miércoles 01.04.2020

El año del fin del mundo

Rafael Amor
Rafael Amor

Nada que celebrar en el nuevo año, España se va a la ruina, dice el famoso cuñado con el que compartimos mesa, mantel y cuanto sobre ella colocamos en cada cena navideña. En otro lugar un tal Zulueta, que debe considerarse alguien importante, paga tuits publicitarios en los que dice que Sánchez e Iglesias tumban la confianza de los empresarios al nivel de la crisis.

Lo cierto es que mientras duró la crisis se multiplicó por 6 el número de millonarios en España. Ni tan mal les fue a algunos con la famosa crisis. Y la crisis continúa. La recesión va y viene, pero la crisis se ha convertido en escenario costumbrista entre nosotros, a base de precariedad en los empleos, los salarios, las vidas.

La reforma laboral les ha puesto en bandeja a los amantes de los altos y rápidos beneficios, la posibilidad de contar con una mano de obra atemorizada, temporal y de bajo coste. Así no hay que invertir en mejoras productivas, aunque el precio sea el no futuro, porque las empresas que no invierten en productividad y formación de sus trabajadores no tienen futuro.

La bolsa baja, dicen otros, por culpa del miedo que produce un gobierno de izquierdas. Pero lo cierto es que la bolsa baja y luego sube, en función de factores y miedos aleatorios, como un bombardeo de Trump, o una guerra comercial. Una bolsa como la española, en la que los inversores internacionales no aconsejan apostar, es un póker con las cartas marcadas, en el que siempre pierden los mismos, los pequeños inversores a los que alguien ha convencido de que son parte esencial del sistema y en la que ganan los que siempre ganan, la banca, siempre la banca.

La economía, como esencia de la vida es una enfermedad mortal, porque un crecimiento infinito no armoniza con un mundo finito. No hacía falta esperar a Greta para venir a contarlo, ya lo dijo Erich Fromm hace medio siglo. Por eso hay que repartir, difuminar, difundir, inventar miedos.

La unidad de la patria amenazada por los catalanes. Los colegios concertados van a desaparecer. Las pensiones no tendrán futuro. La sanidad pública tiene los días contados. Nos van a freír a impuestos. Hasta el Obispo Presidente de la Conferencia Episcopal llama a estar alerta y dice sentirse inquieto ante el gobierno progresista. Mensajes así, que repetidos una y otra vez, desde todo tipo de voceros a sueldo, pueden llegar a parecer verdad, aunque no resisten el mínimo análisis, ni tan siquiera económico.

Y sin embargo hablo con una amiga a la que le faltan diez años para jubilarse y casi da por hecho que para ese momento ya no habrá pensiones públicas. No te cuento lo que creen mis hijas. Pero el verdadero arte de la política es priorizar y decidir en qué invertir con recursos económicos que nunca son infinitos. Leo, por ejemplo, que Alemania ha decidido que sus universidades sean gratuitas, incluso para los extranjeros que quieran estudiar allí. Eso es una apuesta política de futuro. Cuesta dinero, pero estiman que producirá cuantiosos beneficios para el país. Es otro mundo.

Es verdad que no es sólo la economía lo que se ventila, al menos para la mayoría de España, en esta operación inmensa de descrédito anticipado de un gobierno de izquierdas que sería mucho más prudente (y hará bien, que las prisas nunca fueron buenas consejeras) de lo que muchos quieren hacernos creer.

Son muchos otros los intereses sociales en juego. Que no nos privaticen el sistema de pensiones a la chilena. Que las personas mayores, discapacitadas, dependientes, sean atendidas cuando lo necesiten. Que los contratos sean más estables. Que los salarios permitan mantener la vida de las familias. Que la educación sea gratuita, pública y universal. Lo mismo que la sanidad. Que podamos hablar, manifestarnos, crear, con libertad, sin que nos amordacen y encarcelen por hacerlo.

Ha muerto en estos días, justo antes de la Nochebuena, Rafael Amor, uno de los referentes musicales, tanto como decir vitales, de nuestro particular sendero para recorrer la Transición española. Autor de aquella canción profética, No me llames extranjero, popularizada luego por Alberto Cortez. De aquella otra, Elegía a un tirano, ya ves tú, cantada en un país donde era difícil enseñarnos algo sobre  tiranos. Su Canción para una lágrima, que acompañó nuestros desengaños y tristezas de amor y no sólo de amor. Aquel Nacimiento del hijo, de aquel primer hijo, en mi caso hija.

Los romanos consideraban patriotas a quienes convivían acogidos y protegidos por los mismos derechos. Quien tiene derechos es parte de la patria. Quien no los tiene es extranjero. La palabra bárbaro tenía entonces un significado distinto al de salvaje. Bárbaro era, más bien, quien no dominaba el lenguaje, ni tenía los mismos derechos que el pueblo romano.

Pues bien, vamos a un gobierno al que queremos patriótico, porque no permita los privilegios de unos pocos frente a los derechos de todos. En un país donde la tiranía, el abuso, la corrupción, no tengan cabida. Donde el dolor de los otros, sea nuestro dolor y nadie se sienta abandonado, o solo. Donde el nacimiento de un hijo, o una hija, sea fruto de la libertad y vivir no sea nunca una condena, un delito (el mayor, como afirmaba Calderón), un callejón sin salida.

Merece la pena, seguro que merece la pena. Las tensiones serán muchas. La investidura de vértigo y, aún cuando se produzca, el escenario será incierto. Pese a todo, que no cunda el miedo. El gobierno tendrá aciertos y cometerá errores, caminará por un campo sembrado de minas, pero no será el fin del mundo.

Pase lo que pase seguiré escuchando a Rafael Amor, tal vez en la versión de Mercedes Sosa, Te han sitiado corazón y esperan tu renuncia, los únicos vencidos, corazón, son los que no luchan.

El año del fin del mundo