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martes. 28.06.2022

20D, 26J. Dudas, paradojas y preguntas de un lego en politología y demoscopia

El panorama que se nos presenta tras el 20D y el 26J suscita ciertas paradojas, no pocas dudas  y muchas preguntas, producto de nuestra ignorancia en técnicas demoscópicas o en los fundamentos esenciales del análisis político o sociológico, cuyos resultados, dicho sea de paso, se han debido basar seguramente en criterios metodológicos y científicos muy sólidos, propios de ciencias bien consolidadas, a juzgar por los grandes “aciertos” alcanzados.

Lo primero que nos llama la atención del resultado electoral es la obvia consolidación, una vez más, de la derecha más conservadora y conspicua, gracias a sus más de 8 millones de votantes, de los cuales, es evidente que no todos forman parte de la clase acomodada que no padece los azotes del paro, la malnutrición infantil, la ausencia de atención a los familiares dependientes o el exilio de sus hijos al extranjero para buscarse la vida, por poner sólo algunos ejemplos conocidos que constituyen la pesadilla de muchísimos españoles. Y parece también obvio que de todas estas víctimas de las políticas económicas y sociales, un número nada desdeñable de ellas ha votado de nuevo a sus responsables. Así, por ejemplo, si atendemos a los datos del INE y del CIS, que suponemos fiables, y al análisis muy acertado que de ellos hace el magistrado Martín Pallín, el 66% de pensionistas ha votado al actual partido en el gobierno, a pesar de ser nuestras pensiones de las más precarias de la UE, a pesar de que durante los últimos cuatro años estos avezados gobernantes han limpiado con esmero la hucha de todos los jubilados, como han vuelto a hacer nada más conocerse su reciente victoria en las urnas, llevándose 8 mil millones y medio de euros.  No olvidemos tampoco que, salvo el 26J, llevamos décadas en las que el voto de la derecha ha sido mayoritario en barrios tradicionalmente de clases bajas en cinturones industriales de grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. Salvo en Vallecas, en Madrid lleva ganando la derecha desde hace años: San Blas, Vicálvaro, Carabanchel, Usera, Villaverde… ¿Cuál o cuáles son las causas de este fenómeno? ¿Por qué buena parte de las gentes más humildes acaba votando a quienes saquean las arcas públicas, les hunden aún más en la pobreza, les quitan el trabajo, la educación de sus hijos o la atención sanitaria? A falta de análisis rigurosos de las grandes disciplinas científicas y los estudios demoscópicos ad hoc, tal vez habría que buscarlas en varios elementos.

Uno de ellos, probablemente, sea el éxito de la manipulación de los grandes medios de comunicación al uso, y aquí surge otra de las cuestiones que llaman la atención de estas recientes elecciones: la consolidación de la manipulación mediática como algo inherente a la vida política, algo que, desde luego, no es nada nuevo, pero que, a nuestro parco entender, se ha instalado como un fenómeno inamovible que llegó para quedarse. Una vez más, ha funcionado la infoxicación al más alto nivel: desde la difusión con ventilador del miedo al extremismo y, de nuevo, al comunismo, y todo cuanto conlleva –caos, crisis, más paro, destrucción, miseria, terrorismo…-, hasta conseguir con éxito impregnar el imaginario colectivo con brochazos de lo “malo conocido” frente a lo bueno por conocer, como garantía de estabilidad, de eficacia, de salida de la crisis, de “sentido común”, del “como dios manda”,  etc. Sin duda, esto ha funcionado, a juzgar por los resultados.  Como parece que ha funcionado la burda infoxicación sobre Venezuela, convertida en la 18ª Comunidad Autónoma, sobre la que no hubo día en ambas campañas electorales, pero sobre todo en la última, en que la mayoría de los medios al uso, fuera prensa escrita, radio, TV, Internet, redes sociales, etc., sacara una o varias noticias sobre Venezuela. Bien, al menos, nos queda el consuelo de que las elecciones han servido para algo: la solución definitiva a todos los problemas de esa Comunidad, a juzgar por la falta de noticias inmediatamente finalizadas las elecciones (Véase el ilustrativo estudio publicado en diario.es)

