lunes 01.06.2020

Quién salvó la unidad de España

El final de CiU: una secesión trascendental (UDC).

El final de CiU: una secesión trascendental (UDC)

“El 6 de octubre de 1934 a las ocho de la tarde, el presidente del Gobierno catalán, Lluís Companys, proclama el Estat Català desde el balcón principal del palacio de la Generalitat…”...”aquel mes de octubre en el que Cataluña, durante diez horas, fue declarada independiente hasta que Companys se rindió frente a las tropas del general Batet”.

“CATALUÑA, 10 HORAS DE INDEPENDENCIA” José García Abad.

“Ts'ui Pên., a diferencia de Newton y de Schopenhauer, no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades."

"EL JARDÍN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN" en “FICCIONES”. Jorge Luis Borges


Quienes se empeñaron en que las catalanas eran unas elecciones autonómicas más {en minúsculas}, negándoles el carácter simbólicamente plebiscitario que le quisieron dar sus convocantes, tras su celebración y recuento se han encontrado de modo sobrevenido aferrados al “clavo” de que el plebiscito tanto tiempo demandado se ha celebrado ya y los partidarios de su convocatoria han salido derrotados al no llegar sus listas a reunir el 50% (Santos Juliá dixit).

Más quizás no han reparado en pequeños detalles.

De tanto insistir en la derrota de las fuerzas asimiladas hace años al catalanismo, comparando sin mucho miramiento los porcentajes y escaños obtenidos en las sucesivas convocatorias electorales, llegan un poco precipitadamente a la conclusión de que estamos siempre atascados en el mismo embrollo, solo que en un incesante debilitamiento de lo que llaman secesionismo.

No han recordado en su apresurada contabilidad aquel consejo tan profundo de la que fuese un día alcaldesa (accidental) de Madrid: “no se deben mezclar peras con manzanas” solo comparable al de su todavía jefe de filas -con perdón sea dicho del esposo de la susodicha-, cuando, profundizando aún más, ha sentenciado: “una cosa son platos y otra son vasos”.

Pero no satisfechos con tan gruesa omisión, se han entregado además a arriesgadas fantasías en su contabilidad creativa, sostenida ésta sobre un único principio: “todo lo que no es sí, es no”. Variante para la ocasión de una visión del mundo en blanco y negro.

Sobre esas bases el razonamiento es concluyente: si las listas expresamente partidarias de la independencia de Cataluña han obtenido “solo” el 47,9 % del total de los votos válidos –votos estos últimos que ascendieron en esta ocasión a un 76,7% de los que podían haberlo sido - quiere decir que el Sí a la independencia lo secunda tan solo 37,1% de la población adulta (electores) y por consiguiente el otro 62,9% es contrario a esa opción de independencia

Conforme a esa misma contabilidad, el partido (PP) que consiguió en 2011 el nombramiento del hoy todavía Presidente lo hizo gracias al voto del 30% de los electores (voto que representó entonces el 44,63% de los votos emitidos).

Sin embargo, por más que- siguiendo ese arqueo que el mismo practica- el 70% de los adultos (electores) estaría en su contra, lo cierto es que ni aquella exigua condición minoritaria, ni esta abrumadora “oposición” fueron óbice para sacar adelante ordenanzas como la “ley mordaza” o las recién aprobadas para seguir ahondando en la politización del Alto Tribunal (TC), hasta convertirlo poco menos que en scheriff para todo.

Cifra aquella (70%) que por cierto se queda corta al compararla con esa del 82% de quienes según el CIS manifestaban en julio pasado tener poca o ninguna confianza en dicho Presidente ,y eso respecto a un total que incluye a sus correligionarios y anteriores votantes, que en un 45% manifestaban ya entonces idéntica desconfianza.

Una aproximación contable alternativa, aunque un tanto contrafactual, quizás podría servir para corroborar si hay o no dinámica y movimientos –leves aunque trascendentes – en la “cuestión catalana” o si se prefiere en la “cuestión española” que los hechos catalanes suscitan.

Como es sabido a pocas fechas de irse a celebrar las elecciones en Cataluña se produjo una escisión en el seno de uno de los socios que desde tantísimo tiempo atrás venían funcionando en coalición (CDC y UDC) bajo la híbrida sigla CiU.

Como consecuencia, una parte importante de quienes optaron por esa particular secesión (UDC), declinó la invitación a incorporarse a la lista formada ad hoc (Junts pel Sí) para proseguir el camino hacia la independencia.

