viernes 6/8/21

Cae el telón. Reflexiones en el entreacto

Desciende lentamente el telón. El espectro de nuevas elecciones no dejará de estar presente en el Segundo Acto, desde el momento en que ese mismo telón se alce de nuevo.

“Si alguna vez lo probáis, Sancho, comeros heis las manos tras el Gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido".

El Quijote. Miguel de Cervantes  

Dos personajes en soledad se funden en un abrazo más desesperado que triunfal. Es un final ya anunciado tenuemente por distanciados aunque insistentes acordes de la obertura. El astuto relato que los co-protagonistas intentaron trenzar en el primer acto no ha calado: la ‘pinza’– que nunca fue tal-, más bien se ha trocado en un pulpo de innumerables brazos que desciende amenazante desde el telar para acabar atenazando la silueta del abrazo, tan aislada del resto de los personajes como lo estuvo durante los últimos cuatro años la figura del sátrapa ahora tambaleante.

Desciende lentamente el telón. El espectro de nuevas elecciones no dejará de estar presente en el Segundo Acto, desde el momento en que ese mismo telón se alce de nuevo.

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El quid del asunto había sido rozado por alguno, pero temerosamente soslayado prácticamente por todos los personajes hasta justo la penúltima escena de ese Primer Acto. Fue Francesc Homs quien con elegante crudeza lo expuso de forma cristalina. No habrá desbloqueo en la formación del gobierno del Estado sino se afronta con realismo y valentía el principal escollo político: el establecimiento de una nueva relación entre ese Estado y las Naciones que lo integran y de modo muy especial el de la relación con una de ellas, Catalunya.

Pero no solo se limitó a dejar el veredicto ahí, sobre la mesa, sino que él mismo dando ejemplo de coraje se despidió con un ofrecimiento de cuyo extraordinario alcance político cabe todavía esperar que hayan sido conscientes el resto de los actores.

No hace mucho que un socialista consumado -Joaquín Almunia- favorecido quizás por la distancia de su observatorio europeo-  había llegado a similar diagnóstico:

“En mi opinión, hay que abordar como mínimo tres temas imprescindibles:

Comenzando por lo que es más urgente además de importante, se necesita definir una línea clara de actuación respecto a Cataluña.

Y tras enumerar los otros dos que no viene al caso reproducir ahora, concluía algo enigmáticamente :

“Las mayores dificultades: el modelo territorial y las personas".

Finalmente, fuera de aquel escenario, esta vez en una tribuna , pero de papel ( El País 2/3/2016), el recién estrenado líder de En Comù –Xavier Domenech-incidía, esta vez de modo en mi opinión mucho más profundo y enriquecedor- pese a las limitaciones de una columna periodística - en el carácter “medular” de la llamada “cuestión catalana”.

“Este problema de fondo no resuelto ha devenido central en la crisis democrática y de soberanías que venimos viviendo desde 2008: la imposición de políticas de recortes opera desde la troika hacia los Estados y desde el Estado central hacia las comunidades autónomas. Proceso en el que las soberanías no se fragmentan ni se destruyen, se reconstruyen sobre nuevos principios. Los responsables de su destrucción son todos los que olvidaron que servían al pueblo, para pensar que servían mejor a un futuro puesto en un Consejo de Administración”

Pero más allá de ello, la aportación de Domenech, al hilo de otra casi simultánea (“Centroizquierda”, Javier Valenzuela en Infolibre), sugiere una nueva cuestión que resulta ser mucho más importante aún por su alcance espacial y temporal: la refundación de la izquierda y no una vez más como académico ejercicio con ribetes teológicos, sino como proceso material en el que una vez más habrá que atenerse a la advertencia que Machado hizo al caminante : “no hay camino, se hace camino al andar”.

Los resultados de la pasada contienda electoral, deberían ser contemplados, a mi juicio, en tanto expresión de las dinámicas de agregación y disgregación en el espacio político, propagadas con especial intensidad a raíz del proyecto austericida urdido y diseñado por la plutocracia europea.

En la parte derecha de uno de los ejes de ese espacio, la dinámica disgregadora parece originarse en el proceso de descomposición al que conduce la revelación de las dimensiones sistémicas de la corrupción en el hasta hace poco Partido Único de esa parte del eje. Sin embargo, bajo esa apariencia late una necesidad más profunda: el imprescindible remplazo en el interior de la clase dominante y la sustitución de la facción más caduca y envejecida de sus dirigentes políticos. La abdicación del anterior monarca y su renovación por el actual son asimismo expresión y anticipación de esa necesidad.

