viernes 10.07.2020

Promesa de cenizas

Este nuevo paradigma viral nos revela una forma de ser otro. Somos ciudadanos del mundo feliz huxleiano habituados a nuestra zona de confort primermundista que nos permite disfrutar de todo lo material sin dejar de codiciar mucho más de lo que necesitamos sin límite ninguno. Y de repente, en cuestión de días nos damos cuenta de que andamos faltos de algo tan elemental como los afectos, la empatía con el otro, la solidaridad entre nosotros, una palabra de aliento, de agradecimiento... Todas las tardes en los aplausos de las 8 nos encontramos con los vecinos que antes veíamos por la calle pero ni nos saludábamos, ahora conversamos de balcón a balcón, nos preocupamos por la salud, hacemos la compra a quienes no pueden. De pronto nos damos cuenta de que aún hay mucha gente pasando el encierro en casas pequeñas compartidas con varias personas, familias de inmigrantes que viven en apartamentos de apenas 30 metros cuadrados o menos, incluso duermen en camas calientes por turnos de 4 o 6 horas; otros tantos que viven escondidos bajo los puentes, duermen a hurtadillas en portales o en vestíbulos de los cajeros automáticos, mujeres que malviven con su maltratador o violador; ancianos enfermos que mueren en completa soledad sin una palabra de aliento... Este virus nos ha dejado ver los miles de otros virus bajo la máscara protectora de nuestra sociedad opulenta, ha sacado a flote la ruina deliberada de nuestra sanidad pero está ocultando otras pandemias como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento desde hace años.

No hay demasiados motivos para el optimismo. No parece que tras la crisis venga la luz. Todo indica que seremos incapaces de escaparnos de la caverna de Platón donde los hombres permanecen prisioneros de la oscuridad y las sombras. Cuando esto pase, nos olvidaremos de cuantas carencias asomaron a nuestra ventana y volveremos a la vida de siempre, a las prisas, a la competencia descarnada, al egoísmo, a nuestra soberbia genética. Los depredadores continuarán depredando, los avaros sumidos en su avaricia, los codiciosos en su codicia, los ricos seguirán haciéndose más ricos y los pobres mucho más pobres.

La Unión Europea, ensimismada en su agonía, se resiste a aplicar políticas solidarias con los miembros más afectados por la plaga

El chileno José Donoso trató de detener el tiempo en obras como La desesperanza o El obsceno pájaro de la noche, de cuyas lecturas deducimos su necesidad para pensar si somos verdaderamente humanos. Cuando podamos abrir finalmente las puertas de este confinamiento forzado quizá entendamos que “la vida no es sino una promesa de cenizas”, advierte Saramago en El cuaderno del año del Nobel.

El paleontropólogo Eudald Carbonell señala que el virus ha desestructurado todavía más nuestro sistema, ya bastante inestable de por sí. Esta pandemia nos desvela nuestra propia traición y deslealtad hacia nosotros mismos, hacia nuestra especie.  Las consecuencias pueden ser terribles, y no sólo las económicas, que ya estamos viendo. Epidemiólogos y virólogos advierten de que ataques como el actual son secuenciales y cada vez más exponenciales, que se agudizan mucho más en las grandes aglomeraciones demográficas donde con decenas de millones de personas en las megalópolis de Asia, Brasil o México este virus letal puede causar estragos inimaginables. Y si bien los humanos no somos responsables del cambio climático,  “hemos contribuido a su aceleración” y puede interaccionar con fenómenos epidémicos, lo que podría provocar cambios sociales determinantes.

Nunca antes el ser humano había aplicado una lógica de desafío a nuestra propia evolución y a la selección natural mediante una herramienta creada artificialmente por él mismo que puede llevar a su destrucción: “la selección técnica cultural”, cuya principal consecuencia es establecer mecanismos “para evitar que la selección natural actúe”, en palabras de Carbonell. Hasta hace muy pocos años esto no era posible, pero hoy los grandes avances en biotecnología lo permiten. Avances que pueden actuar en contra de la propia especie si ésta se lo propone. Y a la vista de los hechos, no parece andar demasiado lejos de proponérselo. Como advierte Lassalle en Ciberleviatán: el colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital, es probable que asistamos o estemos asistiendo a la retirada del humanismo porque la tecnología ya se ha adentrado en nuestra condición de humanos. En menos de una década hemos pasado de “funcionalidades administrativas, comunicacionales o culturales, a un poder de guía algorítmica de nuestras vidas cotidianas y de organización automatizada de nuestras sociedades”. Y sin embargo, sólo depende de nosotros que las incógnitas ante los grandes avances científicos no se nos vayan de las manos y nos acaben dominando, tal como nos recuerda el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga en Vida. La gran historia, su última obra publicada.

