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martes. 05.07.2022

Reunión del Mercosur propicia el primer encuentro de los presidentes de Brasil y Argentina

Bolsonaro y Fernández mantienen el clima de guerra fría en las relaciones bilaterales

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Alberto Fernández participa por videoconferencia en la cumbre del Mercosur.

@jgonzalezok / Por primera vez en su historia, la cumbre del Mercosur, que comenzó este jueves, 2 de julio, se celebró de manera virtual, como consecuencia de la pandemia. Esto evitó que el primer encuentro entre los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro, y de Argentina, Alberto Fernández, fuera un cara a cara que podría resultar incómodo para ambos mandatarios, que no han ocultado sus diferencias políticas, ni los gestos hostiles. El encuentro se da, además, en el peor momento para el bloque, con claras diferencias sobre la hoja de ruta. Básicamente por el freno que pone Argentina a algunos acuerdos de libre comercio, que impulsan sus otros integrantes.

La intervención de los presidentes fue virtual, por lo que no hubo posibilidad de encuentros personales, ni siquiera casuales, como suele ser normal en este tipo de encuentros. Fernández y Bolsonaro se ignoraron, en ningún momento se mencionaron en sus intervenciones. El argentino, no obstante, quiso dejar claro dos cosas: que le separan muchas cosas de los otros líderes, de Bolsonaro en especial, pero que es necesaria la unidad. Cuando el presidente Bolsonaro tomó la palabra, inmediatamente después del presidente argentino, no hizo ninguna referencia a lo dicho por el mandatario rioplatense.  

Aunque Argentina tiene en Brasil a su principal socio comercial, las relaciones bilaterales pasan por lo ideológico desde que Fernández llegó a la Casa Rosada en diciembre pasado. Y el nivel de enfrentamiento no tiene precedentes. El presidente argentino fue duramente cuestionado por Bolsonaro ya desde la campaña, apoyando a Macri, descalificando a Fernández y anunciando un éxodo de argentinos a Brasil si triunfaba el candidato peronista. Fernández no se quedó atrás; incluso, no se privó de elogiar al ex presidente Lula en vísperas de la cumbre, en otro encuentro virtual propiciado por la Universidad de Buenos Aires. “Todo sería muy diferente si Lula estuviese en el poder”, dijo el argentino. Para que quedase clara su posición, Fernández dijo también por estos días que echaba de menos a presidentes como Hugo Chávez y Rafael Correa. Y dijo sentirse solo en la región, salvando solo al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, añadiendo: “Eso también va a pasar, los pueblos de América Latina volverán a ponerse en pie”.

Con estas definiciones se presentó el presidente argentino ante sus colegas del Mercosur, con los que no había tenido contacto hasta ahora a pesar de llevar más de seis meses en el cargo. Cuando, recientemente, se le había preguntado si hablaba con otros presidentes de la región, la respuesta fue que no. Es más, informó que había recibido una llamada de su colega uruguayo, Luis Lacalle Pou, pero que no le había contestado.

Pese a todo, en este encuentro virtual del Mercosur tendió puentes, al menos formalmente. Se dirigió al presidente uruguayo llamándolo “querido amigo”, y “Marito” al presidente de Paraguay, Mario Abdo Benítez. Quizá para que quedara en evidencia que a Bolsonaro ni siquiera lo mencionaba.

Durante el anterior período de gobiernos peronistas, de Néstor y Cristina Kirchner (2003-2015), las relaciones exteriores fueron cerrándose paulatinamente, replicando a nivel externo la lógica de amigo/enemigo de acuerdo a criterios ideológicos que aplicaron en la política doméstica. Así, el país pasó a privilegiar relaciones con China, Rusia, Irán y el grupo de países bolivarianos. Incluso con Uruguay, cuyas relaciones fraternales fueron históricas, y con gobiernos del Frente Amplio, teóricamente afines, surgieron conflictos y desentendimientos. Paralelamente a esto, el país se fue encerrando en sí mismo a nivel comercial, disminuyendo de forma notable tanto sus exportaciones como sus importaciones.

