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lunes. 05.12.2022

La fea burguesía

“El peor analfabeto –escribía Bertolt Brecht hace setenta años- es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida el precio de los porotos, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.

“El peor analfabeto –escribía Bertolt Brecht hace setenta años- es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida el precio de los porotos, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales…”.

Unos años después, en la década de los setenta, cuando en España comenzaba a surgir una clase media tan raquítica y grisácea como lerda y orgullosa de su poquedad, de su ignorancia supina, Miguel Espinosa -uno de los más grandes escritores del siglo XX aunque siga en el más cruel de los destierros- escribía La Fea Burguesía, que junto a Escuela de Mandarines, La Tríbada Falsaria y la Tríbada confusa, forman parte de uno de los corpus literarios más fantásticos salidos de la pluma de un escritor español. En La Fea Burguesía, mi paisano, nació a escasos metros de mi casa, en la calle de la Puentecilla de Caravaca, hace una brutal disección de la burguesía de aquel tiempo, una burguesía ramplona, amorfa, servil, inculta, arribista, egoísta y presuntuosa: “Cipriano Castillejo –escribe- se halla entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años de edad; ha alcanzado esa época de la existencia en que los hombres empiezan a derrumbarse física y psíquicamente, [...] entra en la misma cafetería y pide su condumio: café con leche con un bollo azucarado.

En el establecimiento anida una logia de cincuentones, y Castillejo contempla, silencioso, el rebaño: son cinco, siete, hasta diez individuos vulgares, anodinos, como hechos de magma; ni siquiera representan ruinas, sino escombros. Sus rostros reflejan el vacío, la ausencia de ideas y volición; simbolizan la carencia, la utopía de un mundo falto de espíritu, y ese mundo es, sin duda, nuestro mundo…”. Aquellas palabras, escritas como decimos hace casi cuarenta años, definían a la perfección a esa clase media apolítica formada por el régimen que se sentía enormemente feliz con pagar un seiscientos a plazos y pasar un domingo enarenado en la playa más cercana.

Formados como clones no dieron un solo paso para que la dictadura cayera, para ellos ese era su medio y dentro de su líquido amniótico se desenvolvían como pez en el agua; tampoco se movieron en la transición y continuaron su anodina existencia material traspasando sus antivalores a sus hijos y nietos, creyendo, como el secuestrado que padece el síndrome de Estocolmo, que habían vivido en el mejor de los mundos, aunque habían visto desaparecer a mucha gente, incluso a gente muy querida, por la fuerza bruta, la barbarie, callados, mirando para otro lado.

Aquella fea burguesía que criticaba magistral y sañudamente Miguel Espinosa, renació a mediados de los noventa, cuando uno de ellos, un mediocre impresentable llamado José María Aznar llegó al poder para más tarde conseguir la primera mayoría absoluta del posfranquismo. Poco a poco todo fue cambiando, retrocediendo, regresando las aguas a sus cauces. La Educación se degradó hasta niveles desconocidos desde la muerte del tirano, y no porque los maestros y profesores –en su inmensa mayoría- no estuviesen empeñados y entregados a su tarea, sino porque se impuso la privatización de la Escuela y la Universidad, porque en el programa verdadero de aquel admirador de Franco y José Antonio lo verdaderamente español y patriótico era controlar las conciencias y despertar las conciencias dormidas de esa “masa neutra” de la que habla Bertolt Brecht que nunca en neutra sino la voz de su amo.

Y despertó al calor de las desregulaciones, de los créditos inverosímiles, de la especulación, de las expectativas de riquezas fáciles e inmediatas; y volvió a ser ella misma olvidándose de los poetas, de los maestros, del saber, incluso de su memoria, mostrándose de nuevo, sin reparo alguno ni vergüenza, orgullosa de su ignorancia mediante el consumo desmesurado y vistoso de cantidades ingentes de voluminosos mariscos, sorprendentes viajes de compras a Londres o Nueva York o la compra de cantidades ingentes de cacharros de diseño inservibles a precio sideral. Mientras esto ocurría con la fea burguesía, otros se dejaban la piel estudiando para tener un porvenir, otros trabajaban en lo que tenían a mano, y los pobres, los pobres de verdad seguían en la exclusión social tapada por unos cuantos euros para comprar su silencio y su resignación. Era el tiempo en el que esos preguntaban a un funcionario que había sacado su plaza con el sudor de su frente: ¿Cuánto ganas? Mil euros. ¿Y por mil euros vas todos los días a trabajar? Si eso me lo gano yo en dos días… Y así era. Y vinieron las vacas flacas, muy flacas, tan flacas que apenas queda de ellas la cornamenta y el rabo, y esa masa amorfa, esa fea burguesía apolítica, trajo a Mariano Rajoy y a Artur Mas porque eran de los suyos, los que de verdad sabían hacer las cosas como dios manda. Y ya lo creo que sabían. Armaron a la policía hasta los dientes, le ordenaron actuar como se hacía en aquellos tiempos; y mientras en sus filas crecía el paro y la miseria al haberse hundido todo el entramado estafador, los gobiernos traídos por su santa voluntad la emprendieron con los funcionarios que se habían esforzado en estudiar una carrera y una oposición para ganar un sueldo de tres al cuarto mientras ellos se hartaban de comer nécoras con gintonics y paellas con gaseosa tintada.

Sí, los apolíticos habían llevado al poder a los que ya estaban en él desde que el mundo es mundo, a los especialistas en pisotear, en chanchullear, en corromper y corromperse, en hacer de lo público un Botín para los particulares elegidos por dios y por España. Y decidieron quitarle los días libres a los funcionarios, alargar su jornada laboral mientras la revolución tecnológica que vivimos exige disminuirla, robarles una paga extra que es parte de su salario anual, sabedores de cualquier cosa que se hiciera contra esos que se esforzaron un día sería aplaudida hasta por muchas de las víctimas; y reformaron las leyes laborales, permitiendo que el empresario sin escrúpulos pudiese despedir a los trabajadores cuándo y cómo le diese la gana, provocando un aluvión de parado que amenaza con colapsar la propia existencia del Estado y de los servicios fundamentales que de él dependen; y pusieron tasas a la justicia para hacerla todavía más injusta; y cercenaron los derechos de mujeres y dependientes, cercando a la vejez porque se vivía demasiado.

Y es que había hablado Yavéh desde una zarza ardiente, y ellos habían escuchado, y obedecieron: Dios nos quería a su lado, cuanto antes mejor, porque nuestro reino no es de este mundo, este mundo es de los que los apolíticos han mandado mandar. Amén.

La fea burguesía