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jueves. 01.12.2022

La propiedad de la palabra

La democracia nace ahí, en la palabra. Crece ahí, en la palabra. Muere ahí, en la palabra acallada, maniatada, desposeída. La palabra se hizo calle y habitó entre nosotros. Va por las aceras proclamada, nunca vendida, nunca monopolizada, nunca prostituida. Y engendra verdad de pueblo, soberanía de pueblo, orgullo de pueblo. La recuperamos hace treinta y tantos años. Por ella cambiamos nuestro estado de súbditos, al creador de ciudadanos.

La democracia nace ahí, en la palabra. Crece ahí, en la palabra. Muere ahí, en la palabra acallada, maniatada, desposeída. La palabra se hizo calle y habitó entre nosotros. Va por las aceras proclamada, nunca vendida, nunca monopolizada, nunca prostituida. Y engendra verdad de pueblo, soberanía de pueblo, orgullo de pueblo. La recuperamos hace treinta y tantos años. Por ella cambiamos nuestro estado de súbditos, al creador de ciudadanos. Nos engendró libres, autosuficientes, artesanos en la construcción  de futuro.

El país es una calle en pie. Funcionarios, docentes, sanitarios, justicia, jubilados, desahuciados, preferentes, dependientes. La calle es un grito desesperado, un estómago hambriento, un abandono con techo de puente, de cajero con cartones, de hambre con pan de contenedor. Se llama crisis, dicen, mercados, dicen, Merkel, dicen. Y es cirugía sin anestesia, con la carne viva, estremecida, punzada hiriente. Y el pueblo empuja, arremete, exige. Se abrazan hospitales, se circunvala el Congreso, se estrechan los cercos sobre Génova. Plataformas que detienen con sus cuerpos hipotecas asesinas, banqueros rescatados con el hambre de muchos, empresas que juegan con sus trabajadores un juego de vida y siempre ganan. Calle en pie. Grito vertical. Pais oscuro como cuando era oscuro porque la opresión siempre es nube amenazante, tiro de gracia, muerte al amanecer.

Para Rajoy los buenos ciudadanos son los que sufren en silencio en sus casas. Para los delegados del gobiernos todos somos antisistemas, radicales, conspiradores empeñados en manchar al gobiernos con la corrupción, con bárcenas evasores, amnistías que premian delitos, exigencias desorbitadas de derechos laborales. Los ciudadanos tienen que aguantar porque han vivido por encima de sus posibilidades. La cerveza del domingo era un atentado contra la economía, la tortilla del andamio un tiro de gracia para los mercados, la entrada del fútbol una insurrección contra la prima de riesgo. La caña, la tortilla, el fútbol se han cargado el bienestar de un país. Y los enfermos, los viejos, los dependientes son los culpables evidentes de tanta decadencia. No se han muerto a tiempo y ahí están estrujando la España grande y libre siempre soñada, salida de cuarteles antiguos, con galones monárquicos.

Y  aparecen los defensores de las instituciones. El Congreso de los Diputados es la sede de la palabra, dicen. Las urnas les han dado el poder, dicen. Las elecciones les han nombrado  nuestros representantes, dicen. Les hemos entregado la propiedad del poder, de la palabra, de la responsabilidad. Ahí se encierra la democracia, la palabra, la decisión. Y los demás debemos sentarnos en la tranquilidad de la espera porque dentro de cuatro años tendremos el poder de cambiarlo todo, sólo dentro de cuatro años. Hay que ver pasar la historia desde el confort de los balcones. Sin intervenir, sin actuar, regando la delegación del compromiso. Que ellos actúen. Para eso los hemos elegido. El pueblo debe descansar del esfuerzo de las urnas.

Es otra forma de destruir la democracia. La palabra debe triunfar en el Congreso, pero sigue residiendo en el pueblo. El poder de legislar está allí, pero sigue perteneciendo al pueblo. Las decisiones se toman allí, pero siempre deben ser refrendadas por el pueblo. Los poderes no son el retablo donde se luce la plenitud de la democracia. Es siempre el pueblo su dueño, quien la detenta en último término y quien le da contenido. Que nadie se sienta administrador único de esta bella empresa.

Los políticos no deben atribuirse el poder despótico de una mayoría. La mayoría única es el pueblo y el pueblo siempre tiene en su mano la capacidad de interferir cuando una legislación se opone a sus intereses presentes o a sus expectativas de vida. Y que nadie tache de relativismo político esta actitud, sino a una visión dinámica del quehacer político. Todo estancamiento se pudre. La corrupción fermenta en esa posesión unívoca del poder no sometido a la purificación continua de su verdadero gestor.

El pueblo y sólo el pueblo es el verdadero propietario de la palabra.

La propiedad de la palabra