semejanzas muy determinantes y al mismo tiempo muy significativas para establecer analogías estructurales entre ambas realidades.

Analogías que quizás ayuden a situar los términos del debate que tendrán que establecer entre sí las izquierdas, en primer lugar; si es que de verdad están dispuestas a caminar en una dirección que les permita desplazar de una vez al ‘partido de la corrupción’, que es el gran ‘tapón’ que impide cualquier avance mínimamente significativo hacia el progreso, también en lo relativo a la ‘cuestión territorial’.

Una vez planteado y asumido ese desplazamiento como primer y prioritario objetivo- ya que es condición indispensable para todo lo demás-, el examen de dichas analogías además de centrar el debate puede servir al mismo tiempo de enseñanza para salir del actual atolladero institucional en lo relativo a ”la cuestión territorial”.

Recordemos algunas de aquellas similitudes:

Escocia cuenta con una población (algo más de 5 millones de habitantes) similar aunque algo inferior a la de Catalunya (7 millones y medio); su peso proporcional respecto al de los respectivos Reinos es también notable en ambos casos, pero sensiblemente inferior en el primero (8,3% en 2014, frente al 16 % del segundo en 2017).

Escocia duplica la superficie de su territorio con respecto a la de Catalunya y por tanto la densidad de población en esta última (231 hab/km2) es más del doble que la escocesa, lo cual desde el punto de vista económico en principio constituye una ventaja.

Asimismo Catalunya en su PIB en términos absolutos (algo más de 200 mil millones) supera al de Escocia (173 mil millones o solo 130 mil según que se consideren o no los ingresos por el petróleo), aunque esa distancia se acorta en su expresión per cápita: en el caso de Escocia 32 mil o 24 mil €, también según que se consideren o no esos ingresos del petróleo y de 27 mil € per cápita en el de Catalunya. En el primer caso ese indicador (PIB) representa el 9,2 % del correspondiente al Reino Unido, mientras que en el segundo caso se eleva hasta situarse en torno al 20% (con una población que representa solo el 16%).

En cuanto a potencia exportadora, la de Catalunya supera ampliamente la de Escocia: en aquella el total de las exportaciones incluidas las correspondientes al comercio con el resto de España se elevan al 53% de su PIB, en tanto las de Escocia se sitúan en torno al 20% del suyo. En el primer caso, además, del volumen total de sus exportaciones la mitad aproximadamente van dirigidas al resto de España, habiendo cedido peso ese porcentaje en los últimos años a favor de las operaciones realizadas con el resto del mundo.

La estructura demográfica es asimismo similar con un porcentaje de los mayores de 64 años en torno al 17,5% en ambos casos. Esa franja de edad, determinante para el triunfo del No en el referéndum de Escocia (el rechazo a la independencia habría ascendido en ella al 61%, mientras que los votantes con edades comprendidas entre los 25 y los 34 años el Sí vencía con el 57%), en Catalunya en cambio parece tener una predisposición no tan distinta a la de los más jóvenes (de una media del 46% de catalanes que expresaban en la encuesta preelectoral del CIS en 2015 referida a Catalunya su preferencia por un Estado en el que se reconozca el derecho a la independencia, en la franja comprendida entre 35 y 44 años el porcentaje se elevaba al 48% (más de la mitad entre los que contestaban),mientras que entre los mayores de 65 solo descendía hasta el 43%).

Catalunya tiene su propia lengua –el catalán- extensamente usada en los últimos años y que sigue compartiendo con el castellano. En Escocia además del inglés de Escocia (dialecto del inglés) se habla el escocés (scots en inglés).

Son todos ellos factores estructurales que muestran de modo objetivo la consistencia y  capacidad material de funcionamiento autónomo de esas entidades territoriales en relación con una buena parte de los Estados que hoy integran la Unión Europea. Catalunya por ejemplo se situaría en una UE 27+1 o +2 en una posición intermedia (en el puesto 17) por población, por PIB y por PIB/hab y nada menos que en un 4º lugar por densidad de población

Pero tan importante como lo anteriormente señalado (su viabilidad económica como países en el más amplio espacio de la UE), es que en ambos casos, por encima de meras razones históricas y de otras peculiaridades culturales, existe un amplio y arraigado sentimiento o conciencia de identidad y una extendida y acreditada voluntad colectiva que permite su consideración como naciones (en el sentido político del término), aunque sin Estado propio.

