sábado 21.09.2019

“Programa, programa, programa...”

podemos-programa2Ante el lamentable espectáculo de las negociaciones entre Unidas Podemos y el PSOE para la investidura de Pedro Sánchez, y su conclusión en la frustración de la posibilidad de formar el primer gobierno de coalición de la historia democrática reciente de España y que éste fuera de izquierdas, lo primero que ha venido a mi mente es ese eslogan que siempre tenía en su boca Julio Anguita: “Programa, programa, programa”. Probablemente uno de los mantras más lógicos y razonables del antiguo líder del PCE e Izquierda Unida.

La lucha por el relato y la imputación de culpas, entre el PSOE y Unidas Podemos, no borrará la responsabilidad de ambos partidos en el enorme fiasco político de la izquierda, hoy, en el Congreso de los diputados. Se olvidaron, voluntariamente o no, del tiempo que se necesita para negociar seriamente un programa. Dejaron pasar semanas y semanas hablando sólo de la inclusión, o no, de Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros. Y cuando el líder de Podemos aceptó no ser ministro, ya sólo quedaban tres días para la primera de las votaciones de investidura. Como no había tiempo, dejaron de lado la negociación del programa y hablaron sólo, y contra reloj, del reparto de los puestos del Consejo de Ministros y de las competencias de cada departamento. El acuerdo programático se sustituyó por el fallido intento de pactar el reparto de ministerios y competencias.

Pero este método de trabajo conlleva un riesgo muy serio de cuestionamiento de la unidad del Gobierno. Porque la unidad de un gobierno de coalición tiene que descansar forzosamente en un programa de gobierno, lo más detallado posible, y se erosiona, de entrada, si lo único que se pacta es el reparto de ministerios y las competencias de los mismos. Pablo Iglesias, en el debate, y otros portavoces de Unidas Podemos en declaraciones públicas lo llevaron al extremo de identificar las competencias que les corresponderían con la garantía de realización de sus demandas programáticas. Lo cual introduce en el funcionamiento de cualquier gobierno una dinámica de competencia partidista que lo minaría desde el mismo momento de su constitución. Lo que deben hacer, en un gobierno de coalición, los ministros de no importa cual de los partidos que lo compongan es desarrollar lo mejor que sepan los acuerdos programáticos previamente alcanzados. Sólo así se hacen políticas de un solo Gobierno y no políticas de los ministerios de un partido.

La unidad de un gobierno de coalición tiene que descansar forzosamente en un programa de gobierno, lo más detallado posible

Resulta inconcebible que los protagonistas principales de los dos debates y votaciones de la investidura hayan dado por bueno, o por lo menos inevitable, el no haber ni iniciado siquiera las negociaciones de un acuerdo de programa. En todas las negociaciones que en Europa se han producido en las últimas décadas para la formación de gobiernos de coalición, que hoy son mayoría en la UE, el reparto de puestos ministeriales ha tenido siempre mucha importancia para la conclusión de las mismas con éxito. Pero en todas ellas el acuerdo de gobierno se ha basado siempre en un acuerdo programático. Por poner sólo el ejemplo de la última coalición entre la CDU/CSU y el SPD, en Alemania: se iniciaron las negociaciones después del fracaso del intento de alcanzar un acuerdo programático entre la CDU/CSU y los liberales del FPD; las conversaciones entre democristianos y socialdemócratas para llegar a un acuerdo sobre el programa duraron tres meses y en ellas participaron amplias delegaciones de ambos partidos formadas por decenas de personas; sólo después de alcanzar un detallado acuerdo programático, plasmado en un documento de 177 páginas, se cerró el acuerdo sobre el reparto de ministerios. Y el líder del SPD, Martin Schulz, tuvo que dimitir por haber anticipado públicamente sus deseos de ser Ministro de Asuntos Exteriores después de haber afirmado durante la campaña electoral que no sería ministro bajo las órdenes de la canciller Merkel.

En el fracaso de las negociaciones para la formación del primer gobierno de coalición de izquierdas de la democracia española después de 1977 tienen, a mi juicio, tanta responsabilidad los dirigentes del PSOE como los de Unidas Podemos. Tal vez mayor los del PSOE en el hecho de no haber tomado a tiempo la iniciativa de abrir una negociación programática seria, y mayor, por su parte, la de los líderes de UP en la fase final de las conversaciones por la no aceptación de la última propuesta de composición y competencias que les presentó el PSOE, después de que éste abandonara su pretensión inicial de alcanzar un acuerdo a la portuguesa y aceptara la formación de un gobierno de coalición.

