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miércoles. 01.02.2023

La cuarta Parca

Mientras se niega a las víctimas el poder concentrarse frente a los juzgados, el abogado de Sor María justifica ante el juez su no comparecencia "por motivos de salud", en la vista de un nuevo caso respecto a la desaparición de dos gemelas en 1981. El Destino es hijo del Caos y de la Noche. Un dios ciego en cuya urna se halla la suerte de todos los mortales.

Mientras se niega a las víctimas el poder concentrarse frente a los juzgados, el abogado de Sor María justifica ante el juez su no comparecencia "por motivos de salud", en la vista de un nuevo caso respecto a la desaparición de dos gemelas en 1981.

El Destino es hijo del Caos y de la Noche. Un dios ciego en cuya urna se halla la suerte de todos los mortales. Sus decisiones son siempre irrevocables y su poder alcanza a los mismos dioses. Las tres Parcas, hijas de Temis, son las encargadas de ejecutar sus órdenes. Pálidas y demacradas, Cloto, Laquesis y Atropos, tejen y cortan el destino de la humanidad. Cada vida, cada amor segado, nadie escapa a su cruel designio... Hubo un tiempo cercano en España donde los bebés no morían, aunque de hecho, sí lo hacían para sus verdaderos padres. Lo que en realidad desaparecía con su secuestro era la esencia de su Yo original.

Decía Unamuno que "no nos es posible querer ser otro". En la vida podemos desear ser más sabios, más guapos, más altos, pero nunca renegaríamos de nuestra más íntima esencia; de nuestra individualidad; nunca desearíamos dejar de "ser yo". Gracias a personas como Sor María, muchos bebés nacieron condenados a "ser otro"; a ser aquello que nunca hubieran deseado ser. Otra sangre, otra raíz, otra circunstancia, otro modo de entender la vida. Un afecto distinto se apoderaría de ellos desde el primer momento.

Sor María era el brazo ejecutor de una de las numerosas redes roba bebés, gestionadas por católicos amantes del prójimo que supervivieron al gracioso Caudillo. Su función consistía en hacer desaparecer a los recién paridos; de arrebatarlos de sus madres apenas surgidos de sus entrañas. Quién sabe si cual estampa de Hitchcock, aguardaba Sor María en su mecedora a cada nacimiento. Quién sabe cuántas veces, con aparente indolencia, contempló la previa asistencia de las matronas antes de ejecutar su nuevo rapto o si llegó incluso a recibir en persona la tierna mercancía, de entre los mismos muslos de su madre para acto seguido desaparecer como un fantasma espectral.

Quizá para Sor María, arrebatar recién nacidos a madres que no comulgaran con su sentido de la ejemplaridad cristiana, significaba el único modo aceptable de construir un mundo mejor. Su compromiso con el altísimo no residía en separar el Bien del Mal, sino en causar el mayor mal imaginable. Y es que para ciertos amantes de Dios, la mera creencia garantiza de por sí, una segura recompensa. Pederastas, genocidas o robaniños, en el cielo hay sitio para todos. En palabras de David Hume, "hasta el portero que se emborracha con ginebra a las diez de la mañana debe ser inmortal; es menester conservar la escoria de todas las épocas".

La cuarta Parca