jueves 18.07.2019

¿Necesitamos una izquierda alternativa?

Salón de Pleno del Ayuntamiento de Madrid.
Salón de Pleno del Ayuntamiento de Madrid.

Para quienes nos sentimos de izquierda, la respuesta obvia es un sí. Pero una vez hecha tal afirmación, conviene señalar algunas matizaciones que creemos imprescindibles, y para ello podemos tomar como ejemplo lo acontecido en el Ayuntamiento de Madrid que, como bien sabemos, ha vuelto a caer en manos de la derecha tradicional, más una suerte de fuerza veleta que se define según soplen los aires, bien del lado liberal, de centro o de ultra derecha, y una tercera fuerza reaccionaria que nunca se fue porque andaba agazapada en la de siempre; fuerza que vuelve con nuevos bríos ahora convertida en partido político, fuera ya del paraguas que la cobijó desde los inicios de la transición, tras la muerte del tirano bajo cuyo palio se mantuvo incólume.

Como también sabemos, diferentes organizaciones como Izquierda Unida, Anticapitalistas o la Bancada, tomaron la legítima decisión de presentar la candidatura Madrid en Pie (MeP) encabezada por el ex concejal de economía Carlos Sánchez Mato, de IU. Este edil, fue, por tanto, miembro del anterior equipo municipal, desde donde ejecutó una gestión ejemplar al frente de la concejalía de economía, si bien, el mérito de reducir la deuda, con ser suyo en buena parte, lo fue de todo el equipo, como lo fueron los demás éxitos y, obviamente, los fracasos. Su legítimo objetivo era competir con Más Madrid (MM) y tratar de arrebatar el bastón municipal a Manuela Carmena, objetivo logrado con creces. Hay que decir en este sentido que, a diferencia del Psoe, las fuerzas de MeP no manifestaron en ningún momento su intención de apoyar, ni siquiera de unir sus votos a MM para revalidar la alcaldía de Carmena. Obviamente, estaban en su legítimo derecho (véase esta entrevista en diario.es en la que, a varias preguntas del periodista sobre el particular, Sánchez Mato no muestra deseo alguno de pactar con MM en caso de revalidar Carmena la alcaldía). No nos queda otra, pues, que reconocer nuestro profundo pesar y frustración por la victoria amarga para la alternativa de progreso, y admitir el logro alcanzado, legítima y democráticamente, por el trifachito y Madrid en Pie. Nadie de los que apoyamos y votamos a MM hemos dejado de admitir errores y defectos del equipo de gobierno saliente. Los ha habido, como no pudo ser de otra manera, y algunos pudieron haberse evitado o corregido. Errores como haber prescindido Manuela Carmena de su concejal de economía. ¿Existe acaso alguien infalible, tocado por el aura divina de la absoluta perfección? A los partidarios de Manuela Carmena se nos ha criticado en redes sociales y de viva voz -con todo el derecho, obviamente- una suerte de devoción a su persona. Devoción o no –según cada quien-, reconocemos en ella una generosidad, una categoría humana, un talante abierto, comprensivo, por supuesto que bondadoso y humilde, que no es fácil hallar en otros responsables políticos. ¿Son acaso, éstos, defectos? Considermos que no, que defectos ha habido, como decimos, pero no éstos, precisamente; el problema es que para la izquierda pura estas cualidades son pequeño burguesas o burguesas sin paliativos, incompatibles con quien se encuentra al frente de una institución y apoyada por fuerzas de izquierda.