Hacer de la corrupción un mal “menor”, consustancial a la actividad política y a sus actores, es otra de las conclusiones que podemos extraer de los resultados electorales. No parece haber hecho mella en buena parte de la población el saqueo permanente por quienes nos han gobernado estos años; por el contrario, todo indica que se ha premiado. La picaresca no es un fenómeno de patente española en exclusiva pero tenemos un largo historial desde tiempos inmemoriales que la literatura nos muestra con personajes por todos conocidos. En nuestro tiempo, los Gil y Gil, los Mario Conde, los Bárcenas, los Díaz Ferrán, los Granados, las Barberá, los Camps, los Pujol y un abominable etcétera acaban siendo para muchos votantes una suerte de héroes comparables a los Rinconete y Cortadillo o Lazarillo, y para muchos conciudadanos, ejemplos a seguir, pues parece haberse instalado también en nuestro imaginario otro mantra de hondo calado: el “todos roban”, y lo que es peor, “si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo”. En ausencia de un estado democrático sólido, advertía Hannah Arendt, surge la fascinación por el carisma del hombre fuerte, salvador de la patria. Llegados a este punto, podemos buscar consuelo en el pesimismo de Schopenhauer: “El temperamento de los individuos no cambia jamás, ¿cómo podría transformarse el de los pueblos?”. Sin llegar –quién sabe- a la situación de México, Honduras, El Salvador, Perú y tantos otros países, donde la corrupción, al decir de Gabriel Zaid sobre México, “no es una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema”, la corrupción ha pasado a formar parte indeleble de eso que se llama la Marca España. El mal, decía también Hannah Arendt, no es producto sólo de quien lo ejerce; reside también en su banalidad, es decir, en quien lo tolera y lo acata mirando para otro lado.

Una consecuencia de lo anterior es el incremento, si cabe más, de la ya bien instalada desafección y desprecio ciudadano a la política y a sus actores, con todo lo que ello implica. El apoliticismo lo trajo Franco para quedarse y bien que se ha afianzado, máxime con el, a nuestro juicio, lamentable espectáculo que dieron nuestros políticos tras el 20D. El “yo a lo mío” (Manuel Vicent dixit. El País, 3/07/2016), “sálvese quien pueda”, etc., forma parte de esa cultura del apoliticismo como un factor más de nuestra idiosincrasia. Una vez más, se han puesto en evidencia las lacerantes carencias de un sistema educativo basado en la ausencia de pensamiento, que fomente la reflexión, la dialéctica y la confrontación crítica de ideas. La nada alarmante y deliberada condena de las humanidades al ostracismo lo llevamos pagando muy caro por la facilidad de que se dotan los grandes poderes –no sólo económicos y políticos, también los media y otras instituciones como la Iglesia católica- para domesticar y adormecer a la ciudadanía. Volvamos a Schopenhauer: “Regresa la barbarie”, advertía a mediados del s. XIX cuando desapareció el latín como lengua ecuménica, “a pesar de los ferrocarriles, los cables eléctricos y los globos aerostáticos”. Podemos parafrasearle en esta primera mitad del siglo XXI para confirmar que la barbarie nunca desapareció, a pesar de la revolución digital o las redes sociales. Lo que es especialmente grave para los jóvenes, sumidos en la cultura de la alienación impuesta, entre otros elementos, por la fascinación de las nuevas tecnologías, por la banalidad, el individualismo excluyente, el desprecio al otro, el fomento del mal gusto y de la frivolidad, el olvido deliberado de la historia y de su memoria, la exaltación de la violencia o el culto al dinero, frente al estudio y el deleite, por ejemplo, de las grandes obras de arte clásicas o contemporáneas, la literatura, la lectura de los mejores autores de todas las épocas, el gusto por la poesía, por la música, por el buen cine, por el teatro, por la pintura, el acercamiento a los fundamentos de la ciencia, el estudio de los pensadores y científicos, el afán de conocer frente al ansia de poseer, la educación en valores y en ciudadanía... ¿Por qué el trágico abandono de la enseñanza pública, de la universidad o de la investigación científica que secularmente padecemos? Todo ello produce, sin duda, una falta de interés en lo colectivo, en la gestión de lo público como algo de todos. Produce, ciertamente, una falta de cultura y de cultura política, desinterés, cuando no desprecio, por la democracia y por la participación ciudadana; en consecuencia, una mayor predisposición a ser engañados y manipulados, lo cual, hay que recalcarlo hasta la saciedad, no es casual en absoluto. Acudimos de nuevo a Hanna Arendt que nos recuerda que el desencanto por la política y por la democracia es el mejor caldo de cultivo del totalitarismo. Acaso podríamos hallar aquí algunas de las claves para entender lo que está pasando.

