miércoles 21.08.2019

Marruecos y el modelo español de transición

El proceso de transición democrática en España se consideró, en su momento, un modelo por el que se interesaron diversos países. Muchos ciudadanos y fuerzas políticas...

El proceso de transición democrática en España se consideró, en su momento, un modelo por el que se interesaron diversos países. Muchos ciudadanos y fuerzas políticas de estados que sufrían diferentes formas y niveles de dictadura, interesados en romper las estructuras políticas y sociales que bloqueaban a sus países, consideraron que la transición española había puesto de manifiesto la existencia de caminos, actitudes y prácticas capaces de facilitar el intercambio de ideas entre los diferentes actores, y plantear aproximaciones a un proceso de apertura, que, a semejanza de la experiencia original, aportara elementos útiles para la adopción de fórmulas adecuadas a cada situación.

Marruecos es el país en el que más se divulgó el debate con las características arriba mencionadas. El país atravesaba una situación de crisis económica aguda que provocó más de un estadillo social, alguno muy grave, junto con  los diferentes conflictos abiertos entre los partidos políticos y Palacio y entre éste y las fuerzas armadas que, recordemos, habían protagonizado varios intentos de golpes de estado, producían una evidente inestabilidad y de incertidumbre sobre el futuro del país.

La oposición marroquí, particularmente desde la izquierda, avanzaba el debate sobre el modelo francés con la disyuntiva entre dos polos  antagónicos respeto al lugar que le puede corresponder al  palacio en ese proceso, sin obviar a los nostálgicos  panarabistas que no hacían ascos a un poder militar a semejanza de lo sucedido en Siria, Egipto, Libia y Argelia entre otros.

Por otro, históricamente y hasta principios de los años ochenta el exilio político y la disidencia  marroquí elegía instalarse en Francia porque geográficamente Marruecos estaba rodeado de dictaduras y por la enorme influencia que ejercía Francia como antigua metrópoli, económica y culturalmente muy presente.

Las reflexiones y el intercambio de ideas de la oposición a Hassan II, la  del interior con la del exterior, casi exclusivamente desde Francia, giraba precisamente sobre el modelo de transformación y de transición, en momentos en que los bloques primaban e influenciaban  doctrinas y opiniones (soviético, occidental, etc.) y las prácticas golpistas eran el pan de cada día.

De ahí  la importancia de la experiencia española, no por esperada menos novedosa, apareciendo con puntual oportunidad y con rasgos que podían hacer pensar en ciertas similitudes o en posibles convergencias.

Con el reinado de Mohamed VI esa predominancia  del modelo de transición española se ha consumado sino totalmente, cosa casi imposible y tampoco deseado, en numerosas decisiones tomadas en los procesos de cambio llevados a cabo antes y después de la llamada “primavera árabe”.

La regionalización marroquí, proyecto estimulado por el estado de las autonomías español, hasta en sus defectos, fue elaborado por un conjunto de expertos encabezados precisamente por el anterior embajador de Marruecos en España. Lo mismo ocurre con la reciente modificación de la constitución, que contempla una  disminución de las prerrogativas del rey y la separación de poderes. Esos avances legislativos constituyen los elementos principales en los que se ha inspirado el modelo de transición marroquí, guardando, obviamente, las diferencias y las distancias. 

En la actualidad el hemisferio norte del mediterráneo, y en particular España está viviendo una aguda crisis económica, política y social. Casi en quiebra lo que se dio en llamar el Estado de Bienestar, el agotamiento del modelo de organización territorial (las autonomías) añade incertidumbre y presagia futuros difíciles.

La grave crisis económica mundial, que se ha cebado muy especialmente en los países del sur de Europa, ha tenido mucho que ver con ese más que probable derrumbe del modelo social español, haciendo aflorar contradicciones políticas y sociales, antaño diluidas en la euforia de los buenos resultados económicos, que ahora, con las escaseces, aparecen o reaparecen con toda su virulencia y su crudeza.

Contradicciones que han aflorado un  debate que alcanza hasta  la transición española: “aquel consenso lo sellaron los franquistas y la oposición democrática. No fue, por tanto un pacto entre demócratas” tal cómo afirmó  Jorge Urdánoz en artículo de opinión (La Transición y el extraño consenso) en un periódico de tirada nacional.

“Y en esa medida, tampoco lo pactado pudo ser completamente democrático, pues necesariamente los representantes de la dictadura tuvieron que haber arrancado algo de parte. Y eso-que se desprende de la propia configuración lógica del acuerdo, y que es lo que lo hizo considerablemente (pero no del todo) pacífico y, en ese sentido, ejemplar- es lo que la versión edulcorada de la Transición se esfuerza en ocultar. En la medida en que se evitó la sangre, la Transición fue modélica; pero, precisamente por eso, tuvo que ceder en aspectos cruciales”. Misma fuente. 