Vistas algunas evidencias, entremos ahora en el terreno de las conjeturas. Que sepamos, no hay estudios que nos permitan conocer ni siquiera con cierta aproximación si la unión de MM y MeP en una sola candidatura hubiera sumado a MM más votos que los cerca de los 40 mil conseguidos por MeP. Tampoco sabemos si la abstención motivada por la frustración y el desencanto ante esta división de muchos votantes de izquierda que decidieron no acudir a las urnas, hubiera sumado un número suficiente de votos para dar de nuevo a Carmena el bastón municipal. Lo cierto es que esos casi 40 mil votos no han servido absolutamente para nada, al no alcanzar el umbral del 5%, como todos sabemos. De resultas de lo cual, MeP y las organizaciones que la compusieron han quedado en la absoluta insignificancia, convirtiéndose en algo aún más residual de lo que ya eran. Una izquierda con un doble objetivo: por un lado, echar a la alcaldesa, coincidiendo de facto, sin pretenderlo, con el trío de Colón –objetivo conseguido-, y por otro, también sin pretenderlo programáticamente, perder las elecciones, siguiendo la vocación intrínseca de esta izquierda como perdedora innata.

Volvamos a la pregunta que encabeza este artículo y a las matizaciones a nuestra respuesta afirmativa:

En una reciente entrevista en el diario Público, Santiago Alba Rico afirmaba que ”hay una izquierda que considera que la buena dirección es la derrota”. Afirmación que podemos contextualizar en esa afición tan consustancial a esa izquierda desde illo tempore, la del cuanto peor, mejor, o lo de agudizar las contradicciones. Consideramos que eso es justamente lo que parece que buscaba la candidatura de MeP. Su cabeza de lista y sus valedores sabían, o deberían haber sabido con toda certeza, que sus posibilidades de triunfo eran nulas o menos que nulas, como así ha sido, y no hacía falta ser ningún oráculo para suponer que ni siquiera llegarían al umbral establecido y, por consiguiente, sus votos serían papel mojado no reciclable para posibles alianzas o pactos.

No nos sirven unas fuerzas de izquierda ensimismadas en sus cuitas internas y luchas de poder como único fin en sí mismo, ajenas al mundo real por más que declaren luchar por los más desfavorecidos

