miércoles. 24.07.2024

No es país para viejos

España no es país para viejos. Quizás lo fue antes, cuando nuestros actuales mayores aún no lo eran, cuando sumando hombros con esperanzas...

España no es país para viejos. Quizás lo fue antes, cuando nuestros actuales mayores aún no lo eran, cuando sumando hombros con esperanzas ejercían de activos constructores de esta sociedad que ahora compartimos con ellos; o tal vez lo vuelva a ser en el futuro, cuando llegado el momento queden atrás los alienantes recortes liberales; pero para entonces, y para ellos, nuestros viejos, ya será demasiado tarde.

España no es país para enfermos. Quizás lo fue antes, cuando el acceso a la sanidad pública, gratuita, universal y de calidad, era un derecho en construcción y no en demolición; o tal vez lo vuelva a ser en el futuro, cuando se consiga revertir el vírico proceso de mercantilización del dolor que está llevando a cabo nuestro tan liberal gobierno y sus no menos liberales satélites; pero para entonces, para muchos, ya será demasiado tarde.

Con las pensiones guardando profusa lista de espera en el patíbulo liberal, la sanidad pública en pleno proceso de despiece interno en aras a ser servida caliente, barata y jugosamente rentable a los de fuera, Capios y Cias, y una ley de dependencia enterrada bajo toneladas de ignominia ejecutiva, bulas fiscales y públicos rescates bancarios tan multimillonarios como absurdos, España, como decía, ya no es país ni para viejos ni para enfermos; es país solo para ricos que puedan pagarse el lujo de envejecer o enfermar.

España no es país para jóvenes. Quizás lo fue antes, cuando nuestra presente juventud aún eran niños y se dedicaban a vestir hogares y calles con juegos, aprendizajes y pucheros; o tal vez lo vuelva a ser en el futuro, cuando llegado el momento, ojalá, desaparezcan las consecuencias de las, tan delirantes como interesadas, austeridades liberales, pero para entonces y con su juventud dilapidada, para ellos, nuestros jóvenes contemporáneos, ya será demasiado tarde.

España no es país para trabajadores. Quizás lo fue antes, cuando serlo no significaba aceptar el concepto de indefensión unidireccional como parte intrínseca de un contrato de trabajo, y al Dios de las plusvalías mórbidas como único referente a seguir en las relaciones laborales; o tal vez lo vuelva a ser en el futuro, una vez se consiga limpiar nuestra legislación laboral de anacrónicos ecos que suenan más a vasallaje que a relación entre iguales, a parasitismo que a simbiosis, pero para entonces, y para millones, ya será demasiado tarde.

Con la enseñanza pública en pleno proceso de vaciado estructural, sometida a una hambruna de recursos perfectamente dirigida a potenciar lo concertado o privado frente a lo público, una universidad que, además de asfixiada por los recortes, está siendo vallada con subidas de tasas para alejarla de los que menos tienen, sin tener en cuenta lo mucho que valgan o merezcan, y un mercado de trabajo a la intemperie, desasistido de equilibrios que protejan a ambas partes y no solo a una, tanto a quien es contratado como a quién contrata; España, como decía, ya no es país para jóvenes ni para trabajadores; es país solo para ricos que puedan pagarse el lujo de construir su juventud, cultivar sus estudios y trabajar sin ejercer de neo-esclavos.

Y no, España tampoco es país para disidentes de la política liberal, para agnósticos, republicanos, ecologistas, creadores, científicos, autónomos, maltratadas y maltratados, emigrantes sin tarjeta de crédito, desasistidos o reflexivos. Esta España liberal que nos está dejando sin aliento a tantos, que destierra derechos, condena equilibrios, sepulta dignidades y promueve, asentada en una complaciente indiferencia de secta dirigente, la suya, el retorno a un estado de la beneficencia y de la emigración forzada, basado en la desigualdad y los privilegios con nombre, cargo y apellido, no es país para todos, ni siquiera para muchos, solo es país para algunos, para ellos, ricos expertos en conservar su riqueza a costa de toda una colectividad y que no parecen cansarse nunca de publicitarse, de decir y decirse, con la boca grande y el corazón pequeño, “liberales” y “demócratas”; aunque en lo relativo a libertad, justicia social y democracia de hecho, no la alegórica, me temo que si de algo ejercen, están ejerciendo, es de analfabetos, tanto públicos, gestionando lo de todos, como morales, malversando las esperanzas de un país entero.

Me es imposible, en suma, no constatar que esta España tan "liberal" no es país para todos, solo es país para ellos.

No es país para viejos