En Catalunya lo anterior viene acreditado ampliamente por una continuada movilización social -especialmente intensa en los últimos años- y por una destacable articulación de la sociedad civil en torno a esa aspiración soberanista que ha logrado, además, un extenso apoyo institucional en el nivel de la administración municipal y en el de las centrales sindicales más arraigadas.  

A partir de esa realidad, para quienes con su voluntad colectiva han llegado a construir una nación sin Estado se abren solo dos posibilidades: Estado independiente o Estado federado o confederado; y la preferencia por una u otra debería estar basada no solo en sentimientos sino en el cálculo de lo que se gana y lo qué se pierde en cada una de dichas opciones, incluidos naturalmente los ‘efectos colaterales’ y los costes asociados a conseguir una u otra.

Llegados a este punto se nos ha de permitir un inciso para advertir de la notable corrupción del lenguaje que opera en la cuestión aquí abordada: especialmente en la equiparación de los términos ‘soberanismo’=‘independentismo’. Metonimia nada inocente aunque a veces sea solo expresión de la pura ignorancia’. O en la connotada utilización del segundo con términos que ya de por sí encierran una condena: ‘secesionismo’ o ‘separatismo’ (de añeja tradición franquista). O de la igualmente connotada atribución de la condición ‘nacionalista’ a quienes no siéndolo (tantos seguidores de ERC y CUP, por ejemplo) se pronuncian claramente en favor de la independencia.

Limpieza en el lenguaje y clarificación de conceptos que resulta condición indispensable para todo diálogo y muy especialmente para el debate que está pendiente sobre la ‘cuestión territorial’ en el campo de las izquierdas.

Colocando esa tarea previa en donde la actualidad más reciente está colocando el debate, a partir del deslizamiento de las posiciones de quienes ahora ‘mandan’ en el partido socialista respecto a su precedente enfoque y  colocación, es por los propios términos ’nación’ y ‘nacionalidad’ con su derivado ‘plurinacional’ como adjetivación del Estado, por donde puede comenzarse esa labor pendiente.

Para ello debería huirse por igual de dos riesgos ante los que tantas veces se ha sucumbido en la cuestión que aquí nos ocupa:

a) zambullirse en una disputa meramente semántica que no tiene otro fin que envolverla en una espesa y ambivalente niebla para, como ha ocurrido en todo consenso (Esteban Hernández)- y muy especialmente en el que acompañó a la primera Transición (o segunda Restauración, según se mire)- aplazar en el tiempo una jugada –dándola por definitivamente resuelta-,en la que la correlación de fuerzas o de debilidades no permite romper ‘las tablas’.

b) agravar ese primer riesgo utilizando la adopción o apropiación de términos simplemente como un ingrediente más de la competencia en el mercado electoral, en vez de responder a  un esfuerzo común por parte de los contendientes en el ejercicio de la labor pedagógica que de ellos sería esperable y que rara vez desempeñan.

Para ello será preciso desentrañar la polisemia del término ‘nación’, delimitando e identificando los elementos claves que permiten distinguir la esfera de ‘lo cultural’, para trascenderlo adentrándose en el universo de ‘lo político’. Y ello en lugar de acudir al viejo ropero, desempolvando conceptos tan señaladamente inanes en el plano de la teoría, como equívocos en el de la acción política; y que por tanto en nada permiten avanzar, tal y como puede suceder, por ejemplo, al tratar de volver a poner en boga el sintagma ‘nación de naciones’

Finalmente , la respuesta que Pablo Iglesias se da a la pregunta que es solo él quien se la hace a sí mismo, conjugando retóricamente el subjuntivo, viene a ser el resultado de una doble impostura:

  • en el plano del inconsciente porque se contradice con su pretendida condición soberanista, ya que al ser madrileño en vez de catalán no estaría llamado a ejercitar el voto, cuya abstención activa sin ningún pudor confiesa;
  • a su vez, en el plano consciente, porque su verdadera intención quizás no sea otra que interferir arteramente, desautorizando a quien por su condición de secretario elegido por sus bases (Albano Dante Fachin), ha resultado ser allí el máximo representante de su partido, el PODEM catalán, apelando además, para ello, a quien es muy dudoso que comparta su postura (Colau-Domenech).

“I never made a person look bad. They do that themselves”

August Sander, fotógrafo

¿Y si fuese catalán?...