martes. 23.04.2024

La antipolítica no es la solución, es el problema

Los resultados de las elecciones italianas aportan una nueva evidencia de la irrupción en el seno de la UE de grandes corrientes de opinión alejadas de las que habían venido siendo mayoritarias en las últimas décadas.

Los resultados de las elecciones italianas aportan una nueva evidencia de la irrupción en el seno de la UE de grandes corrientes de opinión alejadas de las que habían venido siendo mayoritarias en las últimas décadas. Ello suscita la cada vez más imperiosa necesidad de detectar los factores de fondo que con carácter más o menos general permitan interpretar las dinámicas políticas subyacentes a la crisis en el conjunto de los Estados miembros.

Más allá de variantes locales de diferente signo, estos factores existen y acreditan la vigencia de las ideas de clásicos tan preclaros como el propio Gramsci, aunque en el caso italiano, en perjuicio de la izquierda y de la sociedad, los análisis que nos entregó no tengan su correlato en la praxis política de los que en la actualidad podrían ser considerados en ese país herederos de su pensamiento.

Poca rentabilidad para Vendola la obtenida de su coalición con el centro-izquierda y nula la derivada de la alianza de Ferraro con los jueces de manos limpias. Chocante la realidad de la izquierda transformadora en Italia, el país de Europa Occidental que contó con el Partido Comunista más potente y creativo de la hoy llamada “zona euro”. Una izquierda italiana ahora condenada por culpa de desencuentros incomprensibles a desempeñar un papel periférico en un contexto nacional y europeo que la necesita más que nunca.

Pero volviendo a la cuestión de los factores explicativos de las dinámicas políticas y electorales operantes en los diversos sistemas y subsistemas políticos de la Unión Europea apreciaremos una tendencia, esparcida en las distintas sociedades nacionales, que pone en cuestión la democracia de partidos y a las organizaciones llamadas “tradicionales”. También contemplaremos la disolución de la alianza entre las clases medias y las clases trabajadoras como sustento del consenso básico en torno al Estado Social keynesiano, la desarticulación de los vínculos de clase que cohesionaban a los sujetos sociales antagonistas, y el progresivo desmantelamiento de la supremacía de la sociedad del trabajo como marco donde obtener la legitimación de las políticas públicas por el poder político.

Nada nuevo, salvo que este proceso muy profundo de reestructuración social y política está en plena aceleración a partir del momento en que la crisis capitalista que se dice más grave desde 1929 ha requerido un nuevo impulso con vistas a preservar el control de los conflictos sociales que esta puede desencadenar, y que ello funcionaliza por completo la antipolítica, a beneficio de los llamados a concentrar el poder de clase si la crisis diera paso eventualmente a una nueva fase de acumulación que viabilice algunos años de relanzamiento para el capitalismo europeo.

Con todas las distancias y diferencias, parece revivirse una situación ya experimentada en Europa en el periodo de entreguerras, y que Gramsci supo leer con lucidez máxima. Versiones contemporáneas del auge de los autoritarismos y totalitarismos que asolaron Europa en aquel periodo y que coincidieron también con una fase severa de recesión social y económica.

Con la diferencia de que estos “movimientos” se presentan a sí mismos en nuestros días como vectores de modernización que se sirven de las nuevas tecnologías para autoatribuirse la condición de cauces de una nueva forma de hacer política supuestamente más participativa y respetuosa con las preocupaciones del hombre de la calle, del ciudadano medio, que vendría de este modo a recuperar el protagonismo expropiado por las figuras del establishment político.

Sobra decir que la articulación de la participación política que no se limita al voto cada cuatro años es compleja. El diálogo, la comunicación activa y la deliberación como bases necesarias de la política democrática precisan de una ciudadanía informada y dotada de valores y virtudes cívicas, del tiempo necesario, de la implicación en proyectos colectivos.

El intento de eliminar del debate público la complejidad de la realidad social, o de omitir las dificultades implícitas a los procesos de formación de una voluntad colectiva que trate de superar las barreras que condicionan la toma de decisiones, canjeándolas por discursos elementales o por paupérrimos carismas de líderes diseñados a medida de las necesidades de las clases dominantes, es una más de las manipulaciones contra las que rebelarse.

La delicada situación a la que se enfrentan Italia y el resto de países europeos no tiene que ver tanto con su “gobernabilidad” como con el hecho de que no existan fuerzas sociales, especialmente en el sindicalismo de clase, con una mayor capacidad de incidencia de la que hoy disponen, ni fuerzas políticas de izquierda transformadora con la potencia electoral y parlamentaria suficiente para gobernar o al menos condicionar a los gobiernos y poner freno a los dictados de la “troika” y de los mercados. El reto de la izquierda es construir un nuevo “intelectual colectivo” e identificar los cambios necesarios en su estrategia y funcionamiento a fin de abordar con solvencia las grandes transformaciones de nuestro tiempo, para convertirse en un actor determinante en Europa.

Sin olvidar ni un solo segundo que la extensión de la antipolítica es uno de los principales y más difíciles problemas que está obligada a enfrentar, respecto del cual no caben ni estériles atajos ni mimetismos letales.

La antipolítica no es la solución, es el problema