domingo. 14.04.2024

La verdad del “caso” Sevilla

Estamos en el peor momento que la mayoría de nosotros hemos vivido. No he conocido una época más dura que ésta. Paro, desahucios, suicidios, pobreza, dolor, desesperanza, angustia, hambre… el pan nuestro de cada día, de cada noticia, de cada historia que cuentan en la calle. No hay manos para tapar tanta grieta, tantos rotos provocados por quienes  vuelven los ojos al símbolo del vil metal a costa de la supervivencia de las personas.

Estamos en el peor momento que la mayoría de nosotros hemos vivido. No he conocido una época más dura que ésta. Paro, desahucios, suicidios, pobreza, dolor, desesperanza, angustia, hambre… el pan nuestro de cada día, de cada noticia, de cada historia que cuentan en la calle. No hay manos para tapar tanta grieta, tantos rotos provocados por quienes  vuelven los ojos al símbolo del vil metal a costa de la supervivencia de las personas. Porque vivir es algo muy distinto.

En este panorama, ¿entenderá la ciudadanía que el mayor partido de la oposición no esté al alimón en la férrea defensa de los derechos por los que tanto lucharon nuestros padres y abuelos?

El pasado Congreso del PSOE, celebrado en Sevilla hace poco más de un año, decidió que Rubalcaba fuera Secretario General por una diferencia de 22 votos, 13 más de los que obtuvo José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2000. La Ejecutiva fue votada por más del 80%. De las 16.000 enmiendas debatidas, se aprobaron -mediante votación- 10.000. Y yo, ilusa de mí, pensé que al día siguiente nos pondríamos a trabajar todos a una y nos haríamos eco de lo que la ciudadanía nos había trasladado en las urnas: quieren un partido compuesto por ciudadanos de la calle, con problemas de ciudadanos de a pie, que sea capaz de sentir en sus carnes la angustia, el dolor y las alegrías como el común de los mortales. Pero la oposición es dura, angosta y fría. A la vista está. Cuando el poder se va, la estrategia entra por la ventana. Aunque rompa el cristal.

¿Por qué algunos mencionan en vano a la gente cuando les interesa y la apartan a un lado cuando no, haciendo del fragor de la batalla interna su forma de curar agravios y marcar terreno y territorio? No lo entiendo. No entiendo el afán de escudriñar errores cometidos para proceder a la crítica destructiva, mientras alrededor oleadas de indignación, de injusticias y de mezquindades se escapan por las grietas cada vez mayores que produjeron las piedras en el propio tejado.

No se corrigen errores, se lapidan personas. No se superan obstáculos, se dinamitan montañas. No se cruzan orillas, se dinamitan puentes. Y cada día es una constante búsqueda de a qué apuntar. Las justificaciones, patéticas por la impostura y falsedad. No sé si es la no aceptación de pasados resultados, no sé si es el incómodo crucero por la oposición, tampoco si el “me has llamado malo y ya no te ajunto” nos altera el orden de prioridades, que debiera anteponer los problemas de la gente a las intrigas personalistas. Y en este tenor, aparece ese síndrome del micrófono que paraliza las palabras en lo interno y provoca verborrea fuera, la imperiosa necesidad de que cada declaración sea más dura que la otra, para responder a las expectativas generadas sin importar las consecuencias.

Hay tantas personas pasándolo mal que nos debería provocar pudor no centrar nuestros esfuerzos en ellas. Hay tanta destrucción que deberíamos pensar cómo volver a construir, tantas heridas que deberíamos empezar a poner vendas.

El futuro sólo podrá ser de quien, en el presente, demuestre cuál es el acertado orden de prioridades. Por cierto, en la lectura de las resoluciones del Congreso de Sevilla están buena parte de las soluciones, porque mucho de lo que ahora se pide ya se dio y se decidió entonces. Espero que esto no sea sólo un juego de figuras y figurantes. 

La verdad del “caso” Sevilla