miércoles 01.04.2020

Hegemonías

La “cuestión nacional”, también nombrada como crisis de la ‘forma territorial del estado’ y, más en concreto, “el conflicto” de/con Catalunya, claro que no es, en la actualidad, el principal problema que tiene la sociedad española.

Es sabido que antes están otros tan múltiples, variopintos y transcendentes como lo son el nivel de pobreza de un número muy elevado de personas; la desigualdad económica creciente e hiriente; el machismo y sus numerosísimas victimas morales (y demasiadas de ellas mortales); el paro o los salarios de mierda sobre todo de los jóvenes; la demografía; los servicios menguantes; el retroceso en un modesto bienestar larga y duramente conquistado; la amenazante quiebra de las futuras pensiones; la soledad y el desamparo de viejas y viejos; el sistema educativo; la incultura rampante; el descuido y retraso en la producción de ciencia, conocimiento e investigación; la economía rentista y la rapiña inmobiliaria y financiera; el monopolio encubierto con sus consustanciales abusos; la mercantilización de todos los aspectos de la vida humana; la España vacía y la de trozos de naturaleza o de historia reconvertidos en insulsos parques temáticos donde se apiñan año a año cien millones de turistas; la continuada e irreversible destrucción de recursos naturales (empezando por el paisaje)… ‘e cosi tanti’ de una lista agobiante y casi interminable.

Pero lo que cabe asegurar es que no hay ningún otro problema directamente político que, ni de lejos, presente tanta gravedad y con similar trascendencia que la mencionada “cuestión”. Ahí el primer puesto lo tiene firmemente conquistado y por lo que se ve, para largo.

Y lo es además porque éste, al manifestarse, enquistarse y agravarse, ha hecho que emerjan otros muchos problemas cuya naturaleza es también genuinamente política: la obsolescencia o más bien la irreversible degradación del sistema de partidos como sistema de representación o como cauce o vehículo de la participación política; la capacidad y potencialidad de la movilización social al mismo tiempo que los límites de la misma; la corrupción (sistémica porque incumbe a todos los partidos sobre los que se ha sustentado un sistema político devenido en Régimen); la confusión y ausencia de contrapesos entre poderes institucionales; su interdependencia sumisa en vez de su independencia; el sometimiento a uno de ellos (el ejecutivo); la centralización despótica frente al autogobierno; el descrédito generalizado hacia unas instituciones en crisis; las relaciones y conflictos de poder (a menudo una modalidad -indirecta-de lucha de clases por arriba); la Constitución como obstáculo y no como cauce: de carta de derechos a blindaje y petrificación de oligarquías, en suma, el déficit o incluso la quiebra de la democracia convertida y reducida a mera liturgia.

Frente a esos problemas estrictamente políticos, resumidos simbólicamente en el último de los enunciados, solo cabe recetar un antídoto: más republicanismo (incluido naturalmente el relativo al sistema de gobierno); y menos legitimidades de orden dinástico.

Parece fuera de discusión que la hegemonía, en tanto “dominio” y en su faceta no de coerción sino en la ideológica de conquista del “consenso” hace ya tiempo que pertenece a la zona derecha del espacio político.

gago

Sucede así muy particularmente en cuanto a la fabricación difusión y aceptación social de ideología en forma de “sentido común”, por encima de las diferentes fracturas (‘clivajes’) que existen en la sociedad actual, particularmente en la occidental.

Desde esa constatación, están bastante fuera de lugar los lamentos por los éxitos electorales de las fuerzas políticas que asumen sin dificultad -y ya sin ‘complejo’ alguno- su adscripción a ese campo (la derecha política); poco importa si autobautizándose todavía de “centro” para así facilitar su extensión, aceptación y consumo masivo.

Tanto en su añeja acepción de “falsa conciencia” (hace ya tiempo en desuso), como en la axiológica (sistema de valores), más extendida, la derecha es la ideología hoy dominante, por debajo de apariencias secundarias y meramente superficiales.

Esa prevalencia sin embargo no pertenece ni se explica por leyes ‘naturales’, ni responde a ninguna clase de determinismo histórico. De hecho frente a periodos en que esa hegemonía (en su dimensión de formación e imposición de “sentido común”) tendió a situarse visiblemente en el campo contrario, el gran mérito de la derecha ha sido incorporar una buena parte de los valores y enseñas propias de la izquierda – la democracia, la igualdad y hasta la fraternidad- ‘integrándolos’ siquiera subsidiariamente en el corpus ideológico propio; abandonando al tiempo aquellos otros que dificultaban su penetración en las clases y capas económica y socialmente sometidas.

Proceso justamente inverso ha sido el experimentado en el campo de enfrente, en donde al declive del propio sistema ideológico se ha unido, en combinación letal, la absorción y sustitución por el del adversario (en algunos de sus principios más sustanciales y definitorios), dando como consecuencia una crisis de la que no se vislumbra otra salida que no sea la del repliegue o retorno nostálgico – varias décadas hacia atrás- hacia “lo que pudo haber sido y no fue”. Todo ello como si el único cambio operado en tan largo periodo fuese el registrado en la esfera ideológica y no en el de la vida material.

Así pues, lamentablemente, no hay visos de que serias disputas por la hegemonía en el espacio político vayan a producirse, por ahora, entre la(s) izquierda(s) y la(s) derecha(s).

En cambio, la aguda crisis política que en España se ha hecho patente con el agotamiento del turnismo dinástico (combinación de bipartidismo con nacionalismo sucursalista), está propiciando en el interior de cada uno de los dos campos convencionalmente escindidos (izquierda–derecha), duras batallas en la disputa por un sucedáneo de hegemonía como es el de la conquista del voto en el plano electoral.

No cabe descartar sin embargo que esas batallas -y su resultado- den paso un día, más adelante, a una verdadera disputa por la hegemonía entre las derechas y las izquierdas.

Hegemonías