Cabe preguntarse también sobre las lecciones que sacamos del comportamiento de las fuerzas de izquierda. Coincidimos con Carlos Berzosa en su artículo de Nueva Tribuna y otros analistas en que la torpe actitud de unos y de otros en la izquierda tras el 20D va a conseguir seguramente que vuelva a gobernar la derecha, si no otros cuatro años, sí al menos la mitad de una legislatura, con lo que ello va a significar de profundización en las heridas causadas a los más desfavorecidos: no precisamente un mayor control fiscal hacia las grandes empresas, la banca o las grandes fortunas, o una implacable persecución del fraude, sino justamente en aquello que más afecta a las capas más débiles, es decir, nulas políticas sociales, y por consiguiente, mucha más desprotección, más desahucios, peor atención sanitaria, menos educación.  Por lo que respecta a las dos campañas electorales, hemos visto a un Psoe –que para algunos dejó de ser izquierda desde el primer gobierno de González- y a un Unidos Podemos demasiado vinculados a aquello que, sobre todo UP, pretenden rechazar por principio, como es la llamada vieja izquierda. Demasiados tics, demasiados clichés propios de aquélla:  consignas en lugar de argumentos, eslóganes en vez de propuestas, decibelios para acallar el diálogo razonado, parafernalia mitinera, pancartas, banderas, en fin, lo de siempre, consustancial a unos y otros del espectro político. Parece que los engranajes de la “máquina de guerra electoral” no estaban bien engrasados para la última contienda. Parece que las divisiones internas del Psoe, y aún de Podemos, con ser ésta una fuerza reciente, acaban haciendo mella en sus seguidores, como también la hace, seguramente, un discurso poco coherente y nada definido, reivindicando ayer el comunismo, la socialdemocracia el día siguiente, luego el socialismo, el peronismo a la hora y cuarto y en un rato más el centro político.

