Podemos afirmar siguiendo al sabio cónsul que las democracias de nuestro tiempo paulatinamente están perdiendo los valores propios de la senectud en su sentido ciceroniano

En la última etapa de su vida, apartado de la política a causa de las insidiosas ambiciones que habían acabado con la República de Roma, quien fuera uno de sus más destacados cónsules, Marco Tulio Cicerón, se retiró a su villa de Tusculum. En ese paradisíaco lugar próximo a Roma, donde se han encontrado importantes restos arqueológicos, Cicerón se dedicó  a reflexionar y a escribir rodeado de libros -cumpliendo así su mayor deseo- sobre todo cuanto le interesaba de la vida: del bien y del mal, de la amistad, de la muerte, de la naturaleza de los dioses o de la vejez.

Cicerón era depositario y servidor de todas las virtudes políticas y humanas que sostuvieron en su tiempo la Res publica, virtudes como auctoritas, nobilitas, dignitas, veritas, libertas, aequitas, iustitia, firmitas, laetitia, fides, pietas, humanitas

En su obra De Senectute, Cicerón se lamenta de la decadencia de la República y explica sus motivos, entre los que estaban la corrupción, la codicia y el abandono de sus virtudes esenciales. Virtudes que han trascendido en el tiempo y hoy tienen el mismo valor que hace dos milenios: isonomia o igualdad política, boule o voluntad de participación en lo común, eunomia o vocación de la ley por la justicia, eleutheria o libertad como atributo inalienable del ser humano, paideia o educación como cultivo permanente de la personalidad y de las facultades de la persona, dike o sentido de la justicia, eudamonia o felicidad como realización plena de la persona y razón de ser del Estado, y otras muchas.

Consideraba Cicerón que la República estaba envejeciendo mal. Pero no por la edad de quienes la conformaban, sino por la definición que Galeno dio de la vejez, es decir, por “tener sus facultades mermadas”. Lo que, trasladado a la naturaleza de su proyecto político, la República estaba perdiendo el espíritu transformador de sus valores esenciales, heredado del impetus animi que inspirara la democracia ateniense en tiempos de Pericles. Lo mismo que ocurre cuando las personas envejecemos mal, así le ocurría a la República de Roma. Y a nuestras democracias.

Podemos afirmar siguiendo al sabio cónsul que las democracias de nuestro tiempo paulatinamente están perdiendo los valores propios de la senectud en su sentido ciceroniano. Porque han dejado de ser fieles a su esencia, es decir, han perdido aquel espíritu que, al menos en la letra, les animaba a ser un proyecto político esencial y permanentemente joven, ese sistema ideado para hacer de la persona un animal político, portador de aquellas virtudes propias de la democracia ateniense: ese empeño altruista que creó la política, el Ars política como arte de conciliar la voluntad de todos para combatir el egoísmo, la codicia y todo cuanto envicia a la democracia; ese arte que aspira a corregir las injusticias derivadas de la desigualdad económica y social usando como medio la igualdad política, propugnando el bien público y el interés común por encima de cualquier interés espurio que busque el beneficio de unos pocos en detrimento de la mayoría de las personas.

Nuestra democracia, en efecto, igual que la ateniense, igual que la República romana, se está perdiendo “por nuestros vicios, y no por azar, aunque de nombre sigamos manteniéndola”, tal como señaló el propio Cicerón en el proemio de otra de sus obras: De re publica. Como aquellas otras, la democracia contemporánea sólo tiene de tal el nombre, un significante vacío de contenido, usurpado por los poderosos para servirse de ella en su propio y único beneficio. Atenas descubrió que la desigualdad económica sólo puede combatirse con la igualdad política, pues una democracia que pueda ser denominada como tal ha de aspirar necesariamente a una justa distribución de la riqueza. Pero sabemos que quienes han ido forjando los regímenes políticos que tenemos, en su fuero interno nunca han creído en la igualdad económica. Y, a juzgar por los votos, pareciera ser que un elevado número de ciudadanos, tampoco. Aprovechando las leyes que aquéllos se dieron, han creado un modelo social basado en una injusticia distributiva lacerante, de suerte que dos de cada diez personas pasan hambre y carecen de lo imprescindible para vivir.

Si nuestro romano se asomara a nuestro mundo, no tardaría en darse cuenta de que no es sólo más viejo, sino también mucho más rico, pero más desigual. Por un lado, se entusiasmaría con la enorme riqueza que existe en el planeta a día de hoy, de sus inmensos recursos naturales cuya explotación racional serviría para alimentar a los cientos de millones de pobres que lo habitan, gracias a los grandes avances científicos y tecnológicos que ha experimentado el mundo en el último siglo y medio.

Por otro lado, no daría crédito a lo mal que está distribuida esa riqueza, no entendería cómo es posible que tantos millones de seres carezcan de lo esencial para vivir y que diariamente mueran miles de niños de hambre en los países más pobres. Y quizá, lo que le causaría mayor asombro sería probablemente el nivel de degradación ambiental al que hemos llegado, causa también de la miseria de tantos y tantos. Por no hablar de los miles de mujeres, niños y hombres que a diario huyen de las guerras, de las injusticias o del hambre en busca de una vida, al menos, vivible.

Nuestro estimado cónsul no entendería este mundo al revés, en el que las fronteras están cerradas a cal y canto para los más pobres y abiertas para las mercancías y el dinero; que éste manda sobre la economía y ésta sobre la política y las leyes, las cuales imponen a los ciudadanos y a la naturaleza unas normas coercitivas que impiden romper esta cadena perversa. Vería que el nuevo imperio ha conquistado la política para privarla de sentido real y hacer de ella una quimera a su servicio.

Cicerón recordaría entonces sus agudas reflexiones en su libro De senectute. En seguida percibiría que los 2000 años de vejez respecto de su tiempo no nos han servido de mucho porque, ignorantes como somos en tantas cosas y desconocedores la mayoría de nosotros de las enseñanzas de nuestros clásicos, como del mismo Cicerón, o de Adriano, de Marco Aurelio, o de los griegos Epicuro, Platón y de tantos y tantos otros, no hemos aprendido nada. Por pura ignorancia, no hemos sabido aplicar ninguna de las máximas que el cónsul desarrolla en esa maravillosa obrita, tales como el ars vivendi, el arte de llevar una vida plena, lúcida y sana, iluminada por las artes, por la filosofía, por el pensamiento o por la naturaleza. En consecuencia, tampoco somos conocedores de otra de las artes imprescindibles, el ars senescendi, el arte de envejecer bien. Pues la senectud para nuestro pensador, lejos de ser una pérdida, es portadora de más de una ganancia: quien envejece bien, se vuelve más sabio, más culto, más noble, más experimentado, y a su vez, más justo, más humilde, más compasivo… y mucho menos egoísta, menos dogmático. En consecuencia, si envejecemos bien es porque hemos sabido aplicar otra de las artes ciceronianas: senescere addiscentem, el arte de envejecer aprendiendo.

No nos podemos sentir, por tanto, muy orgullosos de nosotros mismos viendo el panorama que tenemos, como, por cierto, no pudo sentirse tampoco orgulloso el mismo Cicerón ante la decadencia de la República de su tiempo, acaso porque no pudo o no supo inculcar su filosofía a sus compatriotas, quienes acabaron por decapitarlo. No supo o no pudo aplicar lo que denominó empeño ético como elemento impulsor del empeño político. Pues para vivir una buena vida no es suficiente ser autor de nuestra propia biografía. Necesitamos ser también coautores de la biografía colectiva. Una tarea que concierne a todos, razón de ser de una democracia en su sentido verdadero.