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viernes. 09.12.2022

Pero, ¿hubo alguna vez una Europa solidaria?

“Los temores claustrofóbicos de la Europa occidental vuelven a parir a Adolf Hitler, vuelven a generar la paranoia de los inferiores que creen en su superioridad”.

“Basta un solo día para vivir los horrores del infierno; hay tiempo suficiente para ello”, Wittgenstein

“Los temores claustrofóbicos de la Europa occidental vuelven a parir a Adolf Hitler, vuelven a generar la paranoia de los inferiores que creen en su superioridad”. Pareciera que estas palabras hubieran sido dichas en estos días, con motivo del vergonzoso espectáculo que esta Europa ofrece al mundo con sus alambradas ante la llamada desesperada de los miles de huidos de las guerras y del hambre. Sin embargo, fueron escritas hace más de dos décadas por el premio Nobel de literatura Imre Kertész en su obra Yo, otro. Crónica del cambio (Acantilado). Justamente en este librito cuya lectura no debemos demorar, nos recuerda que la primera obsesión del occidente europeo ha sido defenderse empecinadamente de posibles invasiones extranjeras, con sus gendarmes avanzados, los austriacos, a la vanguardia. Advirtiéndonos de que, una vez más, los grandes acumuladores de poder y de riqueza no volverán a tener escrúpulos para emprender la destrucción total de la sociedad, con el único afán de salvarse ellos mismos a cualquier precio, sea el de fabricar un nuevo totalitarismo, sea el de causar nuevas catástrofes sociales.

Kertész, en su condición de húngaro, víctima de las dos grandes maquinarias de “la verdad totalitaria” del siglo XX –que asimila a “una picadora de carne que no cesa de girar”-, nos trae también a nuestra frágil memoria lo que él denomina la “fatalidad húngara”, que traduce como “ausencia radical de una solidaridad social”. Pues igual que buena parte de la clase media cristiana húngara miraba hacia otro lado ante el exterminio de sus compatriotas judíos, mostrando a aquellos torpes antisemitas cogiendo “Auschwitz con guante blanco y levantando el dedo meñique…”, así vemos a su actual gobierno cerrando sus fronteras a cal y canto con alambradas de espinoso acero, cuando hace apenas unos pocos años suplicaban, junto con otros países del Este, como años antes hicieran España o Portugal, por su pertenencia a una Europa que les iba a sacar del ostracismo, la autarquía y el subdesarrollo.

¿Qué fue de aquella Europa solidaria?, cabe ahora preguntarnos, si es que alguna vez llegó a serlo. ¿Qué Europa se está fraguando con sus fronteras selladas a sangre y fuego para refugiados de guerras y miserias pero abiertas a especuladores corruptos y a toda suerte de mercachifles sin escrúpulos? ¿Qué podemos esperar de gobiernos de extrema derecha como el húngaro, o de países donde partidos filonazis tienen la llave de probables gobiernos de corte fascista en Serbia o en Suecia, pero también en Francia o en Austria…? “No en vano -advierte Kertész- desde Auschwitz no ha ocurrido nada que podamos vivir como una refutación de Auschwitz… Las situaciones modernas siempre riman de alguna manera con Auschwitz; de algún modo Auschwitz siempre surge de las situaciones modernas”.

¿No son los gobiernos europeos simples títeres al servicio de espurios intereses? ¿No son aquéllos sino meros juegos de lenguaje? Ya en el siglo XX, y con mayor persistencia en el XXI, todo se ha vuelto más verdadero: cuando se habla de ley sabemos que ésta encierra robo, atraco, corrupción o juego sucio; cuando se nos anuncia el imperio de la libertad, aprendemos que es la libertad de los bancos y los mercados porque son los únicos verdaderamente libres en su esencia; cuando nos hablan de trabajo, se trata de precariedad y miseria; cuando de derechos, de entelequias; cuando de seguridad, de feroz y mordaz represión; cuando de respeto al otro, de aniquilación del diferente; cuando de nacionalismo, de los intereses creados de una élite nacional; cuando de tolerancia, de insulto a la razón. ¿Por qué ese “resentimiento de la intelectualidad actual contra el intelecto”? ¿Para cuándo “la historia espiritual del odio al espíritu”?, nos preguntamos con el Nobel húngaro.

Pero, ¿hubo alguna vez una Europa solidaria?