En lo referente a los análisis sobre los resultados electorales, hemos contemplado en el 26J excesiva autocomplacencia y falta de autocrítica de unos y de otros; una campaña poco pedagógica; un exceso de culpabilizar al adversario, bien sea al Psoe por parte de Podemos o viceversa; o lo que es más increíble, echar la culpa a los propios votantes por su voto del miedo –y no tanto a los medios que lo difundieron- o a la propia abstención, como si los actores de esta representación nada tuvieran que ver en la trama. ¿Algún día la izquierda se dará cuenta de que no es más que nadie sino igual que aquellos a quienes dice defender? No parecen sus análisis  ir por esos derroteros. Por no hablar de organizaciones que presumen de ser la nueva izquierda con estructuras y comportamientos anquilosados en el más rancio estilo de la izquierda más tradicional, en la que todo lo decide una cúpula de sabios con un líder carismático, donde la opinión de las bases apenas cuenta salvo para convocarles a simulacros plebiscitarios con preguntas dirigidas que constituyen un verdadero insulto a la inteligencia. Resulta curioso pretender ahora convertirse en “ejército regular”. Por no hablar, en fin, de esa entrega acrítica de la formación emergente y de sus agregados de primera o de última hora a toda suerte de nacionalismos, como si éstos fueran partícipes o lo hubieran sido en otros tiempos de las ideas consustanciales a la izquierda: la solidaridad de las clases más humildes sin distinción de naciones o estados, o el internacionalismo, pongamos por caso. ¿Ha olvidado la izquierda lo que significó para la humanidad el auge de los nacionalismos en los orígenes de las dos guerras mundiales? ¿Recuerda acaso de dónde bebieron sus fuentes Hitler, Mussolini o José Antonio? ¿Fue casual que el genocida austriaco incorporara a su ideal el sustantivo “socialismo” precedido de “nacional”? No vendría mal a los dirigentes de la llamada “nueva” izquierda y añadidos completar su formación de politología –cualquiera que sean los fundamentos de esta llamada ciencia- con unas cuantas lecturas de historiadores que han investigado con solvencia y rigor sobre estos temas, como las recientes “Descenso a los infiernos”, del historiador británico Ian Kershaw –Crítica, 2016- , o de José Álvarez Junco, “Dioses útiles: Naciones y nacionalismos” –Galaxia Gutenberg, 2016-, además de las clásicas de Hobsbawm y tantos otros –Gellner, Smith, Rodríguez Abascal, Colomer, Renan y un largo etcétera-.

Para terminar, y al hilo de esto último, nos preguntamos, por un lado, dónde han ido a parar los principales referentes de la izquierda en relación no sólo con la solidaridad o el internacionalismo, que parecen haberse esfumado, sino con utopías que resultaron trágicamente fallidas, como la dictadura del proletariado, el socialismo y el comunismo en sus diferentes etapas hasta la construcción de la sociedad ideal sin clases que propugnó Marx. ¿Qué ha aprendido la izquierda de aquellas experiencias que culminaron en otra suerte de totalitarismo? ¿Qué rumbo ha de tomar a partir de ahora? ¿Qué propuestas, qué programa elabora ante las sucesivas crisis del capitalismo que sin embargo acaba resurgiendo de sus propias cenizas? ¿Qué papel va a jugar la socialdemocracia tras los desastres causados por las políticas de austeridad; volverá a reclamar el estado del bienestar? ¿Qué plantean las fuerzas más a la izquierda? ¿Siguen éstas anhelando un socialismo real, un socialismo utópico o qué otra alternativa al capitalismo? ¿Qué entiende por comunismo a día de hoy el actual PCE, motor indudable de IU, y alguien, a nuestro juicio, tan brillante como Alberto Garzón?  ¿Qué plantean las nuevas formaciones? ¿Cuál es su modelo de sociedad? ¿Cómo extender la cultura democrática y la participación entre los jóvenes y no tan jóvenes? En fin, a pesar de los ríos de tinta escritos sobre todo esto y mucho más, creemos modestamente que poco o nada se avanza, si exceptuamos las experiencias de los llamados ayuntamientos del cambio. Pero no parece que en el ámbito de la política nacional se esté tomando mucha nota de aquéllas. Lo hemos vuelto a ver ahora en los programas y propuestas de UP y del Psoe y ahí están los resultados: con ser no pocos los seguidores, UP ha perdido 1 millón de votos, a pesar de la confluencia, aunque, paradójicamente, la Ley d’Hont le ha favorecido, y el Psoe ha sacado aún peores resultados que el 20D, perdiendo cinco escaños. Como ya señalamos, estas organizaciones no pueden escudarse en la abstención o en el voto del miedo, o en la mala política del otro, o en líneas rojas inamovibles. Con ser todos ellos elementos a tener en cuenta, parece evidente que no todo se ha hecho bien en el seno de las izquierdas. Algo pasa y si alguien tiene una explicación razonada y coherente, por favor, que nos lo cuente más pronto que tarde. A ser posible, sin necesidad de acudir a tantos expertos en demoscopia y en politología o en sociología política, no sea que “acierten” de nuevo y volvamos al principio.

20D, 26J. Dudas, paradojas y preguntas de un lego en politología y demoscopia