Los escindidos decidieron comparecer con lista propia en los comicios y en virtud de la ley electoral catalana -que data de 1980 y que favorece parlamentariamente aún más que la española a los partidos mayores- no alcanzaron en ninguna de las cuatro circunscripciones el mínimo de votos requerido (3%) para conseguir un escaño.

De ese modo los 100 mil votos largos votos reunidos por esa lista (UDC) –provenientes en su inmensa mayoría de los que en anteriores convocatorias votaban por la referida coalición (CiU)- entraron en el reparto de votos válidos entre las otras candidaturas que sí consiguieron superar aquel listón.

El resultado cuantitativo es el que muestra en la tabla reproducida a continuación.

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En ella aparece ese fatídico 47,9% que impide dar casi por proclamada (“unilateralmente”) la independencia, y esa no menos aciaga cifra de 62 escaños que de por sí es insuficiente incluso para que la lista ganadora por ella sola consiga formar gobierno; aunque aún sea más cierto que -pese al aparente empate técnico- , a sensu contrario, con los 63 escaños restantes resulte metafísicamente imposible hacer lo propio.

Una muestra más en definitiva de cómo a veces la fábula del vuelo de la mariposa tiene lugar para desdibujar todas las certezas.

Pero yendo un poco más allá de los hechos, se puede igualmente fabular acerca de lo que habría ocurrido de no haber mediado este – para no pocos, de allá y de acá –providencial cisma en el nacionalismo más tradicional.

La tabla que se acompaña lo pone elocuentemente de manifiesto. Gana el independentismo, traspasando con ligera holgura la cifra del hechizo (la mitad más uno), y una sola lista por sí sola no solo reúne la mayoría absoluta en el Parlament, sino que puede formar gobierno, sin requerir de otro apoyo ni abstención. Está de más cualquier otro comentario

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Alguna conclusión en cambio sí puede extraerse al respecto, por encima de la ficción en que se sustenta ese ejercicio de metarealidad.

En primer lugar, la inanidad de comparar el crecimiento o la merma de un organismo tan solo por su tamaño aparente, sin reparar en las diferentes mutaciones que experimentan a lo largo del tiempo algunos de sus principales integrantes.

En tal sentido ¿alguien puede seguir basando sus análisis sobre el futuro y la viabilidad de la independencia alimentándose de la creencia de que la CDC de las vísperas de 2012 y la CiU de 2015 no pueden ser más que lo mismo, puesto que el jefe de filas – que no de la lista- de esa “cosa” sigue siendo el mismo?

En segundo lugar, pero mucho más importante ¿no sería conveniente aparcar de momento las disgresiones sobre mayorías y minorías para centrarse en encontrar la fórmula que permita llegar cuanto antes –sin mediaciones ni condicionamientos mixtificadores – a establecer un plazo cierto para  poner en práctica con todas las garantías el único procedimiento inventado para dirimir en última pero inevitable instancia las diferencias o conflictos de voluntades?

Referendum (sobra decir que vinculante) expresa y exclusivamente convocado para un solo fin; con una única pregunta y dos únicas respuestas decisorias: Sí o No y con un único y claro veredicto: el que exprese la mitad más uno de quienes voluntariamente quieran participar, que no pueden ser sino aquellos que en su condición de ciudadanos de una Nación – la catalana- ejercen de ese modo su soberanía. No hay que darle muchas vueltas. Baste mirar a Escocia  

Planteadas así las cosas, y dado que lo transitado hasta hora a lo largo de senderos ciertamente tortuosos puede subsumirse en el ejercicio del “derecho a saber”, el margen posible para una salida negociada podría estar precisamente en la propia formulación de la pregunta.

Por último, las cifras de las tablas traídas antes a colación permiten identificar con claridad al artífice que por ahora ha evitado lo que según algunos hubiese significado el adiós a la Unidad patria.

Por más que en la inminente campaña -oficiosamente iniciada- varios se disputarán el mérito de ese logro, sobre todo el joven jinete del blanco caballo dispuesto a cerrar de nuevo España, son más bien los modestos escindidos de aquella Unión (¿ahora entre quién y quién?), los que ya en su retiro merecen de verdad pasar ya al cobro – a quien corresponda - el impagable servicio prestado.

Quién salvó la unidad de España