Ahora, a pesar de que se esperaba un cambio con un nuevo gobierno peronista, encabezado por un supuesto pragmático -Alberto Fernández-, el enfoque parece repetirse. El panorama regional puede haber contribuido a esta retracción. Por primera vez en muchos años, todos los países vecinos de Argentina tienen gobiernos nominalmente conservadores, sin por esto dar por hecho que el gobierno argentino sea realmente progresista.

Si bien es entendible el caso de Brasil, dada la catadura de Bolsonaro, es menos comprensible la actitud argentina en el caso del resto de sus vecinos. No es que Fernández no le atendiera hasta ahora el teléfono a Lacalle Pou -al frente de una coalición conservadora que derrotó al Frente Amplio-, es que ni siquiera fue a su toma de posesión. En ambos países el recambio se produjo en el mismo día, pero la tradición indica que la diferencia horaria podría haber permitido la presencia en Montevideo de Alberto Fernández, teniendo en cuenta que un vuelo de escasos minutos separa ambas capitales.

En Chile, más de lo mismo. Desde el gobierno argentino se incide en la caracterización derechista de Sebastián Piñera, y se llegó incluso a falsificar datos para intentar demostrar que los resultados del combate a la pandemia en el vecino país son mucho peores,  y resaltar por contraste los éxitos de Argentina. Éxitos que nadie pone en duda, por lo que no necesitaría esa tergiversación de los datos del vecino, sobre todo porque inmediatamente hubo que  rectificar.

Teniendo en cuenta que más de un millón de ciudadanos de Paraguay y Bolivia residen en Argentina, sorprende también que las relaciones estén virtualmente congeladas con ambos países. La referencia a “Marito” sugiere que puede cambiar. En el caso de Bolivia es más lógico, por el firme apoyo a Evo Morales, al que concedió asilo.

Queda en el aire la crisis en el Mercosur, la iniciativa regional más exitosa de las últimas décadas, ligada a la recuperación de la democracia en los 80, que en su momento permitió superar recelos que incluían hipótesis de conflictos bélicos. Estas tribulaciones, no obstante, vienen de antes del nuevo gobierno peronista.

Con Venezuela, el gobierno de Alberto Fernández rectificó en gran medida lo hecho por su antecesor, Mauricio Macri. Argentina ya no reconoce a Juan Guaidó como presidente encargado, y apuesta por una solución negociada entre los actores de aquél país, que es como apoyar a Maduro. Argentina no se retiró formalmente del Grupo de Lima, hostil al gobierno bolivariano, pero no firma ya ninguno de sus comunicados y se muestra activo en el  Grupo de Puebla, mucho más complaciente con el chavismo.

Con el resto del mundo, las relaciones de Argentina tampoco son normales. El ministro encargado del área, Felipe Solá -que no habla ningún idioma- tuvo su primer contacto con su par norteamericano, Mike Pompeo, vía telefónica, este 8 de junio, seis meses después de llegar al gobierno. Y Alberto Fernández solo habló una vez con Trump, a pesar de que Estados Unidos tiene un papel trascendental en las gestiones para la renegociación de la deuda. Una cuestión que puede considerarse como la más apremiante que enfrenta la Argentina, en medio de un panorama económico desolador, y que la actual pandemia no ha hecho más que recrudecer.

Al mismo tiempo hay numerosas embajadas argentinas, algunas de peso, que siguen sin ser ocupadas por sus titulares. Recién seis meses después de llegar al gobierno, se decidió cubrir las sedes diplomáticas de China, Francia e Israel. Aún no se incorporó a la embajada en Brasil el titular designado, Daniel Scioli, ni se decidió quién irá al Reino Unido e Italia. El candidato a la embajada de España, Ricardo Alfonsín -hijo del ex presidente Raúl Alfonsín- está pendiente de su confirmación por el Senado y la delegación diplomática está a cargo de un encargado de negocios.

Este enfoque respecto a la acción exterior argentina tiene su correspondencia en la política doméstica, como el nuevo cepo al dólar, las dificultades de todo tipo impuestas al comercio exterior y la idea de “vivir con lo nuestro”, una vieja idea del peronismo. En realidad, todas son viejas ideas que llevaron al fracaso y la decadencia.

Reunión del Mercosur propicia el primer encuentro de los presidentes de Brasil y Argentina