sábado 04.04.2020

La conspiración del coronavirus

Siempre hay una conspiración en marcha para explicar nuestros males y justificar la competente ineficacia de unos, la eficiente indolencia de otros y el felicísimo dolce far niente que conforma las esencias de la vida nacional. A estas alturas todos tenemos claro en España que esto del coronavirus es una conspiración en toda regla, pese a las explicaciones ofrecidas por las autoridades sanitarias. Y esto de la conspiración es libremente interpretable.

Piensa el ucraniano que son los rusos los que han llevado esta nueva peste a China y piensa el ruso que son los chinos, tal vez en connivencia con los ucranianos, los que han montado este circo. Creen algunos chinos que son los yankis los que utilizan el coronavirus en su guerra comercial contra ellos, Trump piensa cada día una cosa y lo malo es que va y lo suelta y lo hace aunque no venga a cuento.

Anuncian otros que estamos ante un virus diseñado para guerras bacterilógicas escapado de un laboratorio, o de una nave extraterrestre. Los españoles, bueno, cada uno piensa una cosa y algunos pensamos dos o más al mismo tiempo.

-De conspiraciones nada. Estamos ante la mutación de un virus animal que ha pasado a los humanos,

dice alguien cercano que lleva en su bagaje conocimientos veterinarios,

-A nuestro favor juega que según avanzan los meses el calor lo detiene porque lo inactiva,

dice mi primo que algo sabe del asunto por su profesión,

-Bueno, quién sabe…

digo yo para ver si hay base o no en eso que me cuenta. La respuesta es clara y contundente y me deja algo más tranquilo,

-Sí, sus proteínas de anclaje a las células se desnaturalizan con el calor y le convierte en inactivo.

Lo dicho, más tranquilo, aunque al tratarse de un virus nuevo puede que no funcione con calores y fríos.

Mientras, a mi alrededor unos acaparan mascarillas, a base de comprarlas, o de robarlas, no faltan quienes las almacenan y las revenden a buen precio. Otros recolectan comida en los supermercados por si llega el apocalipsis y todos nos dejamos vencer y convencer por el miedo, el pánico, el terror, la huida hacia refugios seguros, tal vez por eso desaparece el papel higiénico de las estanterías de los supermercados, el alcohol de las farmacias. En este país nunca hemos olvidado aquella guerra civil y su hambruna posterior que muchos no vivimos, pero que venía grabada en la huella genética que nos legaron nuestros padres.

Corren nuestros gobernantes a taponar la riada de pánico y adoptan medidas que intentan tranquilizar al personal, aunque a veces crean más pánico y otras veces ponen en marcha remedios que parecen peores que la enfermedad. Y es que es difícil delimitar bien las fronteras entre tranquilidad inconsciente y serenidad a prueba de bombas. Porque esa es la clave, la serenidad.

Leo por ahí que no es la primera vez que nos enfrentamos a epidemias, a veces mucho más mortales. Hemos vivido anteriormente crisis como la de las vacas locas, el VIH, el ébolavirus, un montón de hepatitis. La gripe aviar, porcina, variante del H1N1, o como queramos llamarla, que de todo tenía y que dejó 18.000 muertos contabilizados con pruebas de laboratorio por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero que algunos expertos estiman en 500.000 personas muertas entre abril de 2009 y agosto de 2010.

Otro coronavirus muy conocido, como aquel que vino de China en 2003, era similar al actual COVID-19, producía un Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS), con neumonía y alta mortalidad. Era menos rápido en su propagación, pero más mortal aún.

La campaña de gripe de 2017-2018, tuvo que enfrentar la invasión de una nueva cepa aparecida en Yamagata (Japón). Tan sólo en España produjo 800.000 contagiados, más de 50.000 hospitalizados y 15.000 muertes. Fue algo excepcional, pero aún así, cada año, mueren en España cerca de 6.500 personas por esta enfermedad.

De esta experiencia tenemos que salir entrenados para la serenidad, la prevención y las buenas prácticas sociales, laborales y políticas

Dicho lo cual, somos conscientes de que no nos hemos visto en otra y medidas que ayer no se valoraban como positivas, como el cierre de colegios, o de fronteras, son hoy generalizadas. No tenemos experiencia previa y ojalá no tengamos que volver a repetir esta situación muchas veces más. Creo que, sea cual sea el color del gobierno al que le toca una pandemia como ésta, sólo podemos confiar en que lo hará lo mejor que pueda y que no se dejará vencer por el pánico reinante.

Ya llegará el momento de valorar, por ejemplo, lo positivo y lo negativo de que los niños no vayan al colegio porque son activos transmisores del virus, mientras se quedan con los abuelos, que son población de alto riesgo. No podemos correr en soledad, pero podemos hacer largas colas en la puerta del supermercado, o dentro de la farmacia. No puedo salir con mi hijo a dar un paseo al sol, pero puedo comprarme un perro y salir sin restricciones.

El teletrabajo improvisado, por ejemplo, es un desastre porque muchos empresarios nunca se lo habían tomado en serio como posibilidad para facilitar la vida familiar y personal de sus trabajadores y trabajadoras. O no funciona el sistema y se cae con frecuencia, o no sabemos hacerlo funcionar. Hay actividades imposibles sin presencia física, pero otras muchas sí lo son y podríamos haberlas ensayado, pero ni nos lo habíamos planteado.

En fin, a lo mejor me equivoco, pero me parece que de esta experiencia tenemos que salir entrenados para la serenidad, la prevención y las buenas prácticas sociales, laborales y políticas. Seguro que aprendemos, por ejemplo, que el sistema sanitario público debe ser fuerte, o que los servicios sociales deben ser públicos y estar bien dotados. Que lo de más mercado y menos Estado no vale cuando las cosas se ponen feas.

Por ahora toca fiarse de quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestra salud pública. Alertar de las insuficiencias, ayudar a corregirlas y aplaudir a cuantas personas hacen posible que el mundo siga funcionando y las vidas se sigan salvando.

La conspiración del coronavirus