sábado 11.07.2020

No manosee los tomates, señora

A veces pienso que esta ola ya imparable del feminismo en España está incomodando mucho a muchos señores a los que les debe parecer un suplicio estar escuchando nuestras reivindicaciones

No sé si es una percepción mía, pero en los últimos tiempos observo cierta acritud por parte de determinados señores hacia mi en cosas cotidianas que se realizan en la calle. No me había pasado nunca, o al menos no me había fijado hasta el momento, quizá porque la juventud arrebatadora lo cura todo y la madurez lo empaña.

El otro día me acerqué a mi frutería de confianza. Es una pequeña tiendita de barrio que la lleva un señor mayor. Un gallego encantador con una filosofía de la vida auténtica que nos procura a los vecinos unas frutas y verduras de mucha calidad y a unos precios increíbles. Le acompaña su hijo en el mostrador, mano a mano, porque el local, pequeñísimo está siempre hasta los topes.

El caso es que cogí con la mano, para dárselos al dependiente, un par de tomates, de los que ahora llaman ‘raf’, y un señor que andaba detrás mi me espetó: “No manosee los tomates, señora, que yo luego me los voy a llevar”. Le contesté muy educadamente que solo había tocado las dos piezas que iba a comprar y que procuraba ser muy cuidadosa con esas cosas. Pero lo que tenía que haberle dicho es que, por esa regla de tres, tampoco los dos dependientes, el gallego y su hijo, deberían tocar el género, dado que no atienden con guantes. O, ¿qué ocurre?, ¿qué yo soy la apestosa y los otros no lo son? En fin, me callé y el dueño de la frutería, que sé que me tiene cierto aprecio, me despidió con la misma amabilidad de siempre: “¿Has cogido perejil?”, sí, estaba vez no se me ha olvidado, le dije y me fui.

No hace mucho tampoco, me pasé por el burguer para llevarle un menú a mi hijo porque no me apetecía nada cocinar. Coincidió que era mi cumpleaños. Me había pasado la mañana montando en bici y estaba realmente vaga en cuanto a las tareas domésticas. En esto, desde luego, cumplo cada vez menos las expectativas de ‘una mujer de su casa’. Mi teléfono no paraba. Amigos, familia, lo típico, para felicitarme. Estaba esperando en la cola del burguer. Había mucha gente, mucho ruido de fondo, y en una de esas conversaciones debí subir el tono de voz más de lo aceptado en esta sociedad en la que vivimos que es tan silenciosa. He aquí, que de repente, un joven que iba con su chica se volvió de muy mala gana y me dijo: “¿Es que no puede usted hablar más bajo, señora?”. Vaya, me llevé un chasco de cuidado y me amargó el día, la verdad. Pedí disculpas, colgué el móvil y me quedé ahí como una tonta pensando, ¡es que hablas muy alto! Una no puede ser perfecta.

Una sensación parecida sentí otro día, también recientemente, cuando estaba tomándome con mi pareja unas cañas en un bar de mi barrio. Nos apostamos fuera porque el tiempo era excelente y pasé yo sola a la barra para pedir un par de botellines. No sé describir el mal estilo con el que el señor de la barra me atendió, parecía que me estaba perdonando la vida, de lo más desagradable. A la siguiente ronda le dije a mi chico que entrara él. Me sentí agredida y muy incómoda.

La sensación se repitió hace poco en otro escenario en el que participé como ponente en una mesa de debate. En una parte de mi intervención destaqué el papel de la mujer en puestos de responsabilidad y puse un ejemplo que no viene al caso. Subrayé la importancia de la presencia de las mujeres en el ámbito del que estábamos hablando. Cuando levanté la vista, observé un señor al que se le torció el gesto y mirándome me negó con la cabeza y con un rictus de decir ‘¡menuda estupidez estás diciendo!’. En fin, bajé la cabeza y seguí a lo mío.

A veces pienso que esta ola ya imparable del feminismo en España está incomodando mucho a muchos señores a los que les debe parecer un suplicio estar escuchando nuestras reivindicaciones, hora sí, hora también, día sí, día también. Pero, bueno, es lo que hay.

Reconozco que no se pueden tocar los tomates que compras con las manos. Sorry. Tampoco deberíamos tocar las barras de los autobuses o metro, están llenas de virus, de nuestros virus. Vamos a tener que salir a la calle con una escafandra, forrados de plástico para no pegar nada a nadie.  De todas formas y ante situaciones como la de la frutería me hubiera gustado más escuchar: “no manosee los tomates, ¡mujer!”, en lugar de señora. ¡Qué depresión!

No manosee los tomates, señora