La revolución violeta, ¿nuestro Mayo del 68?

Foto: José Nieto
Foto: José Nieto

Lo que el jueves se vivió en España fue un gran acto de empoderamiento colectivo

Cuando se cumplen 50 años de ‘mayo del 68’, España parece querer vivir su particular primavera revolucionaria teñida de un manto violeta. Las multitudinarias manifestaciones celebradas este 8 de marzo por el todo el país han sido objeto de fascinación y ejemplo para muchos otros países del mundo que vivieron esta jornada reivindicativa de manera más timorata, recurriendo a los tópicos de siempre que ahora ya no sirven; porque, señores, “no queremos flores, queremos derechos”.

Aunque sin ánimo de poner a la par los acontecimientos vividos en aquel mayo parisino con la efervescente jornada de este jueves en nuestro país, la primera huelga feminista de nuestra historia, secundada por seis millones de trabajadores, y las marchas festivas con cientos de miles de mujeres de todo tipo y condición, también han supuesto, como hace 50 años, una rebelión contra el orden establecido.

Un orden al que hay que remozar de arriba abajo, porque la lucha a la que nos enfrentamos es transversal, toca a todos los aspectos de la vida, pública y privada; es, como aquel mayo del 68, por la conquista de las libertades y la igualdad. Libertad para ser madres y no ser penalizadas por ello laboralmente; o para decidir no serlo y no tener que soportar el peso de tradiciones tan rancias como que ‘eso’ nos realiza como mujeres. Libertad para poder expresar nuestras opiniones sin tener que aguantar cierta superioridad moral masculina de ‘no sabes lo que dices’. Libertad para expresar nuestra sexualidad sin comentarios del tipo ‘es que vas provocando’. Libertad para adquirir la independencia económica necesaria que nos realice como personas. Libertad para saber decir ‘no’ sin temor a nada ni a nadie. Libertad para empoderarnos.  

Lo que el jueves se vivió en España fue un gran acto de empoderamiento colectivo. Cuando muchas mujeres, yo entre otras, empezamos a recorrer las calles de un Madrid en el que empezaba a anochecer pero también a brillar, fuimos conscientes de que algo había cambiado, la celebración de este año fue totalmente diferente, fue el pistoletazo de salida del ‘basta ya’ y, como en aquel Mayo del 68 donde germinaron muchos de los avances sociales de las siguientes décadas, como la misma liberación de la mujer a escala planetaria, ahora, 50 años después nos manifestamos con la voluntad de acabar la obra, de coronar un proceso incompleto y hasta el momento no resuelto.

Si como anotó el socialista Henri Weber, el balance de aquel Mayo del 68 fue “la libertad de contracepción y del aborto, la autoridad parental conjunta sobre los hijos, la posibilidad para las mujeres de abrir una cuenta bancaria sin la autorización previa del marido, y el derecho a la igualdad profesional entre hombre y mujer”, ahora, 50 años después, revivimos las frustración de algunas rémoras del pasado, de ese patriarcado zombi que actúa con la excusa de la crisis.

El jueves vi a muchas jóvenes libres de ataduras. Vi a muchas mujeres mayores orgullosas de participar en el tsunami violeta. Vi a muchas niñas, sabedoras de que algo se estaban jugando cara a su futuro. Vi a muchos hombres que secundaron la protesta dos pasos por detrás de nosotras, sin buscar protagonismo. Vi a muchos hombres con sus bebés en brazos mientras sus compañeras participaban activamente de la protesta. Vi a muchos hombres feministas. Oí cánticos subidos de tono. Escuché potentes arengas contra el machismo y la violencia machista. Las miradas y sonrisas de complicidad lo decían todo. La mayoría de nosotras había secundado la huelga de una u otra manera: ‘no he comprado ni una barra de pan’, ‘ya he dicho en mi casa que hoy no hago la comida’, ‘hoy no he hecho nada, estoy en huelga’. “Yo me he sentido acosada sexualmente en algunos momentos de mi vida”, comentaba una de las compañeras que conocí en la manifestación. “Tenemos unos sueldos miserables porque nos quieren en casa metidas”, decía otra. Hay mucha indignación y la burbuja ha terminado por explotar.

Si España no tuvo la oportunidad de vivir ese estallido social que supuso la revolución del 68, quizá ahora podamos hacerlo. Hoy, la revolución se declina en femenino.