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miércoles. 28.09.2022

Las elecciones como reality

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El espectáculo ha pasado a los deportes, a los documentales, a las tertulias de todo tipo y, al final, ha llegado a la política. Cada vez son más los programas dedicados a resaltar la vida y las obras de los personajes políticos

Hay quien se asombra del éxito de los programas que ofrecen carnaza humana, ya sea porque nos muestran a una serie de personajes desconocidos pero conflictivos, o bien demasiado conocidos (a los que llaman VIP) pero siempre dispuestos a mostrarnos sus instintos primarios y sus bajas  pasiones.

Los protagonistas se nos pueden aparecer en una cárcel de cristal, en un plató de televisión, cambiando de pareja, iniciándose en  la costura, el canto, o el mundo del espectáculo, redecorando su casa, cambiando de casa, abriendo un trastero, tuneando coches, viviendo en pelotas, malviviendo en una isla perdida, resistiendo en un lugar lejano e inhóspito, o sobreviviendo en la profundidad de una selva.

Aunque se suelen señalar los orígenes de este tipo de programas en alguna serie holandesa de principios de los 90 del siglo pasado, o en las primeras ediciones de Gran Hermano a finales de esa misma década, yo creo que sus antecedentes remotos se remontan a los experimentos nazis sobre el comportamiento humano, readaptados por esos mismos nazis cuando pasaron a las filas soviéticas, o estadounidenses, según fuera el ejército al que entregaron las armas.

Un precedente aún más lejano, podemos encontrarlo en esos espacios urbanos, lugares estratégicos de paso, donde se acumulaban los ociosos, o los buscavidas, ganapanes, fisgones de todo tipo, para ver pasar las noticias por la calle. Un buen ejemplo lo podemos encontrar en el Mentidero de las gradas de la iglesia de San Felipe Neri, bien situado en la Puerta del Sol y que permitía ojear, en animada tertulia, el trasiego cortesano por Mayor, Alcalá y Carrera de San Jerómimo

Las carrozas de Palacio, con sus cortinas abiertas, o cerradas, permitían conocer, o especular sobre los cambiantes amoríos de la Corte, los cambios de tendencias y de personajes influyentes. Tal era el éxito del programa y la afluencia de público, que un buen día la balaustrada cedió y buen número de espectadores cayeron al vacío, con no pocos daños personales, incluidos muertos y heridos. 

Pues bien, el espectáculo ha pasado a los deportes, a los documentales, a las tertulias de todo tipo y, al final, ha llegado a la política. Cada vez son más los programas dedicados a resaltar la vida y las obras de los personajes políticos, sus conflictos, sus aristas cortantes, los asuntos más polémicos, los encontronazos más sonoros. Todo ello con un toque como de documental bien sustentado en numerosos testimonios personales y gráficos.

No faltan los héroes y villanos de manual, según la línea editorial del programa. 

Conviene recordarlo hora que de golpe, se nos abren todos los frentes electorales. Elecciones europeas, generales, autonómicas, locales. Nuevos actores que envejecen a marchas forzadas. Actores tradicionales que reaparecen, o que fracasan en su intento de reinventarse. Nuevos fichajes, en nuevos partidos. Todos dicen lo mismo que sus antecesores, pero más alto, más fuerte, con menos complejos. 

Hubo quien creyó, en las anteriores elecciones, que con la irrupción de dos nuevos partidos acabaría definitivamente el bipartidismo. Pero, por la derecha y por la izquierda  parecen empeñados en demostrar que una vez que la célula se divide, puede volver a subdividirse tantas veces como quiera.

Cualquiera en su sano juicio entiende que el Brexit, Venezuela, Cataluña, sólo tienen una solución, la negociación y el acuerdo, respetando los marcos del derecho y utilizando los resortes de la política. Sin embargo, hacerlo así requeriría salir del reality show permanente. Renunciar a dar espectáculo y centrarse en el gobierno sensato de los problemas. Así que podemos augurar que Cataluña y la unidad de España, intentarán ser convertidas por algunos en monotema electoral. 

Desazonador panorama para quienes entendemos que el problema de España no es Cataluña, sino un modelo productivo especulador, insano, de altos y rápidos beneficios económicos, a costa del empleo basura y el aumento de las desigualdades. Ese es nuestro problema como país. 

Un problema que hace que nuestra fiscalidad real esté muy por debajo de los países líderes de la Unión Europea. Eso hace que no haya recursos suficientes para asegurar la igualdad en sanidad, educación, acceso a la vivienda, servicios sociales, dependencia, o pensiones. Tras la crisis hay más ricos y una parte importante de la población, más empobrecida y con menos posibilidades de atender sus necesidades reales.

Me parece difícil que la derecha renuncie a la crispación porque, aunque con ello fractura España, entienden que les da votos y creen que es determinante para alcanzar el liderazgo en la derecha y hasta se me ocurre que algunos nacionalistas creen que contra el resto de España se vive mejor y que pueden recuperar algo del fuelle perdido. 

Así las cosas, es muy probable que nos encaminemos hacia unas convocatorias electorales con graves riesgos de convertirse en nuevas y sucesivas oportunidades perdidas. Todo dependerá de que sean muchos los ciudadanos y ciudadanas que decidan salir a votar pensando con la cabeza y sintiendo cerca sus problemas reales, pero sin dejarse embaucar por los llamamientos a las bajas pasiones, al miedo al extranjero y a la mano dura con los distintos y discrepantes. 

El problema es si seremos capaces de escapar de la conjetura de la que ya nos alertó uno de los imprescindibles, Anatole Francesólo se ejerce una fuerte acción sobre los individuos apelando a sus pasiones, o a sus intereses, no a su inteligencia.

Las elecciones como reality