lunes 26/10/20

La crisis del bipartidismo, por fin

Decía la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, en el programa televisivo “El gran debate”, que el bipartidismo era fruto de la voluntad de los españoles...

Decía la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, el sábado pasado en el programa televisivo “El gran debate”, que el bipartidismo era fruto de la voluntad de los españoles, que votaban mayoritariamente a dos grandes partidos. Lo que se callaba Valenciano eran las trampas que el sistema electoral español pone a dicha voluntad para que la asignación de escaños en el recuento nacional tienda a conformar un Parlamento bipartidista, lo sabe quien haya estudiado con detenimiento la idiosincrasia de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG). 

Partiendo de la provincia como circunscripción electoral, con el premio de sobre-representación que tienen las provincias menos pobladas –que beneficia a los grandes partidos-, y pasando por la Ley D’Hondt, fórmula matemática de asignación de escaños que solo es efectivamente proporcional en las circunscripciones más pobladas, se llega a la injusta situación de tener que reunir entre 300.00 y 500.000 votos para obtener un escaño en el Congreso, si se trata de partidos nacionales pequeños como IU o UPyD, mientras que los grandes partidos nacionales, PP y PSOE, lo consiguen reuniendo entre 60.000 y 80.000 votos. 

Nuestro sistema electoral, estudiado lo suficiente por juristas y politólogos, introduce elementos distorsionadores de la proporcionalidad que benefician a los grandes partidos nacionales y a los partidos nacionalistas fuertemente implantados en algunos territorios, mientras que perjudica notablemente a los pequeños partidos nacionales o nacionalistas poco implantados en sus territorios. Ya el Consejo de Estado emitió un informe hace unos años reconociendo estos desajustes y recomendando al entonces Gobierno de Zapatero que estudiara una reforma que los corrigiera, durmiendo todavía estos consejos el sueño de los justos. 

Con sus declaraciones, la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, no hacía más que sumarse al coro de voces que, ahora, sale precipitado a cantarnos las supuestas bondades del bipartidismo, como hizo unos días antes el propio expresidente Felipe González, que en un alarde de exageración -propio de quien quiere atemorizar más que razonar- dijo que “un Parlamento de cien partidos o un Gobierno de ocho fuerzas políticas no garantizan un mayor cumplimiento de los programas electorales ni el control de la acción de gobierno”. ¿Acaso ha visto González, en su dilatada carrera política, algún Parlamento de cien partidos o algún Gobierno de ocho fuerzas políticas? 

El caso es que cada vez que se cuestiona el bipartidismo surgen los mismos de siempre para enviarnos un mensaje confuso y miedoso, elaborado con las supuestas atrocidades del pluripartidismo, para hacernos recapacitar y que volvamos con ello al redil del pensamiento único, moda esta última a la que se han apuntado penosamente los partidos socialdemócratas, entre ellos el PSOE. Lo curioso es que quienes emiten estos mensajes hacen un flaco favor a nuestra democracia pues la Constitución de 1978 consagra el pluralismo político como uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico, debiéndose la introducción de este valor en nuestra norma fundamental precisamente a un insigne miembro del PSOE ya fallecido, Gregorio Peces Barba. ¿Qué diría él escuchando semejantes diatribas contra el pluripartidismo de quien fuera su compañero de partido y de Gobierno, Felipe González?

El caso es que, de las pocas cosas buenas que tiene esta crisis en la que estamos inmersos, una de ellas es el auge de partidos como IU o UPyD que, al fin, están empezando a romper el bipartidismo, auténtico muro de contención del pluralismo político y auténtico parapeto del sistema ante críticas incómodas que le cuestionen. Porque el bipartidismo, se mire por donde se mire, genera una democracia autoritaria, ya que dos grandes partidos se reparten por cuotas casi todos los recovecos del poder. 

Quienes nos venden el bipartidismo como la panacea de la estabilidad política y, a renglón seguido, nos ponen como ejemplo a los Estados Unidos de Norteamérica o a Gran Bretaña, lo hacen con la argucia tramposa de comparar unos sistemas políticos que tienen notables diferencias con el nuestro. Porque estos defensores a ultranza del bipartidismo estadounidense o anglosajón se callan, maliciosamente, que para compararnos con aquéllos tendríamos que cambiar nuestro sistema electoral, implantando uno de tipo mayoritario con circunscripciones electorales más pequeñas en las que los electores tendrían un contacto más cercano y exigente con su representante político, dando mucha más relevancia a la relación representante-elector que a la relación partido-votante. De hecho, en EE UU los partidos políticos solo emergen en campaña electoral, el resto del tiempo sirven como apoyo logístico de los representantes que tienen en las instituciones. 

La razón de que nuestro sistema electoral diseñe un Parlamento bipartidista, supra-representando a los grandes partidos e infra-representando a los partidos pequeños, nace del miedo a la heterogeneidad política del pueblo español que tenían en 1977 el Gobierno, la oposición moderada y el capitalismo occidental. Todos ellos temían que, si se optaba por un sistema electoral muy proporcional, se volviera a la inestabilidad sempiterna de nuestro sistema político, que tantos disgustos nos había dado a lo largo de la Historia. Por eso se introducen entonces –en la Ley para la Reforma Política de 1976 y en el Decreto-Ley de Medidas Electorales de 1977- los elementos necesarios para evitar esa situación y pergeñar un Parlamento plural pero con un par de fuerzas políticas dominantes que representaran a la mayoría social moderada, aglutinada en torno a dos grandes partidos, uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda.  Nos diseñaron una democracia al estilo estadounidense o anglosajón pero dándole todo el protagonismo a los partidos y no a los representantes políticos. Las reformas posteriores de la legislación electoral no han cambiado la esencia básica de este diseño. 

Sin embargo, esta crisis, que en tantas cosas nos regresa al pasado, también nos está retornando a ese momento pluripartidista que dieron las elecciones de 1977 y 1978, con dos grandes partidos, UCD y PSOE, y otros dos más pequeños pero bien visibles, AP y PCE. El crecimiento electoral de IU y UPyD que arrojan las encuestas no solo es saludable sino imprescindible. Quienes siguen defendiendo el bipartidismo a ultranza no hacen sino ahondar en la terrible y sempiterna división de las dos Españas, que nació en 1808 y que ha sido convenientemente alimentada por radicales y extremistas tanto de uno como de otro bando, llevando a España a situaciones trágicas que han impedido el desarrollo al que teníamos derecho los españoles por estar donde estábamos, es decir, en un rincón privilegiado de Europa. La Transición incorpora al sistema político a esa media España, la de centro-izquierda, excluida por el franquismo. Pero no se pueden defender, como hacen algunos, aquellos años de espíritu de consenso, de los Pactos de la Moncloa y, al mismo tiempo, renegar del pluripartidismo que consagra nuestra Constitución. El bipartidismo solo beneficia a quienes ganan con las dos Españas. 

La crisis del bipartidismo, por fin