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sábado. 04.02.2023

Transparencia, primarias, listas abiertas y otras cosas

Uno de los hitos que marca este nuevo ciclo político es la desconfianza de la ciudadanía hacia sus mecanismos de representación...

Uno de los hitos que marca este nuevo ciclo político es la desconfianza de la ciudadanía hacia sus mecanismos de representación. Partidos, sindicatos, instituciones… y las personas que actúan en esos roles son objeto de clara desafección por parte de la ciudadanía. Los barómetros sociales evidencian una ciclogénesis explosiva.  Si bien es cierto que en nuestro ámbito cultural, históricamente, siempre ha habido un cierto escepticismo social hacia el poder, hacia aquellos que tenían capacidad de influencia. La sátira política ha sido un género literario profuso.

Por un lado, en esta potente y actual  desafección está una respuesta ciudadana funcional. Si no me solucionan los problemas, ¿Qué sentido tienen?  Por otro, los escándalos en que se han visto envueltos algunos de ellos provocan que contaminen la imagen reputacional del conjunto. Y si además, los cobijan, más que más. También, como causa de esta desafección hacia los representantes, puede hallarse la voluntad de un nuevo empoderamiento social;  donde la ciudadanía quiere tomar decisiones,  por sí misma, desde un republicanismo  cívico.

Las organizaciones políticas y sociales, los gobiernos y parlamentos han tomado nota de esta reacción social. Pudiéramos decir que “Oído cocina”.  Desde muchas instancias se están desarrollando medidas de apertura social. Normas sobre transparencia, sistemas de elección directa, implementación de consultas… Soy de los que consideran  que estas iniciativas además de ser  una respuesta condicionada y refleja a la presión social, supone un cambio de ciclo político. Otra manera de entender y de ejercer las tareas. Por lo tanto, bienvenida sea esta regeneración de las organizaciones,  desde una radicalidad democrática.

Ahora bien, seamos conscientes de los elementos no deseados que se puedan producir en este nuevo impulso. Cierto que el actual sistema organizacional hay que cambiarlo. Es opaco; muy elitista, potencia su burocratización e elude la responsabilidad social. Pero, a veces, se puede confundir la democracia con la demagogia. Es preciso que en este nuevo viraje de apertura y participación nos proveamos de vacunas ante fenómenos nocivos.

Por un lado, como recientemente expresó Innerarity, no absoluticemos la transparencia impidiendo la deliberación y el acuerdo. Por otro, tengamos en cuenta que determinadas reformas electorales pueden acercar a la ciudadanía,  pero impedir la representación de las minorías. Asimismo, seamos conscientes de hay que desarrollar mecanismos compensatorios de poder ante procesos de elección directos que pueden llevar a las personas elegidas a  ejercer cesarismos, sin  ausencia de control posterior. Hagamos notar que el referéndum es necesario pero su uso debe conducirse  a cuestiones sencillas y claras. Digamos que el representante político es un ciudadano más y que no debe tener privilegios;  pero se le debe proveer de recursos suficientes para que desarrolle la acción encomendada.  

En fin, seamos decididos  y valientes en cuánto a regeneración política. Conocemos los males que acechan al actual sistema; hay que desterrarlos. Pero midamos y compensemos el nuevo advenimiento; vivimos en una sociedad compleja. Es preciso realizar un desnudo integral a nuestras organizaciones sociales y políticas pero después habrá que vestirlas. Con ropa cómoda y sin recurrir al adanismo. Hay mucha experiencia acumulada como para olvidarse de ella.

Transparencia, primarias, listas abiertas y otras cosas