Por lo tanto, lo que se pone de manifiesto es que pese a todas las virtudes con que se  pueda arropar el proceso de transición española, éste no fue todo lo ejemplar que hubiera sido de desear. No fue un proceso en que fuerzas políticas de distinto signo llegaran a la negociación en igualdad de condiciones, no fue un proceso en el que las partes gozaran de las mismas posibilidades. Por tanto, el alcance de esos primeros pasos fue limitado, tenía ese horizonte y, lógicamente, la solidez de esos cimientos condicionaba los siguientes pasos.

Lo que ha ocurrido posteriormente es que, en la medida en que los intereses de sectores importantes de muchos estratos sociales y políticos, se conformaron con las normas de los primeros tiempos de la transición, se aceptaron como metas, como objetivos definitivos. De ahí por ejemplo que se considere la Constitución como una recopilación de dogmas de fe, de un compendio inamovible  de todas las verdades, cuya eventual modificación suena a sacrilegio.

Esta situación es también la que ha impedido que en todos estos años se hayan renovado o refundado sectores como la Justicia, o que se actualice las relaciones Estado Iglesia, o que se haya mantenido sin casi modificaciones el estado de las  autonomías. Este es a nuestro juicio, el desliz fundamental de la transición y que con tanto dramatismo ha puesto de manifiesto la crisis actual. El inmovilismo conduce a la indisciplina y al mantenimiento de privilegios de importantes sectores corporativos, con sustanciales poderes políticos y económicos.

¿Siendo esta la realidad y siendo estas las circunstancias, podemos seguir considerando la transición española cómo un modelo válido para  Marruecos, tanto en el papel otorgado y/o jugado por la monarquía cómo en la división territorial del estado y el reparto  y la evolución de las competencias, así cómo se ha abordado la estructuración de las relaciones entre los poderes del Estado, y de estos con los poderes autonómicos en cuanto hasta donde puede alcanzar el techo o el límite en lo transferido?  

Creemos que cada país, todos los países, que requieran realizar transformaciones profundas en sus estructuras sociales y políticas puede considerar los ejemplos que crea más cercanos o mejores para desarrollarlos. Es decir adaptarlos a su propia realidad, analizando las consecuencias económicas y sociales del proceso histórico del modelo, procurando, ante todo, eludir los errores, las rutas equivocadas, los atajos que llevan a callejones sin salida, e intentando ajustar constantemente las propias normas a las situaciones concretas en que se aplican.

Hemos de ser capaces de modificar, de adaptar las leyes, los criterios, que nos permitan hacer frente a esos cambios inducidos por nuestra propia acción democrática o a los que obedecen a motivos  externos. Nuestra propuesta, nuestra labor debe encaminarse siempre a potenciar normas que permitan profundizar y reforzar la democracia tanto cuanto se pueda y sea posible en cada circunstancia y, paralelamente y como consecuencia, en reforzar, en transformar constantemente esos avances democráticos en mejoras, perfeccionamientos y refuerzos del Estado de Derecho.

En una reciente visita de un ministro marroquí a España el propio ministro español de industria respondiendo a una pregunta dirigida al marroquí sobre si venía a pedir asesoramiento en el proceso de cambio llevado a cabo en la actualidad en Marruecos, dijo que su objetivo era averiguar lo que no tenía que emular del modelo español.

El modelo español inspiró a Marruecos y a otros países, pero en su fase de agotamiento están aflorando debilidades que hubieran podido minimizarse si los responsables hubieran impulsado las reformas necesarias en los momentos precisos. Pero sin flagelarnos, este es un momento propicio en todos los sentidos para repensar y reinventar lo que sea necesario para salir de la crisis fortalecidos y con la lección bien aprendida. 

En Marruecos, ya hay voces que reclaman el retraso de la aplicación del plan de regionalización, y otras que reclaman su paralización y su eventual revisión, al mismo tiempo hay los que piensan que las reformas llevadas a cabo son manifiestamente  insuficientes. En todo caso Marruecos tiene que seguir su propio camino y afinar su propuesta de regionalización a la luz de las conclusiones que pueda sacar ante los diferentes problemas que plantea el modelo autonómico español en la actualidad con sus ventajas y defectos y al mismo tiempo dejar el “piloto automático” de las reformas en marcha porque hay que ser conciente, y eso otro aprendizaje de la experiencia española, la democracia es dinámica y evoluciona y hay que estar atento y vigilante. 

Esto nos viene bien en Marruecos, lo digo con egoísmo porque con mejor conocimiento de causa, y la adecuación  del proyecto le puede conducir a aprovechar atajos en su camino hacia la instauración de un estado de derecho, pero eso no lo debe aprovechar, bajo ningún concepto, para atajar derechos.

Marruecos y el modelo español de transición