lunes 01.06.2020

¿Soberanismo en La Rioja?…

La viabilidad económica de un territorio es una condición ‘sine qua non’ para su posibilidad de constituirse e integrarse -como país independiente- en un espacio más amplio (Europa, en el caso que nos ocupa).

Pero no basta con alcanzar esa condición estructural. Se necesitan por lo menos otras dos igualmente imprescindibles -o aún más-, junto a otros complementos de orden cultural e histórico:

la primera, una continuada, decidida y acreditada voluntad colectiva para constituirse (o más bien ‘construirse’) como nación, es decir no ya como región geográfica y culturalmente distinta, sino sobre todo como entidad política netamente diferenciada. Para decirlo con otras palabras más poéticas o con otras por el contrario menos simpáticas (por sus resonancias filosóficas): ha de existir “el deseo de ser” (E.Juliana) o “la voluntad de destino” (F.Nietzsche.)

la segunda (que certeramente ha señalado Jorge Moruno) es el reconocimiento de esa condición por parte del “otro”. Es decir, de una buena parte de los demás, principalmente de ‘terceros’ con poder o autoridad y que no estén directamente involucrados en el ‘conflicto’. En este segundo caso, además de la supuesta ‘neutralidad’ que proporciona el no ser parte de aquél, debe mediar algún género de interés, más bien de orden económico, principalmente en terceros países con capacidad de influir (incluso manteniendo esa apariencia de neutralidad).

Si se consigue alcanzar esa ‘triada’ de condiciones (o aproximarse mucho a ellas) no habrá parapeto legal alguno que logre frustrar la aspiración de dar cauce o expresión política a ese “deseo de ser”, mediante la conformación de un nuevo Estado

En el “matrimonio“ (ahora forzoso) entre quienes son catalanes y quienes no lo son, la petición de divorcio de una buena parte de los primeros tropieza con una fuerte resistencia en la gran mayoría de los segundos. Entre éstos ni siquiera el régimen de ‘separación de bienes’ encuentra apenas partidarios. Insisten en mantener el de ‘gananciales’ que en esa relación entre cónyuges con distinta fortuna rige, con cierto aroma de patriarcado, desde tiempo inmemorial.

Es muy posible que entre las razones de ese malestar de los demandados las haya de peso, pero  de lo que no debería caber duda es de que esa diferencia de pareceres – y de intereses-, en todo caso es expresión de un ‘conflicto’.

A partir de ahí puede comprenderse bien que en relación con la organización territorial del Estado se hable de “la cuestión (territorial)”, en vez de hacerlo sobre el “asunto (territorial)”. El sintagma cada vez más usado “cuestión territorial”, como ocurre en otro caso con la “cuestión urbana”- es expresión de una realidad conflictiva.

En el primer caso una contraposición que surge entre las opciones y deseos que prevalecen en cada una de las partes; en el segundo –sobre todo en la actualidad- como expresión de las desigualdades de orden material en el uso y disfrute de un “bien común” como son (o más bien como deberían ser ) las ciudades.

Uno de los lugares comunes más manidos para oponerse argumentalmente a la reiterada reivindicación catalana del “derecho a decidir” -puntual complemento de aquel otro tópico que pretende residenciar ese derecho exclusivamente en todo el actual Reino de España- es el de referirse a las consecuencias que se derivarían de la extensión-sin límite alguno (cantonalismo)- de ese ‘deseo’ : ¿por qué Catalunya sí y la Rioja no?

En realidad dicha falacia es la que de alguna manera acompañó el desarrollo constitucional mediante la nefasta fórmula del “café para todos”, doctrina (y sobre todo práctica) que a modo de ’cierre en falso’  está en el remoto origen de “la cuestión territorial”, o sea del conflicto que de modo intermitente surge a propósito de la organización del Estado.

Para que la política sea herramienta eficaz en la resolución de éste y de otros conflictos análogos es imprescindible el manejo inteligente del tiempo.

Esta variable esencial es la que está siempre presente tanto en la complicadísima ecuación que entrelaza medios y fines como en la no menos endiablada relación entre táctica y estrategia, que unas veces se manifiesta como aporía y las más como pura incongruencia.

Así que la acertada utilización de esa variable probablemente es lo que más se echa en falta ahora en todos los actores principales del conflicto suscitado a propósito de Catalunya.

Unos porque en la creencia de que “el tiempo todo lo sana“, (aparentemente) no actúan, en el convencimiento de que así “ganan tiempo”. Los otros porque, prisioneros del espejismo que suele producir la intensidad del deseo, creen haber pasado con éxito sucesivas ‘pantallas’, sin percatarse que todavía nos encontramos paralizados en la primera de ellas.

Muestra de ese estéril estancamiento sería no ya la distancia real que nos separa del ‘derecho a decidir’ sino el que aún no hayamos conquistado ni siquiera el más elemental “derecho a saber” , es decir a conocer aproximadamente aunque de modo rigurosamente cuantificado y verificable las opiniones y preferencias de la gente.

¿Soberanismo en La Rioja?…