El proceso y su maduración no creo que pueden asimilarse a un fenómeno coyuntural y pasajero. O dicho de otro modo la dinámica disgregadora en ese lado del eje parece tener pujanza suficiente como para perdurar largo tiempo.

A  su vez, en el otro segmento del eje, la disgregación, plásticamente evidenciada mediante la aparatosa irrupción de PODEMOS en el escenario electoral, no parece que en su desenvolvimiento tenga que resolverse necesariamente de modo simétrico a cuanto ha ocurrido y sobre todo vaya ocurrir en adelante en el lado opuesto. Las diferencias son de gran calado. En este lado izquierdo el impulso hacia la recomposición opera sobre una derrota que viene de muy lejos o, si se prefiere, sobre un espacio aquejado, entre otros males, de una profunda “crisis de identidad” que le recorre en su totalidad desde ambos de sus extremos. Y es por ello que tal recomposición puede dar lugar y resolverse como refundación, aunque desde luego en ningún sitio está escrito que así haya de ocurrir necesariamente.

Y es precisamente la oportunidad de ese comienzo de refundación la que, en mi opinión, ha sido abierta– siquiera como resquicio- por los resultados del 20 D y muy singularmente por la quiebra del ‘turnismo bipartidista’.

Y así como en el bloqueo político que impide la formación de un gobierno del Estado el PSOE tiene en la actualidad una posición central, igualmente habrá de mantener un destacado protagonismo en ese proceso de refundación. El problema– y al mismo tiempo la oportunidad- es que ese impulso hacia la refundación no puede proceder, ni mucho menos resolverse, desde sus propias filas; ha de venir necesariamente desde el exterior y, de modo más preciso, de la fuerza que en ese lado del eje ha recogido los “resultados “de la disgregación.

Pero del mismo modo que la susodicha refundación no es posible desde el interior de la fuerza que hasta hace poco fue dominante en el lado izquierdo del eje, tampoco cabe tratar de abordarla solo desde las otras fuerzas, ahora en ascenso, mediante apelaciones, tan piadosamente retóricas como estériles, a la “Unidad Popular”.

De otra parte, la pretendida identificación del PSOE con la socialdemocracia o es una banalidad o, más aún, es una mixtificación .

La corriente que desde hace ya largo tiempo se impuso como dominante en ese partido –y en sus homólogos europeos- no es la socialdemocracia, sino el socioliberalismo. Ello no quiere decir ni mucho menos que en ese partido –en sus militantes y en sus votantes- no esté todavía muy presente el ideario y las aspiraciones que en algún momento lo caracterizaron como socialista. Son corrientes- ambas- nada estables en su tensa relación, hasta el punto de que cuando la hegemonía del liberalismo económico ha sido aplastante, desembocó bien en la posterior extinción como tal partido socialista (Italia y Grecia), bien en la usurpación de una marca por un partido vicario en realidad de una facción de los poderes económicos, ( Francia , Alemania y Reino Unido y la propia España, por citar solo los ejemplos más cercanos y significativos), eso sí, con algunos de los tintes más o menos intensos que caracterizaron a los Partidos Radicales.

Apuntar a cualquier horizonte de confluencia como culminación de ese necesario proceso de refundación de la izquierda, solo es imaginable a base de neutralizar lo más posible los lógicos y poderosos impulsos que mueven a la mutua competencia entre las fuerzas más próximas; los cuales por lo demás se exaltan necesariamente en coyunturas electorales. Frente a lo cual solo cabe oponer una dialéctica sustentada en el respeto mutuo, lo que en primer lugar significa en el respeto estricto al peso relativo del apoyo social con el que cuenta cada una de dichas fuerzas.

Afortunadamente, aunque también por desgracia, el potencial transformador de una tal refundación es de tal calibre y trascendencia que no es de extrañar que provoque la más enconada de las resistencias desde la amalgama que compone  el poder oligárquico.

Baste si no recordar que tras el periodo de excepción inmediatamente posterior a la Segunda Guerra mundial, el veto a la izquierda para impedirle el acceso democrático a los auténticos resortes del poder político ha funcionado de modo implacable. Hasta el punto de que en los momentos en que se estuvo más próximo a una tal contingencia, la oligarquía exhibió, sin pudor alguno, su semblante más brutal, acabando con la vida de Aldo Moro, “ que fue de los suyos”, siguiendo así la estela de lo que hizo no mucho antes en Chile con Salvador Allende , en ese caso un adversario.

Esa misma mirada bien podría servir igualmente para desmontar el idílico y falaz relato oficial de la tan venerada Transición, para reconstruirlo así sobre una base más cercana a la realidad histórica.

Cae el telón. Reflexiones en el entreacto