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jueves. 29.09.2022

La proletarización de la clase trabajadora

De esta crisis también saldremos. No gracias a la política económica de Rajoy y de Merkel, que no hace más que agravarla. Saldremos porque es el ciclo natural del capitalismo, que lleva a que después de una recesión se produzca una fase expansiva. 

De esta crisis también saldremos. No gracias a la política económica de Rajoy y de Merkel, que no hace más que agravarla. Saldremos porque es el ciclo natural del capitalismo, que lleva a que después de una recesión se produzca una fase expansiva. Así llevamos doscientos años y por lo tanto en 2014 o 2015 el PIB volverá a crecer porque es la lógica del sistema.

Lo preocupante en esta ocasión es como saldremos o mejor dicho, cuantos derechos nos habremos dejado por el camino, como ciudadanos y como trabajadores. Como ciudadanos porque estamos asistiendo a un grave deterioro de la democracia en su significado real, porque cada vez se hace más evidente que el poder ya no reside en las instituciones elegidas por el voto ciudadano sino en otro poder real, no democrático, que se esconde detrás de eso que se llama los mercados.

También sale muy deteriorado el estado del bienestar, que en España habíamos empezado a construir y que antes de alcanzar un nivel homologable con los países centrales de la Unión Europea, ya está siendo duramente recortado. Pero donde el retroceso está siendo mayor es, sin duda, en los derechos laborales.

La debilidad de los trabajadores, provocado por el brutal nivel de desempleo, y la desprotección legal que sufren como consecuencia de las dos reformas laborales, ha modificado de forma radical las relaciones laborales en España. Ahora todo el poder está en las manos de los empresarios que lo están utilizando para rebajar drásticamente las condiciones laborales, especialmente los salarios.

Ya no hay empresa, sector o actividad segura para nadie, con estabilidad laboral y personal. Es la pérdida del nivel salarial pero también de indefensión ante el despido, el cambio de las condiciones de trabajo, la movilidad geográfica o de funciones, la extensión de la jornada sin cobrar por ello. Es la devaluación extrema de la negociación colectiva porque en las mesas de los convenios se negocian hoy muchos más recortes que avances.

Estamos en el medio de una regresión salarial, algo que no conocíamos en toda nuestra historia reciente. Ni esta generación ni la anterior había visto, ni sufrido, nada igual. Estábamos instalados en el orden lógico de las cosas: después de la miseria de la dictadura cada año que pasaba subía el salario de los trabajadores y en general las condiciones de vida y de trabajo de la inmensa mayoría de la sociedad. Así hasta 2009, el año fatídico en el que la crisis generada en y provocada por el capitalismo financiero especulativo se está llevando por delante este progreso lineal que llevaba a que los hijos vivieran, y cobraran, más que sus padres.

Es difícil saber lo que ya hemos perdido y cuanto más perderemos hasta que esto pase. Han perdido los pensionistas por lo menos un 8% del valor real de su pensión. Algo más los trabajadores que están con el salario mínimo interprofesional (SMI) y muchísimo más los empleados públicos que ya han perdido el 25% de su poder adquisitivo, un recorte brutal de su renta.

Y también están perdiendo el sector más numeroso de asalariados, los que trabajan en el sector privado, que sufren la devaluación salarial de formas diversas. Desde reducciones directas de sus salarios a reducción de jornada con la caída correspondiente. Desde convenios colectivos con incrementos muy por debajo del IPC hasta descuelgues de las empresas para no aplicarles el convenio colectivo. E incluso la renuncia colectiva a una parte del salario para evitar el despido de una parte de la plantilla.

Las consecuencias de este proceso inconcluso de devaluación salarial son terribles, en especial ahora que la inflación vuelve a estar en el 3%. En los hogares se transforma en pobreza y desigualdad con la aparición de los riesgos de la exclusión social en familias que no hace tanto eran de clase media. Ya se nota en la bolsa de la compra y desde luego en los hábitos de la vida.

Y también se nota en la evolución de la economía porque los salarios son la parte fundamental del consumo y por lo tanto de la demanda agregada y su reducción es la que está detrás de la caída del PIB y con ello de la destrucción del empleo. Porque estamos también en una crisis de demanda, de las clásicas, de las de toda la vida. Y esto se mide estadísticamente porque la participación de las rentas salariales en la renta nacional ha caído cuatro puntos desde el año 2009, algo que tampoco había ocurrido nunca desde que recuperamos la democracia.

Estamos por lo tanto ante una transferencia de rentas de los asalariados hacia las empresas que supone un intenso proceso de redistribución de la riqueza muy negativo para la mayoría social pero que, además, está provocando esa caída intensa del consumo, y por lo tanto de la demanda, que hace más difícil la salida de la recesión.

Lo cualitativo es más difícil medirlo, pero todos lo entendemos: estamos sufriendo un proceso de precarización generalizada, de proletarización en la vieja terminología, que deteriora profundamente las expectativas de vida, ahora y en futuro, de la inmensa mayoría de la sociedad y que ve el futuro como una amenaza y no como una oportunidad.

La proletarización de la clase trabajadora