domingo 31.05.2020

Tiempo de elecciones y globalización

El miedo a los políticos, a la corrupción, el terrorismo, el futuro de las pensiones, la inmigración, van saliendo a palestra de forma rotatoria a medida que los creadores de tendencias lo van decidiendo

Siempre me pregunto por qué hay temas que acaparan el escenario mediático durante un tiempo y desaparecen para ser sustituidos por otros, sin solución de continuidad. Al cabo del tiempo los temas aparcados vuelven a reaparecer, con la misma intensidad que cuando estuvieron de moda. Eso sí, como si todo lo debatido se hubieran olvidado y tuviéramos que empezar de nuevo.

Me parece que este hecho de que un acotado número de asuntos deje de ser problema, para volver a serlo al cabo de un tiempo, tiene mucho que ver con un exhaustivo y programado proceso de adoctrinamiento al que se ven sometidas nuestras modernas sociedades. Se me ocurre que todas esas cuestiones tienen que ver con la promoción de una tendencia superior que alimenta el miedo generalizado. Recuerdo a Dostoyevsky, dar un nuevo paso, decir una nueva palabra, es lo que más teme la gente.

Y ese temor se ha agudizado en un mundo globalizado. Ya se había avanzado mucho con todas las lecciones del ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels y sus famosos 11 Principios de Propaganda, que permitieron el gobierno del terror y el genocidio, mientras las masas siguieran confiando en el líder.

Ya el mundo había padecido el estalinismo, que no consistía en otra cosa que aprovechar los consejos de Trotsky de no despreciar el terror como forma de alcanzar el poder, siempre que ese terror fuera el terror de masas. Aunque tampoco despreció Koba el Temible el atentado individual, como bien demostró con el propio Trotsky, enviando un sicario ejecutor a Méjico.

Un mundo que había escuchado de boca del propio Mao que, para decirlo con toda franqueza, en todas las aldeas se necesita un breve periodo de terror. Ese mismo mundo en el que las dictaduras castrenses latinoamericanas eran designadas como gobiernos cívico-militares.

Tal vez lo que distingue a nuestros tiempos es que el terror se convierte en estructural y permanente, aceptado como inevitable, aunque en continuo cambio y en eterno retorno. En las encuestas sociológicas serias, pongamos la del CIS (siempre que no hable de previsiones electorales), el miedo al paro, la precariedad, la pérdida del empleo, es una constante que lleva años encabezando los miedos de la ciudadanía.

Luego, las preocupaciones ya son más variables. El miedo a los políticos, a la corrupción, el terrorismo, el futuro de las pensiones, la inmigración, van saliendo a palestra de forma rotatoria a medida que los creadores de tendencias lo van decidiendo.

No creo que haya un club donde se reúnan esos que llamo creadores de tendencias. No creo tampoco que decidan milimétricamente quién gana y quién pierde unas elecciones. No me parece que tengan la capacidad de predecir todas las consecuencias de sus quebraderos de cabeza, pero generan los miedos necesarios para que la sociedad se encamine hacia determinados puestos de mercancías.

Siempre que los ganadores, o los perdedores, de unas elecciones acepten de forma “realista” la lógica de funcionamiento del sistema, viene a darles igual el modelo que los consumidores adquieran porque, como bien sabe cualquier empleado de grandes almacenes, terminarán pasando por la misma caja.

Me llama la atención que los corruptos y sus testaferros acaben algunas veces, sólo algunas veces, en la cárcel, mientras que los corruptores, que pagaron la fiesta a cambio de contratos, contratas, concesiones, privilegios y prebendas, nunca acaben tras las rejas. Así son las cosas.

Me parece terrible, pero estoy comenzando a temer que crezca la sensación de que todo cambio político termina por consistir en introducir más o menos medidas de equidad en el reparto de las migajas de un pastel que se encuentra ya adjudicado. Me preocupa que la gente lo perciba así.

Una percepción que parece avalada por el hecho de que las grandes decisiones económicas, que afectan a la cultura, el empleo, el modelo de sociedad y que pesan como losas sobre las decisiones políticas, vienen impuestas desde las grandes corporaciones globales. Quien se mueve no sale en la foto. Es más, es sacado a empellones de ella.

Sé que, probablemente, vuelvo a pecar de ingenuidad. Pero sigo creyendo que las personas tenemos en nuestras manos la elección de nuestro destino. Que los datos, los algoritmos, el famoseo, la mentira, los dictadorzuelos de las recetas simples y la mano dura, los superficiales influencers, los creadores de tendencias, los que manejan el dinero y los hilos del poder, no lo controlan todo.

Dejan resquicios por los que la honestidad, la coherencia, la decencia, la serenidad, la radicalidad de una política al servicio de la gente, se cuelan y abren brechas por las que las necesidades, las ilusiones y la vida de las personas, se terminan colando hasta el centro mismo del poder. La vida siempre se abre camino.

Este año hay elecciones de todo tipo. Municipales, europeas, autonómicas. Si se ponen a tiro, puede haber incluso elecciones generales. Quien más, quien menos expondrá su mercadería y llamará a la puerta de nuestros miedos, nuestras hambres, nuestros vicios, nuestros sentimientos, para que compremos en su tenderete.

Creo que, esta vez, procuraré pasear las calles, mirando a mi gente, la ropa tendida en los balcones, sus hijos cuando van al colegio, los mayores sentados en los bancos del parque antes de volver al solitario abandono de sus casas, los jóvenes esperando una oportunidad, los vecinos que nacieron aquí y los que llegaron de allá.

Antes de ir a votar, porque iré a votar, pensaré en alguien que crea que puede haber recorrido esos mismos caminos. Personas que me parezcan dispuestas a unir voluntades para protegernos de los poderosos, que cuiden que nuestra sanidad, la educación, los servicios sociales, la atención a los dependientes funcionen razonablemente bien y no sean negocio de nadie. Que intenten siempre que el diálogo se imponga sobre el abuso y la negociación sobre cualquier forma de violencia.

Que salgan de la responsabilidad política como entraron en ella. Que dediquen más tiempo a escucharnos y sentarse a buscar con nosotros las soluciones, que a publicidad y propaganda. Que me hagan sentirme acompañado y diluyan mis miedos. Entonces iré y votaré a esas personas.

Tiempo de elecciones y globalización