Con el máximo respeto a sus votantes y a sus militantes, a quienes hay que reconocer y agradecer sus esfuerzos y sacrificios, humildemente creemos que esta izquierda autodenominada alternativa, transformadora, anticapitalista, revolucionaria incluso, esta izquierda “pura” no nos sirve. No nos sirven unas fuerzas ensimismadas en sus cuitas internas y luchas de poder como único fin en sí mismo, ajenas al mundo real por más que declaren luchar por los más desfavorecidos. Existe desde antiguo en las organizaciones de izquierda más tradicionales la cultura del menosprecio a quienes no militan, olvidándose de que existen otras formas de luchar contra las injusticias, las desigualdades, la discriminación, la explotación, etc.; olvidándose de que hay miles de personas que desde su quehacer cotidiano, su trabajo, sus relaciones, contribuyen con creces a ir transformando poco a poco las cosas, sin necesidad de estar organizadas. No nos sirve una izquierda embridada en un discurso nihilista que, ante las injusticias realmente existentes de los más desfavorecidos, la única propuesta que ofrece es la división en indigeribles sopas de siglas desmigadas en grupúsculos, corrientes, tendencias e infinitas subdivisiones de subdivisiones, cuyas máximas son, justamente, el cuanto peor mejor y la derrota como objetivo a alcanzar y cuyo primer y principal afán es acabar con quienes se apartan de sus dogmas, tildándolos de revisionistas, socialdemócratas traidores, vendidos a las cloacas, al capital, al imperio, al sionismo…  Esa izquierda aficionada a dar lecciones a todo el mundo de cómo hacer revoluciones, cuando ha sido, hemos sido muchos, incapaces de hacer ninguna, ni siquiera para acabar con la dictadura, cuyo tirano, como bien sabemos, murió en la cama. Así, anunció durante años, hasta que se quedó ronca y sin receptores, que la lucha guerrillera caminaba por América Latina, sin tan siquiera haber preguntado a colectivos latinoamericanos si deseaban emprender esa lucha. Una izquierda que alberga partidos anclados aún en la Revolución de Octubre, la dictadura del proletariado, el partido único, el centralismo democrático o la toma del palacio de invierno, que sigue sin preguntarse por qué el sueño de aquella revolución histórica e imprescindible que derrotó a la dictadura de los zares y emancipó a la clase obrera, acabó en la pesadilla del estalinismo y del gulag. Esa triturada de carne, expresión acuñada por el premio Nobel húngaro Imre Kertész, que equiparó con el fascismo y el nazismo. Fruto de esta herencia estaliniana es la justificación, cuando no apoyo directo, de determinadas organizaciones españolas de la izquierda a dictadores genocidas, como el presidente sirio Bashar al-Assad, cuyo gobierno ha torturado, asesinado y hecho desaparecer a miles de opositores (también las fuerzas rebeldes a soldados del ejército oficial y población civil en localidades bajo dominio gubernamental), y cuyo ejército no ha tenido ningún reparo en bombardear hospitales o escuelas (asimismo los opositores) y utilizar armas químicas, con el apoyo explícito de Putin, otro dictador a quien una parte de nuestra izquierda exquisita también venera; o al régimen de los ayatolas, que no vacila a la hora de encarcelar a homosexuales, lapidar a mujeres acusadas de adulterio y reprimir por la fuerza a toda oposición. Una izquierda sectaria y dogmática, infectada de clichés, esquemas cerrados y doctrinarios, fe ciega en verdades absolutas e incuestionables, poseedora de la única razón perpetua, la suya propia, incapaz de hacerse autocrítica, salvo la que hacen a los culpables, siempre los otros, de sus desgracias, que no admite cuestionamientos de sus inamovibles posturas y principios -aquello tan viejo y manido de que la verdad es revolucionaria se ha demostrado tan falso como insustancial-. Izquierda ajena, por tanto, al pensamiento libre por considerarlo reaccionario, que actúa más como religión monoteísta de libro e iglesia, sinagoga o mezquita que pregona a diestra y siniestra su absoluta infalibilidad. Como bien sabemos, cualquier verdad absoluta emanada de un poder trascendente es incapaz de admitir cualquier error, grande o pequeño, pues de hacerlo, pondría en tela de juicio todo su relato. Sabemos que toda ideología o creencia tiene sus luces y sus sombras pero la diferencia entre las ideas libres y las dogmáticas es que aquéllas lo son, justamente, porque son capaces de identificar sus sombras y reconocer sus errores para tratar de rectificarlos. Siempre será mejor confiar en quienes admiten y reconocen su ignorancia, sus fracasos e imperfecciones, que quienes anuncian a bombo y platillo la incuestionabilidad de sus principios. “Si uno cree en una verdad absoluta revelada por un poder trascendente no puede permitirse admitir ningún error, pues eso anularía todo su relato”, señala el historiador Noah Harari (21 Lecciones para el s. XXI, ed. Debate, 2019, p. 237)

Afirma el arquitecto Eduardo Leira en un artículo publicado por diario.es de 16 de junio que “la izquierda de la derrota –refiriéndose a las palabras citadas de Alba Rico-  cuestiona eso de gobernar para todos. Cuestiona incluso gobernar, gestionar la ciudad”, para añadir a continuación que desde las instituciones, esa izquierda ha sido capaz únicamente de manifestar su impotencia frente a los poderes económicos y financieros de la banca privada y las grandes empresas que dominan el mundo, y por tanto la ciudad, quedándose en la mera denuncia. Leira recuerda asimismo que la fallida candidatura “tan supuestamente pura como intrínsicamente perdedora… ha implicado un hándicap para la consolidación de un Ayuntamiento de progreso”. Podemos constatar, a la vista del plan trazado y del fin conseguido, que los dogmas de fe de Madrid en Pie y su puesta en común, como señalábamos, con el trío de Colón, le han impedido mirar más allá de sus rígidos esquemas, haciendo, como también señala Leira, que “la confrontación entre posiciones contrapuestas se convierta en algo más ideológico, separándose de la realidad urbana”, trasladando la ciudad a un segundo plano. Cuestión ésta en torno a la cual vuelve a equipararse la derecha con la izquierda “pura”. El uso demagógico y torticero del Plan Chamartín que esta izquierda con afán de derrota permanente ha empleado, pone en evidencia su consustancial impotencia proclamando una supuesta “revolución anticapitalista”, cuya naturaleza, procedimientos, etapas o finalidad, ni sus propagandistas conocen, salvo el del propio significante incluido en su enunciado tautológico, a saber, acabar con el capitalismo. ¿Quién en la izquierda se opone a ello? La cuestión es cómo y cuál es su alternativa. Proclamas cuya incapacidad de llevar a cabo sólo pueden desembocar en el desencanto, traducido, bien en abstención, bien en voto a la extrema derecha, como ha ocurrido, por poner tres ejemplos cercanos, en Francia, Alemania o Italia –donde todos sabemos que gobiernan en coalición la organización supuestamente antisistema Cinco Estrellas y el partido fascista de Salvini-. Desencanto, abstención o voto a la derecha y extrema derecha, como acaba de ocurrir en el Consistorio madrileño y en otros. Se trata, pues, de agudizar las contradicciones aunque para ello haya que dar alas al fascismo. “La marca de las ideologías dogmáticas es que, debido a su excesiva confianza en sí mismas, prometen lo imposible de forma rutinaria” (Noah Harari, op. cit,  p. 238).