No deja de llamarnos la atención que, tras más de cuatrocientos mil años de evolución, el sapiens sapiens es la única especie poseedora de autoconciencia desde hace tan sólo algunos miles de años, recuerda también Carbonell. Autoconciencia que lleva a sentirnos y a creernos no sólo la especie elegida, como señalaba Arsuaga en su conocido libro, sino superior al resto de seres vivos. Y sin embargo, no siempre utilizamos esta facultad para mejorar nuestras condiciones de vida ni la de cuantos comparten el planeta con nosotros, ni su digno sostenimiento. “Si enferma la tierra, los animales, enfermamos nosotros", recuerda la escritora yagán Cristina Zárraga

“Estamos ciegos… usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a sus semejantes”, recuerda José Saramago a sus lectores que fue esto justamente lo que le llevó a escribir el Ensayo sobre la ceguera (Discurso pronunciado ante la Academia sueca el día de la concesión del Premio Nobel: De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz)

Pensamos que no nos debería resultar tan complicado iniciar un giro de 180º para ir revirtiendo la situación. Una buena forma de empezar sería poner de acuerdo a los gobernantes para elevar la Declaración Universal de los Derechos Humanos y todas las declaraciones que emanan de ella a categoría de Leyes de Obligado Cumplimiento en todo el planeta. Dicho así, parece algo fácil de hacer, pero todos sabemos que no lo es en absoluto, al menos si nos atenemos a los hechos. Empezando por lo más obvio, la inmensa mayoría de quienes formamos esta especie no tenemos el control -y cada vez menos- de nuestra vida ni de la vida de nuestros semejantes, ni mucho menos de la supervivencia de nuestro entorno. Así, esta globalización -“sea mundial o europea, es un totalitarismo”, subrayó el Nobel luso- nunca se hizo pensando en la gente común sino en las élites, las grandes transnacionales, los organismos que las amparan. Pero como también advirtió, “la cuestión esencial de nuestro tiempo no es tanto la globalización sino la pérdida de un sentido ético de la existencia… ¿Qué será de nosotros cuando se pierda la última dignidad del mundo?”, se pregunta en El cuaderno del año del Nobel.

Lo más probable es que no haya más oportunidades para cambiar el sistema, sostiene Eudald Carbonell, para quien va a ser difícil que podamos resistir otra crisis como ésta, cuyas probabilidades de producirse son muy elevadas. Por ello, es urgente generar una conciencia crítica, o lo que Emilio Lledó denomina inteligencia crítica. Entre tanta desinformación, señala, debemos ser capaces de plantearnos “las preguntas propias de una mente libre: quién nos dice la verdad, quién nos engaña, quién quiere manipularnos”. En nuestro país no hace falta intuirlo.

De nada va a servir esta pandemia si quienes la gestionan no van más allá de paliar sus efectos y una vez que se controle, volver a la situación anterior, porque ésta es una oportunidad para cambiar el sistema económico y social mundial, vale decir, el capitalismo. Poca cosa. Aristóteles en la Política decía que la polis griega tenía un único fin: el bien común.

La primera premisa es quién está en condiciones de transformar el sistema actual, pero, fundamentalmente, si existe voluntad de hacerlo. La otra cuestión, y no precisamente baladí, es cambiarlo por qué otro modelo. Los ensayos de alternativas a lo largo de la Historia no parecen haber sido demasiado exitosos, como tampoco es lo que tenemos, ciertamente. No es mal comienzo incorporar las mayores dosis posibles de racionalidad ética en igualdad y en equidad bajo supuestos ilustrados -“los principios morales derivan su autoridad de la soberanía de la razón”, afirmaba Kant-, como está tratando de hacer nuestro actual gobierno para que nadie se quede atrás, en un ejercicio verosímil de “leyes para una república de la razón”. Se nos antoja digno el rescate a las personas, no a las grandes empresas o a la banca con miles de millones que jamás devolverán, en esa práctica habitual del anterior gobierno “patriota”, cuyo dogma neoconservador reza que los privilegios de las élites son intocables. A mayor infortunio, el caldo de cultivo de un nuevo fascismo aderezado por un nacionalismo excluyente y supremacista está servido –incluso con una máscara de tinte “izquierdista”-.

Mientras, la Unión Europea, ensimismada en su agonía, se resiste a aplicar políticas solidarias con los miembros más afectados por la plaga. Miles de inmigrantes continúan tratando de sobrevivir escapando de sus infiernos y muriendo en el intento; otros tantos refugiados malviven en míseros campamentos. En Estados Unidos, millones de personas continuarán sin seguro médico. “¿Qué será ahora de la cuarta transformación de México? ¿En qué quedarán las demandas del pueblo chileno?...”, se pregunta Baltasar Garzón. La irresponsabilidad de Bolsonaro, la consolidación del golpe de Estado en Bolivia del que ya nadie habla, el cerco marítimo que Estados Unidos ha desplegado contra Venezuela, el persistente estrangulamiento al pueblo cubano, la debilidad de las instituciones ecuatorianas incapaces siquiera de gestionar los cuerpos sin vida abandonados en las calles, el acoso y asesinato de líderes indígenas y sociales colombianos aún en medio de la pandemia. Son reflexiones del magistrado que hacemos nuestras.

Basta repasar la Historia y entresacar las lecciones positivas de la Antigüedad, del Humanismo renacentista, de Las Luces, de las revoluciones burguesa y socialista, las cosmovisiones indígenas de América Latina con su veneración a la Pacha Mama. De todo ello tenemos mucho que aprender los occidentales si queremos verdaderamente salvar este mundo, sin dejar de reconocer un cierto grado de bienestar que hemos alcanzado, aunque no para todos, y determinadas conquistas de libertades que es forzoso mantener. Y recuperar cuantos derechos hemos perdido en beneficio de una seguridad ficticia.

Se trata del futuro de la especie y del planeta si no queremos que sea de cenizas.

Promesa de cenizas