miércoles 16.10.2019

La decencia

Hete aquí que una señora expelida, digamos, de su partido y de la sede de la soberanía, según se ha podido escuchar por alimentar las “cloacas” del Estado, quiere volver a su puesto de trabajo en un altísimo cuerpo de elite del Estado. Precisamente al que se encomienda la defensa en juicio del Estado

Los sistemas políticos son muy complejos, es obvio, contienen cantidad de elementos: partidos, grupos de presión, movimientos sociales y políticos, medios de comunicación, instituciones, reglas, políticas públicas, entre otros muchos artefactos, imposibles de recoger aquí en su totalidad. Elementos interrelacionados y en equilibrio homeostático, autorregulado, según algunos teóricos. Cuestiones éstas últimas más enjundiosas sobre las que el politólogo en ejercicio se devana la sesera; no siempre con interés para la ciudadanía, ni con afán de influir de inmediato en su comportamiento. Como sí ocurre con muchos que -sin mérito a la vista- presumen de analistas políticos y sólo son, si acaso, corifeos y/o  palmeros de algún interés partidario, a lo sumo ideológico, y la mayoría de veces, sencillamente, mercantil.

Así, ante cuestiones arduas como, por ejemplo, las referidas al equilibrio y estabilidad de los sistemas políticos, muchas veces, pretenden ventilarlas con mayúsculos simplismos. En cierto modo, operan y contribuyen al populismo rampante de nuestros días, a dextra sobre todo, y también a siniestra; ofreciendo unos y otros recetas simples para solucionar problemas y conflictos bien enmarañados. Quizá en eso radique el éxito que obtienen algunas lustrosas fórmulas entre bien pensantes, hartos de observar y padecer el fuste torcido de los problemas y conflictos políticos, cansados de resistir ante el turbio galimatías de intereses contrapuestos que casi nadie consigue siquiera aclararles; por lo general, están para arengarles.

Todo ese entramado aludido que, de manera general, solemos llamar espacio público, para funcionar articuladamente, para producir los resultados que se precisan, las respuestas adecuadas, requiere, imperativamente, de pautas éticas y de conductas morales por parte, sobre todo, de los personajes más protagónicos de la escena política; de forma y manera que se pueda atender, con justicia, a las demandas y apoyos que la ciudadanía pregona. No es causal que cuando se menciona la justicia, hoy día, solo se suele atender al Poder que evoca y no a la vitamina que debiera alimentar al sistema político y social en su conjunto; en la actualidad, las evocaciones vitamínicas, por así decir, casi siempre se refieren  a la libertad y al orden sin distingos que, en realidad como se observa, segrega, margina, condena, con frecuencia, a tantos individuos y colectivos, apelando a su nombre. Hay que reparar en que esa imprescindible orientación hacia la justicia de los sistemas, para estar bien engrasada, hay que repetirlo, se debe pertrechar de ética y moralidad. Reglas que aun con todo el relativismo que queramos admitir, exigen de un compromiso auténtico por parte de las personas singulares que ocupan, por distintas razones, los lugares de cabeza del espacio público; como todos debiéramos admitir por respeto a la gente, a la sacrosanta sociedad, al pueblo bien nacido.

Pero hete aquí que una señora expelida, digamos, de su partido y de la sede de la soberanía, según se ha podido escuchar por alimentar las “cloacas” del Estado, por contratar en su -supuesto- beneficio a  mantenedores del orden al servicio de todos, por utilizar a servidores públicos para pervertir y tergiversar la voluntad ciudadana; ahora ella misma, según parece y se anuncia sin escándalo, después de haber articulado con tamaña ponzoñería, quiere volver (reingresar, afirman) a su puesto de trabajo en un altísimo cuerpo de elite del Estado. Precisamente al que se encomienda el asesoramiento, representación y defensa en juicio del Estado y sus organismos. ¿Cómo puede ser? Si eso es así, si consiguiera reingresar, convendrán conmigo, algo serio falla; no hay salvaguardas suficientes en nuestro sistema, precisamos de más artilugios que impidan que quien ha cometido tales abusos contra la ciudadanía, e incluso contra sus propios correligionarios, según se ha escuchado, no pueda volver al digno espacio de todos. ¿Dónde están los abogados del Estado para defendernos de tal desmán? Por favor, defiéndanos, y defiéndanse, sean decentes. No se dejen avasallar por un poder que, como se observa, es efímero. Mantener la decencia es primordial en el Estado de derecho, social y democrático. ¿O no? Continuará.

La decencia