Necesitamos una izquierda alternativa diferente de la que existe, capaz de afrontar la innumerables consecuencias lacerantes del actual modelo productivo, social y cultural

Las cuestiones complejas suele resolverlas esta izquierda auténtica la mayoría de las veces con respuestas simples y consignas esquemáticas sacadas de su cajón de sastre: el capitalismo y el imperialismo, el sistema, la reacción, son siempre y en todo lugar los causantes de cuantas injusticias padece la humanidad. No decimos que no sea así, no es difícil saber que ésas y otras categorías son causantes de muchos de los males que nos aquejan, pero pocas veces se argumenta con razones y análisis bien fundamentados o se buscan otras causas que existan en muchos casos, ni siquiera mediante estudios aparecidos en algunas de las publicaciones más rigurosas. De este modo, la izquierda antisistema acude casi siempre a alguno de sus dogmas para responder a cuestiones de hondo calado. Como en la Antigüedad, y en el transcurso de la historia, la capacidad de atracción de los mitos y de los dogmas, sean ideológicos o religiosos, pervive en este tiempo, y quizá con mayor énfasis ante la complejidad de nuestro mundo dominado por la racionalidad instrumental de la info y la biotecnología, la digitalización, la robótica, productos sin duda del modelo capitalista dominante, pero también con otras connotaciones más complejas. Ante las innúmeras incógnitas que nos surgen frente al abismo de la incertidumbre, lo más sencillo, lo más fácil y lo más cómodo será siempre recurrir a los dogmas que, como tales, no pueden cuestionarse precisamente porque nos ofrecen un refugio seguro frente a la frustrante complejidad de la realidad. Ello a pesar de las verdades científicas –éstas sí, verdades, hasta el surgimiento de un nuevo paradigma (Kuhn).

Claro que necesitamos una izquierda alternativa diferente de la que existe, capaz de afrontar la innumerables consecuencias lacerantes del actual modelo productivo, social y cultural, cuya finalidad se manifiesta en la creciente y constante destrucción del planeta, la insoportable desigualdad entre los más ricos y los más pobres, la intolerable explotación de millones de mujeres víctimas de toda suerte de violencias, o la ignominiosa exclusión de miles y miles de seres humanos que huyen de guerras, miserias o persecuciones, por poner sólo unos pocos ejemplos representativos. Necesitamos entonces una izquierda de pensamiento libre, no dogmática, no anclada en principios inamovibles, exenta de verdades absolutas, no ensimismada, que pueda ofrecer respuestas, propuestas, alternativas y posibles soluciones a muchas de las prácticas injustas de la socialdemocracia cuando está en el poder, que sepa discernir lo principal de lo accesorio a la hora de unirse con formaciones afines para hacer frente al poder de la derecha y de las fuerzas regresivas o decididamente antidemócratas que se extienden por doquier en Europa y en el mundo.

¿Necesitamos una izquierda alternativa?