La repercusión del fracaso del PSOE y UP en la formación de un gobierno de izquierdas en España no sólo tiene un impacto muy negativo en la política española que deberá enfrentarse, antes de que termine el año, a las consecuencias de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés y a seguir sin presupuestos nuevos cuando las perspectivas económicas europeas y mundiales se ensombrecen, sin contar con las consecuencias de un probable Brexit sin acuerdo el próximo 21 de octubre. La posibilidad de un gobierno de izquierdas en España, que tuviera un carácter marcadamente europeísta, estaba siendo seguida en Europa con mucho interés, en especial por la izquierda europea, muy necesitada de invertir el retroceso general de los últimos años y justamente preocupada por el avance de la extrema derecha y el nacionalismo populista en todo el continente.

La posibilidad de un gobierno de izquierdas en España, que tuviera un carácter marcadamente europeísta, estaba siendo seguida en Europa con mucho interés, en especial por la izquierda europea, muy necesitada de invertir el retroceso general de los últimos años

El fracaso de la izquierda española este 25 de julio, y los motivos que llevan al mismo van a ser también difíciles de comprender en Europa, como los son en España, donde creo no equivocarme si digo que una gran mayoría de los votantes de Unidas Podemos y del PSOE están hoy muy desilusionados y que buena parte de ellos muy enfadados con los dirigentes de ambos partidos. El espectáculo de la lamentable sesión de investidura que hemos vivido ha llevado a paradojas del calibre de hacer que el discurso de Gabriel Rufián pareciera el de uno de los políticos más razonables del hemiciclo. Porque, con independencia de los discursos, mejores o peores, con más o menos razones, de los líderes del PSOE y UP, no cabe otra conclusión, por los resultados de sus actos, de que no tienen disculpa, de que no pueden hacer las cosas peor.

El cambio del mapa político español, después de las elecciones del 20 de diciembre de 2015, con la irrupción con fuerza de formaciones como Podemos y Ciudadanos, no ha significado, hasta el momento, una renovación profunda y positiva de la vida política española. Hemos pasado del bipartidismo imperfecto al bloquismo imperfecto, con dos bloques de derecha e izquierda, de dos partidos representativos de ámbito nacional cada uno, hasta 2019 cuando en el campo de la derecha irrumpió un tercero de extrema derecha, VOX. Y en el debe del bloquismo imperfecto –porque los impermeables, entre sí, bloques de derecha y de izquierda siguen necesitando de los nacionalistas periféricos para gobernar- está la inestabilidad política de estos tres años y medio, con la imposibilidad de formar gobiernos sólidos y de aprobar nuevos Presupuestos. La lucha por la hegemonía en el interior de cada bloque se ha convertido en el vector principal del comportamiento político de los partidos, en especial de los nuevos. La tentación del sorpasso sin duda influyó en la decisión de Podemos de no apoyar la formación de un gobierno del PSOE, decisión que llevó a la repetición de las elecciones en junio de 2016, en donde no lograron adelantar al PSOE y sí que Unidos Podemos perdiera un millón de votos respecto a los obtenidos por Podemos e Izquierda Unida seis meses antes. 

Y la lucha por la hegemonía en el campo de la derecha es la que ha llevado a Ciudadanos, bajo el cada vez más autoritario liderazgo de Albert Rivera, a abandonar el centro-derecha para dar un brusco giro a la derecha que ha solidificado los dos bloques, impidiendo cualquier comunicación entre ambos. El Rivera radicalizado hacia la derecha ha provocado una crisis interna en su formación y sus agresivas intervenciones, del 23 y 25 de julio, fueron un modelo de falta de educación y mínima cortesía parlamentaria.

Es decir, hasta el momento no parece nada claro que el balance de la “nueva política” vaya a ser finalmente positivo para la sociedad española. Y eso que surgió casi como una necesidad para renovar el anquilosado y turbio, por la corrupción, mapa político español. Pero el hecho de que la política española –y la de muchos otros países, por supuesto- esté presidida por la primacía del interés de los nuevos partidos en fortalecerse y superar a los partidos tradicionales y la prioridad de estos por resistir los embates de los primeros para que no les superen, colocan lamentablemente el interés general en un segundo plano de la política partidaria.

Deseo y confío que los dirigentes del PSOE y de Unidas Podemos reflexionen sobre las muy negativas consecuencias de lo sucedido en la fracasada investidura de Pedro Sánchez y sobre la responsabilidad de cada uno en el todavía no irreversible resultado. No se puede tirar por la borda la posibilidad de que haya un gobierno de izquierdas en España. Y que piensen que para rectificar el desastre, que todavía es rectificable, tienen que empezar por el programa.

“Programa, programa, programa...”